Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 15 #2
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CAPITULO 15 #2

—También dijo que, si permitíamos que te quedaras demasiado tiempo en Nueva York, una dama inglesa podría casarse con un hombre llamado Philip y tú te volverías imposible de soportar.

William cerró los ojos.

—Voy a matarlo.

—Después de regresar a Inglaterra, supongo.

Él abrió los ojos.

La expresión de su madre era serena, pero había esperanza en ella.

—No sé cuándo podré hacerlo.

—No he preguntado cuándo.

—George me necesita.

—Sí.

—La compañía también podría necesitarme.

—Tu padre te dirá que sí.

—¿Y usted?

Sophia tardó en responder.

—Creo que pasaste años huyendo de esta familia porque no sabías cómo pertenecer sin dejar que tu padre decidiera quién eras. Si has encontrado un lugar al que deseas volver, no permitas que nuestra necesidad se convierta en otra jaula.

La palabra lo golpeó.

—George…

—George te necesita ahora. Eso no significa que vaya a necesitarte para siempre.

—Podría no haber un para siempre.

La voz de William descendió hasta casi desaparecer.

Sophia tomó su mano.

—Entonces quédate hasta saberlo. Pero no utilices el miedo a perder a tu hermano para renunciar también a esa joven.

William miró hacia la puerta cerrada.

—No he renunciado.

—¿Se lo has dicho?

—Le escribí.

—¿La carta ya partió?

—No.

—Entonces todavía no se lo has dicho.

Era irritante descubrir que todas las mujeres importantes de su vida poseían la misma habilidad para eliminar sus excusas.

—La enviaré en el primer barco.

—Hazlo.

Sophia comenzó a alejarse, pero William la llamó.

—Mamá.

Ella se volvió.

—¿Qué decía Edward exactamente acerca de Philip?

—Que es honorable, estable y cada día más difícil de despreciar.

William frunció el ceño.

—Esa descripción parece escrita por Frances, no por Edward.

—Añadió que el hombre tiene una cara que invita a golpearla, pero que probablemente eso fuese culpa tuya.

—Eso sí parece de Edward.

La sonrisa de Sophia fue más verdadera esta vez.

—Escribe tu carta, William.

Él entró en el despacho que había utilizado desde joven. Todo continuaba en el mismo lugar: los mapas marítimos, la mesa cubierta de papeles y el pequeño armario donde escondía una botella cuando todavía creía que beber a espaldas de su padre era una forma de independencia.

Se sentó.

Sacó de su chaqueta la carta que había escrito en el barco y la colocó frente a él. Al releerla, comprobó que todavía expresaba aquello que necesitaba que Frances supiera, pero ya no resultaba suficiente.

Ella merecía conocer la situación.

Tomó una hoja nueva.

Frances:

Llegué a Nueva York esta mañana. George está vivo.

Escribió la frase y se quedó observándola. No sabía si podía afirmar algo más esperanzador.

Está muy enfermo, pero despertó durante unos minutos y encontró fuerzas para acusarme de llegar tarde. Eso parece una buena señal. También sabe que existe usted, aunque todavía no he descubierto qué traidor inglés se lo contó.

Mi madre me recibió como si temiera que yo también pudiera desaparecer. Mi padre no estaba en la casa.

William se detuvo.

Podía describir la ausencia de Cornelius con enojo o intentar comprenderla como su madre había pedido. Escogió un punto intermedio.

He aprendido que continúa viniendo por las noches, cuando nadie puede verlo sentado junto a la cama de su hijo. Quizá algunas personas solo sepan amar cuando creen que nadie las observa.

Me preocupa parecerme demasiado a él.

Frances comprendería.

Ella siempre lo hacía.

Sacó la carta escrita a bordo y la añadió detrás de la nueva hoja.

Le envío también lo que escribí durante la travesía. No lo corregiré, aunque ahora algunas frases me parecen excesivamente sinceras y otras no lo bastante.

Quiero que las lea como si todavía estuviéramos en aquella terraza y yo no tuviera un océano para utilizar como excusa.

No sé cuánto tiempo permaneceré aquí. Los médicos aún no saben si George mejorará y no puedo marcharme mientras mi madre continúe observando cada respiración como si fuese la última.

Pero deseo que sepa algo que no escribí con suficiente claridad:

No he cambiado de opinión.

Quiero cortejarla.

No como una posibilidad que evaluar junto a Philip ni como un juego que ganar porque otro hombre se acercó primero.

Quiero conocer la parte de usted que existe cuando no intenta cumplir con las expectativas de su familia, de la sociedad ni de sí misma.

Quiero que conozca la parte de mí que no pertenece a mi padre.

No sé cómo hacer eso desde Nueva York.

Pero pienso intentarlo.

William apoyó la pluma y respiró.

Todavía faltaba la parte más difícil.

Philip.

No le pediré que deje de recibirlo.

Esa afirmación merece una explicación, porque en realidad deseo exactamente lo contrario.

Sin embargo, si vuelve conmigo, quiero que sea porque me ha escogido conociendo otras opciones, no porque un beso y una despedida hayan convertido mi ausencia en una fantasía más atractiva que un hombre real.

Conozca a Philip.

Después permítame demostrarle que continúa siendo la elección equivocada.

Sonrió al imaginar la expresión de Frances al leerlo.

Añadió:

Mi madre me ha informado que Edward lo considera honorable. Eso confirma que debemos desconfiar profundamente de él.

