29 Willow
Atravieso la entrada de la prisión con los nervios a flor de piel; nuestro plan depende de que saquen pronto a Axel del aislamiento. Si lo tienen encerrado un mes como la última vez, lo echará todo a perder.
—Buenos días, doctora Matthews —Thompson asiente al verme pasar.
Le dedico una sonrisa forzada.
—Buenos días, Thompson.
Me apresuro por el pasillo estéril hasta mi despacho, con los tacones repiqueteando contra el suelo de linóleo. Las manos me tiemblan al abrir la puerta; me deslizo dentro y dejo caer el bolso sobre el escritorio.
El ordenador tarda una eternidad en arrancar. Tamborileo con los dedos sobre el escritorio, impaciente por que vaya más rápido. Aparece la familiar pantalla de inicio de sesión y tecleo mis credenciales, equivocándome dos veces por las prisas.
Abro los registros de estado de los reclusos y me desplazo hasta encontrar su nombre. Los labios se me entreabren de sorpresa.
«Axel Morrison: Liberado del confinamiento en solitario a las seis de la mañana».
El alivio me inunda. Me desplomo en la silla y noto cómo la tensión abandona mis hombros. Ha salido, así que nuestro plan puede seguir adelante.
Cierro los registros rápidamente, casi sintiéndome culpable por haberlos consultado. No puedo arriesgarme a levantar sospechas ahora, no cuando estamos tan cerca. Solo unos días más y seremos libres.
Abro una ventana de navegación privada e inicio sesión en la cuenta offshore a través de varios proxies.
El corazón se me acelera al comprobar el saldo.
Más de la mitad era mi herencia, pero he ido acumulando el resto desde que decidí sacar a Axel desviando fondos de la prisión.
Hay tan poco personal que, tras los primeros desvíos pequeños, quedó claro que nadie revisa los gastos.
Ahora mismo tenemos poco más de 280.000 dólares.
No es suficiente.
Abro otra pestaña y accedo al sistema financiero de la prisión. Mantengo los dedos suspendidos sobre el teclado mientras debato cuánto transferir esta vez. Una cantidad demasiado grande levantaría alarmas, y una demasiado pequeña no nos acercaría a la meta.
Consulto los registros del economato y creo una factura falsa de suministros: 4.750 dólares, lo bastante pequeña para pasar desapercibida. Autorizo el pago y lo encamino a través de tres cuentas separadas hasta que llega a nuestra cuenta en las Islas Caimán.
Aparece la confirmación en la pantalla. Transferencia completada. Elimino rápidamente el historial del navegador y cierro todas las ventanas.
Son 284.750 dólares en total. Nos vamos acercando a lo que necesitamos, pero aún no es suficiente. Tomo nota mental de transferir otra cantidad mañana, quizás del presupuesto de suministros médicos. Nunca lo auditan como es debido.
El teléfono me vibra. Un mensaje del número desechable de Axel.
¿Cuánto tenemos?
Me muerdo el labio y le escribo el total. Unos momentos después, responde.
Necesitamos más.
Un escalofrío me recorre. Abro el presupuesto de mantenimiento y empiezo a buscar oportunidades.
Siempre hay dinero circulando en una prisión de este tamaño.
Pequeñas cantidades aquí y allá, repartidas entre distintos departamentos.
Nadie se da cuenta cuando unos pocos miles se pierden en el sistema.
Falsifico otra factura, esta vez de productos de limpieza. Son 3.250 dólares. Envío, encamino, transfiero y elimino.
288.000 dólares exactos. Mejor, pero todavía no es suficiente para lo que necesitaremos.
—Solo unos días más —murmuro mientras verifico de nuevo los números de ruta.
Un golpe seco en la puerta me sobresalta. Minimizo rápidamente la ventana del navegador.
—¿Doctora Matthews? —dos hombres trajeados muestran sus placas—. Soy el detective Roberts, y este es el detective Lorenzo. Necesitamos hablar sobre los asesinatos recientes.
Se me seca la boca.
—Por supuesto, pasen —señalo las sillas al otro lado de mi escritorio.
—Hablamos con usted en el momento de los asesinatos, pero como habrá oído, la investigación continúa. Tenemos algunas preguntas adicionales, si no le importa.
No es una opción, así que asiento y fuerzo una sonrisa que espero parezca profesional y tranquila.
—En absoluto, aunque no estoy segura de qué más puedo añadir.
—La última vez que hablamos, ¿estaba tratando a Axel Morrison?
La boca me sabe a serrín. El detective Roberts saca una libreta.
—Sí, así es —mantengo la voz firme.
—Según la declaración que nos dio en ese momento, tuvo una sesión con Morrison durante la hora estimada de la muerte —el detective Lorenzo se inclina hacia delante—. ¿Puede confirmárnoslo de nuevo?
Asiento, manteniendo la expresión neutral a pesar del pulso acelerado.
—Sí, tuvimos nuestra sesión habitual de tres a cinco de la tarde ese día.
—¿Y cómo describiría su estado mental durante ese tiempo? —el detective Roberts garabatea en su libreta.
