Encarcelada (Serie Convictos) 32 Axel
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32 Axel

El sol de la mañana se filtra por las ventanas enrejadas, proyectando largas sombras sobre mi celda. Hoy es el día. Noto un hormigueo de anticipación en la piel, pero mantengo la expresión neutral. No puedo delatarme.

Rico se me acerca en el patio y me habla en voz baja.

—Jefe, necesitamos saber. ¿Quién viene?

Recorro el patio con la mirada, observando a Snake y Dante haciendo el bruto cerca de las pesas. Tommy está sentado solo junto a la valla, enfrascado en un libro. El chico es listo y no llama la atención. Eso es lo que necesitamos.

—Busca a Tommy y recoge tus cosas. Venís los dos.

Rico abre los ojos de par en par.

—¿Y los demás?

—¿Snake y Dante? Demasiado impredecibles. No puedo arriesgarme a que estén cerca de ella.

—No se lo tomarán bien. Tienen cadena perpetua, tío. Esta era su única oportunidad.

Me vuelvo hacia él con tono cortante.

—¿Crees que no lo sé? Pero Dante salta a la mínima y la lealtad de Snake va al mejor postor. Un movimiento en falso de cualquiera de ellos...

Rico asiente; lo ha entendido.

—Sí, tienes razón. Serían un lastre.

—Willow ya está en los túneles. Se encargará de la transferencia y luego nos moveremos. Todo está listo.

—¿Y la banda de Marcus?

—No serán un problema. El cambio de turno de los guardias es en veinte minutos. Es el momento de asegurarnos de que todo se vaya al carajo y montar la distracción.

Rico se balancea nervioso y echa un vistazo a Snake y Dante.

—¿Seguro que iniciarán el motín aunque no vengan?

—No se lo digas todavía.

Le agarro del brazo y aprieto con fuerza para que me entienda.

—Necesitamos ese caos. Si se enteran antes, podrían joderlo todo por despecho.

—¿Cuándo...?

—Muévete. Ya. Busca a Tommy.

Echo a andar sin esperar respuesta. Rico se pone a mi lado y le hace señas a Tommy para que nos siga. Es lo bastante listo para mantener la boca cerrada. A nuestra espalda, la risa de Snake resuena por el patio, seguida del estruendo de las pesas contra el hormigón.

Se me encoge el pecho por un instante. Estos hombres lucharon a mi lado y sangraron por mí.

Pero el sentimentalismo te mata. Eso lo aprendí pronto.

Snake nos vendería sin pestañear si alguien le ofreciera lo suficiente, y Dante.

.. La rabia de Dante lo hace útil en una pelea, pero es un arma cargada a punto de dispararse.

Llegamos a la entrada del Bloque C. Rico lleva los hombros en tensión, pero mantiene la cara inexpresiva al pasar junto a los guardias. Bien. Entiende lo que está en juego.

La pesada puerta metálica se cierra de golpe a nuestra espalda, dejando a Snake y Dante en el patio. A veces hay que dejar atrás a los tuyos para sobrevivir. No es nada personal. Son negocios.

El primer grito resuena por el patio de la prisión, justo a la hora prevista. Observo a través de los barrotes cómo Dante y Snake atacan a los guardias en sus puestos mientras el caos estalla en todos los bloques.

—¡Moveos!

Empujo a un recluso a un lado y reparto puñetazos a cualquier imbécil que se interponga en mi camino. La sangre me salpica la cara cuando la banda de Marcus le raja el cuello a Martínez, el guardia al que sobornamos. El codicioso cabrón se lo merece.

El motín se propaga como un incendio por los pasillos. El humo brota de los múltiples fuegos que mis hombres han prendido como distracción. Las alarmas atruenan sobre nuestras cabezas, pero las ignoro. Solo importa una cosa: llegar a la oficina de Willow antes que nadie.

—¡Morrison!

El segundo de Marcus se lanza contra mí con un pincho. Esquivo, le agarro la muñeca y le estampo la cabeza contra la pared. El crujido de su cráneo me arranca una sonrisa.

—Gracias por el arma.

Recupero la hoja de sus dedos inertes y paso por encima de su cuerpo.

