35 Willow
Me duelen los pies con cada paso por el denso bosque. La luna brilla en lo alto, proyectando sombras inquietantes entre los árboles. No esperaba que el viaje durara tanto; mis zapatos de trabajo no están hechos para caminar por el monte.
—Solo un poco más —dice Axel, con la mano firme en mi espalda baja. Tommy nos sigue detrás; su respiración entrecortada es el único sonido aparte de nuestros pasos sobre las hojas caídas.
Me arden los muslos de tanto trepar troncos caídos y sortear pendientes empinadas. El bosque parece interminable, cada árbol idéntico al anterior. Tropiezo con una raíz, pero Axel me sujeta antes de que caiga.
—Ahí —Axel señala una forma oscura más adelante. Según nos acercamos, distingo la silueta de una cabaña con las ventanas oscuras y vacías. La estructura de madera se inclina ligeramente hacia un lado, con musgo trepando por sus paredes desgastadas.
Axel toma la delantera y rodea el perímetro mientras Tommy y yo esperamos entre las sombras. La puerta cuelga suelta de sus bisagras. Dentro, el polvo cubre cada superficie. Un sofá apolillado descansa bajo una ventana agrietada, y una chimenea rústica ocupa toda una pared.
—Está despejado —dice Axel mientras nos hace pasar—. Tommy, revisa la habitación del fondo.
Me dejo caer en el sofá, ignorando el olor a humedad. Un cansancio profundo se apodera de mí a medida que la adrenalina va bajando. Axel se arrodilla frente a mí y me examina los pies, llenos de ampollas.
—Deberías haberme dicho que lo estabas pasando mal —dice con delicadeza mientras me quita los zapatos.
—No podíamos parar —hago una mueca cuando me quita los calcetines—. No con ellos pisándonos los talones.
Tommy vuelve de su inspección.
—El lugar está seguro. He encontrado unas mantas viejas en un baúl.
Me levanto del sofá pese al dolor de pies.
—Déjame verte el brazo, Tommy.
Axel se interpone entre nosotros.
—Está bien. Tú lo que necesitas es descansar.
—Soy médica, Axel. Aunque no sea mi especialidad, tuve formación médica básica —le sostengo la mirada sin ceder—. Tommy nos ayudó a escapar. Se lo debemos.
Tommy se desploma contra la pared, con el rostro pálido de dolor. Axel aprieta la mandíbula, pero se hace a un lado.
—Gracias —digo mientras me acerco a Tommy—. ¿Puedes enseñarme dónde te duele?
Tommy señala el brazo derecho, que le cuelga en un ángulo extraño.
Examino el hombro con cuidado y observo la deformidad y cómo lo protege.
—Está dislocado. Puedo colocártelo en su sitio, pero va a doler.
Tommy abre los ojos de par en par.
—¿Puedes hacer eso?
—Tuve formación en urgencias durante la carrera —explico mientras evalúo la articulación—. Axel, necesito tu ayuda.
Axel se coloca detrás de Tommy sin rechistar.
—¿Qué necesitas que haga?
—Sostenlo firme. Esto va a doler —me coloco frente a Tommy—. Necesito que te relajes todo lo que puedas —le digo—. Cuanto más tenso estés, más difícil será.
Tommy asiente nervioso, con el sudor acumulándose en la frente.
—Axel, que no se mueva —miro a Tommy a los ojos—. Respira hondo. A la de tres.
Cuento, pero actúo en el dos, un truco que aprendí para pillar desprevenidos a los pacientes. Con movimientos precisos, roto el brazo hacia fuera y guío la cabeza del húmero de vuelta a la cavidad con un chasquido que revuelve el estómago.
Tommy ahoga el grito contra el brazo de Axel mientras el cuerpo se le sacude por el dolor repentino.
—Ya está —digo, y reviso la articulación de inmediato—. Todavía hay que inmovilizarlo.
Recorro la cabaña con la mirada y veo unas mantas.
—Axel, rasga una en tiras. Necesitamos hacer un cabestrillo.
Axel obedece sin discutir y rasga la tela mientras ayudo a Tommy a controlar la respiración pese al dolor que aún siente.
—La buena noticia es que no vas a necesitar hospital —le digo a Tommy mientras le preparo un cabestrillo improvisado—. Pero tendrás que mantenerlo inmovilizado unas semanas. Los ligamentos necesitan tiempo para curarse.
—Listo —digo al atar el último nudo—. Ya está en su sitio, pero te dolerá un tiempo. Intenta no moverlo mucho.
Tommy flexiona los dedos a modo de prueba.
—Ya me siento mejor. Gracias.
