Encarcelada (Serie Convictos) 19 Axel
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19 Axel

Voy y vengo por mi celda, comprobando la pantalla digital rudimentaria de mi reloj por centésima vez. Las once y cuarenta y siete de la mañana. El tiempo no pasa cuando esperas algo bueno.

El banco de baterías está bajo mi colchón, envuelto en una camiseta vieja. Thompson me lo consiguió porque su codicia lo hace fiable. Los demás guardias no sospechan nada.

Mis compañeros de prisión pasan arrastrando los pies hacia el almuerzo, pero la comida es lo último en lo que pienso. No puedo dejar de pensar en esos mensajes de ayer, en cómo Willow se desmoronaba con cada mensaje.

Me recuesto en mi litera, las manos detrás de la cabeza. —Dos horas más.

A través de la ventana de mi celda, observo las nubes deslizarse por el cielo gris acero. La mayoría de los días aquí se funden en un bucle interminable de monotonía, pero hoy no. Hoy tiene un propósito.

Martínez pasa haciendo su ronda y me lanza una sonrisa cómplice. Él también está metido en esto. Es increíble lo que unos cientos de dólares pueden conseguir en este lugar. Todo el sistema funciona a base de codicia y favores.

Las doce y cuarto. Me levanto, me echo agua en la cara y me aliso el pelo hacia atrás. La imagen importa, incluso aquí. Especialmente para mi doctora.

El banco de baterías fue caro, pero vale cada céntimo para mantener nuestra conexión. Para mantener sus pensamientos enredados en mí cuando se va a casa por la noche. Cada mensaje la arrastra más adentro de mi mundo.

Me siento en mi litera de nuevo y dejo que mi mente divague hacia nuestra próxima sesión. Dos horas follándome a mi hermosa terapeuta.

La una y cinco. La espera casi ha terminado.

La compulsión es despiadada hoy, me exige violencia y devastación. Normalmente puedo resistir su tirón y mantenerla a raya, pero hoy no. Hoy me aprieta la garganta como una soga, desesperada por liberarse.

Me crujo el cuello mientras Martínez me conduce por el pasillo. —Recuerda nuestro trato —afirmo. Siento la piel demasiado tirante, con electricidad crepitando bajo la superficie.

—Sí, sí. —Martínez forcejea torpemente con las esposas, dejándolas flojas a propósito—. Solo no hagas ninguna estupidez que me cueste el trabajo.

Flexiono las muñecas, probando las esposas. Perfecto. Se soltarán cuando las necesite. —Ni lo soñaría.

La pálida luz institucional parpadea sobre nosotros mientras nos acercamos a su oficina. Mi corazón se agita como un animal enjaulado, no por nerviosismo sino por pura anticipación. Los susurros se vuelven más seductores ahora y pintan imágenes vívidas de lo que podría hacerle.

—Aquí estamos. —Martínez llama a su puerta—. ¿Doctora Matthews? Le traigo a Morrison.

Capto mi reflejo en la ventana: ojos salvajes, mandíbula apretada. Bien. Que vea al monstruo hoy. Se acabó hacerse el simpático.

La cerradura hace clic. Martínez empuja la puerta y revela a Willow en su escritorio. Levanta la vista y observo cómo palidece mientras asimila mi expresión.

—Gracias, oficial Martínez. —Le tiembla la voz en cuanto ve mi mirada.

Martínez nos deja solos y cierra la puerta tras él. El sonido del pestillo resuena en mi cráneo como un disparo de salida.

Roto los hombros y siento las esposas moverse. —Hola, doctora. —Mi voz sale áspera y hambrienta—. ¿Empezamos?

Ella espera, observándome.

—¿Preocupada por estas, doctora? —Sacudo las cadenas y la veo estremecerse. Mi piel está en llamas, arde de necesidad después de dos días sin ella. La ferocidad que llevo dentro grita pidiendo sangre, su carne, todo lo que pueda darme.

—¿Estás bien inmovilizado hoy? —pregunta.

Una carcajada me desgarra la garganta. —Deberías preocuparte más por lo que hay en mi cabeza hoy, doctora. —Me inclino hacia adelante y las cadenas tintinean—. Dos días sin ti. ¿Sabes lo que eso le hace a un hombre como yo?

Lleva otra vez la blusa color crema, la que muestra el escote justo para volverme loco. Los dedos me hormiguean con las ganas de arrancársela.

—Pareces diferente hoy, Axel. —Se remueve en la silla y cruza las piernas—. Más agitado.