Clavo los dedos en los reposabrazos de la silla. El recuerdo de lo que sucedió durante esa sesión me inunda la mente: las manos de Axel sobre mi piel. Me obligo a concentrarme.
—El señor Morrison estuvo... presente y participativo durante toda la sesión. Hablamos de su progreso y sus objetivos terapéuticos —la mentira me sale con naturalidad.
—En su opinión profesional, doctora Matthews, ¿cree que Morrison podría estar involucrado en estos asesinatos?
Tomo aire pausadamente.
—Aunque el señor Morrison tiene un historial violento, he observado un progreso significativo en su control de impulsos y regulación emocional. Durante nuestras sesiones, ha demostrado un compromiso genuino con trabajar sus comportamientos pasados.
Los ojos del detective Lorenzo se entrecierran.
—Eso no es una respuesta.
—Basándome en mis observaciones clínicas y en el hecho de que estuvo en sesión conmigo en ese momento, no creo que el señor Morrison estuviera involucrado en estos asesinatos —le sostengo la mirada con firmeza, aunque la culpa me retuerce las entrañas.
—¿Tiene notas de sus sesiones con Morrison? —pregunta el detective Roberts—. ¿Un perfil psicológico?
—No puedo facilitarles esa información sin una orden judicial —aprieto la mandíbula—. Estoy segura de que saben que es una violación de la HIPAA.
El detective Roberts asiente.
—Por supuesto.
Se mete la mano en el bolsillo y saca la orden, que leo rápidamente. Da acceso a todos los registros penitenciarios de Axel Morrison.
Saco la gruesa carpeta manila del cajón de mi escritorio. Dentro hay páginas de observaciones minuciosas, análisis y evaluaciones psicológicas, todo elaborado para crear la imagen de un hombre violento que lucha por rehabilitarse.
—Aquí está mi perfil completo —le entrego la carpeta—. He documentado su progreso, sus patrones de regresión y los cambios de comportamiento a lo largo de nuestras sesiones.
El detective Lorenzo hojea las páginas y recorre con la mirada mi pulcra caligrafía.
La ironía de mis detalladas observaciones clínicas me sacude: analizar la psicopatía de Axel mientras me hundo cada vez más en su red.
Cada nota sobre sus tácticas de manipulación la escribí entre momentos de rendición ante ellas.
—Esto es muy completo, doctora Matthews —el detective Roberts me devuelve el archivo—. Por favor, ¿puede hacernos una copia para nuestra próxima visita? Volveremos mañana.
—Por supuesto. Les tendré una copia preparada.
Asiente.
—Gracias por su tiempo.
—De nada —me levanto mientras se dirigen a la puerta—. Avísenme si necesitan algo más.
Los detectives asienten y salen, dejándome con el peso de mi engaño. Me hundo de nuevo en la silla. Esas notas representan horas de crear la tapadera perfecta: documentar una terapia que nunca existió y un progreso que nunca fue el objetivo.
Mis dedos recorren el calendario del escritorio y se detienen sobre el sábado. Solo quedan unos días más para mantener esta fachada.
¿En qué me he convertido? No solo estaba robando dinero cuando entraron, sino que acabo de mentirle a la policía para proteger a un asesino.
Mis dedos se ciernen sobre el teclado y vuelvo al sitio del banco. Los números bailan ante mis ojos mientras la culpa me aplasta. Lo minimizo de nuevo, incapaz de mirar la prueba de mis delitos.
Abro mis archivos de casos y me concentro en el trabajo de verdad para calmar los nervios. Un nuevo documento me llama la atención: grabaciones de vigilancia fechadas el día de los asesinatos. Hago clic y examino el horario de rotación de los guardias.
Hall y Kingston no estaban en sus puestos durante los asesinatos, pero en sus fichas de control aparecen como presentes. Sigo el rastro digital y descubro un patrón: grandes ingresos en sus cuentas que coinciden con los envíos de droga de Marcus Kane.
Más archivos revelan una red de corrupción. Marcus lleva meses sobornando guardias, construyendo su imperio dentro de estos muros.
—Dios mío.
Si la banda de Marcus tenía tanto control ese día, podrían haber montado fácilmente esos asesinatos para incriminar a Axel. Los guardias corruptos les habrían dado acceso a cualquier zona de la prisión.
La adrenalina me recorre las venas mientras copio los archivos a una carpeta segura. Si esto cae en las manos equivocadas, estas pruebas podrían costarme la vida.
Miro el reloj mientras Martinez trae a Axel a mi despacho.
Las cadenas tintinean suavemente cuando Axel se acomoda en su silla de siempre.
A pesar de estar en aislamiento, logré convencer a Eleanor de que era peligroso dejarlo allí sin sus sesiones, y accedió.
Le dije que los retrocesos que había tenido desde su mes de aislamiento se debían a una interrupción en nuestras sesiones, aunque era mentira.
—Déjanos —le digo a Martinez.
Sonríe con suficiencia y se da golpecitos en el bolsillo, donde sé que lleva seguramente el último pago de Axel, antes de salir.
