13 Willow #2
—Háblame de tu semana —digo, desesperada por desviar la conversación, por ganar tiempo. Pero Axel sigue con esa sonrisa cómplice, como si compartiéramos un delicioso secreto.
—Oh, doctora Matthews —ronronea—. Las dos sabemos que no es de eso de lo que quieres hablar.
—Centrémonos en tu tratamiento, Axel —yergo los hombros y le sostengo la mirada—. Si sigues con comentarios inapropiados o intentas llevar nuestras sesiones por ese camino, no me quedará más remedio que terminarlas antes de tiempo. Como la última vez.
Las palabras salen automáticamente, un escudo protector de profesionalismo al que todavía me aferro a pesar de todo.
Por dentro, soy un tumulto de contradicciones: lo anhelo y a la vez me aterra entregarme del todo; quiero tirar la prudencia por la borda y al mismo tiempo necesito desesperadamente mantener alguna apariencia de control.
Ya he cruzado tantas líneas, sobornado guardias, fantaseado con él sin parar.
Y sin embargo, algo en mí todavía vacila en el umbral final.
¿Es miedo a lo que pase cuando abandone por completo mi identidad profesional?
¿O algo más profundo aún, miedo a no encontrar nunca el camino de vuelta a quien era una vez que me entregue del todo?
Me aferro al protocolo como a un salvavidas mientras junto el valor necesario, sabiendo que es solo cuestión de tiempo que lo suelte.
Su sonrisa no flaquea.
—Para alguien tan empeñada en mantener los límites, te estás esforzando mucho en crear oportunidades para romperlos.
De repente la habitación me parece demasiado pequeña, mis decisiones demasiado arriesgadas, demasiado reales.
—Ese es exactamente el tipo de comentario del que hablo. Esta es una relación profesional. Si no puedes respetar esos límites—
—Profesional —saborea la palabra como si fuera vino fino—. ¿Es eso lo que te dices cuando te tocas mientras escuchas las grabaciones de nuestras sesiones? ¿Esa en la que describí exactamente lo que te haría si estas cadenas desaparecieran?
Sus ojos se oscurecen mientras se inclina ligeramente hacia delante.
—Sé que la has leído, Willow. Puedo verlo en tus ojos: cómo se dilatan cuando recuerdas la parte de acorralarte contra la pared, mi mano rodeándote el cuello mientras yo—
—Última advertencia, señor Morrison —mi mano va hacia el botón de pánico del escritorio.
—Vale, vale —levanta las manos en falsa rendición y las cadenas tintinean—.
No querría acortar nuestro tiempo. No cuando tenemos tanto de qué hablar —su tono se vuelve más clínico, pero en sus ojos sigue bailando una oscura diversión—.
¿Hablamos de mi trauma infantil? Eso es lo que os encanta a los terapeutas, ¿no? ¿Hurgar en el pasado?
—Sí, centrémonos en eso. En nuestra última sesión, mencionaste a tu padre—
—En realidad no quieres hablar de mi padre —Axel me corta a mitad de frase—. Dos meses dándole vueltas a esto, doctora Matthews. Y ahora has hecho que desactiven la cámara. Tu resistencia se debilita con cada sesión. Puedo verlo en tus ojos.
Se me seca la boca. Me revuelvo en la silla, intentando mantener la compostura profesional.
—Señor Morrison, estamos aquí para hablar de su—
—Apuesto a que te metiste en la cama —su voz se vuelve más grave—. Le diste al play de esa grabación. ¿Te tocaste mientras escuchabas mi voz?
—Basta —la palabra me sale más entrecortada de lo que quería. Me aclaro la garganta—. Esto es completamente inapropiado.
—Pero te gusta lo «inapropiado». Tienes las mejillas sonrojadas —me dedica una sonrisa pecaminosa—. Las pupilas dilatadas. La respiración acelerada. Puedes mentir con las palabras, pero tus reacciones me dicen la verdad.
Me revuelvo en la silla, odiando cómo mi cuerpo responde instintivamente. Claro que un hombre como él me calaría. Intento concentrarme en mis notas, pero las letras nadan ante mis ojos.
—Volvamos a hablar de tus experiencias de la infancia—
—Te corriste con ganas, ¿verdad? —sus palabras atraviesan la neblina de mi mente—. Pensando en todo lo que dije que te haría. Imaginándote mis manos sobre ti en lugar de las tuyas.
—Ya basta —me pongo de pie con las manos temblorosas—. Esta sesión—
—Siéntate, pequeña hada —su tono tiene tal autoridad que me descubro hundiéndome de nuevo en la silla antes de poder evitarlo—. No vas a ninguna parte. Los dos sabemos que no quieres irte.
