20 Willow
Miro mi reflejo en el espejo del baño, apenas reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. Dos meses como psicóloga penitenciaria y me he saltado todas las normas.
—¿Qué he hecho? —Mis dedos recorren los leves moretones de mi cuello, prueba de la sesión de ayer con Axel.
El teléfono me vibra en el bolsillo. Otro mensaje de Axel. Lo saco y el corazón se me acelera al ver sus palabras en la pantalla. Una parte de mí quiere responder de inmediato, esa parte desesperada y adicta que anhela su atención. Pero dudo y dejo el teléfono sobre la encimera a propósito.
Que espere. Que se quede con la duda. Necesito recuperar algo de control en este incendio que hemos provocado.
Entré en Mountain View hace dos meses llena de esperanzas y buenas intenciones.
Y ahora aquí estoy, enviando fotos explícitas al hombre más peligroso del centro, dejando que me incline sobre mi escritorio, grabando nuestras sesiones para.
.. ni siquiera puedo pensarlo sin que ese anhelo familiar me recorra el cuerpo.
Pero aún puedo dictar algunos términos de mi propia corrupción. Hacer que se gane mis respuestas y mi atención. Es poca cosa, pero parece el único poder que me queda.
¿Lo peor? Se supone que debería estar ayudándolo. En cambio, estoy alimentando sus impulsos desquiciados mientras descubro los míos. Cada principio ético que aprendí en la facultad, cada límite del que me advirtió el Dr. Pierce... los he destrozado todos.
El teléfono vuelve a vibrar con otro mensaje.
Doy un respingo y casi se me cae al lavabo.
Estás pensando demasiado.
¿Cómo lo sabe siempre?
Me agarro al borde del lavabo para no perder el equilibrio. La parte racional de mi cerebro me grita que dimita, que haga lo que sea menos seguir por este camino. Pero esa otra parte que despierta con las caricias de Axel, que lo anhela, se vuelve más fuerte cada día.
—No puedo parar —le admito a mi reflejo. Dos meses. Eso es todo lo que Axel Morrison ha necesitado para derribar cada muro que había construido y dejar al descubierto quién soy en realidad. ¿Lo más aterrador? No quiero parar.
Voy al salón y me acurruco en el sofá, arropándome con la manta suave que me regaló mi madre las Navidades pasadas. La pantalla del teléfono se ilumina con otro mensaje de Axel y el corazón me da un vuelco.
Quiero saborear cada centímetro de ti otra vez.
Sus palabras me provocan un escalofrío. Mis dedos flotan sobre la pantalla, queriendo responder pero sabiendo que está mal. Tres cadenas perpetuas. La frase resuena en mi mente, un recordatorio brutal de la realidad que elijo ignorar. Llega su siguiente mensaje.
Eres mía en todos los sentidos, y no puedo esperar a demostrártelo una y otra vez.
Tiene razón. Soy suya. ¿Qué significa eso siquiera si va a pasar el resto de su vida entre rejas?
Pienso en los expedientes que he leído, los crímenes que ha cometido. Los cadáveres. La tortura. Mi formación me dice que esto es manipulación de libro, un psicópata que me arrastra a su red. Pero nada de eso parece importar cuando me toca.
El teléfono vuelve a vibrar. Esta vez es una descripción detallada de lo que quiere hacerme mañana. Mi cuerpo responde al instante, aunque mi mente se rebele contra lo imposible de esta situación.
¿Qué futuro podríamos tener? ¿Visitas conyugales en una celda? ¿Encuentros secretos en mi despacho hasta que inevitablemente me pillen? Aquí no hay final feliz, ni casita con jardín, ni envejecer juntos.
Y sin embargo, aquí estoy, adicta a sus mensajes, a nuestro sexo prohibido, a la emoción de hacer algo tan malo, tan tabú.
Se me corta la respiración de anticipación mientras leo su última exigencia. Mi cuerpo, traidor como siempre, responde con un latido instantáneo entre las piernas. Sé que no debería, pero algo dentro de mí, algo que Axel ha desatado, quiere obedecer.
El pulso se me acelera mientras subo las escaleras hacia mi dormitorio; cada paso me acerca a un precipicio al que no debería aproximarme. Pero con cada latido, escucho la voz de Axel y siento su mirada en mi piel. Ya no tengo el control; simplemente sigo sus órdenes.
Cierro la puerta tras de mí y abro el cajón de la mesita de noche, mi escondite secreto para mis placeres culpables. Mis dedos rodean el mango frío y liso del plug anal que compré por impulso. Nunca lo he usado. Pero por Axel quiero... no, necesito explorarlo todo con él.
Lo saco y noto su peso en la mano. Por un momento, dudo. Soy doctora, una profesional. ¿Cómo he acabado aquí, a punto de...?
—Hazlo de una vez, Willow —me animo.
Saco también el lubricante del cajón y vuelvo a la cama con el corazón martilleándome en el pecho. Las instrucciones de Axel resuenan en mi mente y las sigo al pie de la letra. Unto el lubricante en el plug y, lenta, cuidadosamente, empiezo a penetrarme.
