CAPITULO 14
W illiam leyó la carta dos veces antes de decidir que todavía no había sido lo bastante sincero.
La primera versión de su respuesta resultaba provocadora, celosa y peligrosamente parecida al hombre que Frances ya conocía: el que convertía toda emoción en una competencia y toda inseguridad en una frase arrogante.
No era falsa. Detestaba que Philip pudiera verla mientras él se alejaba, y no pensaba fingir una generosidad que no sentía.
Sin embargo, Frances no le había pedido una advertencia ingeniosa.
Le había pedido que escribiera como él.
El problema consistía en descubrir quién era William Henry Vanderbilt cuando no intentaba demostrar algo.
Permaneció apoyado contra la barandilla de popa mientras Liverpool disminuía hasta convertirse en una mancha gris.
El viento levantaba las hojas de la libreta y el océano comenzaba a agitarse bajo el casco del Atlantic Star.
A su alrededor, los marineros gritaban instrucciones, las velas se tensaban y el capitán Harris dirigía la salida con una precisión que no permitía interrupciones.
William volvió a colocar la pluma sobre el papel.
Frances:
Su primera afirmación es injusta. Debería continuar mucho más que enfadada conmigo.
No eliminaré lo que escribí acerca de Philip. Desearía hacerlo porque me muestra como un hombre posesivo, poco razonable y mucho menos honorable de lo que su familia supone, pero usted me ha pedido sinceridad y esa es la parte más sencilla de ofrecerle: estoy celoso.
La parte difícil es admitir por qué.
William dejó de escribir.
Había pasado años convencido de que los celos eran una debilidad propia de los hombres incapaces de conservar aquello que deseaban.
En Nueva York había observado disputas por mujeres, apuestas motivadas por orgullo y duelos absurdos nacidos de una mirada prolongada durante un baile.
Nunca comprendió cómo alguien podía entregar a otra persona tanto control sobre su carácter.
Ahora imaginaba a Philip colocando una mano en la espalda de Frances para ayudarla a montar y sentía deseos de regresar a nado.
Continuó:
No estoy celoso únicamente porque Philip pueda cortejarla. Lo estoy porque él ya sabe qué vida desea ofrecerle, mientras yo todavía no sé cómo pedirle que entre en la mía sin convertirla en otra de las cosas que mi familia puede reclamar.
Mi padre controla la compañía, mi posición y hasta la razón por la que viajé a Inglaterra. Durante años confundí libertad con no pertenecer a ningún lugar y poder marcharme antes de que alguien esperara que me quedara.
Usted ha convertido la partida en algo que ya no parece libertad.
William observó la última línea.
Le resultaba demasiado verdadera.
Precisamente por eso la conservó.
No le pediré que detenga su vida. Pero tampoco fingiré que acepto con serenidad la posibilidad de que otro hombre ocupe el lugar que deseo.
No sé cuánto tardaré en regresar. Sí sé que regresaré.
Y cuando lo haga, no seré su consejero.
Considere esta mi primera advertencia como pretendiente.
Philip Ashcombe debería aprovechar mi ausencia, porque será la única ventaja que pienso concederle.
La frase final todavía sonaba como él, aunque quizá no fuera necesario borrar cada defensa.
Frances no esperaba que regresara convertido en un poeta melancólico.
Esperaba encontrar al hombre que la había irritado en un puerto, pero dispuesto a mostrar también lo que ocultaba detrás de aquella insolencia.
Añadió:
Mi hermano George tiene veintisiete años y una capacidad extraordinaria para provocar desastres sin perder la simpatía de nadie.
Cuando éramos niños, rompió una ventana y convenció a nuestro padre de que yo lo había obligado a lanzar la piedra.
Tres horas después confesó porque no soportó verme castigado por él.
Esa es la clase de hombre que es: puede cometer el error, pero no permite que otro pague sus consecuencias.
No me despedí antes de venir a Inglaterra.
Estaba enfadado porque intentó defenderme frente a nuestro padre y yo interpreté su lealtad como lástima. Si llego demasiado tarde, esa será la última conversación que habremos tenido.
No sé cómo escribir acerca de eso sin sentir que las palabras lo convierten en una posibilidad más real. Usted me pidió que escribiera como yo. Tal vez yo sea también este hombre: uno que teme regresar a su casa porque podría encontrar que ya no queda tiempo para reparar aquello que dejó roto.
La tinta se corrió ligeramente en una palabra cuando una gota de agua cayó sobre la hoja. William levantó la vista, sorprendido. No llovía.
Pasó una mano por el rostro con impaciencia y continuó antes de permitirse pensar demasiado.
No necesita responder a esa parte. Solo necesitaba que supiera por qué me marcho y por qué, aunque regresar con mi familia no me convierta otra vez en el hombre que era, temo que ellos continúen viéndome de ese modo.
Usted dijo que no permanecerá junto a una ventana esperándome.
Me alegra.
Y lo detesto.
Deseo que cabalgue, que discuta, que conozca a sus amigas y que haga todas las cosas que habría hecho si nunca me hubiera cruzado en su camino. También deseo, de una manera egoísta, que ninguna de esas cosas consiga que me olvide.
