Encarcelada (Serie Convictos) 28 Axel
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28 Axel

Estoy tumbado en el banco de metal, viendo a Snake y Dante con su competición de siempre: a ver quién suelta el chiste más malo.

—¿Qué es blanco y negro y está rojo por todos lados? —Snake sonríe.

—Tío, como digas periódico, te apuñalo yo mismo —Dante pone los ojos en blanco.

—Qué va, la cara de Marcus cuando acabe con él.

Los míos se ríen, pero capto movimiento por el rabillo del ojo. Seis de los hombres de Marcus se acercan y se despliegan para bloquearnos las salidas. El propio Marcus da un paso adelante, con las manos sueltas a los costados.

—¿Hablando de mí? —Marcus sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos—. Me han dicho que andas esparciendo rumores sobre esos fiambres, Morrison. Eso no es de buen vecino.

Me levanto despacio; los míos se colocan detrás de mí.

—Qué curioso, a mí me han llegado rumores de que andas sacando fotos de cosas que no son tuyas.

El patio se queda en silencio. Los demás reclusos retroceden y forman un círculo amplio a nuestro alrededor. Los guardias de la torre fingen no enterarse; saben que más les vale no meterse.

Marcus ataca primero, lanza un gancho de derecha tan cantado que lo esquivo sin esfuerzo. Mi puño le alcanza la mandíbula y el hueso cruje bajo mis nudillos. Los suyos se abalanzan, pero mis chicos les salen al paso.

La pelea estalla en un caos total. Torres tumba a dos de los hombres de Marcus con brutalidad. Jackson forcejea con otro y le clava rodillazos en las costillas hasta que algo cruje.

Marcus se recupera y escupe sangre. Saca un pincho de la manga: movimiento de novato. Le agarro la muñeca y se la retuerzo hasta que el arma cae al suelo. Con la otra mano le agarro el cuello, aprieto y lo estampo contra la valla.

—Escucha bien —aprieto más hasta que los ojos se le salen de las órbitas—. Aquí mando yo. Siempre he mandado yo. Vuelve a tocar lo que es mío y no encontrarán ni los trozos.

Lo suelto y se desploma entre jadeos. Los suyos están tirados por el suelo, gimiendo. La sangre me gotea de los nudillos, pero apenas la noto. El patio está en silencio, solo se oyen las alarmas a lo lejos.

Me doy la vuelta para largarme cuando Marcus se echa a reír.

—Tu doctora sale buenísima en las fotos —la sangre le gotea de la boca—. Sobre todo con ese vestido azul del martes. ¿Y las fotos follando en su despacho? De película porno, tío.

Los alaridos estallan en mi cabeza, exigiendo sangre. Todo se vuelve rojo.

—¿Te crees que esos guardias corruptos solo curran para ti? —se burla Marcus—. Tengo pruebas de sobra para hundiros a los dos.

MÁTALO.

MÁTALO.

MÁTALO.

Un rugido ensordecedor me llena la cabeza. Pierdo el control.

Me lanzo sobre él antes de que pueda pestañear, machacándole la cara a puñetazos. Los huesos crujen bajo mis nudillos. La sangre me salpica los brazos, pero no paro. No puedo parar.

DESTRÚYELO.

PROTÉGELA.

HAZLO SUFRIR.

Alguien intenta apartarme. Lo lanzo a un lado sin mirar. La cara de Marcus ya es irreconocible, una masa de carne roja y dientes rotos. Aun así, sigo golpeando, perdido en ese frenesí de violencia que conozco tan bien.

Los guardias invaden el patio entre pitidos de silbato. Me golpean con las porras, pero apenas lo noto, cegado por la rabia. Hacen falta cuatro para arrancarme del cuerpo inerte de Marcus.

—¡Quieto, Morrison! —grita Thompson mientras me clava un táser en el cuello.

Mis pensamientos asesinos siguen exigiendo más violencia, más sangre. Pero Marcus yace inmóvil, inconsciente o muerto. Los guardias corren a tomarle el pulso mientras otros me tiran al suelo boca abajo.

