Encarcelada (Serie Convictos) 15 Axel #2
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15 Axel #2

Oh, tengo tantos planes para ti. Le suelto la muñeca, saboreando el destello de pánico en sus ojos. Antes de que pueda moverse, meto la mano en el cajón de su escritorio y saco la cuerda que había sobornado al conserje para que colara en su despacho.

—Las manos delante. —Mantengo la voz calmada y serena.

Emite un pequeño ruido de protesta, pero obedece. Enrollo la cuerda alrededor de sus delicadas muñecas y las ato con movimientos rápidos y expertos. Queda bien sujeta.

Retrocedo para contemplarla atada y a mi merced. Joder, qué hermosa está así.

—Eso es. Quédate ahí. —Me tomo mi tiempo y camino a su alrededor, disfrutando de cómo se retuerce bajo mi mirada—. ¿Sabes? A veces la fantasía es mejor que la realidad. —Le aparto el pelo del cuello mientras mis dedos le rozan la piel—. Pero en este caso…

Mis dedos encuentran el dobladillo de su falda y la subo lentamente, centímetro a centímetro. —Creo que la realidad podría ser mejor.

Me coloco entre sus muslos, disfrutando de cómo tiene que estirar el cuello para verme la cara. Deslizo la punta del dedo por la fina tela de sus bragas y observo cómo sus caderas se alzan ante el contacto.

—Qué coñito tan bonito. —Siento el calor que emana de ella—. Ahora es todo mío.

Con un movimiento rápido, le arranco las bragas y dejo su coño expuesto ante mi mirada hambrienta. Su sexo empapado reluce y el aroma de su excitación llena el aire.

Me arrodillo frente a su silla, le levanto las piernas y las coloco sobre mis hombros. Es tan suave, tan perfectamente follable. Mi lengua encuentra su clítoris y lo acaricia lentamente; me tomo mi tiempo para saborearla. Sus caderas se sacuden y ella gime. Perfecto.

—Axel —susurra.

La follo con la lengua como si fuera mi última puta comida en esta tierra, deleitándome con su sabor único.

—Joder, este coño sabe tan jodidamente dulce —gruño contra ella antes de seguir devorándola. Sabe incluso mejor de lo que imaginaba, y me cuesta contenerme para no empalarla con mi polla.

Sus jugos me gotean por la barbilla mientras me doy un festín, chupando y lamiendo hasta que solloza mi nombre.

Sus muslos se cierran alrededor de mi cabeza.

Noto que se acerca al borde y reduzco el ritmo, ganándome un gemido de protesta. Se correrá cuando yo decida que se lo ha ganado.

Su rostro es un hermoso desastre, los labios hinchados de mordérselos para no hacer ruido, y el pintalabios corrido por el esfuerzo.

Levanto el rostro de entre sus piernas y ella gime en protesta. Me encanta lo destrozada que suena, y apenas estamos empezando.

Me pongo de pie; los pantalones me aprietan más que nunca.

Está tan jodidamente mojada, y devorarla solo la ha puesto más.

Se muerde el labio y sus ojos se deslizan hacia el bulto de mi entrepierna.

Me acaricio lentamente por encima de los pantalones, encantado de cómo sigue cada uno de mis movimientos.

—Por favor... —murmura; la vergüenza en sus ojos solo alimenta mi voraz necesidad de consumirla.

—No te preocupes, voy a darte exactamente lo que necesitas. —Me acaricio lentamente—. Solo necesito coger algo primero.

Camino hacia su cajón, sabiendo que me está mirando el culo. Abro el cajón y rebusco entre sus cosas hasta encontrar lo que busco. Cuando me doy la vuelta, ella intenta desesperadamente liberarse de las cuerdas, pero es inútil. Vuelvo sin apartar los ojos de los suyos y saco la grabación.

Sus ojos se abren de par en par y se retuerce con más fuerza.

—No, por favor, no...

Le doy al play y mi voz profunda y áspera llena la habitación.

—Dígame, doctora Matthews, ¿está familiarizada con la autasasinofilia?

Cierra los ojos al escuchar el pequeño jadeo que se le escapa en la cinta.

Me desabrocho los pantalones y libero mi polla, dolorosamente dura. Ella observa hipnotizada mientras me acaricio. Siguiendo su ejemplo, le doy al play de nuevo y escucho sus gemidos desesperados mientras le como el coño.

—Joder, te gusta escuchar eso, ¿verdad? —Me acerco más y alineo mi polla con su entrada, pero sin penetrarla. Todavía no—. Te gusta oírte ponerte cachonda mientras un preso violento te come.

Sus ojos se abren de golpe, azules y brillantes de vergüenza pero también de necesidad. Lo desea con todas sus fuerzas, joder. Muevo las caderas y froto mi punta a lo largo de sus pliegues resbaladizos, provocándola.

Le doy al play otra vez.

—Joder, este coño sabe tan jodidamente dulce.

Arquea la espalda, intentando apretarse contra mí.

—Eso es, nena, vas a rendirte. Te vas a correr más fuerte que nunca, solo para mí.

Con una embestida suave, me hundo en ella sin apartar los ojos de los suyos.

—Oh, joder. —Aprieto la mandíbula al sentir lo apretada y mojada que está, su coño envolviéndome. Es increíble, y ni siquiera he empezado a moverme.

Salgo lentamente, saboreando la imagen de ella mirándome salir, con los labios entreabiertos. Vuelvo a entrar de golpe, deleitándome con su jadeo.

—¿Te gusta eso, doctora?

Gime.

—Dime cuánto te gusta, y puede que siga.

Tiene la voz ronca, los ojos clavados en donde estamos unidos.

—Sí, por favor, Axel. Me... me gusta.

Sonrío.

—Buena chica.

Comienzo un ritmo lento y deliberado, saliendo casi por completo antes de hundirme de nuevo; nuestra piel choca con cada embestida.

La grabación suena de fondo; nuestra respiración agitada y mis palabras obscenas llenan la habitación mientras la follo.

Joder, esto es el puto cielo. De repente noto lo silenciosa que se ha quedado mi cabeza.

Mi mente está en silencio, y lo único de lo que soy consciente es de esta pequeña hada preciosa apretándome la polla con su coño como un puto torno.