Tiene razón. Que Dios me ayude, tiene razón. Debería llamar a los guardias, terminar esta sesión, denunciar su comportamiento, denunciarme a mí misma. Pero estoy paralizada, incapaz de moverme, y mi cuerpo me traiciona con cada latido desbocado, con cada respiración entrecortada.
—Ahora —continúa, destilando satisfacción en cada palabra—, ¿hablamos de qué más has estado imaginando?
Miro fijamente a Axel al otro lado de mi escritorio. El corazón me martillea contra las costillas. Todo aquello por lo que he trabajado —años de estudio, dedicación, de labrarme una carrera— en la balanza frente a esta necesidad primitiva que despierta en mí.
—No puedo. —Se me quiebra la voz—. Esto no es... no podemos... Ha sido un error.
—¿No puedes qué? —Sus ojos verdes me inmovilizan—. ¿No puedes admitir lo que quieres? ¿Lo que necesitas?
Cierro los ojos e intento centrarme.
Recuerda tu formación.
Recuerda tus cursos de ética.
Recuerda todo lo que te trajo hasta aquí. Aún no es tarde para poner fin a esto.
—Hice un juramento. —Las palabras me saben a ceniza—. De ayudar a la gente, de mantener los límites profesionales, de…
—¿De negarte a ti misma? —Las cadenas de Axel traquetean cuando se inclina hacia delante—. ¿De fingir que no me deseas en este mismo instante?
Se me tensan los muslos. La carta en el bolsillo de mi chaqueta parece estar quemando la tela, marcándome la piel a fuego.
Debería haberla denunciado. Debería haberla quemado esta mañana en cuanto la vi.
Debería haber hecho cualquier cosa menos leerla una y otra vez entre sesiones, hasta que las páginas quedaron arrugadas de tanto manosearlas con dedos temblorosos.
—Mi carrera. —Me sale en un susurro—. Todo lo que he construido.
—¿Tu carrera? —Suelta una risa grave y oscura—. ¿O tu fachada tan cuidadosamente construida? Dime, ¿cuándo fue la última vez que te sentiste realmente viva antes de conocerme?
La verdad me golpea con fuerza. He pasado toda mi vida portándome bien, haciendo lo correcto, acatando las reglas. Y ahora, frente a este hombre que las rompe todas y encarna todo lo que debería rechazar, me siento más viva que nunca.
—Podría perder mi licencia. —Pero incluso al decirlo, sé que es una protesta débil. El verdadero miedo no es perder mi carrera: es perderme a mí misma en los oscuros deseos que él despierta en mí.
—Podrías ganar mucho más. —Su voz desciende un tono—. Deja de resistirte. Los dos sabemos cómo acaba esto.
Me tiemblan las manos mientras me aferro a los brazos de la silla. Lo que debo hacer está tan claro, es tan simple: terminar la sesión, denunciar su comportamiento, destruir la grabación, confiar en que Martínez no hable y pedir el traslado a otros pacientes.
En cambio, permanezco aquí sentada, atrapada entre el deber y el deseo, viendo cómo el reloj va desgranando los minutos de nuestra sesión mientras mi determinación se desmorona como arena.
Me aclaro la garganta y reúno toda la autoridad profesional que soy capaz de invocar.
—Tenemos dos opciones, señor Morrison. Podemos quedarnos en silencio el resto de la sesión, o puede responder a mis preguntas sobre sus experiencias de la infancia. Usted decide.
Me sale la voz más firme de lo esperado, teniendo en cuenta cómo me late el corazón contra las costillas. Le sostengo la mirada y me niego a apartar la vista a pesar del calor que me sube por el cuello.
Axel me estudia durante un largo momento con sus ojos verdes escrutándome el rostro. El silencio se extiende entre nosotros, cargado de tensión. Justo cuando creo que seguirá presionando, su postura cambia.
—Muy bien. —Se acomoda en la silla y las cadenas tintinean—. Haz tus preguntas.
El alivio me inunda, aunque enseguida me pregunto por qué me siento aliviada.
He hecho lo imposible para estar a solas con él: soborné a Martínez, desactivé la vigilancia, robé grabaciones para escucharlas en la oscuridad de mi dormitorio.
He cruzado línea tras línea, y cada transgresión ha sido más fácil que la anterior.
Y sin embargo, una pequeña parte de mí todavía se aferra a la ilusión de que tengo el control, de que podría alejarme si quisiera. Esta contradicción me mantiene en una tensión deliciosa: lo deseo con desesperación mientras finjo que no.
—Volvamos a lo que mencionó sobre su padre. ¿Dijo que llegaba borracho a casa casi todas las noches?
