Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 14 #2
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CAPITULO 14 #2

—Así fue.

—No. Comenzó cuando un hombre te sostuvo en un puerto y ninguno de los dos consiguió olvidarlo.

Frances sintió calor en el rostro.

—Mamá habla demasiado.

—Tu madre no me contó los detalles. Edward sí.

—Edward morirá joven.

—Con su talento para provocar a otros, es una posibilidad.

Lady Eleanor clavó la aguja en la tela.

—Philip vendrá esta tarde.

—Lo sé.

—¿Te alegra?

Frances consideró la pregunta.

—Sí.

Su tía levantó una ceja.

—Eso pareció sincero.

—Philip no merece ser tratado como un sustituto. Me agrada conversar con él.

—¿Lo deseas?

—No todas las relaciones comienzan con deseo.

—Eso es lo que dicen las personas que desean a alguien inconveniente.

Frances cerró el libro.

—¿Por qué todos parecen esperar que decida entre ellos después de una semana?

—Nadie sensato lo espera.

—Philip desea una respuesta.

—Philip desea una oportunidad.

—William desea que Philip fracase.

—William desea ganar.

—Eso no es lo mismo que quererme.

Lady Eleanor dejó el bordado sobre el banco.

—No. Pero marcharse cuando su hermano podría morir y aun así preocuparse por el hombre que te acompaña a caminar tampoco parece una indiferencia pasajera.

Frances dirigió la mirada hacia la casa.

—No prometió volver hasta el último momento.

—Los hombres como William no hacen promesas cuando temen no poder controlar el resultado.

—Eso no las vuelve menos necesarias.

—No. Solo más difíciles.

—Philip no parece tener esa dificultad.

—Philip ha construido una vida en la que puede hacerte un lugar. William todavía intenta descubrir si su vida le pertenece.

La precisión de la frase la hizo guardar silencio.

William había llegado a Inglaterra como castigo. Incluso su estancia en Blackwood Hall había sido decidida por su padre. Frances le había pedido que reclamara el derecho de cortejarla cuando ni siquiera poseía libertad completa para decidir en qué continente permanecer.

No justificaba sus silencios.

Pero los explicaba.

—¿Qué debería hacer? —preguntó.

Lady Eleanor sonrió con satisfacción.

—Por fin una pregunta útil.

—No se acostumbre.

—Recibe a Philip. Conócelo. Escribe al americano si eso deseas. Y deja de tratar tu corazón como si solo pudiera ofrecer un puesto que debe cubrirse de inmediato.

—Eso suena escandalosamente romántico viniendo de usted.

—Soy una viuda, querida. He sobrevivido al matrimonio y puedo hablar con autoridad acerca de sus errores.

—¿Amó al tío Robert?

La expresión de su tía cambió.

—Sí.

—¿Fue suficiente?

—Algunos días.

Frances esperó.

—Otros días necesitábamos también paciencia, sentido del humor y habitaciones separadas —continuó lady Eleanor—. El amor no convierte a un hombre en adecuado. Pero la adecuación sin amor puede convertir una vida entera en una reunión cordial de la que nadie sabe cómo retirarse.

La imagen resultó dolorosamente clara.

—Philip podría llegar a amarme.

—Probablemente ya lo hace de algún modo.

—Y yo podría quererlo.

—Sí.

—Entonces ¿por qué siento que eso sería una traición?

—Porque besaste a otro hombre hace menos de una semana.

Frances miró alrededor, escandalizada.

—¡Tía Eleanor!

—Estamos solas.

—Los arbustos tienen jardineros detrás con demasiada frecuencia.

—Entonces aprenderán algo útil.

Frances se sentó junto a ella.

—No sé qué siento por William.

—Sí lo sabes. No sabes qué hacer con ello.

La diferencia era incómoda.

—Él podría no regresar durante meses.

—Sí.

—Podría cambiar de opinión.

—También.

—Y Philip está aquí.

—Eso es evidente.

Frances apoyó las manos sobre el libro cerrado.

—¿Está mal considerar la presencia de un hombre como una ventaja?

—No. Siempre que no la confundas con una razón para casarte.

Antes de que pudiera responder, un criado apareció por el sendero.

El corazón de Frances se aceleró.

El hombre se inclinó y le entregó un sobre.

—Ha llegado esto para usted, milady.

Ella reconoció de inmediato el sello.

No pertenecía a William.

La decepción fue tan intensa que apenas oyó al criado explicar que la carta procedía de una de las jóvenes que había conocido durante el viaje.

Eleanor Whitmore.

Frances abrió el sobre mientras lady Eleanor recuperaba el bordado con discreción.

La carta contenía varias páginas llenas de una letra pequeña y enérgica.

Eleanor había regresado a Londres, permanecería con una prima durante la temporada y deseaba cumplir la promesa que habían hecho en el barco.

Proponía que todas las amigas que ya estuvieran en Inglaterra se reunieran en cuanto fuese posible.

