Encarcelada (Serie Convictos) 33 Willow
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33 Willow

El suelo del bosque cruje bajo nuestros pies mientras nos alejamos a toda prisa de la prisión. Las sirenas perforan el aire nocturno y mi corazón se acelera aún más. Voy en cabeza, siguiendo el GPS del móvil hacia el coche que había escondido antes para la fuga.

—Por aquí —indico, agachándome para esquivar una rama. Tommy y Rico nos siguen de cerca; Axel cierra la marcha.

Pienso en mamá, que ahora está a salvo en Brasil. La culpa por mi engaño me retuerce el estómago, porque ella cree que simplemente está disfrutando de unas vacaciones maravillosas y no sabe que su hija está a punto de convertirse en una fugitiva internacional.

Una ramita cruje y doy un respingo. La mano de Axel me agarra el hombro para estabilizarme. Su contacto me recorre el cuerpo como una descarga eléctrica, pero también despierta las preguntas que llevo intentando reprimir.

Todo lo que aprendí en mi formación me lo advierte a gritos.

Los psicópatas no forman vínculos reales.

Manipulan y usan a las personas para sus propios fines y luego las descartan.

He leído innumerables estudios de casos y escrito artículos sobre ello.

La parte clínica de mi cerebro cataloga todas las señales que exhibe: su encanto, su capacidad para detectar y explotar mis debilidades, la forma en que me fue atrayendo poco a poco. ..

Pero cuando sus dedos me aprietan el hombro con suavidad, cuando nuestras miradas se cruzan y veo esa chispa de conexión genuina, mi corazón se rebela contra todo lo que sé como profesional. Parece real, más real que cualquier cosa que haya experimentado jamás.

—¿Estás bien? —murmura.

Asiento, reprimiendo mis dudas. Tenemos que seguir moviéndonos. El coche todavía queda un trecho más adelante y las sirenas suenan cada vez más cerca. Consulto el GPS de nuevo para orientarnos hacia donde lo dejé.

Pero la pregunta resuena en mi mente a cada paso: ¿soy solo otra víctima en el juego de Axel Morrison?

Los ojos de Rico se detienen en mí más de la cuenta, con un brillo calculador que me pone la piel de gallina. Axel va delante, concentrado en nuestra ruta de escape, ajeno por completo al cruce de miradas.

Se me revuelve el estómago. Estos dos no formaban parte de nuestra cuidadosa planificación.

Tommy y Rico eran del grupo de Axel en prisión.

Vale, ayudaron a orquestar nuestra fuga, pero traerlos lo cambió todo.

Nuestro sueño de una vida tranquila en Brasil, solo nosotros dos y mi madre empezando de nuevo, parece desvanecerse.

Pillo a Rico observándome de nuevo, con expresión indescifrable.

¿Sabrá lo del dinero? ¿Lo de mis planes?

Los pasaportes falsos y los documentos que mi contacto entregará mañana en el piso franco son solo para Axel y para mí. La casa de la playa que compré bajo un alias no es para ellos; es para nosotros.

—Seguid moviéndoos —ordena Axel desde delante.

Me apresuro a alcanzarlo con la mente a mil. ¿Por qué Axel no habló de esto conmigo? Lo planeamos todo juntos, hasta el más mínimo detalle. Estos añadidos me dan mala espina, me parecen peligrosos. La lealtad carcelaria es una cosa, pero aquí está en juego nuestro futuro.

Rozo con los dedos el móvil desechable en mi bolsillo para comprobar que sigue ahí. Nuestro contacto espera a dos personas, no a cuatro. Todo lo que he preparado —las cuentas en el extranjero, nuestras nuevas identidades— está pensado para una pareja, no para un grupo.

Diviso la silueta del todoterreno que había escondido antes y agarro a Axel del brazo para tirar de él detrás de un gran roble mientras Rico y Tommy siguen adelante.

—Tenemos que hablar —digo en voz baja—. Esto no era el plan. Dos personas más lo cambian todo. Los preparativos que hice...

Axel me toma la cara entre las manos y su contacto me calma al instante los pensamientos desbocados.

—Escúchame, doctora. No ha cambiado nada. Rico y Tommy solo nos ayudan a cruzar la frontera. Después, cada uno por su lado.

—Pero...

—Nos ayudaron a escapar. Les debo al menos eso. Tú eres la única con la que voy a empezar una nueva vida —me recorre el labio inferior con el pulgar—. Todo lo que organizaste, la casa, las cuentas, sigue siendo solo para nosotros y para tu madre. Ellos no saben nada.

Le escudriño los ojos en busca de cualquier señal de engaño, cualquier indicio de que me está manipulando. Solo veo esa intensa concentración, esa conexión visceral que me hace cuestionar todo lo que aprendí sobre la incapacidad de los psicópatas para formar vínculos reales.

—¿Me lo prometes?

—¿Te he mentido alguna vez? —me desliza los dedos por el cuello—. Saben cuál es el trato. Nos ayudan a cruzar la frontera y luego cada uno por su lado. Así de simple.

El alivio me inunda.

—Vale —me abandono a su caricia—. Es solo que... quiero empezar de cero. Solo nosotros.

—Y eso es exactamente lo que tendrás —me besa con fuerza, un beso breve pero posesivo—. Ahora, en marcha, antes de que esas sirenas se acerquen más y nos pillen a todos.

Me deslizo en el asiento del copiloto con el corazón retumbándome en las costillas.

El cuero está fresco contra mis palmas sudorosas mientras agarro la manilla de la puerta.

Axel se sienta al volante con una fluidez felina, como si solo fuéramos a dar una vuelta en lugar de huir de una prisión de máxima seguridad.

Rico y Tommy se meten en la parte de atrás. El coche se hunde bajo nuestro peso y veo el reflejo de Rico en el retrovisor lateral: sus ojos no paran de moverse, barriendo los alrededores.

La llave gira en el contacto y el motor cobra vida con un ronroneo.

Antes de meter la marcha, la mano de Axel busca la mía en la consola central.

Nuestros dedos se entrelazan y, de repente, puedo volver a respirar.

Su contacto me ancla, me recuerda por qué estoy aquí, por qué he tirado por la borda mi carrera y mi vida por este hombre.

Dicen que los psicópatas no pueden formar conexiones reales.

Que todo lo que hacen es manipulación calculada.

Pero los círculos que el pulgar de Axel traza en mi palma parecen genuinos.

El ligero apretón que me da cuando el foco de un helicóptero barre los árboles a lo lejos.

.. eso no es manipulación. Eso es protección, posesión y quizá incluso amor.

Observo su perfil mientras conduce por la carretera oscura del bosque. Tiene la mandíbula tensa, los ojos concentrados, pero hay una suavidad en cómo me sostiene la mano. Es como si yo fuera su ancla en la tormenta de su mente; quizá lo sea.

Las sirenas se desvanecen a nuestra espalda mientras Axel adentra el todoterreno en la noche.

A pesar de todo —el riesgo, la incertidumbre, los dos comodines en el asiento de atrás—, sé que estoy exactamente donde debo estar.

Mi formación me grita que esto es una locura, que solo soy otra víctima que ha caído en las redes de un psicópata encantador.

Pero mi corazón lo sabe mejor. Esta conexión entre nosotros, por retorcida que sea, es real.