21 Willow
El pecho se me tensa con cada latido frenético mientras entro en la reunión del personal, con el plug anal todavía dentro de mí, un secreto que solo yo conozco.
Me siento sucia, tan equivocada, y sin embargo tan excitada.
No logro concentrarme; el clítoris me hormiguea.
Me remuevo en el asiento intentando aliviar la tensión, pero solo consigo empeorarla.
Recorro la sala con la mirada y noto la expresión preocupada de Eleanor.
Debe de percibir que algo no va bien. Esbozo una sonrisa forzada con la esperanza de tranquilizarla, pero sé que mis ojos delatan la tormenta que llevo dentro.
Tengo la piel demasiado tirante, sensible al suave roce de la ropa.
Cada nervio está en tensión, consciente del plug, ese recordatorio constante del control que Axel ejerce sobre mí.
La reunión se alarga y no consigo concentrarme en una sola palabra. Solo soy consciente de mi cuerpo: la humedad entre los muslos, el palpitar intenso que reclama atención. Vuelvo a removerme, cruzo y descruzo las piernas, desesperada por encontrar alivio.
El teléfono vibra con un mensaje que atraviesa el tedio de la reunión. Es de él, de Axel. Un mensaje simple.
Pensando en ti, doctora.
El tiempo parece ralentizarse a mi alrededor. Sé que me imagina con el plug anal puesto. Sabe el poder que tiene sobre mí. Me lo imagino con esa mirada intensa, con sus manos sobre mí.
Me disculpo, alterada e incapaz de soportar la reunión ni un minuto más.
Necesito estar sola, tocarme, encontrar algo de alivio.
En el baño, cierro con llave; el corazón me late con fuerza.
Me siento temeraria, desesperada por liberarme ahora que mis inhibiciones se han hecho añicos.
Me subo la falda, me arranco las bragas y mis dedos encuentran el clítoris, sensible e hinchado.
No tardo mucho; la tensión está tan contenida que está a punto de estallar. El orgasmo llega rápido e intenso, una oleada de placer que me hace pedazos.
Me deslizo por la pared con las piernas flojas. El azulejo está frío contra la espalda, en marcado contraste con mi piel ardiente. Tengo los dedos resbaladizos y me los limpio en la falda sin pensar. Se me escapa un pequeño gemido ante la evidencia de lo que acabo de hacer.
Mi mente divaga hacia el horario de esta tarde.
Ya lo he ajustado; he movido citas para ver a Axel a diario.
El papeleo está en mi escritorio, a la espera de la firma de Eleanor.
Mi razonamiento oficial menciona su «rápido progreso» y «necesidad de apoyo constante durante esta fase crítica del tratamiento».
Un golpe en la puerta me sobresalta. —¿Doctora Matthews? ¿Se encuentra bien? —Es Dr. Pierce.
—Sí, solo... solo un momento. —Me pongo de pie a toda prisa y me aliso la falda—. Solo me siento un poco indispuesta.
—La reunión ha terminado. ¿Le gustaría que habláramos de su carga de pacientes? He notado algunos cambios significativos.
El corazón me da un vuelco. Me lavo las manos mientras respiro hondo para calmarme. ¿Cómo puedo explicar esto? ¿Qué pensarán cuando lo vean en mi horario todos los días? Los demás médicos hablarán. Se preguntarán. Cuestionarán mis motivos.
Pero no puedo parar. Necesito esto. Necesito a Axel. Solo pensar en verlo a diario hace que el pulso se me acelere de nuevo.
Abro la puerta. —Por supuesto, Eleanor. Hablemos de ello.
Todavía tengo las piernas flojas mientras la sigo por el pasillo; el plug es un recordatorio constante de lo que está por venir.
Cada paso me recuerda mis decisiones, mi descenso a la depravación.
Noto que Eleanor me mira de reojo con preocupación y enseguida me yergo para ocultar cualquier signo de incomodidad.
—¿Te encuentras bien, Willow? Has estado... distante últimamente —dice Eleanor mientras caminamos—. He pensado que quizá podríamos cenar después del trabajo. ¿Como solíamos hacer en tu primera semana?
La invitación me pilla desprevenida. Hubo un tiempo en que habría aprovechado la oportunidad de pasar más tiempo con mi mentora, de absorber su sabiduría y experiencia. Pero sentarme frente a ella a charlar de trivialidades mientras guardo estos secretos me revuelve el estómago.
—He estado agobiada con el trabajo —ofrezco con voz débil—. ¿Quizá en otra ocasión?
La sonrisa de Eleanor no le llega a los ojos. —Eso es lo que dijiste la semana pasada. Y la anterior.
Sigo a Eleanor hasta su despacho con el corazón acelerado mientras ella cierra la puerta tras nosotras. Se acomoda en su silla; mi solicitud de cambio de horario está desplegada sobre el escritorio.
—Estos son ajustes bastante significativos, Willow. ¿Sesiones diarias con Morrison?
Me aliso la falda, rogando para mis adentros que la voz no me tiemble. —Su caso es... complejo. He notado avances en nuestras sesiones que justifican un seguimiento más cercano.
Eleanor entrecierra los ojos. —¿Qué tipo de avances?
