Encarcelada (Serie Convictos) 24 Axel
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24 Axel

La oscuridad absoluta me envuelve como una vieja amiga, pero hoy es diferente: opresiva.

Esta vez me han reservado el tratamiento especial: oscuridad total, un infierno particular para aquellos a quienes los guardias quieren quebrar.

La ausencia de luz aplasta el alma y pesa más con cada hora que pasa, una tortura deliberada que la mayoría en aislamiento no soporta.

Mis dedos recorren la superficie áspera de las paredes y encuentran las ranuras donde incontables otros han marcado su tiempo en este castigo intensificado.

Sé por qué lo han hecho: para darme una lección después de lo que pasó con Marcus. El director quiere que entienda que hay consecuencias, incluso para alguien como yo. La oscuridad pretende desorientarme, arrebatarme la noción del tiempo y de mí mismo, recordarme mi impotencia entre estos muros.

Si tuviera que apostar, me jugaría el cuello a que Marcus estuvo detrás de los asesinatos.

Mi instinto asesino aúlla por su sangre, una sinfonía de rabia que exige venganza.

Quiere que lo despedace, que lo haga sufrir como esos cuerpos que encontraron.

Pero ya no es mi estilo: demasiado sucio, demasiado obvio.

Mátalo lentamente.

Que vea cómo destruimos todo lo que ama.

Arráncale la garganta.

¡Pinta las paredes de rojo!

Me aprieto las sienes con las palmas. La cacofonía crece hasta que siento el cráneo a punto de partirse. Pero entonces...

Willow.

Cierro los ojos y evoco su rostro, recordando cómo esos ojos azules se oscurecieron, cómo sus labios se entreabrieron cuando la toqué, cómo luchó contra su propia naturaleza al tiempo que se rendía ante mí.

Mi Willow, tan desesperada por ser buena y a la vez anhelando todo lo malo.

Cuando pienso en ella, el caos en mi mente se ordena, como siempre. Reconoce algo en ella que refleja mi alma: un espíritu afín envuelto en una apariencia inocente.

Es nuestra.

Protege lo que es nuestro.

Mi respiración se estabiliza mientras la calma me invade. Marcus puede haberme metido aquí, pero no tiene ni idea de lo que ha desatado. Haré que se arrepienta de intentar interponerse entre mí y lo que me pertenece.

El abismo ya no resulta tan sofocante. Es territorio familiar, donde puedo pensar con claridad y planear. Y vaya si planearé.

Las paredes de hormigón se difuminan mientras mi mente divaga, más lúcida que nunca.

Cada inspiración trae una claridad renovada, como emerger de aguas turbias al aire puro de la montaña.

Repaso mentalmente las rutinas de Marcus: su horario de ejercicio, las horas de comida, los guardias que ha comprado.

Cada detalle encaja como piezas de un rompecabezas.

Entonces aparece su rostro. Willow, tendida en una playa en algún lugar, con el cabello bañado por la luz dorada del sol.

Sin muros de prisión, sin límites entre nosotros, solo calidez y libertad.

La imagen cambia a una cabaña en un bosque denso donde nadie puede encontrarnos. Su risa resuena entre los árboles.

Interesante.

Podría ser nuestra ancla.

La fantasía se hace añicos cuando Thompson desliza mi bandeja de almuerzo por la ranura. Habla en voz baja:

—Marcus ha estado preguntando por tu doctora. Ha puesto a sus hombres a cronometrar sus llegadas, a vigilar qué entrada usa.

Se me hiela la sangre. Las voces estallan en un frenesí de rabia y ahogan todo lo demás.

¡MÁTALO!

¡ARRÁNCALE LOS OJOS POR ATREVERSE A MIRARLA!

Aprieto los puños hasta que me crujen los nudillos. Solo pensar en la mirada de Marcus sobre Willow me revuelve las tripas. Su banda cree que soy débil, enjaulado aquí como un animal. No tienen ni idea de cuál es mi verdadera debilidad ni hasta dónde llegaré para proteger lo que es mío.

La violencia interior ya no solo se agita. Canta una sinfonía de destrucción, pinta imágenes vívidas del sufrimiento de Marcus. Por una vez, no la combato. Su sed de sangre coincide con la mía.

Los resortes metálicos del catre crujen cuando me levanto de un salto. Voces resuenan por el pasillo: voces familiares que me aceleran el pulso. A través de la pequeña ventana de la puerta de mi celda, capto destellos de cabello rubio y una bata blanca de laboratorio.

—Necesita una evaluación psicológica inmediata —la voz de Willow se escucha con claridad—. No podemos dejarlo en aislamiento sin evaluar su estado mental.

—Doctora Matthews, esto es muy irregular —el tono cortante de Eleanor contiene una advertencia—. Está en aislamiento pendiente de investigación.

—Por eso precisamente necesitamos monitorearlo. El confinamiento solitario prolongado podría desencadenar un brote psicótico —Willow mantiene la voz firme.

Me acerco más a la puerta y absorbo cada detalle. El chasquido agudo de sus tacones sobre el hormigón. Cómo las manos de Willow retuercen la carpeta que lleva. La tensión en los hombros de Eleanor mientras intenta mantener el control sobre su subordinada.

—Esto no se discute —Eleanor deja de caminar, obligando a Willow a encararla—. El director ordenó específicamente que...

