36 Axel
El hedor de muerte llena la cabaña. La sangre gotea de mis nudillos y los flexiono, sintiendo el dolor de siempre.
—Tenemos que movernos. Los hombres de Marcus encontraron este lugar, lo que significa que otros también lo harán.
Echo un vistazo por la ventana y veo un cobertizo detrás de la cabaña. Dentro hay un Chevy antiguo, oxidado y abandonado, pero los neumáticos no están resecos. Perfecto.
—Quedaos aquí —les digo mientras me dirijo hacia el vehículo. La puerta cruje cuando la abro de un tirón. El interior apesta a moho y podredumbre, pero servirá. Me deslizo bajo la columna de dirección y mis dedos encuentran los cables de siempre. La cárcel no me oxidó en esto.
Chispa. Nada. Otro intento. El motor tose y luego ruge cobrando vida. Se me dibuja una sonrisa mientras lo acelero.
—Subid —les digo haciéndoles un gesto. Willow ayuda a Tommy a acomodarse en el asiento trasero mientras ella ocupa el del copiloto.
El GPS de nuestro kit de escape cobra vida. Estudio el terreno y trazo nuestra ruta a través del denso bosque. Estamos a una hora de la frontera si nos mantenemos en estos caminos forestales. Cada minuto cuenta antes de que la policía bloquee la zona.
Meto la marcha y las ruedas patinan en el barro antes de encontrar agarre. Los faros cortan la oscuridad mientras avanzamos por senderos cubiertos de maleza. Willow se aferra al asiento pero no emite ni un sonido.
Esa es mi chica.
El motor protesta mientras lo fuerzo más, las ramas rascan los laterales. Pero conozco estos bosques; pasé años memorizando mapas que me colaban de contrabando, preparando exactamente este escenario. Tenemos una pequeña ventana antes de que descubran que vamos hacia la frontera.
Tommy comprueba los retrovisores.
—Aún no hay luces detrás.
—Bien. Que siga así.
Agarro el volante con fuerza mientras rebotamos sobre otro bache en estos malditos caminos secundarios. La noche se cierne sobre nosotros y promete tanto cobertura como peligro. Me duele la mandíbula de tanto apretarla.
Entonces los dedos de Willow se deslizan por la consola central hasta encontrar los míos. Su contacto es suave al principio, tentativo, antes de apretar.
Las voces desaparecen así, sin más.
Es un silencio tan repentino y completo que casi duele. Sin gritos, sin exigencias de sangre, sin amenazas que me empujen a destruirlo todo a mi paso. Solo... silencio.
La miro, su rostro pálido bajo las tenues luces del salpicadero, sus ojos firmes en los míos. Le devuelvo el apretón mientras algo desconocido se expande en mi pecho.
Durante más de una hora, conducimos en completo silencio.
Los únicos sonidos son las quejas del motor y algún quejido ocasional de Tommy por el brazo herido.
Ninguno de nosotros habla. Todos contenemos la respiración, como si el más mínimo ruido pudiera atraer a la policía o a los hombres que le quedan a Marcus.
Pero bajo esa tensión hay algo más, al menos para mí. Esta extraña paz en mi cabeza. He pasado toda mi vida con esas voces, esa rabia constante empujando en los límites de mi mente. Han sido mis compañeras, mi maldición, mi combustible. Sé funcionar con ellas. Este silencio es terreno desconocido.
Acaricio con el pulgar los nudillos de Willow y oigo cómo contiene el aliento. Está asustada, pero no se suelta, ni de mi mano, ni de este plan demente, ni de mí.
El camino se estrecha, los árboles rascan los laterales del coche.
Nos adentramos más en el monte, pero según el GPS, estamos más cerca de nuestro objetivo.
Tommy se remueve nervioso, escudriñando la oscuridad más allá de los faros.
El coche da una sacudida al golpear otro bache, pero Willow no afloja el agarre.
Nunca pensé que encontraría esto: alguien capaz de silenciar el caos dentro de mí con solo un roce. Me había convencido de que esas cosas no existían, no para monstruos como yo.