—¿Agitado? —Otra risa áspera—. Es una forma de decirlo. He pasado cada minuto pensando en follarte. Las voces no se callan. —Me crujo el cuello de nuevo—. Hoy están muy fuertes, doctora. ¿Quieres que te cuente lo que dicen?

Se echa hacia atrás en la silla. —Quizás deberíamos centrarnos en...

—Dicen que debería tomar lo que es mío. —Mi voz baja más—. Mostrarte lo que pasa cuando me haces esperar.

El miedo en sus ojos se mezcla con ese anhelo intenso que tanto me gusta. Lo desea tanto como yo. Mi hermosa y retorcida doctorcita.

—¿Vas a darme lo que necesito? —gruño, y dejo que la locura se apodere de mi rostro—. ¿O tengo que tomarlo?

—Siéntate, Axel. —Su voz tiene un filo que nunca le había oído. No es miedo, es otra cosa—. Veremos adónde nos lleva esta sesión.

Ladeo la cabeza, estudiándole el rostro. Hay acero bajo esa fachada dulce hoy. Interesante.

Mis demonios se quedan en silencio un momento, curiosos ante este cambio. Cruzo hacia la silla con las cadenas traqueteando y me dejo caer en ella. Veamos a qué quiere jugar.

—Llevas tanta tensión encima. —Sus tacones repiquetean contra el suelo mientras se mueve detrás de mí. Sus manos se posan en mis hombros, los dedos hundiéndose en los músculos—. Justo aquí, especialmente.

Su contacto me envía una descarga por la columna. Esto es nuevo.

—¿A qué estás jugando? —pregunto, pero no me muevo para detenerla. Sus dedos se hunden más y encuentran puntos de presión que me hacen gruñir.

—Estás muy tenso hoy. —Sus labios me rozan la oreja al inclinarse—. Déjame ayudarte a relajarte.

Flexiono las manos contra los reposabrazos. Las esposas sueltas se desplazan, y me recuerdan lo fácil que sería liberarme. Pero la curiosidad me mantiene sentado. Quiero ver adónde quiere llegar Willow con esto.

Sus pulgares presionan un punto especialmente tenso en la base de mi cuello. Sin poder evitarlo, se me escapa un gemido. Sabe exactamente lo que hace con esas manos.

—Eso es —murmura—. Solo respira.

Se acerca más, y su cabello me roza la mejilla mientras sus labios me rozan la oreja.

—¿Te gusta, Axel?

Joder, no tiene ni idea de lo que me está haciendo. O tal vez sí. Sus dedos siguen hundiéndose en mis músculos y liberan la tensión de mi cuerpo. Dejo caer la cabeza hacia delante para darle mejor acceso al cuello.

—Estás muy tenso aquí —dice. Sus dedos trabajan un punto especialmente duro y me provocan escalofríos por toda la columna—. Suéltalo todo, Axel.

Siento sus dientes rozarme la piel, suavemente al principio, luego con más presión. Sus manos se mueven en sincronía con su boca y encuentran todos los puntos exactos. Una vez más, el coro constante en mi cabeza desaparece, vencido por su contacto.

Se coloca frente a mí y sus dedos se deslizan por mi pecho hasta detenerse en el botón superior de mi camisa de presidiario.

—¿Puedo? —pregunta con voz melosa.

Asiento, incapaz de articular palabra.

Desabrocha los botones lentamente, sin apartar los ojos de los míos. Su tacto es suave como una pluma mientras me abre la camisa y deja al descubierto mi pecho tatuado.

Se humedece los labios con la punta de la lengua. Luego, con un hambre que iguala la mía, lleva las manos a mis pantalones.

Noto su desesperación mientras tira de la cinturilla de mis pantalones. Levanto las caderas para ayudarla, ansioso por liberarme.

Me baja los pantalones y los bóxers de un tirón, y abre los ojos de par en par al ver mi erección.

—Dios, Axel —susurra. Sus dedos se cierran en torno a mi miembro y lo acarician lentamente—. Dime qué quieres.

Mi voz suena ronca de deseo.

—Chúpamela, doctora. Demuéstrame cuánto has pensado en esto.

Sus ojos brillan con una mezcla de deseo y determinación. Luego se inclina hacia delante y se mete la punta de mi polla en la boca.

No puedo contener un gemido cuando empieza a moverse: su lengua gira, sus labios suben y bajan por mi verga. Me la chupa con una habilidad que me hace poner los ojos en blanco.

Siento sus dedos deslizarse entre mis piernas y acariciarme los huevos mientras su boca se mueve más rápido. Su cabello cae sobre mis muslos y me hace cosquillas en la piel.