—Entonces iré al director yo misma —dice Willow—. Como profesional, considero que dejar a un paciente potencialmente inestable en aislamiento sin la supervisión adecuada viola las pautas éticas.

—Bien —Eleanor suspira con frustración mal disimulada—. Pero se aplican los protocolos estándar. Restricciones completas, luces encendidas y dos guardias siempre presentes.

—Por supuesto —Willow acepta rápidamente. Demasiado rápidamente.

Cruzo la mirada con Martinez cuando se acerca con el otro guardia.

Su ligero asentimiento confirma lo que ya sospecho: Willow le ha pagado bien.

En cuanto Eleanor se vaya, las restricciones estarán flojas, las luces podrían quedarse apagadas y el segundo guardia podría tener que ausentarse convenientemente.

El riesgo es enorme tanto para Willow como para Martinez.

Le haya pagado lo que le haya pagado, asumir este nivel de riesgo tiene que haber costado una fortuna.

Se me dibuja una sonrisa en el rostro. Está luchando por mí, usando su posición y su recién descubierta afición a sobornar guardias para saltarse las reglas.

El clic de la cerradura resuena en mi celda cuando Eleanor finalmente cede a las exigencias de Willow. Willow se vuelve más audaz, aprende a manipular el sistema. El orgullo me hincha el pecho mientras los pasos de Eleanor se desvanecen por el pasillo.

Cuando Willow entra, las luces fluorescentes proyectan sombras duras sobre su rostro. Pero ahora hay algo distinto en ella. Ha desaparecido la energía nerviosa que solía irradiar. Sus movimientos son precisos y calculados. La oscuridad que he cultivado en su interior brilla en esos ojos azules.

Thompson asiente antes de cerrar la puerta. Un guardia más en el bolsillo, otra pieza asegurada en nuestro corruptillo juego. Las cámaras solo mostrarán una evaluación psicológica rutinaria.

—Doctora Matthews —saboreo su nombre, observando cómo se le dilatan las pupilas al oírlo—. ¿Ha venido a comprobar mi estado mental?

Da un paso calculado hacia mí. El aire entre nosotros crepita con esa tensión tan familiar, pero ahora hay algo distinto. Ya no está fingiendo tener poder: lo está haciendo suyo.

El silencio me inunda la mente mientras contemplo fascinado su transformación. Desde el principio lo vi en ella: esa sed de control apenas disimulada. Ahora la deja aflorar, transformándose en algo magnífico.

Es como una droga que llevo tiempo anhelando, ahí plantada en la penumbra. Esas curvas me llaman, una invitación silenciosa que no puedo ignorar. Sus labios buscan los míos, y es como probar el fruto prohibido. Está hambrienta de esto, lo necesita tanto como yo.

Gimo contra su boca, mi cuerpo ya reacciona.

Mis manos se enredan en su pelo y la sujetan mientras la devoro.

Es más suave de lo que recordaba, sus curvas encajan perfectamente en mis manos.

El beso se profundiza, su lengua danza con la mía.

Es una batalla de dominación que ambos sabemos que ganaré.

Sus gemiditos de placer avivan el fuego que arde en mí. Restriego las caderas contra ella para que sienta cuánto la deseo. Sus manos exploran mi cuerpo, posesivas y ansiosas. La atraigo más hacia mí, necesito sentir todo su cuerpo pegado al mío.

—Qué buena chica eres —murmuro contra sus labios, buscando su boca de nuevo.

Responde con un gemido, arqueándose hacia mí. Los dos somos prisioneros aquí, esclavos de nuestras necesidades, pero este momento es pura liberación.

La arrincono contra la pared y voy dejando un rastro de besos por su cuello. Sabe aún mejor de lo que recordaba, dulce y pecaminosa. Mis manos se deslizan bajo su ropa, necesito sentir su piel. Se arquea y se retuerce bajo mis caricias, suplicando más.

—Por favor —suplica, ruego y plegaria a la vez.

Suelto una risa oscura, posesiva.

—¿Por favor qué, nena? Dime qué quieres.

Sus ojos, velados de deseo, buscan los míos.

—Sabes lo que quiero, Axel.

Y tanto que lo sé. Pero oírla decirlo en voz alta, eso sí que es poder. Continúo mi lenta exploración de su cuerpo. Mis labios, mi lengua, mis dientes: todo en mí la marca. Es mía, y quiero que lo sepa.

No pierdo ni un segundo más con palabras. Mis manos ya le arrancan la ropa. La oscuridad total del aislamiento nos envuelve como un capullo, escondiéndola de todo salvo de mi tacto. Mis sentidos se agudizan en las sombras: sus jadeos suenan más fuertes, su piel se siente más suave bajo mis dedos.

—Date la vuelta —le susurro al oído con voz ronca.

Obedece al instante, las palmas contra la fría pared de hormigón. Le separo los pies de una patada y la coloco. La tenue luz de la pequeña ventana apenas ilumina la curva de su mejilla y el arco de su espalda mientras se ofrece a mí.

Me quito la ropa de presidiario y le subo la falda. En la negrura del aislamiento solo puedo fiarme del tacto. Cuando mis dedos encuentran su coño empapado, jadea suavemente. Joder. Ya está chorreando.