CAPITULO 14 #3
William tenía razón en algo: Philip no era solo un candidato correcto. Había humor bajo su serenidad, orgullo sin crueldad y una determinación que aumentaba cada vez que se enfrentaba a una dificultad.
—Muy bien —dijo—. ¿Quién es?
Él sonrió.
—Pensé que esa era la parte que debía descubrir.
—Podría ofrecerme alguna ayuda.
—Soy el segundo hijo de un hombre que dedicó toda su vida al heredero y después se sorprendió cuando descubrí que podía construir una sin pedirle permiso.
Frances no esperaba aquella respuesta.
—¿Por eso viajó?
—En parte. Reginald heredaría el título, la propiedad y las responsabilidades.
Yo tenía dinero suficiente para vivir sin hacer nada y una familia que consideraba aquello una fortuna.
No quería convertirme en el hermano menor que aparece durante la temporada y pasa el resto del año ocupando habitaciones ajenas.
—Entonces buscó su propio lugar.
—Sí.
Aquello lo acercaba inesperadamente a William.
—¿Y lo encontró?
Philip miró hacia las tierras que se extendían más allá del bosque.
—Mi tío no tiene hijos. Me ofreció Ashcombe Park cuando comprendió que yo deseaba trabajar. Por primera vez alguien me entregó una responsabilidad porque creía que podía cumplirla, no solo para mantenerme ocupado.
Frances pensó en William revisando las cuentas de Blackwood Hall y en la satisfacción que ocultaba cada vez que su padre elogiaba su capacidad.
Dos hombres que deseaban ser vistos más allá del lugar que sus familias habían decidido para ellos.
No eran tan diferentes como ambos creían.
—¿Por qué yo? —preguntó.
Philip no fingió no comprender.
—Porque siempre la admiré.
—Cuando éramos niños me llamaba tirana.
—Lo era.
—Gracias.
—También era la única persona que discutía con mi hermano cuando él se burlaba de mis planes. Nunca me trató como al segundo hijo de nadie.
Frances recordó vagamente aquellas escenas. Philip había sido un joven callado junto a Reginald, más seguro y ruidoso. Ella no había pensado que sus defensas infantiles pudieran haber significado algo.
—Después me marché —continuó—. Conocí a otras mujeres. Algunas fueron hermosas, otras inteligentes y una estuvo a punto de convencerme de que me casara con ella solo porque sabía escuchar sin interrumpir.
—Una cualidad extraordinaria.
—Lo era. También estaba enamorada de un violinista.
Frances rio.
—¿Cómo terminó?
—Con el violinista dentro de mi carruaje y yo pagando el viaje de ambos hasta Viena.
—Eso fue generoso.
—Quería asegurarme de que se marcharan lo bastante lejos.
Ella volvió a reír, con mayor libertad.
Philip la observó.
—Extrañaba eso.
—¿Qué?
—Hacerla reír.
La ternura de la frase produjo una emoción suave. No el golpe intenso que sentía con William, sino algo cálido y seguro que también poseía valor.
—No lo recordaba tan divertido —dijo.
—Porque estaba demasiado ocupada discutiendo con Reginald.
—Alguien tenía que hacerlo.
—Precisamente.
Edward regresó hacia ellos.
—¿Piensan continuar o están organizando una fuga?
—Lord Philip me cuenta sus desgracias románticas —respondió Frances.
Edward lo miró con interés.
—¿La del violinista?
Philip cerró los ojos.
—¿Cómo la conoces?
—Reginald la contó en el club.
—Mataré a mi hermano.
—William preguntaría primero cuánto costó el carruaje.
Frances y Edward rieron.
Philip negó con la cabeza, pero también sonreía.
Durante el regreso, Frances permitió que la conversación fluyera sin evaluarlo. No buscó señales de compatibilidad, no contó respuestas correctas ni imaginó de inmediato una vida en Ashcombe Park. Solo escuchó.
Y descubrió que le gustaba.
Aquello no eliminó a William.
Pero convirtió la elección futura en algo mucho más complejo que esperar el regreso de un hombre y rechazar al otro.
Al llegar a Blackwood Hall, un criado salió a recibirlos.
—Milady, ha llegado correspondencia desde Liverpool.
Frances sintió que el corazón se detenía.
Desmontó antes de que Philip pudiera ayudarla.
El criado le entregó un sobre.
Reconoció la letra de William.
No era la carta extensa que él habría escrito a bordo, sino una nota enviada antes de partir. Apenas unas líneas apresuradas.
Frances:
Recibí su carta antes de embarcar.
No tengo tiempo para responder como merece, pero no partiré permitiendo que crea que sus palabras me han dejado indiferente.
Escribí una respuesta más larga. Tendrá que esperar a que el océano decida entregársela.
Hasta entonces, continúe enfadada.
Es preferible a que me olvide.
W.
Frances leyó la nota dos veces.
Cuando levantó la vista, Philip la observaba desde su caballo.
No preguntó quién había escrito.
No era necesario.
—Llegó la primera carta —dijo él.
—Solo una nota.
—Parece importante.
Frances cerró los dedos alrededor del papel.
—Lo es.
Philip asintió lentamente.
Después desmontó.
—Entonces tendré que asegurarme de que también espere mis visitas.
No había reproche en su voz.
Solo decisión.
Frances comprendió que William tenía razón en su carta, aunque todavía no hubiera recibido las palabras completas.
La ausencia era su única ventaja.
Philip no pensaba desperdiciarla.