Encarcelada (Serie Convictos) 15 Axel
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15 Axel

Las cadenas traquetean mientras Martínez finge asegurarlas al aflojarme las esposas. Es una buena marioneta: hace exactamente lo que le dicen si el precio es el correcto. Hoy también sustituirán la grabación de las cámaras de seguridad, así que no quedará ninguna prueba.

Mis demonios murmuran con aprobación: les gusta que la gente obedezca.

—Todo listo —Martínez asiente mirando a mi dulce e inocente Willow, que está ahí de pie con su falda de tubo y su blusa blanca, aferrada a su bloc de notas como si fuera un escudo—. Llame si necesita algo.

Otro cabo que tengo atado. Martínez no responderá a las dos primeras veces que pulse el botón de pánico, porque le he dado mi palabra de que no le haré daño físico.

La puerta se cierra con un clic. Ahora estamos solos. Solo mi bonita doctora y yo, que no tiene ni idea de que las cadenas que me rodean las muñecas bien podrían ser de papel.

Muéstrale lo que es el control de verdad.

Hazla gritar.

Rómpela.

Los hago callar. Todavía no. Esto requiere delicadeza.

—Buenos días, doctora Matthews —digo con voz suave mientras la observo acomodarse en la silla frente a mí. Veo cómo el pecho le sube y le baja demasiado deprisa. El rubor en sus mejillas cuando abre mi expediente.

—¿Cómo te sientes hoy, Axel?

Tengo ganas de arrancarte la ropa y comerme tus tetas perfectas.

Sonrío y dejo que los brazos me cuelguen sueltos en las ataduras.

—Mejor ahora que estoy contigo. Anoche tuve un sueño de lo más interesante sobre ti.

Se le encienden las mejillas. Se remueve en la silla y capto cómo aprieta ligeramente los muslos.

—Deberíamos centrarnos en tu progreso, no en tus sueños.

—Pero doctora... —me inclino hacia delante—. ¿No son importantes los sueños para entender la psique? ¿No estás aquí para eso? ¿Para entenderme?

No se ha dado cuenta de que podría levantarme en cualquier momento, cruzar esta habitación en tres pasos y mostrarle exactamente lo que nos atormenta en sueños a los dos.

Tómala.

Hazla tuya.

Pronto, voces. Pronto.

Se humedece los labios con la lengua. Un gesto muy revelador.

—Tienes razón. Los sueños pueden ser... reveladores. Háblame del tuyo, Axel.

Muéstraselo.

Cuéntaselo todo.

—Empieza contigo con ese mismo atuendo —recorro su cuerpo con la mirada, saboreando cómo se retuerce—. Pero llevas el pelo suelto, te cae sobre los hombros. Como ahora, estás sentada justo ahí, haciéndote la correcta.

El bolígrafo le queda suspendido sobre el bloc de notas.

—¿Y luego?

—Luego te mostraré lo que pasa cuando intentas analizar a un monstruo —las cadenas tintinean mientras me inclino hacia delante—.

Me levanto y no huyes. Quieres hacerlo: el corazón te va a mil, las pupilas dilatadas como las tienes ahora mismo, pero te quedas quieta.

Porque en el fondo estás deseando ver qué haré.

Traga saliva con dificultad.

—Mantén un tono apropiado, por favor, Axel...

—¿Apropiado? —no puedo evitar reírme—. Nada de lo que quiero hacerte es apropiado.

Me recuesto y estiro los brazos todo lo que las cadenas me permiten, y le sonrío.

—En este sueño, rodeo la mesa despacio, muy despacio. Estás paralizada en el sitio, mirándome. Esperando.

Entreabre la boca y aprieta los labios para no hablar. Bien.

—Luego me pongo justo detrás de ti, tan cerca que puedes sentir mi aliento en el cuello. Te susurro, te pregunto si alguna vez has estado con un hombre de verdad. Un hombre que sabe hacer suplicar a una mujer.

Willow se remueve, con las mejillas sonrojadas, pero no me detiene.

—No respondes, así que lo tomo como un no. Te digo que no te preocupes, que voy a enseñarte. Y entonces... —hago una pausa—. Entonces te tiro del pelo, lo justo para hacerte jadear. Quiero verte esa garganta tan bonita al descubierto.

Se le acelera la respiración. Lo está imaginando, se ve a sí misma en ese momento.

—Deslizo los labios por tu cuello, saboreando tu piel, y luego... te muerdo. No tan fuerte como para romperte la piel, pero lo bastante para dejarte una marca: una firma que perdura en tu carne.

Un sinfín de expresiones le cruzan el rostro: sorpresa, el más leve destello de aprensión y el deseo que acecha debajo.

—Forcejeas contra mi agarre, pero aprieto más el puño en tu pelo. Murmuro que escapar no es una opción. Que ahora solo existes para mi placer.

El bolígrafo se le cae de la mano y repiquetea en el suelo, pero no se mueve para recogerlo.

—Y entonces, doctora... —bajo la voz con complicidad—. Te hago cosas que te hacen gritar. Te hago desmoronarte por completo. Una y otra vez. Hasta que no eres más que un jodido desastre tembloroso que me suplica más.

Tiene esos impresionantes ojos azules abiertos de par en par y clavados en mí. Lo está viendo y sintiendo todo en su mente.

—Te hago mía, cuerpo y alma. Y cuando por fin te suelto, has cambiado para siempre. Marcada por mí.

Me recuesto, satisfecho. Willow se ha quedado sin palabras, con el pecho agitado.

Sonrío enseñando los dientes.

