38 Axel
La libertad está a nueve metros de nosotros, encerrada en el fuselaje de este destartalado bimotor. El piloto, un tipo de pelo grasiento por el que Gary respondió, no para de alternar miradas nerviosas entre los instrumentos y la pista.
Apenas nos hemos acomodado en los asientos cuando la radio chisporrotea.
—Aeronave no identificada en el campo de Sawyer, aquí el Departamento del Sheriff. Mantengan su posición. No intenten, repito, no intenten despegar.
La nuez del piloto sube y baja al tragar con dificultad.
—No puedo hacer esto —murmura, y alarga la mano hacia la radio.
Antes de que sus dedos toquen el dial, mi Glock le presiona la sien.
—Sí, claro que puedes —mantengo la voz uniforme, casi amigable—. Y lo harás.
Sus ojos se desvían hacia las luces azules y rojas que parpadean a lo lejos.
—Nos derribarán —gimotea.
—No si ya nos hemos largado —hundo más el cañón—. Ahora.
Willow contiene la respiración detrás de mí. Aunque no puedo verle la cara, siento su tensión inundando la cabina.
—Axel... —advierte Tommy, que se inclina desde el asiento trasero.
Las manos del piloto tiemblan sobre los controles. Fuera, unos neumáticos chirrían cuando el primer coche patrulla derrapa en la pista.
—Joder, ya está bien —agarro la pistola por el cañón, la giro y se la planto a Willow en las manos—. Apunta a su cabeza. Si se detiene, aprieta el gatillo.
Abre los ojos como platos, pero la coge, con los nudillos blancos de apretar la empuñadura.
Busco detrás del asiento el rifle de caza que escondí allí: un Remington viejo que encontré colgado sobre la chimenea de la cabaña. No es bonito, pero servirá.
Abro la ventanilla lateral cuando el motor por fin ruge y cobra vida. El avión da una sacudida hacia delante y empieza a ganar velocidad.
—Eso es. Sigue —le digo al piloto mientras cargo el rifle.
El coche patrulla acelera hacia nosotros, intentando cortarnos el paso. Controlo la respiración y aprieto el gatillo. El rifle me golpea el hombro con el retroceso y el neumático delantero del coche revienta en una lluvia de goma. El vehículo colea y sale disparado dando trompos.
—No pares —ordeno mientras cargo otra bala—. No pares, joder.
Alineo el siguiente disparo con soltura a pesar de las vibraciones del avión. Un segundo coche patrulla gira bruscamente para bloquearnos el paso, pero ya lo tengo en el punto de mira.
—Hoy no, cabrones.
Mi segundo disparo alcanza el neumático trasero con precisión quirúrgica. El coche patrulla colea con violencia, da vueltas sobre sí mismo y vuelca de lado. La inercia lo arrastra, rueda dos veces y queda hecho un amasijo de chatarra humeante.
El avión gana velocidad y traquetea bajo nosotros mientras nos lanzamos por la pista. Por la mira veo al agente que sale a rastras de los restos, aturdido pero vivo. Bien. No necesito más muertos sobre mi conciencia hoy.
—Joder, Axel —murmura Tommy detrás de mí.
Bajo el rifle y me encuentro con los ojos desorbitados de Willow, que sigue apuntando con la pistola a la cabeza del piloto.
—Ya puedes aflojar, duendecilla —le doy un toque suave en la muñeca—. A menos que intente alguna estupidez.
El piloto está demasiado ocupado ahora, con las manos volando sobre los controles mientras alcanzamos la velocidad de despegue. El morro se levanta y, de repente, estamos en el aire; la pequeña avioneta se eleva con una sacudida que revuelve el estómago.
Por la ventanilla trasera veo un convoy de vehículos que entra en la pista: sheriff del condado, policía estatal e incluso lo que parece un equipo SWAT. Demasiado jodidamente tarde.
—Están aquí —anuncia Tommy innecesariamente, pegado a su ventanilla.
—Más alto —ordeno al piloto—. Llévanos por encima de su alcance.
Obedece sin rechistar y nos mete en un ascenso pronunciado hacia el aire frío de la mañana.
