Encarcelada (Serie Convictos) 41 Axel
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41 Axel

El aire de la tarde se siente diferente aquí en Brasil: cargado de humedad y lleno de aromas desconocidos.

Permanezco junto a Willow en nuestro jardín, observando cómo las sombras se extienden por el suelo mientras el sol se hunde detrás del denso muro de árboles.

El bosque se alza ante nosotros, salvaje e indómito, como yo.

Los dedos de Willow rozan los míos, y su contacto envía esa corriente familiar a través de mi cuerpo, la que silencia el caos en mi cabeza.

Tiene los ojos fijos en la línea de árboles que se oscurece detrás de la casa costera.

—Siempre he tenido esta fantasía.

Me giro para estudiar su perfil. El resplandor anaranjado del atardecer le pinta la piel de dorado y resalta la curva de sus labios.

—¿Qué fantasía?

Se le sonrojan las mejillas.

—Que me persigan por un bosque —traga saliva—. Y luego que me atrapen. Y me tomen.

La excitación me recorre la mente y enciende algo primitivo. El cazador que hay en mí reconoce la invitación.

—¿Quieres que te persiga? —pregunto con la voz grave.

Willow se balancea sobre sus pies, sin apartar la mirada de los árboles. El pulso le late visiblemente en la garganta. El corazón de la pequeña hada siempre late tan rápido cuando tiene miedo. Cuando está excitada. A veces no distingo la diferencia.

—Yo... —vacila, mordiéndose el labio inferior—. Sí —la palabra apenas se oye—. Quiero.

Me acerco más, con el pecho pegado a su espalda. Mis manos encuentran sus caderas, los dedos hundiéndose en la carne suave. Reclamándola.

—Deberías saber que no es buena idea decirle al lobo que te persiga, pequeña hada.

Tiembla contra mí.

—¿Cuánto tiempo debo darte? —pregunto.

El bosque espera ante nosotros. Observando. Paciente. Como yo.

Observo su rostro con atención, catalogando cada expresión como siempre. Cómo se le dilatan las pupilas. La ligera separación de sus labios. El rubor que le sube por el cuello.

—Veinte segundos —dice con voz firme a pesar del pulso acelerado—. Y necesitamos una palabra de seguridad. Por si acaso.

El monstruo que llevo dentro se agita ante lo que eso implica. Me está dando el control, pero estableciendo límites. Siempre la psicóloga, incluso ahora.

—Babilonia —ofrezco sin dudar. Una civilización conocida por el exceso y la caída. Apropiado.

Asiente, saboreando la palabra.

—Babilonia.

Me inclino hacia ella, con los labios rozándole el lóbulo de la oreja.

—Corre, pequeña doctora —susurro—. O conocerás al caos en persona.

El escalofrío que le recorre el cuerpo es exquisito. Por un momento está paralizada, atrapada entre el instinto animal de huir y la compulsión más oscura de rendirse de inmediato. Entonces algo se activa en su interior, y echa a correr.

La observo desaparecer entre los árboles, el cabello rubio capturando los últimos rayos de luz. Cuento despacio, saboreando la anticipación. Uno... dos... tres...

Las voces en mi cabeza se vuelven más fuertes, hambrientas e insistentes con cada número.

Diez... once... doce...

Mis músculos se tensan, listos para saltar. Diecisiete... dieciocho... diecinueve...

Veinte.

Me lanzo al bosque y la familiar oleada de la caza me inunda. Los árboles se desdibujan mientras sigo su rastro sin esfuerzo. Oigo sus pisadas suaves en la tierra húmeda, una rama rota, el aroma persistente de su perfume.

Mis sentidos se agudizan como filos de cuchillo. En prisión estaba enjaulado. Aquí estoy libre. El bosque me abraza como a un viejo amigo mientras me muevo en silencio entre las sombras.

La oigo más adelante: su respiración, rápida y superficial. Intenta no hacer ruido, pero sus instintos de chica de ciudad no están a la altura de los míos. Reduzco el ritmo; ahora acecho en lugar de correr.

Dejo que piense que me ha perdido. Dejo que la anticipación crezca.

Rodeo su posición, pisando ramas a propósito para aumentar su miedo. El chasquido de las ramas al romperse la hace adentrarse más en el bosque. Perfecto. Vivo para esto: la caza, la persecución, la captura inevitable.

Jadeos rápidos y superficiales puntúan la noche. Podría acabar con este juego ahora, pero ¿qué gracia tendría? Quiero que su corazón golpee contra las costillas, quiero que la adrenalina le corra por las venas.

