42 Axel
Salgo a la terraza, café en mano, y contemplo la puesta de sol sobre el océano. El sonido de las olas rompiendo contra nuestra playa privada se ha vuelto tan familiar como las voces que antes consumían mi mente. Esas voces se han ido apagando aquí, a veces desapareciendo por completo durante días.
Seis meses en el paraíso y aún reviso el perímetro cada mañana. Costumbres que no se pierden.
—Todo en orden con el sistema de seguridad —grita Tommy desde su estación de trabajo en la casa de invitados. Ha madurado desde que llegamos: ha echado cuerpo, ha cogido color. La chica local con la que se ha liado, Lucía, lo saca de su caparazón. Hacen buena pareja.
—Gracias.
Tommy asiente y vuelve a su portátil. Su negocio de seguridad va viento en popa: los expatriados ricos están obsesionados con sus huellas digitales.
Doy un sorbo al café mientras observo un pesquero en el horizonte. Nuestra propiedad frente al mar está aislada al final de un camino privado, rodeada de vegetación densa por tres lados y con el océano como jardín. La fortaleza perfecta: hermosa pero defendible.
Willow nos consiguió documentos impecables: certificados de nacimiento, licencias médicas e incluso cartillas de vacunación infantil para nuestras nuevas identidades.
Elise y James Carter son expatriados estadounidenses con dinero de sobra para evitar preguntas incómodas.
Los funcionarios locales aceptaron nuestras solicitudes de residencia sin pestañear después de las «tasas administrativas» que pagamos: el doble de lo habitual, en efectivo.
El dinero y la distancia hacen milagros con las irregularidades del papeleo.
Dentro, oigo a Willow trajinando en la cocina.
Seis meses de libertad y todavía no me creo que sea mía.
Su consulta no para de crecer: se ha corrido la voz entre los expatriados estadounidenses y europeos sobre la terapeuta rubia que habla un inglés perfecto y no hace demasiadas preguntas sobre el pasado.
Irónico que ayude a la gente a superar sus traumas cuando vive con un monstruo como yo. Quizá por eso se le da tan bien. Me entiende mejor que nadie.
He encontrado la manera de mantener a la bestia alimentada sin ahogarme en sangre. Un equilibrio delicado.
Los primeros problemas vinieron de un grupo de ladrones locales que rondaban nuestra propiedad. Los observé desde las sombras durante tres noches antes de actuar. No hace falta derramar sangre cuando el miedo funciona mejor.
—Sabes lo que soy —le dije a su líder después de sacarlo a rastras de la cama en plena noche. Le enseñé los recortes de periódico que había guardado: mis crímenes, mi reputación—. Este territorio está protegido. Que corra la voz.
Willow ha cambiado algo en mí. No me ha curado —nunca estaré curado—, pero me ha dado un propósito.
Ahora tengo un sistema. Ya no cazo, pero protejo lo que es mío.
Los criminales de la zona se mantienen a distancia de nuestra casa.
Algunos incluso se han convertido en aliados útiles.
Ricardo, que lleva la seguridad de varias propiedades a lo largo de la costa, y yo tenemos un acuerdo.
Sus hombres evitan nuestro tramo de playa; yo les paso información sobre posibles amenazas en la zona.
—Aquí eres diferente —dijo Willow anoche, recorriendo con el dedo el tatuaje de mi hombro mientras estábamos tumbados en la cama—. Sigues siendo peligroso, pero controlado.
Tiene razón. He aprendido a redirigir la violencia, a calcular y planificar en lugar de limitarme a reaccionar.
Las voces que antes exigían sangre se conforman ahora con intimidación estratégica.
Cuando un narcotraficante intentó mover producto por nuestra cala el mes pasado, no lo maté: me aseguré de que no volviera a intentarlo dejándole muy claro lo que le pasaría si regresaba.
Mi reputación me precede. «El Americano con ojos del diablo», me llaman.
Tommy bromea con que me he convertido en el vigilante vecinal salido del infierno, pero funciona. Estamos a salvo. Willow está a salvo. Y el monstruo que llevo dentro está lo bastante alimentado como para quedarse callado durante días.
Observo a Willow y a su madre paseando por la orilla, las cabezas juntas, enfrascadas en conversación; sus risas me llegan con la brisa. Tres días se convirtieron en tres semanas, y ya han pasado seis meses desde que Anna Matthews decidió quedarse.
Nunca pensé que tendría una suegra que no se estremeciera cada vez que entro en una habitación.
—¿Más limonada, Axel? —pregunta Anna mientras sube los escalones hacia la terraza donde estoy sentado. Tiene arena pegada a los tobillos, la piel bronceada tras días bajo el sol brasileño.
—Claro. —Asiento, todavía incómodo con esta normalidad doméstica.
Sirve la bebida —el hielo tintinea contra el cristal— y se acomoda en la silla junto a la mía.
—Está más feliz de lo que la he visto nunca —dice, señalando con la cabeza a Willow, que chapotea en la orilla—. Más auténtica, de alguna manera.
Me quedo callado, sin saber cómo responder a esa aprobación a regañadientes que percibo en su voz.
—Al principio no lo entendía —continúa—. Pensé que quizá la estaban manipulando. —Se ríe de sí misma—. Pero ahora lo veo. Os equilibráis el uno al otro.