—He encontrado algo —me inclino hacia delante y bajo la voz—. Marcus lleva tiempo sobornando guardias: Thompson, Martinez, otros. Hay un rastro documental de ingresos que coinciden con sus envíos de droga. ¿Esos asesinatos? Tenían acceso para cometerlos, para incriminarte.
Los ojos de Axel se oscurecen.
—Ven aquí.
Rodeo el escritorio y me atrae hacia su regazo; las cadenas están frías contra mi piel.
—El sábado —ronronea contra mi cuello—. ¿Está todo listo?
—Sí —me arqueo hacia su caricia—. El dinero está transferido, la ruta está planeada. Pero Axel, si descubren que he encontrado estos archivos...
Su agarre se tensa con posesividad.
—Nadie toca lo que es mío.
Su boca reclama la mía con feroz intensidad. Este beso es diferente: desesperado, casi tierno bajo el hambre. Me derrito contra él mientras sus manos recorren mi cuerpo.
—Estás arriesgando tanto por mí —murmura, mordisqueándome el lóbulo—. Mi valiente duendecilla.
Jadeo cuando me mueve, colocándome exactamente donde me quiere.
—Te necesito —confieso—. Ya no me importan los riesgos.
Sus manos se deslizan bajo mi camisa y sus dedos me rozan las costillas. Mi piel vibra donde me toca, como electricidad recorriendo mis terminaciones nerviosas.
—El sábado parece demasiado lejos —entrelazo los dedos en su pelo—. Cada minuto en este lugar es tiempo prestado.
Axel se aparta lo suficiente para mirarme a los ojos. Algo cambia en su expresión: un destello de ternura bajo el hambre.
—Estabas buscando esas pruebas, ¿verdad? —me recorre la mandíbula con el pulgar—. Buscando razones para convencerte de que yo no lo había ordenado.
Se me cierra la garganta de forma inesperada.
—Sabía que estabas conmigo cuando sucedió. Pero necesitaba estar segura de que no lo habías... organizado de alguna manera. Pagado a alguien para que lo hiciera.
—Y ahora lo sabes —su voz baja aún más—. ¿Qué pasará cuando estemos ahí fuera, Willow? ¿Cuando veas lo que soy, sin estos muros para contenerme?
La pregunta me pilla desprevenida. He evitado pensar en la realidad de nuestro futuro, concentrada en la fuga, la libertad y él.
—Ya sé lo que eres —digo, sorprendida de la firmeza de mi voz—. He leído cada archivo, cada informe de la escena del crimen. He estudiado tu mente y sigo aquí.
Su agarre se aprieta en mi cintura, casi hasta hacerme daño.
—Crees que lo sabes, pero leer sobre el monstruo no es lo mismo que vivir con él.
—Ya he cruzado todos los límites. —Mis dedos trazan el tatuaje que asoma de su cuello—. Estoy malversando dinero. Mintiéndole a la policía. Planeando una fuga. Quizás yo también me esté convirtiendo en un monstruo.
Algo se oscurece en sus ojos. —No. Tú eres algo completamente distinto. —Me atrae hacia él; las cadenas sueltas tintinean—. Algo excepcional. —La dureza de sus ojos se suaviza, revelando una vulnerabilidad que nunca antes había visto.
Las manos de Axel acunan mi rostro como si fuera algo precioso. Su tacto, normalmente exigente y brusco, se vuelve delicado. Cuando sus labios encuentran los míos, no es el beso posesivo al que me he acostumbrado: es lento, deliberado, casi reverente.
—Déjame sentirte —susurra contra mi boca—. No solo poseerte.
Asiento, incapaz de articular palabra, mientras me desabrocha la blusa.
Sus dedos recorren mi clavícula con una delicadeza inesperada.
Las cadenas amontonadas a sus pies tintinean suavemente cuando se mueve, un recordatorio chirriante de dónde estamos, de quiénes somos, pero en este momento esa realidad parece distante.
—Eres hermosa —murmura mientras posa sus labios en mi hombro, en mi cuello, en el hueco de la garganta.
Cuando llevo las manos a su camisa, las suyas guían las mías; nuestros dedos se entrelazan de un modo sorprendentemente íntimo, más que nada de lo que hayamos hecho antes.
Su boca vuelve a encontrar la mía mientras me hundo sobre él, y ambos suspiramos al sentirnos unidos. Esta vez no hay prisa. En lugar del ritmo frenético de siempre, nos movemos juntos, despacio, saboreando cada sensación.
—Mírame —ordena.
Abro los ojos y encuentro los suyos clavados en los míos, sin barreras, casi vulnerables si no lo conociera tan bien. Esas profundidades verdes albergan algo que nunca creí posible: afecto genuino.
—Te veo —declaro, acariciándole el rostro—. Por completo.
Por primera vez, siento que hago el amor con el hombre, no solo con el monstruo. Con cada movimiento delicado, cada caricia tierna, voy descubriendo partes de él que ha mantenido enterradas bajo capas de violencia y control.
Me estrecha contra él, frente contra frente. Y cuando el placer nos invade, no es solo la liberación explosiva y devastadora de antes, sino algo más profundo, más rico: una ola que conecta en lugar de consumir.