No acepte a Philip porque es seguro.
No lo rechace por mí.
Conózcalo y decida.
Pero recuerde que yo también estoy decidiendo.
Y por primera vez no estoy decidiendo cómo escapar, sino cómo regresar.
William.
Releyó la carta completa.
No era perfecta. Algunas frases parecían demasiado solemnes y otras demasiado desnudas. Sintió el impulso de romperla y comenzar otra vez con un tono más ligero, pero eso habría significado esconderse detrás del hombre que sabía controlar.
Frances había pedido la verdad.
Tendría que soportarla.
—Una carta extensa —comentó el capitán Harris detrás de él.
William cerró la libreta.
—No sabía que los capitanes abandonaban el timón para espiar la correspondencia de sus pasajeros.
—No he leído una palabra. Solo observo que lleva media hora escribiendo y todavía no ha insultado al papel.
—No suelo insultar objetos.
—En una ocasión llamó traidora a una mesa de juego.
—Las circunstancias lo justificaban.
Harris apoyó los antebrazos sobre la barandilla. La costa inglesa apenas era visible.
—¿La joven pelirroja?
William volvió la cabeza con lentitud.
—¿Qué joven pelirroja?
—La que observaba cuando embarcó rumbo a Inglaterra.
Habían transcurrido tres meses, pero el capitán recordaba el incidente del puerto.
—Había muchas personas.
—Solo una consiguió que intentara retrasar su partida.
—No intenté retrasarla por ella.
—Naturalmente.
William lo miró con desconfianza.
—¿También utiliza esa palabra de esa manera?
—Llevo años trabajando para su padre. Aprendí a decir mucho sin arriesgar el empleo.
El capitán dirigió la vista hacia la libreta.
—Parece que volvió a encontrarla.
—Sí.
—¿Y ahora se aleja otra vez?
William apretó una mano sobre la cubierta de cuero.
—Mi hermano está enfermo.
—Lo sé.
—Entonces comprende que no tengo elección.
—Comprendo que debe regresar. No sé si eso significa que deba perder todo lo que deja.
William recordó la carta de Frances.
Ella no pensaba detener su vida.
—No pienso perderla.
Harris asintió como si hubiese esperado exactamente aquella respuesta.
—Entonces guarde bien esa carta. No podrá enviarla hasta que crucemos con algún barco que viaje hacia Inglaterra o lleguemos a Nueva York.
William observó el horizonte.
—Podrían pasar semanas.
—Así funciona el océano.
—Una ineficiencia considerable.
—Puede reclamarle cuando lo vea.
El capitán se alejó.
William dobló las hojas con cuidado y las guardó dentro de un sobre. Escribió el nombre de Frances y luego se quedó observándolo, consciente de que ella viviría varias semanas sin conocer aquellas palabras.
Philip podría visitarla durante ese tiempo.
Podría hacerla reír.
Podría besar su mano y mostrarle la escuela de Ashcombe Park.
Y Frances no sabría que William había admitido, finalmente, que no planeaba escapar.
El océano acababa de convertirse en su peor rival.
***
La primera carta de William no llegó a Blackwood Hall al día siguiente.
Tampoco al otro.
Frances sabía que era imposible. El Atlantic Star ya habría abandonado Liverpool cuando él tuviera tiempo de escribir, y cualquier mensaje debía esperar a encontrar un barco que viajara en dirección opuesta.
Aun así, cada mañana escuchaba con demasiada atención los pasos del mayordomo y observaba las bandejas de correspondencia como si una carta pudiera aparecer por simple fuerza de voluntad.
La suya tampoco regresó.
Eso significaba que había sido entregada.
La certeza le proporcionaba alivio y una nueva clase de ansiedad. William ya conocía cada palabra que ella había escrito. Sabía que Philip continuaría visitándola, que no pensaba esperarlo pasivamente y que deseaba algo más que advertencias y un beso de despedida.
Ahora debía responder.
—Conseguirás desgastar el sendero —comentó lady Eleanor desde el banco cercano.
Frances se detuvo.
Habían transcurrido cuatro días desde la partida de William y tres desde la visita de Philip.
La familia todavía permanecía en Blackwood Hall, aunque viajarían a Londres la semana siguiente para instalarse antes de la temporada.
Frances había salido al jardín con la intención de leer y llevaba casi veinte minutos caminando frente al mismo grupo de rosales.
—Necesitaba mover las piernas.
—Puedes hacerlo en línea recta.
—No deseaba alejarme de la casa.
Lady Eleanor levantó los ojos del bordado.
—Por si llega una carta.
Frances abrió el libro.
—No he dicho eso.
—No es necesario que digas todo. Algunas personas sabemos observar sin convertirlo en una profesión.
—William no lo convirtió en una profesión.
—Le pediste que analizara hombres como si fueran caballos de subasta.
—Fue una idea práctica.
—Fue una idea estúpida.
Frances bajó el libro.
—Gracias por la delicadeza.
—La delicadeza sirve cuando la persona ya comprende el problema. Tú todavía intentas convencerte de que todo comenzó como una evaluación racional.