Encarcelada (Serie Convictos) 39 Willow
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39 Willow

Las ruedas del avión tocan la pequeña pista de aterrizaje privada y me arrancan del duermevela contra el hombro de Axel. La oscuridad nos envuelve fuera de las ventanillas; solo las luces de la pista iluminan nuestra llegada. Caigo en la cuenta: lo hemos conseguido. De verdad estamos en Brasil.

Tommy sale primero y barre el área con la mirada, alerta y metódico, antes de hacernos una señal de asentimiento. Axel me toma de la mano mientras bajamos los escalones; su agarre es firme, reconfortante. El aire cálido y húmedo de la noche nos envuelve, tan distinto de lo que dejamos atrás.

Los labios de Axel me rozan la oreja. —Hogar, dulce hogar, duendecilla.

Un todoterreno negro nos espera en el borde de la pista, con los faros hendiendo la oscuridad. El conductor no hace preguntas; simplemente acepta la dirección que le doy en un portugués entrecortado y se aleja de la pista.

Se me retuerce el estómago de los nervios mientras serpenteamos por carreteras costeras bajo un cielo cuajado de estrellas. No por la fuga; esa parte salió perfecta. Es lo que nos espera en la casa de la playa. Quién nos espera.

Mamá.

La casa de la playa aparece tras una curva: paredes de estuco blanco iluminadas por luces de jardín, el océano invisible en la noche más allá.

Detrás se alza un denso muro de exuberante bosque tropical, plateado bajo la luz de la luna que se filtra a través del dosel.

La compré a través de una cuenta offshore y borré mis huellas con cuidado.

Hace cuatro días, envié a mamá aquí para unas vacaciones que le hacían mucha falta.

No tiene ni idea de lo que se avecina.

—Es esa —señalo mientras el todoterreno aminora la marcha—. Entra ahí.

Tommy silba por lo bajo. —Vaya casoplón.

Axel entrecierra los ojos mientras estudia la propiedad. —Aislado. Buenas líneas de visión —asiente con aprobación; su mirada se demora en el bosque bañado por la luna, que ofrece cobertura natural en tres lados—. Buena elección.

El coche se detiene y contengo el aliento, expectante. Salgo al camino de entrada cubierto de conchas trituradas; el aire nocturno está cargado de sal y humedad. A través de las ventanas abiertas de la casa me llega el sonido tenue de música clásica: el Chopin favorito de mamá.

Me dirijo hacia la puerta con Axel y Tommy flanqueándome como sombras.

Antes de que pueda llamar, la puerta se abre de golpe.

Mamá está ahí, vestida con pantalones de lino fluidos y una blusa ligera; una sonrisa de bienvenida se le congela en el rostro al ver quién tiene delante.

El cálido resplandor del interior proyecta largas sombras sobre sus rasgos mientras sus ojos van abriéndose más y más, de mi rostro a los nudillos marcados de Axel, a la postura vigilante de Tommy.

—¿Willow? —Se le va el color de la cara—. ¿Qué están... cómo...? —Su mirada se clava en Axel y un destello de reconocimiento le cruza los ojos. Ha visto su cara en las noticias—. ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son estos hombres?

Doy un paso adelante y le pongo la mano en el brazo. —Mamá, necesito hablar contigo.

Se aparta de mi contacto sin apartar los ojos del rostro de Axel.

—Axel —digo, esforzándome por mantener la voz firme a pesar del huracán de emociones que se arremolina dentro de mí—. ¿Podéis tú y Tommy revisar el perímetro? ¿Aseguraros de que todo esté en orden?

Los ojos de Axel se encuentran con los míos; hay una pregunta tácita en ellos. Asiento ligeramente para hacerle saber que estaré bien.

—Claro —me roza la mejilla con los dedos, un gesto posesivo que hace que mi madre ahogue un grito—. Grita si me necesitas.

Mientras se alejan hacia la oscuridad que rodea la casa, guío a mamá adentro y cierro la puerta. Se le nota cómo palidece mientras nos sentamos en el sofá blanco impoluto, bajo la suave luz de la lámpara.

—Ese es Axel Morrison. El asesino en serie. Willow, ¿qué has hecho?

Respiro hondo. —Lo ayudé a escapar de prisión. A él y a Tommy.

—¿Que hiciste qué? —Se echa hacia atrás como si la hubiera abofeteado—. Esto es... esto no puede estar pasando. ¡Eres psicóloga, Willow! ¡Ayudas a la gente!

—Estoy ayudando a alguien. Estoy ayudando a Axel.

—¡Es un asesino! —La voz de mamá se eleva, teñida de pánico.

—Es complicado, mamá. Nosotros... nos enamoramos. Y sé que suena a locura, créeme, pero él es diferente. Está cambiando.

Se le llenan los ojos de lágrimas. —¿Has tirado tu carrera, tu vida... por un psicópata? ¡Willow, esta no eres tú!

—Soy yo. Quizá siempre lo fui. Nunca me he sentido más viva, más yo misma, que con él.

A mamá se le hunden los hombros; la decepción le graba líneas profundas alrededor de la boca. —¿Y qué hay de mí? ¿Qué se supone que haga ahora? ¡No puedo desarraigar mi vida entera y mudarme a Brasil sin más!

—Lo sé, mamá. No te estoy pidiendo eso. No podía marcharme sin explicártelo, sin darte esa opción... sin despedirme.

La palabra queda suspendida entre nosotras, casi tangible. Adiós.