Abajo, figuras diminutas salen de los vehículos; algunas levantan lo que deben de ser armas, pero ya estamos demasiado alto.
Incluso con miras telescópicas, tendrían que ser tiradores excepcionales para alcanzar una aeronave en movimiento a esta distancia.
El avión vira hacia el este, de espaldas al sol naciente, y por fin me relajo. La descarga de adrenalina que me sostenía empieza a remitir y deja tras de sí una quietud profunda: no la calma de la paz, sino la calma de la supervivencia.
Miro a Willow. Tiene el pelo revuelto, la cara manchada de suciedad y los ojos todavía chispeantes de miedo y euforia. Pero sonríe: de algún modo, increíblemente, sonríe.
Le paso el arma a Tommy sin apartar los ojos del horizonte.
—No dejes de apuntarle. Si intenta alguna estupidez, dispárale.
Tommy asiente con el rostro serio pero decidido mientras coge el arma. El chaval ha echado agallas desde que escapamos. Bien. Las va a necesitar.
Todavía me arde la sangre de adrenalina, la emoción de la fuga me recorre el cuerpo como electricidad. Pero hay algo más: un hambre que no ha dejado de crecer desde que despegamos.
—Ven aquí —exijo. La agarro de la muñeca y tiro de ella hacia la parte trasera del avión.
La pequeña aeronave tiene una sección trasera separada por un tabique: cuatro asientos de cuero enfrentados con una mesa estrecha atornillada al suelo en medio. No es precisamente íntimo, pero me importa una mierda.
Willow abre mucho los ojos cuando la siento en mi regazo, con la espalda contra mi pecho.
—Axel, pueden ver...
La hago callar con un beso, una mano enredada en su pelo mientras la otra se cuela bajo su camiseta. Sabe a libertad.
—Que miren —le susurro al oído, y la siento estremecerse—. Quiero que vean quién te posee de verdad.
Willow deja escapar gemidos suaves mientras le subo la camiseta. Su piel es pálida bajo la luz tenue, marcada con los moretones de nuestra fuga: medallas de honor que recorro con los dedos.
Veo los hombros de Tommy tensarse mientras mantiene deliberadamente la vista al frente. El piloto echa un vistazo por encima del hombro antes de que Tommy le ajuste el cañón del arma contra las costillas.
—Ojos en el cielo —le ordena Tommy.
Willow se gira en mi regazo y se monta a horcajadas sobre mí. Sus ojos son pozos oscuros que la hacen parecer jodidamente etérea, con el rubor que se extiende por sus mejillas.
—¿Sigues conmigo? —murmuro mientras le agarro las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas.
Asiente y se muerde el labio mientras se frota contra mí.
—Siempre.
El avión atraviesa una turbulencia y nos sacude, pero la mantengo firme. Nada importa ahora salvo esto: ni los policías que dejamos atrás ni el futuro incierto que nos espera. Solo el cuerpo de Willow contra el mío mientras la reclamo y la marco como mía.
Agarro la cinturilla de los pantalones de Willow sin apartar los ojos de los suyos mientras empiezo a bajárselos. Sus ojos azules se abren con esa mezcla perfecta de miedo y hambre a la que me he vuelto adicto.
—Levántate —ordeno con voz ronca de deseo.
Obedece al instante y se eleva ligeramente sobre las rodillas para dejarme deslizar la tela por sus muslos. El avión se sacude al atravesar otra zona de turbulencia y ella me agarra los hombros para estabilizarse.
—Buena chica —murmuro, y la recompenso con un mordisco en el cuello expuesto que la hace gemir.
Los pantalones se le enganchan en los tobillos y gruño frustrado.
Tiro con más fuerza hasta que quedan libres y los lanzo a un lado, sin que me importe dónde caen en la estrecha cabina.
Sus bragas son de algodón negro sencillo, prácticas, nada elegantes, pero vérselas puestas me vuelve loco igualmente.
—Estas también —digo, y engancho los dedos bajo el elástico mientras arrastro deliberadamente los nudillos contra su coño empapado.
Willow jadea y sus caderas se sacuden hacia delante involuntariamente.
—Axel...
