Encarcelada (Serie Convictos) 30 Axel
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30 Axel

Oigo sus pasos resonar en el bloque de duchas antes de verlos. Se me eriza la piel de anticipación mientras el vapor llena el aire a mi alrededor. Cinco de la banda de Marcus me rodean como buitres, con el rostro desfigurado por el odio.

—Esto es por Marcus —escupe uno de ellos.

Una sonrisa burlona se dibuja en mi rostro. Llevo esperando este momento.

El primero se lanza torpemente. Le agarro el brazo y se lo retuerzo hasta que el hueso cruje. Su grito rebota en las paredes de azulejos. Antes de que toque el suelo, le clavo la rodilla en la sien. Uno menos.

Otros dos se abalanzan sobre mí desde ángulos diferentes.

Me agacho esquivando un golpe salvaje y dejo que choquen entre sí.

Mi codo impacta en una garganta. Algo cruje.

La sangre salpica el suelo mojado. El otro me mira horrorizado mientras lo alcanzo y le rodeo el cuello con las manos, apretando lo justo para que se desplome boqueando.

—¿Quién es el siguiente? —Mi voz suena como un gruñido apenas humano.

Los dos restantes retroceden; el miedo ha sustituido a su bravuconería. Pero no hay adónde huir. Agarro al más cercano por el pelo y le estrello la cara contra la pared. Una y otra vez. Hasta que sus rasgos son pulpa irreconocible.

El último intenta escapar. Lo atrapo por la nuca y lo arrastro bajo el chorro de agua hirviendo. Lo mantengo ahí mientras se retuerce.

—Dile a Marcus que la próxima vez no dejaré supervivientes.

Cuando lo suelto, se aleja a rastras, a cuatro patas, y deja atrás a sus amigos inconscientes y muertos.

Contemplo mi obra y una calma familiar me invade. Esto es lo que soy, el monstruo que crearon.

Observo la sangre arremolinarse hacia el desagüe. El rojo tiñe el agua: hermoso, perfecto. Ahora me cantan, una sinfonía de gritos y súplicas que me electriza la piel.

Más.

Necesitamos más.

Apoyo la frente contra el azulejo frío y dejo que el agua hirviendo me bañe. El ardor en los nudillos me sienta bien. El dolor me mantiene anclado cuando las voces amenazan con devorar mi mente.

—Callaos —gruño, pero solo se ríen. Saben que lo disfruto tanto como ellos. Cómo crujen los huesos. El sonido de la carne al desgarrarse. El sabor metálico de la sangre en el aire.

Intento concentrarme en el rostro de Willow. Es lo único que acalla el caos en mi mente. Pero hoy, ni siquiera ella puede silenciarlas del todo.

Mátalos a todos.

Pinta las paredes de rojo.

Haz que sufran.

Estrello el puño contra la pared y saboreo el aguijonazo de los nudillos partidos.

Las voces se vuelven más fuertes, una cacofonía de pasión asesina.

Me muestran visiones de lo que podría hacerles a los que quedan de la banda de Marcus.

Cómo podría arrancarles la piel lentamente. Hacer que supliquen la muerte.

—Pronto —les prometo—. Pronto nos divertiremos.

El vapor se eleva a mi alrededor mientras me limpio cada centímetro del cuerpo. No puedo dejar ni un solo rastro.

Me tomo el tiempo para lavarme el pelo y frotarme bajo las uñas. El agua corre clara ahora. Nadie adivinaría lo que pasó aquí hace apenas unos minutos. Los cuerpos yacen esparcidos por el suelo de la ducha, rotos e inertes. Bueno, la mayoría.

Mi toalla cuelga del gancho donde la dejé. Me seco con movimientos tranquilos y precisos. No hay prisa. Las prisas y el pánico son lo que delata a la gente. Aprendí esa lección hace años.

Me pongo el uniforme de la prisión y me reviso en el espejo empañado. Ni una mancha de sangre. Solo otro recluso que acaba de ducharse. Mi reflejo me devuelve la sonrisa.

Salgo del bloque de duchas; mis huellas son el único rastro de que estuve allí. No hay cámaras ahí dentro: por una vez, los recortes presupuestarios de la prisión juegan a mi favor. Cuando encuentren los cuerpos, ya estaré en mi celda.

