Encarcelada (Serie Convictos) 34 Axel
76%

34 Axel

Las luces rojas y azules intermitentes atraviesan la oscuridad. Mis dedos se aferran al volante cuando veo la fila de coches patrulla bloqueando la carretera.

—Joder —maldice Rico—. ¿Ya han montado controles?

Miro a Willow a mi lado. Tiene el rostro pálido bajo la luz del salpicadero, pero sus ojos buscan los míos con una confianza inquebrantable. Esa mirada me provoca una oleada de algo desconocido en el pecho.

—Que todo el mundo mantenga la calma.

Levanto el pie del acelerador y recorro con la mirada la línea de árboles. Los coches patrulla están a unos ochocientos metros, así que tenemos opciones.

—Tommy, ¿tienes el mapa?

—Sí, jefe.

El papel cruje a mi espalda.

Años planeando rutas de escape en prisión me han preparado para momentos como este. Distingo un camino maderero que se adentra en el bosque a nuestra derecha, apenas visible, pero ahí está.

—Agarraos.

Giro el volante de golpe y apago los faros mientras nos metemos por el sendero de tierra. Las ramas arañan los laterales del coche. Willow se agarra al salpicadero, pero no hace ni un ruido.

El camino accidentado amenaza con destrozar el coche, pero conozco estas rutas del bosque.

Formaban parte de mi plan de contingencia, memorizadas de los mapas que Tommy me pasó de contrabando.

La policía esperaría que entráramos en pánico, que intentáramos escapar por las carreteras principales. No esperan movimientos calculados.

—Hay un viejo camino forestal que enlaza con la Ruta 16 —digo mientras sorteo un tronco caído—. No les dará tiempo a recolocar el control antes de que lo dejemos atrás.

La cháchara que normalmente me llena la cabeza, exigiendo violencia, se ha callado, sustituida por una concentración absoluta. Esto es lo que mejor se me da: ir tres pasos por delante y convertir el caos en oportunidad.

Willow posa su mano sobre la mía en la palanca de cambios.

—Lo has pensado todo, ¿verdad?

—¿Cuando se trata de mantenerte a salvo? —le aprieto los dedos—. Siempre.

El coche cruza dando tumbos un arroyo poco profundo y empieza a subir. Veo las luces lejanas del control a nuestra espalda, cada vez más tenues entre los árboles. No tienen ni idea de que ya nos hemos escabullido de su red.

El camino maderero desemboca en uno de tierra más ancho cuando Rico carraspea.

—Lo siento, jefe, pero la banda de Marcus ofrece el doble de lo que prometiste por entregarte.

Se me tensan los músculos mientras asimilo sus palabras. Las voces silenciosas cobran vida de golpe, exigiendo sangre. Por el retrovisor, veo que Rico saca un teléfono.

—Ya hice la llamada. Nos esperan más adelante.

Sin dudarlo, piso el freno a fondo y giro el volante. Rico se abalanza hacia delante y me agarra del cuello. El coche derrapa sobre la tierra suelta mientras le estampo el codo en la cara. La sangre salpica el asiento trasero.

—¡Tommy, coge ese teléfono! —grito mientras lucho con el volante y el peso de Rico nos desequilibra.

El coche se precipita entre los árboles y las ramas golpean el parabrisas. Willow grita mientras las manos de Rico se me cierran en torno al cuello desde atrás. La visión empieza a nublárseme.

Tommy intenta coger el teléfono, pero Rico le da una patada. El coche se desvía violentamente. Vislumbro troncos que pasan a toda velocidad mientras lucho por mantener el control.

—Maldito traidor —gruño mientras suelto el volante para agarrarle la muñeca a Rico.

El coche se ladea bruscamente.

Rico me golpea la cabeza contra la ventanilla. El cristal se agrieta. El sabor metálico de la sangre me llena la boca mientras le muerdo el brazo. Aúlla, pero no suelta.

El coche choca contra algo —un árbol, una roca, no sé—. Por un instante quedamos suspendidos en el aire. El mundo da vueltas. El metal chirría contra la madera. El parabrisas estalla hacia dentro en una lluvia de cristales.

El impacto lanza a Rico hacia delante entre los asientos. Su agarre se afloja. Le clavo el codo en la garganta y noto cómo cruje el cartílago. El coche vuelca y todo queda de lado.

Damos una vuelta de campana, dos, y el techo se hunde. La cabeza de Willow se sacude hacia delante. Tommy grita. Rico enmudece. El coche acaba por fin estrellado sobre un costado, con el vapor silbando del capó arrugado.