Le aprieto el hombro bueno.
—Intenta no moverlo mucho.
No puedo creer lo mal que ha salido todo. Este no era el plan; se suponía que solo íbamos a ser Axel y yo, desapareciendo en la noche. En cambio, estamos atrapados en esta cabaña decrépita con Tommy y su brazo dislocado. Rico está muerto, y encima fue un completo imbécil por delatarnos.
Me paso los dedos por el pelo enredado. La decisión de Axel de traer a su equipo lo ha puesto todo en riesgo. Podríamos estar ya a medio camino de la frontera, solo nosotros dos. En cambio, aquí estamos, cuidando a un hacker herido mientras los helicópteros de la policía sobrevuelan la zona.
La habitación principal resulta agobiante. Veo una puerta que da a lo que parece un dormitorio y me alejo de los demás. Un somier oxidado sostiene un colchón pelado, con los muelles asomando en algunos sitios. A estas alturas, me da igual; me duele demasiado el cuerpo como para ponerme exigente.
Me tumbo y el colchón cruje bajo mi peso. Manchas de humedad se extienden como continentes oscuros por el techo.
Oigo pasos pesados que se acercan. Axel aparece en el umbral, con expresión indescifrable.
—Deberías haberme dicho que pensabas traerlos —digo antes de que pueda hablar.
—Los necesitaba.
—No, no los necesitabas. Me necesitabas a mí y mis planes. Ahora estamos expuestos, vulnerables...
—Me fueron leales ahí dentro. Se lo debía.
Me incorporo, la ira ardiendo en mi interior.
—¿Leales? —me río con amargura mientras me levanto del colchón—. Rico nos vendió a Marcus. Por su culpa casi morimos allí.
El rostro de Axel se ensombrece al oír el nombre de Rico. Sus dedos se crispan a los costados: un gesto que he aprendido a reconocer cuando lucha por controlarse.
—¿Crees que no lo sé? Rico tomó su decisión y pagó por ella.
—Y ahora nosotros estamos pagando por tu decisión de traerlos —me bajo de la cama, sin dar un paso atrás—. La policía ya no es nuestro único problema. Marcus tiene gente fuera con recursos. Nos estarán cazando.
Una rama cruje fuera. Axel gira la cabeza bruscamente hacia el sonido, todo su cuerpo en tensión. A través de la ventana mugrienta, las sombras se mueven en la oscuridad.
—Agáchate —sisea Axel, empujándome detrás de la cama.
La puerta se astilla hacia dentro. Tres de los hombres de Marcus irrumpen con las botas retumbando en el suelo de madera. Se me acelera la respiración.
Axel se mueve como una serpiente al atacar. Su puño impacta en la garganta del primer hombre antes de que puedan siquiera levantar las armas. El crujido del cartílago me hace estremecer. El hombre cae, agarrándose la tráquea aplastada.
El segundo atacante lanza un tajo con el cuchillo. Axel le atrapa la muñeca y se la retuerce hasta que los huesos crujen. El cuchillo cae al suelo con estrépito. El codo de Axel se estrella contra el rostro del hombre y le hace saltar los dientes.
El tercer hombre lo agarra por detrás. La sangre salpica cuando Axel lanza la cabeza hacia atrás y le aplasta la nariz. Se libera, gira y le agarra la cabeza entre las manos. El crujido nauseabundo de un cuello roto resuena por la cabaña.
Dos hombres más irrumpen por la parte trasera. Tommy se aparta a rastras, protegiéndose el brazo roto. Uno de ellos levanta un arma.
Axel se mueve más rápido de lo que creí posible. Agarra el cuchillo caído y lo lanza. La hoja se clava en el ojo del pistolero. Antes de que su compañero pueda reaccionar, Axel está sobre él. Le agarra la mandíbula con ambas manos, los músculos en tensión, y literalmente se la arranca del rostro.
La violencia es horrorosa y primitiva. Sin embargo, no puedo apartar la mirada. Esta es la forma más pura de Axel: gracia letal, poder en bruto y brutalidad absoluta. El monstruo del que todos me advirtieron.
El último hombre intenta huir. Axel lo atrapa por el pelo y lo arrastra de vuelta.
—Por favor... —solloza el hombre.
Axel responde estrellándole la cabeza contra la pared una y otra vez hasta que no queda más que pulpa y fragmentos de hueso.
La cabaña queda en silencio salvo por la respiración agitada de Axel. Permanece de pie entre la carnicería, cubierto de sangre y vísceras, los ojos salvajes, sedientos de sangre. Cuando me mira, veo la locura que lleva dentro, y no tengo miedo.