—Se está abriendo sobre su trauma infantil.
El abuso que sufrió. —Me inclino hacia delante y adopto mi actitud profesional a pesar del plug, ese recordatorio constante de mis mentiras—.
Creo que las sesiones diarias podrían ayudar a mantener este impulso.
Está mostrando vulnerabilidad por primera vez.
—La vulnerabilidad puede ser manipulación, Willow. Lo sabes.
—Por supuesto. —Asiento mientras me agarro a los brazos de la silla—. Pero he revisado sus expedientes anteriores. Ningún otro terapeuta ha conseguido que hable de la muerte de su padre con tanto detalle. Está procesando la culpa, muestra signos de remordimiento genuino.
Eleanor golpetea el bolígrafo contra el escritorio. —¿Y estás segura de que puedes con sesiones tan intensivas? Es una carga emocional considerable.
—Lo estoy. —Las palabras me salen firmes—. He construido una buena relación con él. Cambiar de terapeuta ahora podría echar a perder el progreso.
Me estudia durante un largo momento y me obligo a sostenerle la mirada. Finalmente, firma los papeles.
—Confío en tu criterio, Willow. Pero recuerda lo que hablamos de mantener los límites.
—Gracias, Eleanor. No te decepcionaré.
La ironía de sus palabras me encoge el estómago, pero mantengo el rostro impasible mientras recojo los cambios de horario aprobados.
—Willow —dice Eleanor cuando llego a la puerta—. He notado que ya no te unes a nosotros para comer. El personal ha estado preguntando por ti.
La culpa me retuerce las entrañas. Estas personas me dieron la bienvenida y me apoyaron, y ahora estoy traicionando todo lo que representan.
—Solo... he estado concentrada en mis casos —respondí, sin poder mirarla a los ojos.
—Estamos preocupados por ti —continuó Eleanor, con voz más suave—. Trabajar con estos reclusos, especialmente con tipos como Morrison, puede pasarte factura. Necesitas gente en quien apoyarte.
—Estoy bien —insistí, quizá demasiado deprisa—. De verdad.
—¿Recuerdas cuando hablamos de compartimentar? —Eleanor se levantó y se acercó a mí—. ¿De no dejar que este trabajo te consuma? He visto a terapeutas prometedores quemarse porque no supieron mantener esa separación.
Si supiera hasta qué punto esos compartimentos se habían derrumbado.
—Te agradezco la preocupación —dije, con la mano en el pomo de la puerta—. Pero tengo que prepararme para mi próxima sesión.
Eleanor alargó la mano y me tocó el brazo con suavidad.
—¿Por qué no vienes a tomar algo con nosotros el viernes? Va a ir todo el equipo médico. Te vendría bien relacionarte con compañeros fuera de estos muros.
Hace dos meses, habría aceptado encantada. Ahora, fingir ser la persona que creen que soy —la profesional dedicada con un futuro brillante— se me antoja imposible.
—Lo intentaré —mentí, a sabiendas de que no iría.
La mano de Eleanor cayó y la decepción se reflejó en sus ojos.
—Mi puerta siempre está abierta, Willow. Para lo que necesites.
Asentí y salí, con la culpa y el alivio librando batalla en mi interior mientras me apresuraba hacia mi despacho.
Cada paso me alejaba más de la sincera preocupación de Eleanor y me acercaba a la persona en que me estaba convirtiendo: alguien capaz de arriesgarlo todo por la emoción prohibida de lo que me aguardaba tras la puerta de mi despacho.
Sentada a mi escritorio, estoy inquieta y nerviosa. Organizo mis notas, ordeno papeles, hago cualquier cosa para distraerme. Pero no dejo de mirar el reloj.
Veinticinco minutos.
La espera es agónica, cada minuto una eternidad. Tengo la piel como en llamas —electrificada—, y soy consciente del plug con cada movimiento. Me revuelvo en el asiento mientras la presión aumenta.
El móvil vibra con un mensaje de Axel, y sé sin mirarlo que me alejará aún más de la persona que Eleanor cree que soy, hacia el abismo que he elegido.
«Estoy deseando estirar ese agujerito apretado, doctora. He estado pensando en ello todo el día».
Se me cae el móvil y las mejillas me arden. Sé que debería avergonzarme, pero lo único que siento es una oleada de deseo. Lo quiero, anhelo sus caricias, su dominio.
Me muerdo el labio y recorro la habitación con la mirada para asegurarme de que nadie nos interrumpirá. Estoy nerviosa pero decidida. Vuelvo a mirar el reloj, contando los minutos que faltan para rendirme por completo a aquello en lo que me he convertido.
Diez minutos.
Me obligo a volver a la silla y abro expedientes de pacientes en el ordenador. La pantalla se difumina ante mis ojos —no logro concentrarme en una sola palabra—. El cuerpo me palpita de anticipación, el plug un recordatorio constante de lo que está por venir.
Hago clic en los informes sin pensar, sin asimilar nada. Se me seca la boca cuando unos pasos resuenan por el pasillo. El ritmo familiar de botas contra el linóleo me acelera el corazón.
Llaman a la puerta.
—Adelante —digo.
El oficial Martínez entra con Axel y mis pensamientos se esfuman al instante.