39 Willow #2
Axel sigue arrodillado, observándonos con esos intensos ojos verdes. El depredador que lleva dentro sigue ahí, siempre lo estará, pero hay algo más. Algo más suave cuando me mira.
—Sé que es imposible de entender —digo, apretándole las manos—. Pero necesito que lo intentes. Por mí.
El peso de lo que le pido flota entre nosotras. Mamá me mira, luego a Axel, y otra vez a mí, con expresión indescifrable.
—Las autoridades nos buscarán, a todos, si me quedo.
Un destello de esperanza se enciende en mi pecho. Se lo está pensando.
—Hemos borrado nuestro rastro —le aseguro—. Identidades nuevas, dinero imposible de rastrear. Esta casa se compró a través de varias empresas pantalla. Aquí estamos a salvo.
Mamá desvía la mirada hacia las ventanas, donde la cálida luz de la habitación se refleja contra la noche. Sus dedos siguen entrelazados con los míos. Puedo ver la guerra que se libra en su interior: su amor por mí luchando contra décadas de nociones sobre el bien y el mal.
—No lo sé, Willow —dice en voz baja—. Esto es... demasiado.
Le aprieto las manos. —Lo sé. No te pido una respuesta ahora mismo. Solo... quédate unos días. Conoce a Axel, al Axel de verdad.
Axel se incorpora despacio, con movimientos deliberadamente lentos, nada amenazadores.
—Os dejaré un poco de espacio —dice con una suavidad en la voz que pocos han oído—. Tommy y yo terminaremos de asegurar el perímetro.
Cuando sale a la noche, mamá suelta un suspiro. —No es lo que me esperaba.
—Nadie ha visto este lado de él antes —respondo, mientras una calidez me invade el pecho—. Solo yo, y ahora tú.
Estudia mi rostro, buscando señales de la hija que creía conocer. —Lo amas de verdad, ¿no?
—Más de lo que creía posible. —La verdad me raspa la garganta—. Él me ve, mamá. Me ve entera, incluso las partes que siempre he ocultado de los demás...
—Nunca supe que te sentías así —susurra, y el dolor le marca arrugas alrededor de los ojos.
—No podía decírtelo. Tenía miedo de que me miraras exactamente como me miras ahora.
Se estremece ante mis palabras, pero no me corrige.
—No te pido que lo entiendas todo de golpe —continúo—. Solo danos una oportunidad. Date la oportunidad de ver si quizás, solo quizás, esto podría funcionar.
Mamá mira hacia las ventanas a oscuras. La noche oculta la vista del océano, pero no su rumor constante. La música clásica sigue sonando suavemente de fondo, un hilo que conecta su vida anterior con esta extraña realidad nueva.
—Tres días —dice al fin—. Me quedaré tres días. Después decido.
Es más de lo que me atreví a esperar. Se me llenan los ojos de lágrimas mientras la abrazo, con la culpa removiéndose bajo el alivio.
Todavía no sabe que no hay vuelta atrás fácil.
Ya vendí su casa, el hogar donde ha vivido treinta años, donde me crió y guardó todos sus recuerdos.
No sabe que sus cuentas bancarias están casi vacías, que el dinero se transfirió a cuentas imposibles de rastrear aquí en Brasil.
—Gracias, mamá. No te arrepentirás.
Incluso mientras lo digo, me pregunto si estoy prometiendo algo que no puedo garantizar.
El peso de mi engaño me oprime el pecho.
Cuando descubra lo que he hecho, que liquidé su vida sin permiso, ¿me perdonará?
¿O lo verá como la traición definitiva, otra prueba de que Axel me ha corrompido hasta volverme irreconocible?
La abrazo más fuerte, como si pudiera transmitirle de algún modo mi certeza de que era la única opción, que lo hice para protegerla tanto como a nosotros. Pero la verdad es más simple y más egoísta: no podía soportar dejarla atrás.