Rico y Tommy me siguen de cerca, con gesto sombrío y decidido. Nos movemos como una unidad, una máquina bien engrasada forjada en el fuego de la vida carcelaria.

Rico derriba a un guardia con un gancho rápido mientras Tommy desactiva las cerraduras electrónicas de las celdas y suelta otra oleada de reclusos a la refriega. Las habilidades del chico resultan impagables.

Doblamos la esquina hacia el ala administrativa y veo a dos de la banda de Marcus bloqueando el paso a la oficina de Willow. Nos ven venir y se preparan para pelear.

—Yo me encargo del feo —declara Rico, haciéndose crujir los nudillos.

—Los dos son feos —bromea Tommy con la mirada inquieta.

No pierdo tiempo en bromas. Me lanzo hacia adelante con el pincho bien agarrado. El primero me tira un tubo a la cabeza, pero me agacho y le clavo la hoja en el estómago. Cae con un grito ahogado.

Rico forcejea con el otro e intercambian golpes en una danza brutal. Me vuelvo para ayudar, pero Rico gana ventaja y le estampa la cara contra la pared con un crujido nauseabundo.

—No necesitaba tu ayuda —escupe mientras se limpia la sangre del labio partido.

—Nunca dije que la necesitaras.

Le doy una palmada en el hombro mientras pasamos por encima de los cuerpos.

Dos guardias más se me echan encima cerca del ala médica. Al primero le parto el cuello sin esfuerzo. El segundo alcanza a golpear a Rico con la porra antes de que le clave el pincho entre las costillas.

Concéntrate. Llega hasta Willow.

El humo me pica en los ojos al doblar la esquina hacia su oficina. Los cuerpos llenan el pasillo: guardias y reclusos por igual. Bien. Mi banda ha seguido las órdenes y ha despejado el camino. Saben que ella es mía. Cualquiera que la toque muere gritando.

Entre la neblina, distingo la puerta de su oficina. El pulso me martillea en los oídos, ensordecedor, no por la pelea sino porque sé que ella está cerca.

—Pequeña hada, voy a por ti.

Derribo la puerta de su oficina de una patada y la madera se astilla bajo mi bota. Willow salta del escritorio y los papeles salen volando. Sus ojos azules se abren de par en par al ver la sangre que me cubre la piel, pero no hay miedo en ellos. Solo reconocimiento.

—¿Ahora? —Agarró el bolso de debajo del escritorio.

—El motín está en pleno apogeo en el Bloque C. —Crucé la habitación en dos zancadas y la estreché contra mí. Su boca buscó la mía, desesperada, hambrienta. Su sabor ahogó los gritos y los disparos que resonaban por los pasillos.

—¿Los guardias? —Se apartó.

—La mitad están muertos. El resto está lidiando con incendios en tres alas diferentes. —Le deslicé la mano por el pelo y le eché la cabeza hacia atrás para dejarle el cuello al descubierto—. Thompson ha desaparecido. Nadie te identificará como mi cómplice.

Gimió cuando le mordí el cuello, dejándole mi marca una última vez en este infierno. —Tenemos dos minutos antes de que registren esta sección.

—Tiempo de sobra. —La empujé contra la pared y me froté contra ella. El deseo me inundó mientras le agarraba las caderas—. Llevo semanas esperando este momento.

—Axel... —Me arañó los hombros—. Tenemos que irnos.

Cierto. Concentración. Me obligué a retroceder, aunque todo mi cuerpo me pedía a gritos que la tomara allí mismo.

Más disparos fuera. Más cerca. El motín se extendía según lo planeado: caos total que enmascaraba nuestra ruta de escape. Por la ventana vi el humo que se elevaba del ala este, donde mi equipo había provocado el incendio más grande.

—¿Lista? —Le agarré la mano.

Asintió, con los ojos brillantes de emoción, no de miedo. Era mi pareja perfecta, mi pequeña hada que abrazaba la oscuridad.

Llevé a Willow al pasillo y se quedó paralizada al ver a Rico y Tommy de guardia.

—¿Qué está pasando? —Me apretó los dedos—. ¿Quiénes son?