—Todas las noches. —La voz de Axel pierde su tono seductor y se vuelve plana y fría—. Entraba tambaleándose sobre la medianoche, apestando a whisky barato y tabaco.
Cojo el bolígrafo, agradecida de tener algo en lo que concentrarme aparte de esos ojos penetrantes.
—¿Y qué edad tenía cuando empezó todo esto?
—Pequeño. Cinco o seis años, quizá. —Se encoge de hombros, un gesto que contrasta con la oscuridad que le nubla el rostro—. Es difícil recordarlo con exactitud. Todo se difumina con el tiempo.
Me inclino hacia delante al notar el cambio en el comportamiento de Axel. Su habitual postura confiada se tensa, y sus músculos se contraen como un resorte a punto de saltar.
—Los informes policiales mencionan que su padre era violento.
Se le tensa la mandíbula. Las cadenas traquetean cuando cierra las manos en puños.
—No hablo de eso.
—Podría ayudarle a…
—He dicho que no. —Le brillan los ojos y, por un momento, vislumbro algo brutal bajo la máscara que lleva. Se sacude contra las ataduras y me hace dar un respingo. Se le escapa una risa áspera—. ¿Qué pasa, te doy miedo ahora, pequeña hada?
Me obligo a mantener la calma pese al pulso desbocado.
—No asustada. Preocupada. Su reacción sugiere un trauma significativo.
—¿Trauma? —Escupe la palabra como si fuera veneno—. ¿Quieres saber lo que es el trauma? Intenta ver a tu madre desangrarse en el suelo de la cocina mientras ese cabrón… —Se interrumpe, con el pecho agitado.
La habitación parece haberse encogido, las paredes demasiado cerca. El sudor le perla la frente mientras sus ojos se mueven de un lado a otro, como si viera algo más allá de estas paredes. Su respiración se vuelve entrecortada.
—No son reales —murmura, negando con la cabeza—. No son jodidamente reales.
—¿Qué no es real, Axel?
—Las sombras. —Su voz cambia, suena más joven de algún modo—. Se mueven cuando él está enfadado. Bailan en las paredes como… —Se sacude con violencia y las cadenas resuenan—. No. Hemos terminado.
La máscara cae de golpe en su sitio, pero he visto lo que oculta, he visto al niño roto que sigue atrapado en esos recuerdos. El asesino curtido vuelve a transformarse en mi peligroso paciente, pero el destello de vulnerabilidad flota aún en el aire entre nosotros.
—Hasta la próxima, doctora —su tono ha recuperado el control, pero las manos aún le tiemblan ligeramente—. A menos que prefiera continuar nuestra... otra conversación.
—No —sacudo la cabeza, sorprendida por la firmeza de mi propia voz—. Nuestra relación es estrictamente profesional. No pienso hablar de nada que no sea eso.
Sus ojos centellean divertidos.
—Por ahora.
Pulso el botón del intercomunicador.
—Guardias, acompañen al señor Morrison a su celda, por favor.
La puerta se abre y entran Martínez y otro guardia. Axel se levanta con fluidez mientras le sueltan las cadenas de la silla, esa sonrisa cómplice aún bailándole en los labios.
Miro el reloj: apenas cuarenta y cinco minutos de una sesión que debería haber durado dos horas. Otro fracaso. No avanzamos nada con su trauma infantil, y le permití desviar la conversación una y otra vez.
Y cualquier otra fantasía que pudiera haber tenido... bueno, también fracasó.
Se detiene en el umbral y me mira por encima del hombro.
—Dulces sueños, doctora.
El calor me inunda el cuerpo mientras los guardias se lo llevan. Me hundo más en la silla y me paso los dedos por las puntas del pelo. Las notas de la sesión que tengo delante son escasas: apenas unas observaciones garabateadas sobre sus reacciones defensivas a las preguntas sobre su padre.
Eleanor se sentirá decepcionada. Me confió a este paciente de alto riesgo y ni siquiera fui capaz de mantener el control básico de nuestras sesiones. Pero ¿cómo le explico que cada vez que intento indagar en su pasado, él le da la vuelta a la situación y acaba metiéndoseme en la cabeza?
Recojo mis papeles, tratando de ignorar el tira y afloja entre el control y el abandono que siento por dentro. Tengo dos sesiones más con él esta semana, y solo pensarlo me provoca oleadas de temor y anticipación a partes iguales.
Céntrate en el trabajo, me digo. Céntrate en ayudarle a procesar su trauma. Olvida todo lo que preparé para tener... intimidad. Pero aunque intento refugiarme en mi papel profesional, sus palabras resuenan.
Por ahora.
Me pregunto si es consciente de cuánta razón tiene.