Por primera vez desde la partida de William, Frances sintió una emoción que no estaba ligada a la ausencia.

—¿Buenas noticias? —preguntó su tía.

—Eleanor está en Londres.

—¿La muchacha que conociste en el barco?

—Sí. Quiere reunirnos.

—Entonces deberías responder.

Frances recorrió las últimas líneas.

Eleanor añadía que había escuchado rumores acerca de un americano atractivo alojado con los Vane y exigía conocer todos los detalles.

Frances dobló la carta antes de que su tía pudiera leer por encima de su hombro.

—Partiremos a Londres la próxima semana.

—Podrías invitarla a Blackwood Hall.

La idea le agradó de inmediato. Eleanor había conocido a Frances antes de William, durante aquellos días en que se permitió hablar sin medir cada palabra. Quizá su amiga podría ayudarla a recordar quién era antes de que el americano transformara cada certeza.

—Lo haré.

Lady Eleanor sonrió.

—Excelente. Otra mujer sensata en esta casa compensará la presencia de Edward.

—No conoce a Eleanor.

—¿Es imprudente?

—Mucho.

—Entonces se entenderán de maravilla.

El sonido de un carruaje se escuchó desde la entrada principal.

Philip.

Frances guardó la carta dentro del libro y se levantó.

—¿Cómo estoy?

Su tía la examinó.

—Como una mujer que esperaba otra correspondencia.

—Eso no me ayuda.

—Sonríe cuando veas a Philip. No porque se lo debas, sino porque acabas de recibir noticias de una amiga.

Frances respiró hondo.

No tenía que dividir todas sus emociones entre dos hombres. Podía alegrarse por Eleanor, extrañar a William y recibir a Philip sin que ninguna verdad eliminara las otras.

Caminó hacia la casa.

Philip la esperaba junto a las caballerizas con dos caballos preparados. Había elegido una yegua castaña que Frances conocía desde potranca y sostenía las riendas mientras conversaba con Edward.

Cuando la vio, su expresión se iluminó.

Frances no tuvo que fingir la sonrisa.

—Lady Frances.

—Lord Philip.

—Temí que el clima arruinara nuestros planes.

—William habría dicho que el barro permite juzgar mejor el carácter.

Philip hizo una mueca.

—Empiezo a sospechar que el señor Vanderbilt participa en nuestras conversaciones incluso desde el Atlántico.

Frances sintió que la sonrisa se debilitaba.

—Lo siento.

—No tiene que disculparse por mencionarlo.

—Pero tampoco debo hacerlo cada vez que hablamos.

Philip le ofreció la mano para ayudarla a montar.

—Sería imposible conocerla si le exijo fingir que una parte de sus pensamientos no existe.

Frances aceptó su ayuda.

—Eso ha sido muy comprensivo.

—No se acostumbre. Continúo siendo su rival.

—¿Rival de un hombre que no está aquí?

Philip esperó a que acomodara las faldas antes de responder.

—Precisamente por eso debo esforzarme más.

Montó su caballo y comenzaron a avanzar hacia el camino del bosque, acompañados por Edward y un mozo.

Durante la primera parte del paseo hablaron de la próxima visita a Ashcombe Park.

Philip había organizado que Frances conociera la escuela antes del almuerzo y aceptó que conversara a solas con la maestra.

No utilizó la visita para describir las ventajas de convertirse en su esposa.

Tampoco intentó ocultar que deseaba impresionarla.

La combinación resultaba agradable.

—He revisado las cuentas del trigo —dijo cuando llegaron al camino más ancho.

Frances volvió la cabeza.

—¿En serio?

—Durante tres horas.

—¿Y?

—Ahora sé exactamente cuánto pagamos por transportar cada carga el invierno pasado.

—William estará orgulloso.

Philip fingió recibir un golpe en el pecho.

—Otra vez él.

Frances rio.

—Lo siento.

—Esta vez lo permitiré porque acaba de reconocer mi sacrificio.

—¿Encontró alguna irregularidad?

—Sí.

La respuesta seria eliminó su sonrisa.

—¿Qué clase?

—El administrador ha utilizado durante años al mismo transportista, aunque existe otro que cobra menos. No hay pagos duplicados, pero sospecho que recibe una comisión por mantener el contrato.

—¿Qué hará?

—Investigaré antes de acusarlo.

Frances lo observó.

—Eso también lo dijo William.

—No necesito que me lo recuerde.

—No pretendía compararlos.

—Lo hace constantemente.

Philip no sonaba enfadado, solo cansado.

—No es justo —admitió ella.

—No.

—Intentaré evitarlo.

—Tampoco quiero que vigile cada palabra.

—Entonces ¿qué espera?

Philip guio su caballo hasta detenerse junto a un claro. Edward y el mozo continuaron unos metros antes de notar que se habían quedado atrás.

—Espero que me mire y descubra quién soy, no únicamente en qué me diferencio de él.

Frances sostuvo su mirada.