14 Axel
Me apoyo contra la fría pared de hormigón fuera de mi celda, a la espera de que Martínez y Thompson pasen a hacer la ronda. Aparecen justo a tiempo, con las llaves de Thompson tintineando en el cinturón.
—Tengo algo para vosotros, chicos —deslizo cuatro billetes de cien dólares doblados de la manga—. Un pequeño adelanto de nuestro acuerdo habitual.
Martínez echa un vistazo al pasillo.
—¿Dónde está la trampa, Morrison?
—La sesión de mañana con la doctora Matthews. Quiero que finjáis atarme a la silla. Que parezca real, pero en realidad aflojadme las esposas.
Thompson entrecierra los ojos.
—Eso es arriesgado. Si le haces daño a la nueva doctora, los que pagaremos seremos nosotros.
—No le haré daño. Además, vuestra parte del negocio de los cigarrillos del mes pasado debería tranquilizar vuestra conciencia —le pongo los billetes doblados en la mano—. Martínez se encargará del bucle de la cámara. Ya lo hemos hecho antes.
Martínez se remueve incómodo.
—El nuevo de informática ha estado revisando las marcas de tiempo. No podemos repetir el mismo truco muy a menudo.
—Pues sed creativos —les exijo—. La matrícula de tu hija no se va a pagar sola.
Martínez palidece al oír mencionar a su hija.
—Vale. Cuarenta y cinco minutos de bucle. Ni un segundo más.
Thompson asiente primero.
—Vale. Pero si esto sale mal...
—No saldrá mal —les dedico mi sonrisa más tranquilizadora—. ¿Os he fallado alguna vez?
—Solo déjanos al margen de tus tejemanejes con Marcus —murmura Thompson mientras se guarda su parte.
—Hablando de Marcus... —bajo la voz—. ¿Alguna noticia sobre su nuevo envío?
Martínez consulta su reloj.
—Entra por la lavandería la semana que viene, pero yo no te he dicho nada.
—Naturalmente —me enderezco mientras otros reclusos pasan arrastrando los pies hacia el almuerzo—. Un placer hacer negocios, caballeros.
Siguen adelante, manteniendo sus expresiones severas. Perfecto. Todo va según lo previsto. Los guardias, las drogas y pronto... Willow. Manejo los hilos de cada marioneta en esta prisión, incluso de los que no saben que me pertenecen.
Me uno al flujo de reclusos que van hacia la cafetería, ya planeando cómo aprovechar mi libertad en la sesión de mañana. La expectación me eriza la piel. Es hora de ver qué hace mi pequeña hada cuando se queda a solas con el monstruo... sin cadenas.
Me deslizo hasta mi sitio habitual en la cafetería y mi equipo se coloca a mi alrededor como una máquina bien engrasada. El ruido en mi cabeza se calma cuando planeo, concentrado en la partida que tengo por delante.
—Marcus se está poniendo chulo —murmura Rico, picoteando su carne misteriosa—. Sus nuevos tíos se pavonean por ahí como si el patio fuera suyo.
—Que se pavoneen —me recuesto, contemplando mi reino de acero y hormigón—. Cuanto más alto suben, más dura es la caída.
Tommy, nuestro hacker con cara de niño, juguetea con su tenedor de plástico.
—Pero ¿y si ellos...?
—¿Estás preocupado, chaval? —interrumpe Snake con su sonrisa de siempre—. ¿No decías que la cárcel era como tus videojuegos?
—Vete a la mierda, Snake —a Tommy se le ponen las orejas rojas—. Solo digo que...
—No estás diciendo nada —le clavo una mirada que lo hace encogerse—. El envío de Marcus entra por la lavandería la semana que viene. Lo interceptamos y les recordamos a todos quién manda aquí.
Dante se hace crujir los nudillos.
—Ya era hora. Me estaba aburriendo de ver presumir a esos imbéciles.
La cafetería vibra de tensión, los reclusos apiñados en sus corrillos de siempre. Los susurros en mi cabeza se intensifican.
Mátalos a todos.