Al principio es una sensación extraña y casi me detengo. Pero entonces pienso en Axel, en su mirada intensa, en su presencia dominante. Imagino que es él quien me toca, quien me llena. Gimo mientras empujo más adentro y siento un estiramiento placentero que nunca había experimentado.
Suena, ese maldito teléfono. El corazón me da un brinco, esperando que sea él.
Y ahí está, el nombre de Axel parpadeando en la pantalla.
Me está llamando. Sé que es mala idea contestar, pero mi pulgar vacila sobre la pantalla, deseando aceptar.
Mi sentido común me grita que no lo haga, pero es demasiado tarde. Necesito oír su voz.
—No deberías estar llamándome —suelto tras un breve hola.
Se ríe y un escalofrío me recorre la espalda.
—Tengo más influencia de la que crees, doctora. Además, los dos sabemos que quieres hablar conmigo.
—¿Qué quieres, Axel?
—Quiero oír tu voz. Dime qué estás haciendo ahora mismo —su tono es autoritario y mi cuerpo reacciona al instante.
Me muerdo el labio, dividida entre las ganas de obedecer y lo absurdo de la situación.
—Yo... estoy en casa. Me estoy preparando para acostarme.
—Mentir no te llevará a ninguna parte, Willow —su voz era firme, una advertencia sutil.
Respiré hondo para calmarme.
—V-vale. Estoy... estoy colocándome el plug anal. Lo tengo en el culo.
Se hizo un silencio momentáneo, y me lo imaginé esbozando esa sonrisa devastadoramente atractiva.
—Buena chica. ¿Te gusta?
Se me aceleró el pulso al oír sus palabras.
—Yo... Sí.
—¿Te gustaría que fuera mi polla?
Los recuerdos de nuestros encuentros me cruzaron la mente como un fogonazo.
—Sí.
La palabra escapó de mis labios antes de que pudiera contenerla.
Axel dejó escapar un gemido grave, y pude imaginarlo cerrando los ojos, saboreando el momento.
—Joder, ojalá pudiera verte. Tocarte.
Me removí en la cama mientras mis dedos bajaban hacia mi sexo palpitante.
—Ojalá estuvieras aquí.
—Qué niña tan traviesa, tan traviesa —ronroneó Axel—. No seré delicado, no la próxima vez. Cuando vuelva a poseerte, estarás suplicando por más.
Sus palabras despertaron una oleada de deseo en todo mi cuerpo. Apreté el teléfono con más fuerza.
—Quiero que tú...
—Quieres que te folle el culo, ¿verdad? —me interrumpió—. Dímelo, Willow.
Se me secó la boca, pero mi cuerpo me traicionaba, anhelando su tacto, el alivio que solo él podía darme.
—Sí —gemí—. Quiero que me folles el culo.
Axel gimió, y me lo imaginé en su celda, con los ojos cerrados, quizá tocándose, perdido en la fantasía.
—Deja el plug puesto —su voz era un ronroneo seductor—. Toda la noche. Y no olvides usar mucho lubricante. Por la mañana, añade más. Quiero que estés lista para mí, bien resbaladiza, cuando por fin vuelva a ponerte las manos encima.
Mi imaginación conjuró la imagen de mí misma a su merced, tendida sobre el escritorio de mi despacho, jadeando y suplicando.
—Oh, Dios, Axel —gemí, perdiéndome ya en la fantasía.
—Te haré gritar, Willow —continuó, con la voz cargada de una promesa oscura—. Pero todavía no. Guardarás ese grito dentro hasta que te diga que lo sueltes. ¿Entendido?
Se me clavaron los dedos en los muslos mientras asentía, olvidando por un momento que no podía verme.
—Sí.
La palabra fue poco más que un sonido ronco, pero bastó.
—Buena chica. Ahora escucha con atención —el tono de Axel se volvió imperativo—.
Vas a llevar el lubricante en el bolso. Y cuando den la una mañana, irás al baño, te quitarás el plug y añadirás aún más lubricante antes de volver a ponértelo.
Para cuando llegues a nuestra sesión, tu culo estará perfectamente preparado para mí.
La instrucción explícita hizo que un torrente de humedad se acumulara entre mis piernas.
Continuó:
—Entonces, pequeña hada, será como un sueño hecho realidad cuando por fin me deslice dentro de ti. Estarás suplicándome que te posea más fuerte, más profundo, pero yo tendré el control, decidiendo cuánto puedes aguantar.
Me mordí el labio.
—Sí, Axel —era su marioneta, y él tiraba de los hilos, manejándome a su antojo con cada orden—. Haré lo que me digas.
—Esa es mi buena chica —su voz se suavizó, y el corazón me aleteó ante el elogio—. Voy a hacerte sentir cosas que nunca has sentido.
Le creí, cada palabra.
—Ahora descansa. Vas a necesitar energía para mañana. Va a ser una experiencia salvaje.
Y con eso, colgó.
Me quedé mirando el teléfono, jadeante, con el cuerpo palpitando de deseo, desesperada y aterrorizada a la vez por lo que me deparaba el día siguiente. Estaba atrapada en la red de Axel, y no había vuelta atrás.