—Entonces, doctora, ¿quieres oír el resto?

Intenta recuperar el control, aferrándose a esa máscara clínica que lleva tan bien. Pero le veo el pulso acelerado en la garganta y el rubor que le sube por el cuello.

—Esta fijación con las figuras de autoridad, Axel... —se aclara la garganta—. Es un patrón común entre los reclusos. Intentas imponer tu dominio para evitar enfrentarte a tu necesidad de tratamiento.

Casi me río de su intento de psicoanalizarme. Buena doctorcita, que se aferra desesperadamente a su formación.

—Estás evadiendo —continúa, cada vez más segura—. El sueño representa tu impulso de…

—Si no quieres oír el resto… —me levanto de la silla con un movimiento fluido y las cadenas sueltas caen al suelo—. Te haré una demostración.

Abre los ojos de par en par, la boca entreabierta al darse cuenta de que estoy libre. Palidece. Su mano vuela hacia el botón de pánico del escritorio, pero no lo pulsa.

—¿Y si alguien se entera? —jadea, lanzando una mirada a la cámara del rincón—. Las grabaciones de seguridad…

—Solucionado —digo con despreocupación—. Las cámaras están en bucle. Martínez se encarga de que nadie revise las grabaciones. Nadie sabrá jamás lo que pasa en esta habitación a menos que tú se lo cuentes. —Ensancho la sonrisa—. Y algo me dice que no lo harás.

Su mano sigue avanzando hacia el botón de pánico, pero soy más rápido.

Le agarro la muñeca y la aparto del botón. Su piel es tan suave bajo mis dedos, justo como imaginé. El coro de pensamientos destructivos canta con aprobación mientras forcejea contra mi agarre.

Por fin.

Toma lo que es tuyo.

Muéstrale quién manda.

Le sujeto las delicadas muñecas con una mano; sus forcejeos son tan débiles como los de una mariposa contra una tormenta. Es tan diminuta comparada conmigo, con huesos de porcelana bajo mis dedos callosos.

—Mira quién no tiene el control ahora, doctorcita. —Me planto frente a su silla y le agarro la barbilla, obligándola a mirarme a los ojos—. Se acabó esconderse detrás de ese cuaderno, se acabó fingir que estás por encima de todo esto.

El pulso se le acelera bajo mi agarre. Qué cosa tan frágil, creyendo que podía entrar en la guarida de un monstruo y salir intacta.

—¿De verdad pensaste que esas cadenas podían retenerme? —Me acerco más, deleitándome con el miedo en esos ojos azules—. Ese es el problema de la gente como tú: creen en el sistema, en las reglas, en las restricciones. Pero las reglas son para los débiles.

Le inclino la barbilla hacia arriba, obligándola a estirar el cuello. —Dime, ¿qué opinas ahora? ¿Todavía quieres analizar mis patrones?

Intenta girar la cabeza, pero la mantengo firme. —No, no, nada de eso. Mírame cuando te hablo. Eso es lo que querías, ¿verdad? Toda mi atención. Pues ahora la tienes.

Las lágrimas se le acumulan en los ojos. Qué vista tan bonita.

—P-por favor —logra articular.

—¿Por favor qué? —Sonrío enseñando los dientes—. ¿Por favor, para? ¿Por favor, déjame ir? ¿O por favor, no pares? Sé específica, doctora. ¿No es eso lo que siempre les dices a tus pacientes?

Una lágrima le resbala por la mejilla.

La atrapo con el pulgar en una parodia de ternura. —Querías entender al monstruo. Enhorabuena: tienes un puto asiento en primera fila.

Estudio sus reacciones con atención, fijándome en cómo aprieta los muslos bajo esa falda de tubo tan correcta: un lenguaje corporal muy revelador en mi pequeña doctora. Me concentro en cómo se le han dilatado las pupilas a pesar del miedo, o quizás precisamente por él.

—Dime, doctorcita —mantengo el agarre firme en sus muñecas mientras me acerco lo suficiente para captar el tenue aroma de su perfume—, ¿conoces la autoasasinofilia?

Abre los ojos de par en par.

—El término clínico para excitarse con el riesgo de muerte. —Deslizo el pulgar por el pulso acelerado de su garganta—. Una condición fascinante, ¿no? La entrega absoluta del control.

Se le encienden las mejillas. —Para, Axel.

Ladeo la cabeza, estudiándola. —El pulso se te acelera, pero no solo de miedo. Esos bonitos muslos no paran de apretarse, y tu respiración… —Me acerco más, con los labios casi rozándole la oreja—. Eso no es pánico, ¿verdad?

Se estremece, y no es de frío. No, mi doctora perfecta está librando una batalla muy distinta en este momento.

—La gran doctora Matthews —murmuro contra su piel—, excitada por estar a merced de un psicópata. ¿Qué dirían tus colegas?

Su intento de respuesta sale como una exhalación temblorosa. Siento cómo su determinación se desmorona, y empieza a inclinarse hacia mi agarre en lugar de apartarse.

—Tu cuerpo sabe lo que realmente quieres —le digo, deleitándome con su expresión contradictoria.

Saboreo su angustia, sus emociones contradictorias reflejadas en ese rostro delicado. Le avergüenza desearlo, pero lo desea.

Mi dulce e inocente doctorcita, tan desesperada por guardar las apariencias. Las derribaré todas, la despojaré capa a capa hasta que sea mía, por dentro y por fuera.

El pecho le sube y baja rápidamente bajo la blusa ajustada. Las piernas se le separan ligeramente, una invitación involuntaria.