—Joder —gruño. Podría tomar el control y darle la vuelta a esto en un instante. Pero es tan jodidamente excitante verla ceder a su lado oscuro y saber que soy yo quien lo saca de ella.

Sus manos y su boca se mueven en perfecta armonía y me vuelven loco. Mis caderas empujan suavemente en busca de más. Mi polla desaparece en su boca y siento el ligero roce de sus dientes. Es demasiado, demasiado bueno.

—No voy a aguantar mucho —le advierto con voz ronca—. He pensado demasiado en este momento.

Willow se detiene de golpe y gruño de frustración. Estoy tan cerca, y ella lo sabe. Su poder sobre mí me enloquece.

—No, Axel —dice con ojos brillantes de determinación—. Todavía no. Quiero sentirte dentro de mí. Hasta el fondo.

Se levanta y se da la vuelta, de espaldas a mí. Mete las manos bajo la falda y, con un movimiento rápido, se quita las bragas. Observo hipnotizado cómo vuelve a sentarse, esta vez en mi regazo, y guía mi polla dentro de ella.

Joder. Es casi demasiado mientras se hunde sobre mí. Su coño me envuelve, apretado, húmedo y perfecto.

—Joder —gruño—. Qué bien se siente.

Se recuesta contra mi pecho y deja caer la cabeza sobre mi hombro mientras empieza a moverse. Sus caderas se mecen lentamente al principio, luego con más urgencia. Su cabello me roza la cara y me llena los sentidos con su aroma a azahar.

Me incorporo, me quito las esposas de las muñecas y le rodeo la cintura con los brazos para acercarla más. La quiero toda. Cada centímetro. Mis manos se aferran a sus caderas mientras la levanto ligeramente y luego la dejo deslizarse de nuevo sobre mí. Una y otra vez.

—Oh, Dios, Axel. Qué bien se siente.

—Eso es, duendecilla —le susurro al cuello—. Móntame. Toma lo que necesitas.

Está frenética, persigue su liberación. Sus manos se agarran a los reposabrazos mientras rebota con más fuerza en mi regazo, con la cabeza echada hacia atrás en total abandono.

Se me nubla la visión mientras el placer se dispara, agudo, abrasador.

—Estás tan apretada, tan jodidamente apretada —murmuro.

Sus uñas se clavan en la silla.

—Ya casi, Axel. Ya casi.

Siento la tensión enroscarse cada vez más en mi cuerpo, a punto de estallar.

—Córrete conmigo —le digo con voz ronca, desesperada—. Déjate llevar.

Con un grito agudo, su cuerpo se tensa y palpita a mi alrededor. Su orgasmo me empuja al límite y embisto hacia arriba, llenándola mientras me corro.

Lo primero que noto es el silencio en mi cabeza. Los gritos constantes que me atormentaron toda la mañana han desaparecido; solo hay paz. Mis músculos se relajan mientras el calor de Willow me envuelve, con su espalda pegada a mi pecho.

Esto es nuevo y peligroso. Le permití tomar el control, algo que no hago nunca. Caer en la cuenta me provoca un escalofrío. Nadie me controla. Nunca.

Y sin embargo, aquí estoy, rodeándole la cintura con los brazos, saboreando la calma en mi mente. Siempre se callaban durante nuestros encuentros, pero hoy fueron especialmente crueles. Hasta que ella me tocó. Hasta que ella...

Un gruñido se me forma en la garganta. Los susurros resuenan en mi mente y me dicen que soy débil. Que dejé que Willow me manipulara.

Que me usara.

Willow se levanta de mi polla y se gira para sentarse a horcajadas sobre mí de cara, con los ojos llenos de anhelo. Ya no hay pretensiones, ya no oculta quién es realmente. Sus labios encuentran los míos, hambrientos y exigentes.

La beso con fuerza suficiente para dejarle marcas. Mis manos se enredan en su pelo y tiran justo en el límite del dolor. Gime en mi boca y se aprieta más contra mí.

Los impulsos regresan, un murmullo bajo al principio. Me recuerdan quién soy y de lo que soy capaz. Lo fácil que sería hacerle daño.

Las aparto. Hoy no. Hoy quiero esto, la quiero a ella, exactamente como es. Mi hermosa y retorcida duendecilla que eligió bailar con el diablo.

Sus dedos trazan los tatuajes de mi pecho, siguiendo los patrones que cuentan mi historia violenta. Sabe lo que he hecho. Y aun así, me besa como si se estuviera ahogando y yo fuera su fuente de aire.

Quizá esto sea mejor que el control. Ver a Willow elegir al monstruo vuelve su sumisión aún más dulce.