Le arranco la fina tela por las piernas, ya sin delicadeza. No puedo ser delicado. La necesito jodidamente demasiado.
Mi naturaleza violenta se ha quedado completamente en silencio. Sin rabia, sin impulsos de destrucción. Solo un enfoque obsesivo en reclamar lo que es mío.
—Necesito que me mires —exijo cuando sus párpados aletean y se cierran.
Lo hace, con las pupilas dilatadas. Sus muslos tiemblan mientras se mantiene suspendida sobre mí, a la espera. Mis manos le agarran las caderas con fuerza suficiente para dejar moratones, marcas que le recordarán a quién pertenece.
—Dilo —mis dedos se clavan más hondo en su piel suave—. Dime a quién perteneces.
—A ti —proclama con la voz quebrada—. Solo a ti, Axel.
Algo posesivo ruge en mi interior ante sus palabras. Le suelto una cadera el tiempo justo para bajarme la cremallera, un sonido obscenamente alto en el reducido espacio.
—Mía —gruño mientras la coloco sobre mí—. Cada jodido centímetro de ti es mío.
La coloco sobre mí, tan cerca que podría gritar de necesidad. El avión se estremece al atravesar otra zona de turbulencia. Aun así, apenas lo noto: mi mundo entero se ha reducido a Willow.
Ambos jadeamos cuando la lleno. Sus paredes se contraen a mi alrededor, calientes, apretadas, perfectas. Nos quedamos congelados así un momento. Sus ojos azules están frenéticos, llenos de necesidad de mí.
—¿Sientes eso? —pregunto en voz lo bastante baja para que solo ella pueda oírme—. Así se siente la libertad.
Asiente, incapaz de hablar, mientras le agarro las caderas y la guío en un ritmo lento. Los pequeños movimientos del avión se suman a la sensación; cada bache y cada bajada intensifican la fricción entre nosotros.
Solo existe Willow. Solo este momento, suspendidos a kilómetros sobre la tierra. Solo la sensación de por fin, por fin ser libre.
Deslizo una mano por su espalda y le enredo los dedos en el pelo. Tiro y le fuerzo la cabeza hacia atrás para exponer la pálida columna de su garganta. Las marcas que dejé antes ya se están oscureciendo hasta convertirse en moratones: mi marca sobre su piel, a la vista de cualquiera.
Guío las caderas de Willow en un ritmo lento y tortuoso mientras la observo morderse el labio para sofocar los sonidos que amenazan con escapar.
Hay algo jodidamente embriagador en tomarla así, al descubierto, con Tommy y el piloto a solo unos metros, las espaldas rígidas mientras fingen no oír lo que está pasando.
—Ojos al frente —le recuerdo a Tommy cuando empieza a girar la cabeza al oír el gemido ahogado de Willow. Vuelve a prestar atención de inmediato. Chico listo.
Saber que nos ignoran deliberadamente solo lo intensifica todo. La tensión en la cabina se palpa en el aire.
—Pueden oír todo —ronroneo contra el oído de Willow, y la siento contraerse a mi alrededor ante mis palabras—. Cada sonido que haces. Cada vez que me deslizo húmedo dentro de ti.
Entierra el rostro en mi cuello, intentando amortiguar los sonidos, pero le agarro el pelo y le echo la cabeza hacia atrás.
—No. Quiero que te oigan. Quiero que sepan exactamente lo que te estoy haciendo.
Sus labios se separan, las mejillas sonrosadas de excitación, y ese toque de miedo que me vuelve loco aflora en sus ojos. Empujo hacia arriba con más fuerza y la hago jadear en voz alta.
—Eso es —gruño—. Deja que oigan lo bien que te hago sentir.
El avión atraviesa otra bolsa de turbulencia que nos sacude y me empuja más hondo. Willow grita, incapaz de contenerse, y el sonido resuena en la pequeña cabina. Tommy se remueve en su asiento pero mantiene el arma firme apuntando al piloto.
La emoción de follármela con público —por muy involuntario que sea— me recorre con una oleada de poder casi tan buena como el sexo en sí. Nunca me han ido las reglas ni el decoro. Aun así, hay algo especialmente satisfactorio en reclamar lo que es mío mientras otros están tan cerca.