Espero su respuesta.

Aunque continúe enfadada.

Especialmente si continúa enfadada.

William.

Selló el sobre junto con la carta escrita a bordo y llamó al mayordomo.

—Necesito que esto viaje en el primer barco hacia Inglaterra.

—Sí, señor.

—Debe entregarse personalmente en Blackwood Hall o en la residencia londinense del marqués de Londonderry si la familia ya se ha trasladado.

—Me ocuparé.

Cuando la puerta se cerró, William sintió que una parte de él abandonaba Nueva York antes que su cuerpo.

Ahora solo podía esperar.

Esperar que George mejorara.

Esperar que la carta cruzara el océano.

Esperar que Philip no consiguiera en unas semanas aquello que William había tardado demasiado en reclamar.

Un carruaje se detuvo frente a la casa.

William se acercó a la ventana y reconoció el vehículo de su padre.

Cornelius Vanderbilt descendió sin ayuda, vestido de negro y con el sombrero firmemente sujeto contra el viento. Incluso desde el piso superior parecía imponer su voluntad al espacio que ocupaba.

William sintió que cada antiguo resentimiento regresaba.

Su padre levantó la cabeza.

Sus miradas se encontraron a través del cristal.

Cornelius no sonrió.

Solo asintió una vez, como si el regreso de su hijo fuese un resultado previsto desde el principio.

William comprendió que la enfermedad de George no sería la única batalla que tendría que enfrentar antes de volver a Inglaterra.

***

En Blackwood Hall, Frances recibió la visita de Eleanor Whitmore dos días después.

Su amiga llegó en un carruaje alquilado, acompañada por una prima somnolienta y cargada con tres baúles pese a que había sido invitada a permanecer apenas una semana.

Descendió antes de que el lacayo colocara bien el escalón y abrazó a Frances con tanta fuerza que ambas estuvieron a punto de perder el equilibrio.

—¡Te he extrañado de una manera completamente indecorosa!

—Nos separamos hace menos de cuatro meses.

—En cuatro meses pueden ocurrir matrimonios, escándalos y cambios de peinado irreversibles.

Eleanor se apartó y examinó a Frances de arriba abajo. Era una joven de cabello oscuro, ojos castaños y una energía que parecía llenar cualquier lugar antes que su equipaje.

—No te has casado.

—No.

—No pareces escandalizada.

—Eso depende de la definición.

—Y tu cabello continúa siendo precioso. Qué decepción. Esperaba encontrar alguna desgracia que me hiciera sentir mejor respecto al viaje.

Frances rio por primera vez en varios días sin advertir de inmediato la ausencia de William.

—Entra antes de que mi familia crea que recogí a una actriz ambulante en el camino.

—¿Hay actores ambulantes cerca? Debiste mencionarlo en la invitación.

La prima de Eleanor, lady Beatrice, descendió con mayor dignidad y aceptó la bienvenida de la marquesa. Los criados comenzaron a trasladar el equipaje mientras Edward apareció en la entrada, atraído por el ruido.

Eleanor lo vio.

—Oh.

Frances reconoció el tono.

—Mi hermano Edward.

—No me dijiste que tenías un hermano.

—Lo mencioné varias veces.

—No dijiste que parecía un pecado bien vestido.

Edward llegó lo bastante cerca para escuchar la última frase.

—Lady Frances suele omitir mis mejores cualidades.

Eleanor no mostró vergüenza.

—¿Y cuáles son?

—Todavía intento descubrirlas.

—Al menos es consciente de sus limitaciones.

Los dos se observaron con una clase de interés que Frances consideró peligrosamente inmediata.

—Eleanor Whitmore —los presentó—. Edward Vane.

Él tomó la mano de Eleanor.

—Bienvenida a Blackwood Hall.

—Gracias. Intentaré no alterar demasiado la paz.

—Entonces fracasará. Aquí apenas existe.

La sonrisa de Eleanor creció.

Frances decidió que invitarla quizá había sido un error.

Durante el almuerzo, su amiga relató los últimos meses, describió a cada pasajero del barco con imitaciones tan exactas que la marquesa terminó riendo detrás de la servilleta y exigió conocer la situación matrimonial de Frances antes de que sirvieran el postre.

—No existe una situación —respondió Frances.

Eleanor miró hacia Philip, quien había acudido a saludar a la recién llegada y se encontraba sentado a su derecha.

—Entonces ¿quién es él?

Philip tomó vino con admirable serenidad.

—Lord Philip Ashcombe.

—Eso es un nombre. Pregunté quién es.

—Mi pretendiente —admitió Frances.

Los ojos de Eleanor se abrieron.

—¿Ya tienes pretendiente?

—No hables como si hubiese contraído una enfermedad.

—¿Es grave?

Edward soltó una carcajada.

Philip sonrió.

—Todavía no se conoce el diagnóstico.

Eleanor lo miró con aprobación.

—Tiene sentido del humor. Eso es prometedor.

Frances sintió que la conversación se dirigía hacia un terreno peligroso.

—Podemos hablar después.

—Perfecto. También quiero conocer al americano.

El silencio cayó alrededor de la mesa.

Eleanor miró los rostros.

—¿Ha muerto?

—No —dijo Frances.

—¿Está casado?

—No.

—¿Entonces por qué todos parecen haber recibido una noticia trágica?

Edward se inclinó hacia ella.

—Regresó a Nueva York.

—Ah.