Todavía no. Todo es cuestión de elegir el momento.
—Hablando de entretenimiento —Snake se inclina hacia mí—, me han dicho que tienes loca a la nueva doctora buenorra, jefe.
Aprieto el tenedor con fuerza.
—Cierra el pico.
—Solo digo lo que todos están pensando. Incluso Marcus ha estado...
Doy un golpe en la mesa que hace temblar las bandejas.
—Como Marcus se atreva a mirarla, le arranco los ojos.
Se hace el silencio en nuestra mesa. Rico carraspea.
—Te cubrimos las espaldas, jefe. Siempre.
—Bien —reprimo la rabia, la entierro donde debe estar—. Porque mañana las cosas van a empezar a cambiar por aquí.
Al imaginar la sesión de mañana, la sed de sangre da paso a algo más carnal. La pequeña Willow no se esperará que esté libre. Libre para tocarla, para verla retorcerse, para hacerla mía.
—Pareces contento, jefe —Rico aparta la bandeja.
—Solo estoy pensando en nuestra buena amiga, la doctora Matthews.
A Snake se le iluminan los ojos.
—Entonces, ¿qué plan tienes para la doctora rubia buenorra? Apuesto a que...
Clavo el tenedor en la mesa, entre sus dedos. El ruido de la cafetería ahoga su grito.
—Elige bien tus próximas palabras.
—Perdona, jefe —retira la mano—. No iba con mala intención.
Tommy juguetea con las gafas.
—Pero ¿cómo vas a librarte de las ataduras? Siempre nos atan bien fuerte en las sesiones.
Sonrío, recordando los billetes de cien crujientes en el bolsillo de Martínez.
—Digamos que tengo un acuerdo con ciertas personas.
—¿Los guardias? —gruñe Dante—. Arriesgado.
—Todo lo que merece la pena es arriesgado —me recuesto, imaginando la cara de Willow cuando descubra que ando suelto. ¿Saldrá corriendo? ¿Gritará? ¿O se quedará paralizada, presa de su propio deseo?—. Además, ¿qué es la vida sin un poco de peligro?
Rico coge su manzana y la pasa de una mano a otra.
—¿Te enteraste de lo de Jensen en el Bloque C? —pregunta Snake, intentando congraciarse conmigo.
—Lo acuchillaron en las duchas —gruñe Dante—. Supongo que se olvidó de pagar la cuota.
Jugueteo con la comida.
—Qué pena. Jensen era buen jugador de cartas.
—Hablando de cartas... —interviene Tommy—. He conseguido una baraja nueva. ¿Montamos una partida de póker?
—¿Quieres decir perder todos tus cigarrillos otra vez? —se burla Rico.
—¡Eh, que he estado practicando!
—Sí, y yo soy el puto rey de Inglaterra —dice Snake poniendo los ojos en blanco.
El ritmo familiar de la cháchara carcelaria me envuelve. Estos idiotas son herramientas útiles, nada más. Pero son mis herramientas.
—¿Te acuerdas de cuando Tommy intentó tirarse un farol con un par de doses? —se ríe Rico.
—Tío, cállate —a Tommy se le pone la cara roja—. Fue solo una vez.
—Una vez de más —dice Dante—. Por cubrirte el culo me quedé sin postre una semana.
Dejo de prestar atención a sus discusiones y recorro la cafetería con la mirada. La banda de Marcus se apiña en su rincón, lanzándonos miradas. Son patéticos. Creen que los números les dan poder, pero el verdadero poder está en saber exactamente cuándo y dónde golpear.
—¿Jefe? —la voz de Rico me devuelve al presente—. ¿Sigue en pie lo del patio?
—Sí —aparto la bandeja—. Asegúrate de que todos sepan dónde colocarse. No quiero sorpresas cuando llegue el envío de Marcus.
La conversación fluye a mi alrededor como el agua. Estos hombres creen que me conocen, creen que su lealtad los hace especiales. Pero no son más que peones en un juego mucho mayor. Un juego que está a punto de ponerse muy interesante.