Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 15
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CAPITULO 15

Tres semanas después

N ueva York recibió a William con humo, gritos y un calor húmedo que parecía surgir tanto del cielo como de las calles.

El Atlantic Star entró en el puerto poco después del amanecer, avanzando entre embarcaciones mercantes, remolcadores y pequeños botes que se cruzaban frente a la costa como si ninguna regla pudiera gobernar aquel caos.

Desde la cubierta, William distinguió las chimeneas de las fábricas, las grúas elevándose sobre los muelles y las fachadas que crecían año tras año, transformando la ciudad con una velocidad que siempre le había parecido admirable.

Aquella mañana, sin embargo, Nueva York no despertó en él el orgullo habitual.

Solo urgencia.

Había pasado gran parte de la travesía imaginando qué encontraría al llegar.

Algunas noches se convencía de que George ya estaría recuperado y se reiría de la conmoción causada.

Otras, el silencio del océano lo arrastraba hacia posibilidades mucho más oscuras.

Ningún barco con rumbo a Inglaterra se había cruzado lo bastante cerca para entregar la carta destinada a Frances, de modo que su respuesta todavía permanecía guardada en el escritorio del camarote.

Ella no sabía nada.

Habría recibido únicamente la nota escrita antes de zarpar.

No sabía que William había releído su carta hasta doblar las esquinas del papel, que había comenzado otras tres respuestas incapaz de conformarse con la primera ni que cada noche imaginaba a Philip ocupando el espacio que él había abandonado.

El barco terminó de atracar.

Antes de que colocaran por completo la pasarela, William ya se encontraba junto a ella.

—Espere a que aseguren las cuerdas —ordenó el capitán Harris.

—Puedo saltar.

—También puede romperse una pierna y obligarme a explicar a su madre por qué permití semejante estupidez.

William miró hacia el muelle. Un carruaje negro esperaba entre la multitud. Junto a él se encontraba uno de los hombres de confianza de su padre.

No reconoció a ningún miembro de su familia.

Aquello no significaba nada.

Podían estar junto a George.

—¿Recibió alguna noticia mientras atracábamos? —preguntó William.

Harris negó con la cabeza.

—Ninguna.

La pasarela quedó fijada. William descendió sin esperar a que descargaran su equipaje y atravesó el muelle entre trabajadores que apartaban cajas, enrollaban cuerdas y gritaban instrucciones. El hombre junto al carruaje avanzó para recibirlo.

—Señor William.

—¿Cómo está mi hermano?

—Vivo.

La palabra detuvo su respiración.

—¿Ha mejorado?

—La fiebre cedió durante dos días y regresó anoche.

William abrió la puerta del carruaje.

—Vamos.

El trayecto hasta la mansión Vanderbilt pareció más largo que la travesía completa. Las calles estaban saturadas de carros, vendedores y peatones. William golpeó una vez el techo para ordenar al cochero que avanzara con mayor rapidez, aunque sabía que no existía espacio para hacerlo.

—¿Qué dicen los médicos? —preguntó.

El hombre sentado frente a él mantenía el sombrero entre las manos.

—No coinciden. Uno cree que es fiebre tifoidea. Otro habla de una infección pulmonar. La señora Vanderbilt hizo llamar a un médico de Boston.

—¿Cuándo llegará?

—Esta tarde.

—¿Mi padre?

—En las oficinas.

William volvió lentamente la cabeza.

—¿Está trabajando?

—El señor Vanderbilt pasa parte del día en la casa.

—Su hijo podría morir y pasa parte del día en la casa.

El hombre bajó la mirada.

William se recostó contra el asiento antes de pronunciar algo que no podría retirar. El comportamiento de su padre no debería sorprenderlo. Cornelius enfrentaba cada amenaza trabajando con mayor intensidad, como si el esfuerzo pudiera obligar al mundo a someterse a su voluntad.

Aun así, la ausencia en el muelle dolía.

No por William.

Por George.

El carruaje se detuvo finalmente frente a la mansión. William descendió antes de que el lacayo abriera la puerta y subió los escalones de dos en dos. El mayordomo apenas alcanzó a saludarlo.

—¿Dónde está?

—En su habitación, señor.

—¿Mi madre?

—Con él.

William avanzó por el vestíbulo y comenzó a subir la escalera.

Cada detalle de la casa le resultaba familiar: el brillo de la madera oscura, el reloj francés sobre la consola y los retratos de una familia que siempre parecía más un conjunto de alianzas que una colección de recuerdos.

Había crecido entre aquellas paredes, pero después de tres meses en Blackwood Hall la casa parecía más silenciosa, rígida y fría.

En el corredor superior encontró a su madre.

Sophia Vanderbilt estaba de pie junto a la puerta de George con las manos entrelazadas a la altura de la cintura. Vestía de gris, llevaba el cabello recogido sin adornos y las sombras bajo sus ojos revelaban cuántas noches había pasado sin dormir.

Durante un segundo, solo lo observó.

Después cruzó la distancia y lo abrazó.

William quedó inmóvil.

Su madre era afectuosa, pero jamás impulsiva. No recordaba la última vez que lo había abrazado de aquella manera, con los brazos cerrados alrededor de sus hombros y el rostro apoyado contra su pecho.

—Llegaste —susurró.

Él cerró los ojos y la sostuvo.

