Encarcelada (Serie Convictos) 24 Axel #2
57%

24 Axel #2

—Axel, por favor —gime, y su voz resuena en el reducido espacio.

Le pego el pecho a la espalda, clavándola contra la pared.

—Viniste aquí por esto, ¿verdad? No pudiste resistirte.

Me responde con un gemido desesperado cuando la penetro de una embestida. Siento cómo se aprieta a mi alrededor. Sin vista, todo se intensifica: la presión húmeda de su cuerpo, el aroma agridulce de su piel.

Marco un ritmo brutal, cada embestida la estampa con más fuerza contra la pared.

Sus jadeos se acompasan con mis movimientos, creando una sinfonía primitiva que rebota en el hormigón.

Sin verle la cara con claridad, me concentro en cómo se aprieta a mi alrededor, en cómo se le corta la respiración cuando doy en el punto exacto.

—Mía —gruño contra su pelo, una mano le rodea el cuello mientras la otra le agarra la cadera con fuerza suficiente para dejarle cardenales.

En la oscuridad total la siento más parte de mí que nunca. Solo somos dos cuerpos moviéndose juntos, sin límites, sin muros de prisión, sin reglas.

Me inclino hacia delante, los dientes le rozan la oreja.

—Dime cuánto me echaste de menos, pequeña hada. Solo ha pasado un día, pero apuesto a que estabas empapada solo de pensar en mí.

Arquea la espalda cuando la penetro más hondo.

—No podía... ah... no podía dejar de pensar en ti —jadea, la voz se le quiebra con cada embestida—. Durante las reuniones, te sentía dentro de mí, recordaba cómo me llenabas.

Aprieto más la mano en su cuello, la presión justa para hacerla jadear.

—Tu coñito apretado me pertenece. ¿Te tocaste anoche pensando en mí?

—Sí —admite, ya sin vergüenza—. En la ducha. Fingí que eran tus dedos.

Las voces en mi cabeza ronronean satisfechas. Es completamente nuestra.

—Qué doctorcita tan sucia —deslizo la mano de su cadera hasta entre sus piernas y encuentro su clítoris hinchado—. Profesional por fuera y una puta asquerosa por dentro.

Gime y se aprieta contra mí.

—Solo para ti, Axel. Nadie más ve este lado de mí.

—Joder, claro que sí —reduzco el ritmo para que sienta cada centímetro—. ¿Qué pensarían si vieran a su inmaculada doctora Matthews suplicando la polla de un psicópata? Dime cuánto lo necesitas.

—Lo necesito tanto que duele —gime—. No pude concentrarme en todo el día. No paraba de recordar cómo se siente, cómo sabes. Cuando me enteré de que estabas en aislamiento, solo podía pensar en cómo venir a verte.

Su confesión me hace palpitar dentro de ella. Aunque nos separen los muros de la prisión, soy dueño de sus pensamientos.

—Eres mi putita perfecta —gruño, acelerando el ritmo de nuevo—. Tan correcta por fuera, pero estás tan enferma como yo. Por eso encajamos, nena.

—Echaba de menos cómo me hablas —admite entre jadeos—. Nadie más entiende lo que necesito.

Acelero el ritmo, embistiéndola con tanta fuerza que la pared de hormigón le raspa las palmas. Sus gemidos se vuelven más fuertes, más desesperados, y tengo que taparle la boca con la mano para que no la oigan los guardias.

—Si te pillan aquí así —le susurro con dureza al oído—, inclinada y tragándote mi polla como la putita perfecta que eres, ¿qué sería de tu carrera?

Se estremece a mi alrededor, sus paredes internas se contraen con fuerza ante mis palabras. El peligro de nuestra situación solo la hace desearme más. Noto que está cerca, su cuerpo cada vez más tenso.

—Vas a correrte para mí —ordeno mientras le froto el clítoris más rápido—. Córrete en mi polla mientras te lleno.

Mis demonios forman un coro unificado que me insta a reclamarla por completo. No exigen sangre: quieren que esté marcada, poseída, que sea mía en todo sentido.

—Axel —jadea—. Estoy...

—Eso es, nena —la aliento mientras noto cómo crece mi propio orgasmo—. Córrete conmigo.