Me palpita la cabeza mientras parpadeo para quitarme la sangre de los ojos. El coche yace retorcido sobre un costado y el metal gime. Por el parabrisas destrozado veo árboles inclinados en ángulos imposibles.

—¿Willow?

Me sale la voz ronca. Cuelga inerte del cinturón de seguridad a mi lado, con un corte en la frente. El miedo me araña el pecho, una sensación nueva e indeseada. Le busco el pulso en el cuello y lo encuentro constante.

Un movimiento en la parte de atrás me llama la atención. Tommy se remueve entre gemidos. Rico yace inmóvil, con el cuello doblado en un ángulo antinatural. Bien. Me ahorra la molestia de matarlo yo mismo.

Me desabrocho el cinturón y me apoyo en el marco de la puerta.

—Tommy, ¿sigues con nosotros?

—Sí —le sale la voz dolorida—. Creo que me he roto el brazo.

—¿Puedes moverte?

—Creo que sí.

Willow abre los ojos parpadeando. El alivio me inunda, otro sentimiento extraño que ya examinaré más tarde.

—Quédate quieta —le digo mientras le sujeto la cabeza—. Podrías tener una conmoción.

—La policía... —murmura.

—No nos encontrará aquí —le reviso las pupilas. Iguales y reactivas—. Pero la banda de Marcus vendrá. Tenemos que movernos.

La puerta del conductor está aplastada, no se abre. Pateo lo que queda del parabrisas con cuidado de que los cristales no alcancen a Willow.

—Tommy, ayúdame a sacarla.

Entre los dos sacamos a Willow por el hueco del parabrisas. Tropieza pero se mantiene en pie, sujetándose la cabeza. Recorro el bosque con la mirada, atento a motores o sirenas. Nada todavía.

—Hay una cabaña de caza a tres kilómetros al este —digo mientras me oriento—. Podemos reagruparnos allí.

El cuerpo de Rico se mueve entre los restos del coche. Al final no está muerto. Abre los ojos, llenos de odio. Antes de que pueda moverse, agarro un trozo dentado de cristal del parabrisas.

Las voces rugen de nuevo, exigiendo sangre, y me alegra complacerlas.

Me limpio la sangre de las manos en la camisa de Rico mientras observo cómo las últimas convulsiones de vida abandonan su cuerpo. Los impulsos se calman, saciados con su muerte. Siempre prefieren a los traidores.

Siempre están ahí, estas voces: a veces un coro ensordecedor, a veces un susurro.

La violencia las alimenta y las sacia temporalmente, como arrojar carne a perros salvajes.

Pero solo Willow las silencia por completo.

Es como si existiera en una frecuencia que interfiere con su señal, creando momentos de claridad pura que nunca antes había conocido.

—Tenemos que movernos. —Me vuelvo hacia Willow y Tommy.

Ella está apoyada contra un árbol, todavía tambaleante. Tommy se sujeta el brazo roto, con el rostro pálido a la luz de la luna.

—¿Puedes caminar? —le pregunto a Willow mientras le acaricio la mejilla.

El corte en la frente ha dejado de sangrar, pero necesitará puntos.

—Sí. —Su voz suena más firme ahora—. Solo estoy mareada.

Recojo la mochila con nuestras provisiones de los restos del accidente.

—La cabaña está por aquí. —Tomo a Willow del brazo y la sostengo—. Tommy, no te alejes. Los hombres de Marcus que andan sueltos estarán peinando la zona; los putos moteros siempre se cubren las espaldas, aunque su jefe esté entre rejas.

Avanzamos por el bosque pegados a las sombras. Cada crujido de una rama hace que Tommy dé un respingo. Pero hasta los susurros en mi cabeza están inusualmente concentrados, atentos a las amenazas reales. Siempre se les ha dado bien detectar el peligro.

Willow tropieza. La atrapo antes de que caiga y la estrecho contra mi pecho. El aroma de su cabello ahoga el olor a cobre de la sangre todavía fresca en mis manos.

—Ya casi llegamos —susurro, sorprendido por la ternura de mi propia voz—. Aguanta un poco más.

Asiente, con los dedos aferrados a mi camisa. La confianza en su tacto debería hacerme sentir débil. En cambio, alimenta algo más dentro de mí, algo más fuerte que la sed de sangre y más potente que las exigencias violentas de las voces.

La noche nos envuelve como un sudario mientras nos adentramos en el bosque, dejando atrás el cuerpo de Rico, que se enfría, y nuestro vehículo destrozado. En algún lugar más adelante está la cabaña y, más allá, la libertad. Pero primero tenemos que sobrevivir a la noche.