—Puedo oler tu miedo, pequeña doctora —grito, y mi voz resuena entre los árboles.

Se queda paralizada: un error fatal. Capto un destello de cabello rubio que brilla bajo un rayo de luna. Se da cuenta de su error y echa a correr, pero es demasiado tarde.

La alcanzo en tres largas zancadas y la derribo al suelo del bosque. Las hojas y la tierra amortiguan nuestra caída mientras la inmovilizo debajo de mí, con mi peso presionándola contra el suelo. Su pecho se agita contra el mío.

—Te atrapé —ronroneo, con los dientes rozándole el cuello.

—No, por favor —gime, forcejeando contra mi agarre.

La volteo boca abajo, le enredo una mano en el cabello y le tiro de la cabeza hacia atrás para exponerle la garganta. Con la mano libre, agarro el cuello de su fina blusa y la rasgo por la mitad; el sonido de la tela al desgarrarse corta el aire nocturno.

—Para —protesta, retorciéndose debajo de mí—. Suéltame.

Pero no dice «Babilonia». La palabra que lo detendría todo queda sin pronunciar.

Después le desgarro la falda, dejándola hecha jirones en torno a sus muslos. Mis dedos se le clavan en las caderas con fuerza suficiente para dejarle marcas.

—Te gusta hacerte la víctima, ¿verdad? —pregunto—. Fingir que no quieres esto.

Aprieta los labios para contener un gemido cuando mi mano se desliza entre sus piernas y la encuentro húmeda y dispuesta a pesar de sus protestas.

—Tu cuerpo no puede mentirme —gruño mientras la volteo para que me mire—. Nunca.

Sus ojos encuentran los míos, desafiantes incluso en la sumisión. Forcejea contra mi agarre, interpretando su papel a la perfección mientras le inmovilizo las muñecas por encima de la cabeza.

Le arranco la ropa interior de un tirón y la dejo completamente expuesta al aire nocturno. La luz de la luna se filtra a través del dosel sobre nosotros, tiñendo su piel de plata y sombra. Hermosa. Mía.

Su pecho sube y baja rápidamente, los ojos muy abiertos de anticipación. Esto es lo que siempre he ansiado: no solo el sexo, sino esta dinámica de poder en bruto. La lucha. La rendición.

—Huiste de mí —gruño mientras aprieto mi cuerpo contra el suyo—. Nadie huye de mí.

—Lo siento —gime, aún interpretando su papel a la perfección.

Le agarro la mandíbula y la obligo a mirarme.

—No, no lo sientes. Querías esto. Querías que te atrapara. Que te tomara. Que te mostrara exactamente lo que pasa cuando provocas a un monstruo.

La mantengo inmovilizada mientras siento cómo forcejea debajo de mí. Todo es teatro, este juego que estamos jugando, pero el poder que recorre mis venas es real. El suelo del bosque es nuestro escenario, la luz de la luna nuestro foco.

—¿Crees que alguien puede oírte aquí? —le aprieto las muñecas con más fuerza sobre la cabeza—. No hay nadie que pueda salvarte.

—Por favor —suplica, con los ojos muy abiertos de falso miedo—. No hagas esto.

Me acerco más, hasta quedar a centímetros de su cara.

—No deberías haber huido. Huir solo hace que el cazador quiera perseguir.

Aparta la cabeza, interpretando perfectamente a la cautiva reacia. Le agarro la barbilla y la obligo a clavar sus ojos en los míos. Su resistencia me electriza; incluso sabiendo que es falso, el acto enciende algo primitivo en mí.

—Quiero que me mires a los ojos cuando te digo esto —ordeno.

Willow intenta apartarse y ofrece la resistencia justa para hacerlo interesante sin usar nuestra palabra de seguridad. He aprendido a leerla tan bien que distingo la diferencia entre su incomodidad real y esta reticencia teatral.

—No —me empuja el pecho.

Le atrapo ambas manos con una de las mías y se las inmovilizo de nuevo sobre la cabeza.

—Luchar solo empeora las cosas para ti —advierto con un gruñido peligroso.

Lucha con más fuerza y arquea la espalda para intentar quitarme de encima. El movimiento solo consigue apretarla más contra mí. La miro con una sonrisa, disfrutando de su actuación.

—Suéltame —exige.

Me inclino hasta rozarle la oreja con los labios.

—Nunca —la palabra sale como una promesa y una amenaza a la vez.

Su pecho sube y baja rápidamente. Los demonios en mi cabeza están en silencio, centrados únicamente en este momento, en esta mujer debajo de mí, mientras jugamos nuestro peligroso juego en las tierras salvajes de Brasil.