Y sin embargo, aquí está.
Levanto el pie del acelerador cuando los árboles empiezan a clarear. El oscuro dosel del bosque nos ha mantenido ocultos. Aun así, ya distingo la cinta plateada de asfalto a lo lejos: la carretera principal que discurre paralela a la frontera.
—Vamos a llegar al asfalto pronto —anuncio, y noto que Tommy se tensa a mi lado—. Menos de un kilómetro y medio.
Willow se inclina hacia delante.
—¿Hay controles?
—Probablemente a estas alturas —digo entrecerrando los ojos para mirar el GPS—. Con las noticias de la fuga, habrán montado controles en todas las rutas principales hacia la frontera.
Tommy se remueve en el asiento.
—Entonces, ¿cuál es el plan? No podemos llegar a la frontera sonriendo como si nada.
El coche se sacude sobre un tramo especialmente accidentado y el dolor me atraviesa los nudillos magullados, que siguen aferrados al volante. La sangre de los hombres de Marcus se ha secado en los pliegues de mis manos.
—Solo un poco más —murmuro con los ojos fijos en el camino. Los faros cortan la negrura.
Willow se mueve a mi lado, su perfil iluminado por el tenue resplandor del salpicadero. Se gira para mirar a Tommy en el asiento trasero.
—La primera casa de seguridad está a unos dieciséis kilómetros de aquí —dice, con la voz más firme de lo que esperaba—. Tengo un contacto que nos espera allí para sacarnos en avión hacia Brasil.
Tommy se inclina hacia delante y hace una mueca cuando el movimiento le sacude el brazo herido.
—¿Brasil? Creía que íbamos a México.
Aprieto el volante con más fuerza.
—Ese era el plan original. Rico y tú ibais a separaros y largaros a México.
La mención de Rico queda flotando en el aire. Nadie menciona su ausencia.
—Las cosas cambiaron —digo secamente.
Willow alarga la mano y la posa sobre mi muslo. El contacto silencia al instante los susurros que empiezan a acumularse de nuevo en mi mente.
—Solo tengo documentación falsa preparada para Axel y para mí —le explica a Tommy—. No sabía que vendrías con nosotros.
Tommy abre mucho los ojos.
—¿Y qué pasa conmigo?
—Vendrás igualmente —dice Willow rápidamente—. Saldremos desde una pista de aterrizaje privada. No van a fijarse en alguien sin papeles. Una vez en Brasil, te conseguiremos los tuyos.
La miro, impresionado una vez más por su capacidad de planificación. Ha pensado en todo: tiene una mente criminal nata.
—¿Estás segura de esto? —le pregunto en voz baja.
Me sostiene la mirada.
—Nunca he estado más segura de nada.
El GPS emite un pitido para avisar de un giro. Levanto el pie del acelerador y me preparo para tomar la curva cerrada que nos acercará a la libertad.
Voy conduciendo en silencio cuando Willow me indica que gire por un camino de tierra casi invisible desde la carretera principal. El sendero serpentea entre pinos densos hasta desembocar en un pequeño claro con un granero agrícola. La chica lista eligió un refugio bien escondido.
—Hemos llegado —anuncia, con el alivio reflejado en el rostro—. Mi contacto no llegará hasta mañana por la mañana. Descansaremos hasta entonces.
Tommy entra mientras yo examino el perímetro. Ese cosquilleo familiar en la base del cráneo me advierte que debo permanecer alerta. Han convertido el granero: dos dormitorios, un baño, cocina con conservas. Mejor que la prisión, pero no por mucho.
—Descansa un poco —le digo a Tommy, que se desploma en un sofá raído con el rostro pálido. Willow le cura las heridas con el material que había traído.
Me apoyo en el marco de la puerta y observo a Willow trabajar en el brazo de Tommy. Sus movimientos son precisos y clínicos: un recordatorio contundente de la vida que dejó atrás. Tommy hace una mueca cuando ella le entablilla el antebrazo roto, pero no suelta ni un quejido.