Embisto más profundo, más fuerte, y me pierdo en ella. Cuando se deshace a mi alrededor, la sigo de inmediato y me vacío dentro de ella con un gemido que rebota en las paredes. Por un momento perfecto, no hay nada más que placer cegador y bendito silencio en mi mente.

Permanecemos unidos, jadeantes, hasta que la realidad se cuela de nuevo poco a poco. Me retiro a regañadientes y la giro para que me mire. Sus ojos brillan en la penumbra, todavía vidriosos de placer.

—Encontraré la forma de verte todos los días —se arregla la ropa con dedos temblorosos—. Me da igual lo que tenga que hacer. Los convenceré de que necesitas seguimiento psicológico diario.

Le paso el pulgar por los labios hinchados. —Mi pequeña doctora lista.

—Lo digo en serio, Axel —me clava la mirada con una intensidad que me sorprende—. Pero eso es solo el principio.

—¿Qué quieres decir? —Le escudriño el rostro, consciente de que algo ha cambiado.

Respira hondo, como si reuniera valor. —Voy a sacarte de aquí. Para siempre.

Arqueo una ceja, realmente sorprendido. —¿Quieres sacarme? ¿De una prisión de máxima seguridad?

—Sí —la certeza en su voz es absoluta—. Llevo pensándolo desde antes de que te metieran en aislamiento. No puedo... no pienso dejarte aquí pudriéndote.

—¿Lo arriesgarías todo? ¿Tu carrera, tu libertad? —Le escudriño el rostro en busca de cualquier vacilación.

—Ya lo estoy haciendo —me besa con suavidad—. Quiero estar contigo —murmura contra mis labios—. No solo para momentos robados en esta celda.

Joder.

Me aparto para mirarla y veo algo nuevo en esos ojos azules: una oscuridad que he ido cultivando, que ahora florece en algo hermoso y peligroso.

—Primero, voy a librarte de estos cargos de asesinato —continúa mientras su mente trabaja a toda velocidad—.

La cronología es nuestra mejor defensa. Era físicamente imposible que estuvieras en dos sitios a la vez.

Haré que Martínez saque las grabaciones que demuestran que te escoltaron a mi despacho antes de los asesinatos y que no saliste hasta después.

—¿Y qué pasa con nuestras... actividades extracurriculares? —pregunto, curioso por saber cómo piensa ocultar eso.

—Eso también lo tengo controlado —me asegura—.

Estoy creando grabaciones de sesiones alteradas que suenan legítimas.

Para el resto del mundo, pasamos esas horas en terapia intensiva.

La cámara estuvo fallando más de dos semanas antes de esa sesión, así que todas las grabaciones de seguridad de mis sesiones desaparecieron.

—¿Y la fuga? —insisto, todavía sin creerme del todo que vaya en serio.

Le brillan los ojos de determinación. —Llevo tiempo estudiando los planos de la prisión, las rotaciones de los guardias. Los túneles de mantenimiento bajo las secciones más antiguas se sellaron parcialmente en los ochenta. He encontrado los planos originales en los archivos.

La miro asombrado. Esto no es palabrería: lo está planeando de forma metódica y exhaustiva.

—También estoy moviendo dinero —susurra con voz apenas audible—. Abriendo cuentas en el extranjero que no puedan rastrear. Nuevas identidades, un lugar para nosotros lejos de aquí.

El tono posesivo me hace sonreír. Se parece cada vez más a mí con cada encuentro: más dispuesta a saltarse las reglas, a corromper el sistema, a tomar lo que quiere. Pero ahora también usa esa mente brillante para proteger lo nuestro.

—Has pensado en todo, ¿eh? —Le recorro la mandíbula con el dedo.

—No me queda otra —dice sin más—. No puedo perderte.

Algo extraño se remueve en mi pecho: no es solo deseo ni posesión, sino algo más profundo. Esta mujer arrasará su mundo entero por mí, no por miedo ni manipulación, sino porque así lo elige.

—¿Cuándo? —pregunto.

—Pronto. Necesito unas semanas más para dejarlo todo listo —me sostiene la mirada, inquebrantable—. ¿Puedes aguantar hasta entonces?

La atraigo hacia mí y hundo la cara en su pelo. —¿Por ti, pequeña hada? Esperaría toda la eternidad.