—Ahora eres mía —le digo mientras le rozo el cuello con los dientes—. Atrapada y conquistada.

Gime y aparta la cabeza como si me rechazara. Pero siento su pulso acelerado bajo mis labios: excitación, no miedo. Esto es lo que ambos queremos. Necesitamos.

Le arranco el sujetador de un tirón y sus pechos quedan expuestos a la luz de la luna. Su piel brilla pálida contra el oscuro suelo del bosque, se le eriza con el aire nocturno.

—Para —jadea mientras me empuja el pecho—. Por favor.

Le atrapo ambas manos y se las inmovilizo sobre la cabeza.

—No lo dices en serio —ronroneo mientras bajo la boca a su pecho y le rozo el pezón con los dientes—. Tu cuerpo te está traicionando.

Se retuerce debajo de mí, intentando apartarse.

—No quiero esto.

—Mentirosa —muerdo lo suficientemente fuerte como para hacerla jadear—. Si no quisieras esto, dirías nuestra palabra.

Con la mano libre me desabrocho el cinturón con eficiencia practicada. Me bajo los pantalones de una patada y me libero.

—Mira lo que me haces —ordeno mientras le guío la mano hacia mi dureza—. Siente cuánto te deseo.

Intenta apartar la mano, pero se la sujeto con firmeza.

—No, no puedo...

La silencio con un beso brutal, mi lengua invade su boca mientras me posiciono entre sus muslos. Lucha contra mí, pero sus piernas se abren más y contradicen sus protestas.

—Quieres que te tomen. Que te conquisten. Que te posean.

—No —gime, pero sus caderas se alzan hacia las mías.

Entro en ella con una embestida dura y me entierro hasta el fondo. Grita y arquea la espalda, despegándola del suelo del bosque.

—Dime que pare —la desafío mientras me quedo quieto dentro de ella—. Di nuestra palabra y lo haré.

Me mira a los ojos, sus labios se separan, pero «Babylon» no sale.

—Eso es lo que pensaba —gruño triunfante mientras empiezo a moverme—. Tu boca dice no, pero tu cuerpo suplica más.

Establezco un ritmo castigador, una mano todavía inmoviliza sus muñecas, la otra le agarra la cadera con fuerza suficiente para dejarle moretones. La marco como mía.

—Por favor —jadea, pero ya no está claro qué es lo que suplica.

Le rodeo la garganta con la mano y siento su pulso acelerarse bajo mi palma. El poder es embriagador: su vida, literalmente en mis manos. Aplico la presión justa para restringirle el oxígeno sin cortárselo del todo.

—¿Es esto lo que querías cuando huiste de mí? —aprieto un poco más—. ¿Sentirte completamente a mi merced?

No puede hablar, solo puede asentir ligeramente, con los labios entreabiertos. La imagen me inunda de una sensación de dominio mejor que cualquier asesinato, cualquier conquista.

Me acerco más hasta rozarle la oreja con los labios.

—Noto cuánto te encanta esto. Todo tu cuerpo me responde.

No aparta los ojos de los míos mientras mantengo la mano en su garganta. Hay algo profundo en este momento: su voluntad de ponerse completamente bajo mi control, sabiendo lo que soy, lo que he hecho. Es una rendición más completa que ninguna que haya experimentado.

Aflojo un poco la presión y le permito tomar aire con un jadeo. El sonido es hermoso: desesperado y necesitado.

—Mía —afirmo mientras mis dedos vuelven a cerrarse sobre esa delicada garganta con presión calculada—. Reconócelo.

—Tuya —confiesa ella, y la confesión escapa como una plegaria entre respiraciones entrecortadas.

Sus manos, ahora libres, no luchan por liberarse.

Al contrario, sus uñas me clavan medias lunas en los omóplatos, empujándome hacia ella, arrastrándome a las profundidades de nuestra oscuridad compartida.

Esta intensidad entre nosotros trasciende todo lo que he conocido. En prisión, me controlaban con miedo y violencia. Con Willow es diferente. Ella se somete por voluntad propia y encuentra la libertad en su rendición.

Le suelto la garganta un instante y observo cómo el color vuelve a su rostro. Su pecho se agita mientras traga aire, sin apartar los ojos de los míos. Antes de que pueda recuperarse del todo, mi mano vuelve a su cuello para reclamar mi territorio.

—Nadie más va a verte así —le digo con voz grave y peligrosa—. Nadie más va a poseerte de esta manera.

La luna ilumina la lágrima que resbala por su mejilla, una lágrima que no nace del dolor ni del miedo, sino de la intensidad abrumadora que hay entre nosotros.