—Se te da bien eso —digo.
Willow no levanta la vista.
—No me quedó más remedio. La rotación en urgencias durante la residencia fue brutal.
Hay algo tranquilizador en verla trabajar. El teléfono de Tommy vibra en la mesa junto a él, y me tenso de inmediato. Nadie debería tener este número.
Tommy lo coge con la mano buena.
—Es Dante —dice sorprendido, y lo pone en altavoz.
—¿Tommy? ¿Estás ahí? —La voz de Dante suena tensa, con crepitaciones distantes de fondo.
—Sí, estoy aquí. ¿Qué está pasando?
—Todo se ha ido a la mierda, tío. —Dante respira con dificultad—. El motín... es grave. Los guardias están disparando a la gente. Estoy escondido en la lavandería.
Se me tensan los músculos.
—¿Alguien nos está buscando?
—¿Axel? ¿Eres tú? —Una pausa—. Sí, saben que os habéis ido. Pero no llamo por eso. Marcus está muerto.
La noticia me golpea como un puñetazo. Cruzo una mirada con Willow, que se ha quedado paralizada a medio vendaje.
—¿Estás seguro? —pregunto.
—Seguro. Le alcanzó una bala perdida durante el motín. Le atravesó el cráneo. —El tono de Dante se vuelve serio—. Pero su banda fuera de la prisión todavía va a por vosotros. Su segundo, Vince, ha tomado el mando. Y está cabreado.
Willow me mira con los ojos muy abiertos, llenos de miedo. Me acerco y le pongo la mano en el hombro.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Pero tienen recursos, contactos. La organización de Marcus tiene mucho alcance. —La conexión crepita—. Escucha, tengo que irme. Vienen guardias. Solo... cuidaos las espaldas.
La llamada se corta y nos quedamos en silencio. Tommy nos mira a uno y a otro con el rostro pálido.
—Así que Marcus está muerto, pero seguimos jodidos —resume.
Le aprieto el hombro a Willow.
—Nos ceñimos al plan —digo con firmeza—. Nada ha cambiado. Seguimos saliendo al amanecer con tu contacto.
Llevo a Willow al dormitorio más grande, cierro la puerta y echo el pestillo.
La habitación es austera: solo una cama con un colchón delgado, una silla de madera y una ventana pequeña con las cortinas bien cerradas, pero ofrece más privacidad de la que he tenido en años.
Willow deja escapar un suspiro hondo mientras se tumba en la cama, sin molestarse en meterse bajo las mantas.
La luz de la luna que se filtra por las cortinas finas le ilumina el rostro, resaltando el agotamiento que se le marca en las facciones.
Tiene sangre en la mejilla. El pelo enredado con hojas y tierra.
Nunca me ha parecido más hermosa.
Me tumbo a su lado y el colchón se hunde bajo nuestro peso. Me duele el cuerpo por la pelea, la huida y los años de tensión que por fin se liberan. La atraigo hacia mí y ella se abandona en mis brazos.
—Lo logramos —anuncia.
—Hemos llegado hasta aquí, pero aún no estamos fuera de peligro. —Le rozo el cuello con los labios.
Los dos estamos demasiado agotados para nada más, con el cuerpo llevado al límite. Pero necesito saborearla, recordarme a mí mismo que esto es real. Que ella es real.
La beso con suavidad mientras le acuno el rostro con la mano. Ella responde con la misma ternura, los dedos trazándome dibujos en el pecho. Es extraño, esta ternura. Nunca la había conocido antes de conocerla a ella.
—Duerme —murmuro contra sus labios—. Yo haré guardia.
Ella asiente, con los ojos ya cerrándosele mientras se acurruca contra mí.
—Solo unas horas.
La estrecho contra mí y escucho cómo su respiración se vuelve acompasada. Afuera, el mundo nos caza. Pero ahora, con su calor contra mí, siento algo peligrosamente parecido a la paz.