—Ella calma la tormenta —admito.
Anna me estudia, escudriñándome el rostro con esos ojos tan parecidos a los de Willow.
—Y tú le das la fuerza para enfrentarse a sus partes más oscuras.
Esta nueva alianza entre nosotros es frágil, construida a base de conversaciones cautelosas con una copa en la mano mientras Willow dormía.
Anna me preguntó por mi infancia, por la cárcel, por las voces.
Respondí con toda la sinceridad que me atreví.
Su mente clínica —Willow también la heredó— procesó mi patología sin juzgarme.
—No eres lo que quería para mi hija —me dijo una noche, con las palabras suavizadas por el vino—. Pero quizá seas lo que necesita.
Ahora me tiende un pequeño libro encuadernado en cuero.
—Encontré esto ayer en el pueblo. Pensé que te gustaría.
Es un diario, caro a juzgar por el tacto, con una rosa de los vientos grabada en la cubierta.
—Para tus pensamientos —explica Anna—. Willow me dijo que escribir te ayuda.
El gesto me deja sin palabras. Esta mujer, que debería temerme, odiarme, me trata como a uno más de la familia.
—Gracias —logro decir mientras le doy vueltas al diario.
Bajo a la orilla, donde Willow está metida en el agua hasta los tobillos, su melena rubia ondeando con la brisa marina. La arena quema bajo mis pies descalzos hasta que llego donde las olas lamen la tierra.
El diario me resulta extraño en la mano: un regalo para gente normal con pensamientos normales. Pero estoy aprendiendo a aceptar estos pequeños gestos de amabilidad.
Willow se gira cuando me acerco, y su sonrisa le ilumina el rostro. Verla así aún me golpea como una fuerza física. Seis meses de libertad, y sigo sin poder creer que eligiera esta vida conmigo.
—Hola, tú —dice, y me tiende la mano.
En lugar de tomarla, la atraigo hacia mí y le rodeo la cintura con un brazo. La beso profundamente, saboreando la sal del mar en sus labios. Su cuerpo se amolda al mío, familiar y perfecto. Cuando nos separamos, le brillan los ojos.
—¿A qué viene eso? —pregunta.
—¿Necesito una razón?
Se ríe mientras me acaricia la mandíbula con los dedos.
—No. Nunca.
Levanto el diario de cuero entre nosotros.
—Tu madre me lo ha dado. Para que escriba mis pensamientos.
Willow lo coge y pasa los dedos por la rosa de los vientos grabada.
—Es precioso.
—¿Por qué me daría algo así? —La pregunta me sale más vulnerable de lo que pretendía.
—Porque te ve —dice Willow con sencillez—. No solo lo que has hecho, sino quién eres. En quién te estás convirtiendo.
Miro hacia la terraza, donde Anna está sentada contemplando el horizonte. Nos da intimidad sin perdernos de vista. Levanta ligeramente el vaso cuando nuestras miradas se cruzan.
—Nunca pensé que tendría esto —admito—. Una familia.
—Yo tampoco —Willow se apoya contra mi pecho y contempla el azul infinito donde el océano se funde con el cielo—.
Estaba tan centrada en ocultar partes de mí misma que nunca pensé que encontraría a alguien que me entendiera como tú.
Tenía a mi madre, pero sabía que ella no lo entendería, no como tú.
Cojo la mano de Willow y siento la suavidad familiar de su piel contra mi palma callosa.
—Ven a pasear conmigo —digo, señalando con la cabeza el tramo de playa que se curva más allá del saliente rocoso. Lejos de la casa, lejos de las cámaras de vigilancia de Tommy, lejos de la mirada amable pero omnipresente de Anna.
Willow ladea la cabeza y me escudriña el rostro.
—¿Todo bien?
—Todo perfecto. Solo quiero tenerte para mí un rato.
Sonríe, y se le arrugan los ojos en las comisuras.
—Guíame.
Caminamos por la orilla, con la arena húmeda y fresca bajo los pies, mientras el sol se hunde hacia el horizonte y tiñe el cielo de tonos naranjas y rosados.
Aquí la cala resulta más íntima, protegida por las palmeras y la curva natural de la costa. Nuestros únicos testigos son la luz que se apaga y el océano infinito.
Me detengo y me vuelvo hacia Willow, posando las manos en su cintura.
—¿Te bañas conmigo?
—¿Ahora? No hemos traído bañador.
Arqueo una ceja con gesto desafiante.
—¿Quién lo necesita?
Willow echa un vistazo hacia la casa, aunque ya no se ve desde aquí.
—¿Bañarnos en pelotas? ¿En serio?
—¿Te da miedo? —bromeo mientras me quito la camiseta.
Se ríe. Esa risa desinhibida aún me sorprende cada vez que la oigo.
—Ni lo sueñes, Morrison.
Con un movimiento fluido, agarra el dobladillo del vestido de verano y se lo saca, dejando al descubierto la piel suave del vientre, las costillas, los pechos.
La observo, fascinado como siempre por su seguridad, su belleza.
Se planta frente a mí, desnuda y sin pudor bajo la luz mortecina, el pelo rubio derramándose sobre los hombros.
—¿Y bien? —me desafía—. ¿Vienes o qué?