—¿Entonces eso es todo? —pregunta—. ¿Lo eliges a él antes que a tu carrera? ¿Antes que a mí?

Miro el rostro surcado de lágrimas de mamá y siento que se me oprime el pecho. Las palabras se me atragantan, pero las fuerzo a salir.

—Esperaba que tal vez pudieras... quedarte —se me quiebra la voz—. Aquí. Con nosotros.

Mamá abre la boca de par en par. —¿Contigo y... y el asesino?

—Axel —la corrijo con suavidad—. Y sí.

Un silencio doloroso se extiende entre nosotras. El reloj de la pared marca las 22:17; lo tardío de la hora acentúa la cualidad surrealista de esta conversación.

—Sé que suena a locura —continúo mientras jugueteo con el dobladillo de la camisa—.

Pensé... esperaba... que pudiéramos ser una familia aquí.

Siempre has querido viajar más, y este lugar es precioso —hago un gesto hacia las ventanas, donde la noche oculta el océano, pero su rumor rítmico llena los silencios entre nuestras palabras—.

Y podrías conocer a Axel, al verdadero Axel, no solo lo que has visto en las noticias.

Mamá me mira como si me hubiera crecido otra cabeza. —Willow, ¿te estás escuchando? ¿Quieres que deje toda mi vida atrás para irme a vivir con mi hija fugitiva y su novio psicópata?

—Es más que eso. —Sus palabras me atraviesan como un cuchillo—. Cuando estoy con él, las voces de su cabeza se callan. Yo lo ayudo. Él me ayuda. Nos equilibramos mutuamente.

—Esto no es equilibrio, cariño. Esto es locura. —Me coge la mano—. Necesitas ayuda. Podemos encontrar una salida. Aún no es tarde.

Aparto la mano. —No quiero una salida. Quiero que lo entiendas. Lo quiero, mamá. Y a ti también. Por eso organicé todo esto: la casa, traerte aquí. Pensé que quizá verías lo feliz que soy y... no sé... querrías formar parte de esto.

A mamá se le llenan los ojos de lágrimas. —Oh, Willow. —Su voz rebosa dolor—. Mi niña. ¿Qué te ha hecho?

El sonido de la puerta corredera de cristal nos hace volvernos a las dos. Axel está en el umbral, su imponente figura recortada contra la noche. Tiene la mandíbula apretada, los ojos tormentosos: lo ha oído todo. Se me cae el alma a los pies.

—Axel... —empiezo, pero él levanta una mano y me corta.

—Necesito decir algo. —Su voz suena distinta, sin su habitual filo peligroso. Da un paso adelante y mamá se encoge instintivamente contra el sofá.

Axel me sorprende: abandona su postura habitual de dominio, se arrodilla ante mi madre y se coloca por debajo de sus ojos. Nunca lo he visto empequeñecerse ante nadie.

—Señora Matthews —dice en voz baja—. Entiendo su miedo.

Si yo fuera usted, sentiría lo mismo. —Se pasa una mano por el pelo oscuro, un gesto de nerviosismo que rara vez le he visto—.

He hecho cosas terribles. No lo negaré. Pero su hija.

.. —Se le quiebra la voz—. Willow es la única persona que ha conseguido que las voces se callen.

Mamá abre los ojos de par en par y su mirada salta entre nosotros.

—Las tengo desde niño —continúa Axel, con esos ojos verdes que solo he visto tan sinceros en nuestros momentos más íntimos—.

Voces que me ordenan hacer daño, destruir.

Nunca se callaban. Hasta que llegó ella.

—Me mira con la vulnerabilidad a flor de piel—.

Cuando me toca, cuando está cerca, hay silencio por primera vez en mi vida.

Se vuelve hacia mamá. —No he hecho daño a nadie desde que la conocí, salvo para sobrevivir.

No quiero hacerlo. Ella me hace sentir..

. normal. Humano. Algo que nunca creí posible.

—Tiene las manos abiertas, las palmas hacia arriba, en gesto de súplica—.

Sé que no tiene ninguna razón para creerme, pero quiero a su hija.

Y creo que ella también me quiere. No porque esté rota o dañada, sino porque ve en mí algo que merece salvarse.

Mamá sigue pálida, pero su expresión ha pasado del terror a algo más complejo: incredulidad mezclada con una curiosidad a regañadientes.

—Las voces —pregunta—, ¿se callan del todo?

Observo cómo se desarrolla este momento inesperado. Axel, el peligroso y poderoso Axel, arrodillado ante mi madre, dejándose ver tal como es. Nunca lo he visto mostrarse tan vulnerable ante nadie más.

—Sí —digo, respondiendo a mamá—. Se callan del todo cuando estamos juntos. Es como si... yo fuera su ancla, de algún modo.

Los ojos de mamá escudriñan los míos en busca de señales de manipulación o delirio. Le sostengo la mirada con firmeza, dejando que vea la verdad.

—No planeé que nada de esto pasara —continúo mientras me siento a su lado—. Estaba haciendo mi trabajo, intentando ayudarlo, y algo... conectó. Algo poderoso.

Mamá niega despacio con la cabeza, pero ahora hay menos miedo en sus ojos. —Willow, siempre has querido arreglar las cosas rotas. Desde pequeña.

—No se trata de arreglarlo, mamá. Se trata de quererlo tal como es. —Le cojo las manos y esta vez no las aparta—. Me hace sentir viva de formas que nunca imaginé posibles. Ve esa parte de mí que siempre he intentado ocultar, y la acepta. La abraza.