Que investiguen. Que pregunten. Nunca probarán que fui yo. ¿Y Marcus? Le quedará clarísimo el mensaje.

De vuelta en mi celda, me seco los restos de humedad del pelo.

Se acercan pasos: mi banda. Entran en fila, cuatro, con el rostro tenso por la expectación.

—Jefe, está todo listo —Snake se apoya en la pared—. Los guardias están pagados, la ruta despejada.

Asiento mientras estudio la expresión de cada uno. Llevan años conmigo, han seguido cada orden, han derramado sangre bajo mi mando.

—¿Y nosotros? —pregunta Rico en voz baja—. Algunos también queremos salir.

Los demás se remueven a la espera de mi respuesta. No había planeado traer a nadie más. Se suponía que esto sería solo cosa de Willow y de mí: la dulce y corrupta Willow, que orquesta conmigo nuestra fuga perfecta.

—Dos de vosotros —digo al fin—. Es lo máximo que podemos permitirnos sin llamar la atención.

El alivio inunda algunos rostros; la decepción, otros. Saben que es mejor no discutir.

—¿Quiénes? —Tommy da un paso adelante con la esperanza pintada en los ojos.

Examino al grupo. —Ya decidiré yo. Necesito pensarlo.

Asienten y aceptan mi palabra como ley. Pero veo las preguntas en sus ojos. Se preguntan por la doctora, por cómo encaja en todo esto.

—¿Y la loquera? —pregunta Dante. Siempre traspasando límites.

—Está controlada. —Mi tono no deja lugar a discusión.

Pero tiene razón: Willow complica las cosas. Planeó esta fuga convencida de que seríamos solo nosotros, nuestro final de cuento de hadas retorcido. Añadir a dos más lo cambia todo.

La banda se dispersa y me deja solo con mis pensamientos. Los susurros se agitan de nuevo: sugieren a quién traer, a quién dejar atrás, quién podría convertirse en un lastre.

Camino por mi celda, ocho pasos en cada dirección. El rostro de Willow flota en mi mente: cómo me mira, como si fuera algo más que un monstruo. Como si pudiera salvarme.

Me hundo en la litera y me paso los dedos por el pelo húmedo. La adrenalina de la pelea en el bloque de duchas se desvanece y deja hueco para que se cuelen los pensamientos sobre ella.

Willow, con su piel de porcelana y esos ojos hondos como el océano.

La curva elegante de su cuello, sus manos delicadas tomando notas con tanto esmero.

Cómo su melena rubia atrapa la luz incluso bajo esos fluorescentes implacables.

Hay en ella una fragilidad que me despierta el deseo de protegerla y poseerla por completo.

Mis demonios susurran que me estoy ablandando, que ella no es más que un medio para conseguir un fin. Una vía de escape de esta caja de hormigón. Pero no entienden. No pueden sentir cómo mi mente se aquieta cuando ella está cerca.

Por primera vez en mucho tiempo, el caos en mi cabeza se aplaca cuando estoy con ella. No hay gritos que clamen sangre. No hay impulso de desgarrar carne ni romper huesos. Solo... paz.

Cierro los puños. Odio sentirme vulnerable, odio que se me haya metido en las entrañas. He pasado años levantando muros, convirtiéndome en el monstruo que todos temen. Y esta mujer, tan frágil en apariencia, los atraviesa como si fueran de humo.

¡Te está volviendo débil!

Se equivocan. Cuando estoy con ella, soy más fuerte. Más centrado. La rabia que suele consumirme se transforma en otra cosa: una necesidad de protegerla, de mantenerla a salvo. De hacerla mía en cuerpo y alma.

Cierro los ojos y la recuerdo en nuestra última sesión: mejillas encendidas, labios hinchados, ojos velados de placer y vergüenza. Le preocupa que la esté utilizando, que manipule sus sentimientos para conseguir mi libertad. Quizás al principio era así.

¿Y ahora? Ahora se ha convertido en algo muy distinto. Algo que jamás pensé encontrar en este infierno. Algo que jamás creí merecer.

Una cura.

Las voces rugen contra esta revelación, pero no pueden negar la verdad. Enmudecen cuando Willow me toca y gime mi nombre como si fuera una plegaria. Y en ese silencio, encuentro algo que creía perdido para siempre: mi humanidad.