—Nuestro equipo de escape —dije en voz baja mientras recorría el corredor con la mirada en busca de amenazas—. Rico es mi segundo, lleva cinco años conmigo y nunca ha flaqueado. ¿Y Tommy? El mejor hacker que este agujero de mierda ha visto en su vida.

Rico la saludó con un gesto, con sangre aún goteándole del labio partido. —Doctora.

Tommy se removió inquieto, aferrado a su mochila. El chico parecía nervioso, pero tenía las manos firmes.

—Los necesitamos —le dije, buscándole la mirada—. Rico sabe manejarse en una pelea, y Tommy puede burlar cualquier sistema de seguridad que nos pongan. Los dos han demostrado su lealtad.

—¿Cómo puedes estar seguro? —Willow alternaba la mirada entre ellos.

—Porque les salvé la vida. —La guie hacia delante cuando otra explosión sacudió el edificio—. Tres de los hombres de Marcus estaban acuchillando a Rico cuando intervine. ¿Y Tommy? La Hermandad Aria quería su cabeza en una pica hasta que lo reclamé como parte de mi equipo.

—Me deben la vida —continué—. Y saben que traicionarme significa la muerte. ¿Verdad, chicos?

—Sí, jefe —respondieron al unísono.

Willow se relajó un poco; la comprensión asomó a sus ojos. —Por eso los elegiste. No solo por sus habilidades.

—Chica lista. —Le besé la sien, saboreando humo y sudor—. Ahora muévete.

Arrastré a Willow por el corredor lleno de humo, manteniéndola detrás de mí mientras sorteábamos cuerpos y escombros. La vieja puerta de mantenimiento estaba exactamente donde ella había dicho, oculta tras productos de limpieza en un trastero olvidado.

—Tu turno. —Retrocedí para que la abriera con la llave que había robado al supervisor de mantenimiento la semana anterior.

La puerta se abrió con un crujido y reveló un túnel estrecho que se perdía en la oscuridad. Willow sacó una linterna del bolso; el haz cortó décadas de polvo y telarañas.

—Estos túneles se usaban para el abastecimiento en los años cuarenta —explicó mientras abría la marcha—. Los sellaron después de que escaparan tres reclusos.

—Chica lista, te has documentado bien. —La seguía de cerca, con una mano en la cintura y la otra aferrada al pincho. Las voces permanecían calladas, centradas en la huida y no en la sed de sangre.

El agua goteaba en algún lugar más adelante. El aire se volvió denso, cargado de moho y podredumbre. La linterna de Willow iluminó viejos raíles incrustados en el suelo y restos de vagonetas abandonadas.

—Dos giros más. —Consultó un mapa dibujado a mano—. Y llegamos al pozo de salida.

Tommy y Rico nos seguían en silencio, con los pasos apenas audibles sobre el hormigón húmedo. Mantuve una mano en la cintura de Willow para guiarla mientras con la otra agarraba el pincho. Todos mis sentidos permanecían alerta ante cualquier señal de que nos hubieran seguido.

La respiración de Rico era constante: ya había hecho esto antes. La respiración rápida y superficial de Tommy delataba sus nervios, pero el chico seguía avanzando sin quejarse. Listo. Los dos sabían que era mejor no hacer ruido innecesario.

El túnel se estrechó y nos obligó a caminar en fila india. Empujé a Willow delante de mí para no perderla de vista; Rico y Tommy se colocaron detrás. El haz de la linterna iluminó ratas que correteaban por las paredes. El agua goteaba en algún lugar, marcando el tiempo como un metrónomo.

Una explosión lejana sacudió el túnel y nos llovió tierra encima. Sobre nosotros, el caos reinaba mientras el fuego y la violencia consumían la prisión. Pero aquí abajo solo estábamos nosotros y la oscuridad total.

—Ahí. —El haz iluminó una escalera oxidada que subía hasta una escotilla de metal—. Aparqué el coche en el bosque, a ochocientos metros al este.

La agarré del brazo antes de que subiera. —¿Estás segura de esto? Es tu última oportunidad para echarte atrás.

Me respondió con un beso intenso; su lengua sabía a café y desesperación. —Nunca he estado más segura de nada.

Las voces zumbaron complacidas. Había tomado su decisión. Ahora era mía, marcada para siempre por la oscuridad.