—Lo más rápido que pude.

Sophia se apartó y tomó su rostro entre las manos.

—Estás más delgado.

—He cruzado un océano. No una hambruna.

Una sonrisa débil apareció en sus labios.

—Continúas haciendo bromas cuando estás asustado.

William sintió que Frances habría dicho exactamente lo mismo.

La presencia de su recuerdo resultó tan inmediata que casi volvió el rostro para buscarla.

—¿Cómo está George?

La sonrisa desapareció.

—Ahora duerme.

—Quiero verlo.

—William…

—Mamá.

Sophia asintió y abrió la puerta.

El dormitorio estaba en penumbra. Las cortinas permanecían casi cerradas y el aire olía a medicinas, sudor y paños húmedos. George yacía en la cama bajo varias mantas, inmóvil salvo por la respiración superficial que agitaba su pecho.

William se acercó.

Durante el viaje había intentado prepararse para aquella imagen.

No había sido suficiente.

Su hermano siempre había parecido demasiado vivo para una habitación silenciosa.

George entraba en los lugares haciendo ruido, hablaba con las manos y tenía la costumbre de reír en los momentos menos adecuados.

El hombre en la cama parecía una versión disminuida de él, con el rostro pálido, los labios secos y el cabello pegado a la frente.

William tomó la silla junto al colchón.

—¿Me escucha?

—A veces despierta —respondió Sophia—. No siempre sabe dónde está.

Él apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—George.

No hubo reacción.

—He cruzado el Atlántico porque decidiste enfermarte en el peor momento posible.

Sophia le puso una mano sobre el hombro.

—Háblale.

William miró el rostro de su hermano.

—No pienso disculparme si mueres antes de que puedas hacerlo tú primero.

La voz se le quebró en la última palabra.

Apretó los dientes.

—Me debes una conversación. Y dinero. Estoy casi seguro de que me debes dinero.

Los párpados de George temblaron.

William se inclinó.

—George.

Los ojos se abrieron apenas. Estaban desenfocados, pero se movieron lentamente hasta encontrarlo.

—Tardaste —murmuró.

El alivio fue tan intenso que William soltó una risa ahogada.

—Estaba ocupado.

—Inglaterra…

—Sí.

George intentó sonreír.

—¿Aburrida?

William pensó en unos ojos azules, cabello cobrizo y un beso en un salón apartado.

—No tanto como esperaba.

Su hermano volvió a cerrar los ojos.

—Mujer.

No fue una pregunta.

—Duerme.

—Sabía.

—No sabes nada.

George respiró con dificultad.

—Pelirroja.

William miró a su madre.

Sophia alzó las cejas.

—¿Cómo demonios sabe eso?

George no respondió.

—Deliró durante varios días —explicó ella—. A veces repetía cosas de las que no recuerdo haber oído hablar.

—No pudo saberlo.

—Quizá alguien le escribió desde Inglaterra.

Edward.

William decidió que mataría al inglés después de agradecerle que hubiese mantenido a George entretenido desde el otro lado del océano.

Su hermano volvió a hundirse en el sueño. Esta vez la respiración parecía un poco más tranquila.

William permaneció junto a él hasta que su madre le pidió que saliera para permitir que la enfermera cambiara los paños.

En el corredor, Sophia tomó su brazo.

—Necesitas comer y descansar.

—Lo haré después de hablar con los médicos.

—Llegarán por la tarde.

—Entonces revisaré lo que ya han indicado.

—No eres médico.

—No, pero sé reconocer cuando varias personas cobran por contradecirse.

Su madre suspiró.

—Eres igual que tu padre.

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

Sophia lo observó con tristeza.

—No he dicho que en todo.

William bajó la mirada.

—¿Por qué no está aquí?

—Tu padre cree que George mejorará.

—¿Porque los médicos se lo dijeron?

—Porque no contempla otra posibilidad.

—Eso no explica por qué está en las oficinas.

—La negociación atraviesa un momento delicado.

William se apartó.

—Siempre existe una negociación delicada.

—Lo sé.

—George podría morir.

—También lo sabe.

—No parece saberlo.

—Tu padre no demuestra miedo como otros hombres.

—No demuestra nada que no pueda utilizar.

Sophia palideció ligeramente.

William se arrepintió, pero no retiró las palabras.

—Ha estado aquí —dijo ella—. Todas las noches.

—Cuando termina de trabajar.

—Se sienta junto a George cuando todos duermen. No le habla, pero permanece.

Aquello alteraba la imagen sin volverla más sencilla.

—Entonces ¿por qué se marcha antes de que despierte?

—Porque tu padre soporta mejor las batallas cuando nadie puede verlo temer el resultado.

William pensó en las veces que había ocultado la verdad a Frances para no exponer algo que no podía controlar.

Tal vez se parecía más a Cornelius de lo que deseaba.

—Quiero que descanses —insistió su madre.

—Primero necesito enviar una carta.

Sophia lo estudió.

—¿A la joven pelirroja?

William guardó silencio.

—George no fue el único que recibió noticias —añadió ella.

—¿Quién escribió?

—Tu primo Edward. Envió una carta para George y otra para mí.

—¿Qué decía?

—Que Inglaterra había conseguido lo que tu padre esperaba y algo que ninguno había previsto.

—Eso suena innecesariamente dramático.