A la mañana siguiente, mamá no baja a desayunar. Le dejo una bandeja en la puerta: fruta fresca, pasteles de la panadería del barrio, café como a ella le gusta. Cuando vuelvo a ver una hora después, se ha tomado el café, pero la comida sigue intacta.
Cuando salgo a la terraza, la expresión de Axel es indescifrable. —Dale tiempo.
—¿Y si el tiempo no basta? —El miedo me araña la garganta—. ¿Y si nunca puede aceptar esto, aceptarnos?
—Entonces será su decisión, pero al menos le diste una oportunidad, ¿no? —Me busca la mano; la suya está cálida y firme.
Un poco más tarde, nos cruzamos con ella cuando se dirige a la cocina. Un silencio incómodo se instala entre nosotras.
—Hola, mamá —murmuro.
Se le tensa la mandíbula. —Sigo intentando entender cómo mi hija brillante y compasiva pudo tirarlo todo por la borda por este hombre.
—Mamá...
—¡Ha matado gente, Willow! —Su voz se eleva y se le quiebra al decir mi nombre—. A varias personas. Brutalmente. ¿Cómo es posible que...?
—Sé lo que ha hecho. —Las palabras me salen con más fuerza de la que esperaba—. He leído todos los expedientes, he visto todas las fotos de las escenas del crimen. Sé exactamente quién es.
—Y lo amas de todos modos. —No es una pregunta, sino una constatación dolorosa.
—Sí. —La simple verdad es imposible de explicar.
Se deja caer en el taburete de la barra; de pronto parece mayor que sus sesenta y dos años. —Ya no sé quién eres.
Las palabras me hieren más de lo que esperaba. —Sigo siendo yo, mamá. Solo he dejado de ocultar partes de mí.
Sus ojos, tan parecidos a los míos, me escudriñan el rostro. —¿Qué partes, Willow? ¿Qué me has estado ocultando exactamente todos estos años?
No tengo una respuesta que pueda soportar oír.
Soy dolorosamente consciente del tiempo que se me escurre entre los dedos mientras camino en silencio junto a mamá por la playa, el segundo día.
—Conmigo es diferente —digo, rompiendo el silencio.
El sol de la mañana proyecta sombras alargadas sobre la arena.
—Todas sus víctimas probablemente pensaron lo mismo —dice en voz baja.
—No es así. Te dije que conmigo siente paz por primera vez.
Mamá se detiene y se vuelve hacia mí. —¿De verdad lo crees?
—Lo he visto. He visto cómo cambia cuando lo toco. Es como si yo lo anclara.
Mira hacia el océano, asimilándolo. —¿Y si eso cambia? ¿Si esas «voces» vuelven y le dicen que te haga daño?
Esa pregunta también me ha atormentado, aunque jamás lo admitiría en voz alta. —Axel no lo haría.
—No puedes saberlo.
—Sí lo sé. —Incluso a mí me suena frágil esa certeza.
Mamá echa a andar de nuevo; sus huellas dejan marcas efímeras en la arena húmeda. —Te crié para ayudar a la gente, Willow. Para sanarla. No para...
—¿A no amar a un hombre roto? —completo la frase por ella.
—A no tirar tu vida por alguien que nunca podrá curarse del todo —se detiene de nuevo, con las lágrimas cayéndole por las mejillas—. Estoy intentando entenderlo. De verdad que sí. El problema es que cada vez que lo miro, veo al monstruo de las noticias. Al asesino.
—Entonces mira más allá —le suplico—. Mira al hombre que hay debajo. Al que está aprendiendo a controlarse. Al que moriría por protegerme.
—¿O mataría por ti? —La pregunta queda suspendida entre nosotras, incómoda y certera.
No lo niego. No puedo negarlo.
—¿Sería tan malo si eso significara mantenerme a salvo?
El silencio de mamá lo dice todo.
Volvemos a la casa en silencio, con el abismo entre nosotras tan inmenso como el océano que tenemos al lado.