El acero frío me muerde las muñecas al esposarme. La rabia va cediendo poco a poco y deja tras de sí una calma inquietante. Que me lleven al agujero. Marcus no volverá a amenazar lo que es mío.

La sangre todavía me gotea de los nudillos reventados mientras Thompson y Martínez me arrastran por el pasillo. Los pies me dejan manchas rojas en el suelo de hormigón. Tengo la cabeza llena de un zumbido sordo, satisfecha con la violencia.

Un destello de pelo rubio me llama la atención. Willow está paralizada en el pasillo, con una carpeta apretada contra el pecho. Sus ojos azules se abren de par en par al verme cubierto de sangre.

—¿Qué ha pasado? —le tiembla un poco la voz.

—El Morrison este ha intentado cargarse a Marcus en el patio —gruñe Thompson tirando de mis cadenas—. Y casi lo consigue. Le ha dejado la cara hecha picadillo.

—Lo están llevando en helicóptero al Hospital General del Condado —añade Martínez—. No saben si saldrá de esta.

Willow se queda blanca. Aprieta los dedos en la carpeta hasta que los nudillos se le ponen blancos. Le sostengo la mirada y veo el pánico asomando tras sus ojos. Los dos sabemos lo que esto significa. El aislamiento podría echarlo todo a perder, todo lo que hemos planeado para el sábado.

—Tengo que llevarlo a aislamiento —le dice Thompson—. Mejor que se aparte, doctora Matthews. Todavía está bastante alterado.

Willow retrocede un paso, pero veo la pregunta muda en su expresión.

«¿Qué has hecho?».

Le respondo con un asentimiento casi imperceptible.

«Confía en mí».

—Andando —ordena Martínez y me empuja hacia delante.

Al pasar junto a ella, capto el aroma tenue de su perfume: naranja y flor de cerezo. El olor me centra y ahoga los últimos ecos de sed de sangre que aún resuenan en mi cráneo.

Las paredes de hormigón del agujero me resultan diferentes esta vez.

Camino de un lado a otro de la celda, maldiciéndome por haber perdido el control delante de todos.

La violencia calculada es una cosa: supervivencia.

¿Pero esta rabia ciega? Es un descuido, es peligroso, un error que podría echarlo todo a perder.

Flexiono las manos vendadas, recordando el crujido satisfactorio de sus huesos. La rabia todavía me hierve a fuego lento bajo la piel, lista para estallar de nuevo con solo pensar en que él la amenaza.

Ella te está volviendo débil.

Ella te está cambiando.

Puede que tengan razón. Nunca había perdido el control así por nadie. Nunca me había importado nadie lo suficiente como para defenderlo. Lo inteligente habría sido dejar que Marcus creyera que tenía ventaja y eliminarlo después en silencio.

En cambio, casi lo mato delante de cincuenta testigos porque se atrevió a amenazar lo que es mío.

¿Qué me está pasando?

Se suponía que Willow era un juego: una doctorcita ingenua a la que manipular y corromper. Algo para pasar el tiempo. Pero en algún momento, entre sus sonrisas tímidas y sus gemidos apasionados, se me metió bajo la piel. Me hizo sentir cosas que nunca había sido capaz de sentir.

El recuerdo de sus caricias silencia las voces que gritan en mi cabeza desde la infancia. Cuando estoy enterrado dentro de ella, el mundo se reduce a nosotros dos: sin violencia, sin oscuridad, solo paz.

Me aterroriza. No me apego a nadie porque el apego es una debilidad. Y la debilidad te mata.

Pero solo pensar que alguien pueda hacerle daño me hierve la sangre. Mis demonios exigen violencia, exigen que despedace a cualquiera que la amenace. Por primera vez en mi vida, estoy de acuerdo con su sed de sangre.

Te estás ablandando.

Déjala antes de que te destruya.

No puedo. No quiero. Ahora es mía, lo haya planeado o no. Y pintaré estas paredes de rojo con la sangre de cualquiera que intente arrebatármela. Si llega el momento, asesinaré hasta al último que haya aquí dentro y me bañaré en su sangre solo para conservarla.