Encarcelada (Serie Convictos) 10 Willow
20%

10 Willow

El trayecto a casa se me hace interminable, con la mente dándole vueltas a fragmentos de la sesión de hoy. Las palabras de Axel resuenan en mi cabeza; cada sílaba, una caricia que me eriza la piel. La grabación en mi bolso bien podría ser un ladrillo de plomo de lo mucho que pesa.

Aparco en la entrada y me aferro al volante, con la respiración entrecortada. La cinta contiene pruebas de mi falta de profesionalidad: de cómo desmontó mis muros, tan cuidadosamente construidos, como si fueran papel de seda. Nadie puede escuchar esa grabación.

Cojo el bolso. El peso del casete tira de mí, un recordatorio físico de mi incapacidad para mantener los límites.

De cuánto deseo reproducir sus palabras en la seguridad de mi dormitorio, a solas con mis vergonzosos impulsos.

Salgo del coche y me dirijo a la puerta principal, que se abre antes de que llegue.

Mamá aparece con su delantal cubierto de harina, mechones de pelo escapados de su moño, habitualmente perfecto.

—¡Ahí está mi niña! —Su sonrisa me levanta el ánimo—. ¿Qué tal el trabajo hoy?

—Genial, la verdad. Sesiones muy productivas.

La mentira me sabe amarga.

—Pareces cansada, cariño. —Me aparta un mechón de pelo de la cara, y reprimo el impulso de echarme atrás. Si supiera los pensamientos que me rondan la cabeza, el caos que Axel ha despertado en mí.

—Ha sido un día largo, nada más. —Aprieto el bolso contra mí—. Voy a refrescarme antes de cenar.

—Claro, cariño. Tómate tu tiempo.

Paso junto a ella a toda prisa, con el corazón retumbándome en el pecho. La cinta parece estar abriéndose paso a través del bolso, marcándome con su vergüenza. Y aun así, no consigo deshacerme de ella.

Entro tambaleándome en mi dormitorio y dejo caer el bolso junto al escritorio. La cinta y la grabadora aterrizan con un golpe sordo que me sobresalta. El corazón me late desbocado mientras voy al baño y echo el cerrojo.

El espejo del baño me devuelve la imagen de una desconocida: mejillas sonrosadas, pupilas dilatadas, pelo ligeramente revuelto. Apenas me reconozco. Me echo agua fría en la cara, pero no consigue apagar el fuego que me arde bajo la piel.

—Contrólate —le susurro a mi reflejo—. Es un paciente. Y peligroso.

Pero la voz de Axel sigue resonando en mi cabeza, cada palabra precisa, calculada. Me miró como si pudiera ver los pensamientos desquiciados que acechan en lo más profundo de mi mente.

Me agarro al borde del lavabo para estabilizarme. El agua me gotea por la barbilla mientras respiro hondo. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Las técnicas que enseño a mis pacientes me resultan inútiles ahora.

—Doctora Matthews —me digo con firmeza, practicando frente al espejo—. Mantendrás los límites profesionales.

Pero mientras pronuncio las palabras, mis ojos se desvían hacia la puerta cerrada, sabiendo que la grabadora está al otro lado. La tentación de volver a escuchar nuestra sesión me corroe. Me digo que es para analizarlo, para entender mejor sus tácticas de manipulación.

Sé que es mentira.

El agua fría no ha servido de nada. Si acaso, estoy más tensa que antes. Noto la piel tirante, hipersensible, cada terminación nerviosa sobreestimulada.

—¿Willow? —me llama mamá desde abajo—. ¡La cena está casi lista!

Apoyo la frente contra el espejo frío.

—¡Ya voy! —respondo, esperando que mi voz suene normal.

¿Cómo voy a sentarme a cenar en este estado? ¿Cómo voy a aguantar la preocupación cariñosa de mi madre cuando me estoy desmoronando por las palabras de un psicópata?

Vuelvo a echarme agua en la cara y me la seco dando toquecitos. El espejo me devuelve a alguien casi compuesta, casi normal. Tendrá que valer.

Abajo, mamá ha puesto la mesa con su esmero de siempre. El vapor se eleva de un pollo asado dorado, rodeado de puré de patatas cremoso. La imagen y el aroma, tan familiares, deberían reconfortarme, pero se me revuelve el estómago.

—Deja, te ayudo. —Cojo las cucharas de servir, necesitando hacer algo con las manos.

—Estás muy callada esta noche. —Mamá me pasa las patatas mientras me escudriña con esa mirada de saberlo todo que me sacaba de quicio de adolescente.

Me concentro en servirme.

—Solo estoy procesando todo lo de hoy.

El pollo me sabe a cartón. Lo muevo por el plato para guardar las apariencias mientras mi mente vuela hacia la cinta de arriba.

—Está delicioso —afirmo, y me obligo a tragar otro bocado.

Mamá frunce ligeramente el ceño.

—¿Te encuentras bien? Apenas has probado bocado.

—La verdad... —Dejo el tenedor—. Creo que necesito acostarme pronto. Este trabajo puede ser agotador mentalmente.

—Claro que sí, cariño. —Extiende la mano por encima de la mesa y me aprieta la mía—. Es un cambio grande. ¿Por qué no subes? Yo me encargo de los platos.

—¿Segura?

—Totalmente. Descansa, anda. Adaptarse a cualquier trabajo es agotador, y más a uno tan exigente como el tuyo.

Su preocupación me hace sentir culpable. Si supiera lo que de verdad me quita el sueño y el apetito...

—Gracias, mamá. —Le doy un beso en la mejilla—. Te quiero.

—Y yo a ti, cariño. Que duermas bien.

Subo las escaleras y aprieto el paso a medida que me acerco a mi habitación. La grabadora me espera exactamente donde la dejé.

Me pongo el pijama, pero la tela suave apenas consigue calmar mis nervios a flor de piel. La grabadora sigue en el escritorio, una tentación silenciosa que se burla de mí. Debería borrar la grabación y trazar una línea firme entre mi vida profesional y la privada.

Antes de que pueda convencerme de lo contrario, cojo la grabadora, me pongo los auriculares y me meto bajo las sábanas. Pulso «reproducir», adelanto hasta la parte en que Axel empieza a describir sus fantasías, y se me seca la garganta.

—Empezaría atándote. Los brazos por encima de la cabeza, las piernas bien abiertas. Después, muy despacio, recorrería tu cuerpo con la boca. Cada rincón. Te provocaría hasta que me suplicaras que te dejara correrte.

Mi cuerpo reacciona de inmediato. Una palpitación familiar se apodera de mi entrepierna y me muerdo el labio mientras la vergüenza lucha contra la fascinación. El barítono profundo de Axel me envuelve como un abrazo pecaminoso, y me dan ganas de mandar el protocolo al diablo.

Su voz, que pinta esa fantasía cruda y sin filtros en mi mente, me pone a cien. Cierro los ojos mientras sus palabras dibujan imágenes pecaminosas. Se me escapa un gemido suave que aviva la excitación desplegándose en mi interior.

Bajo la mano y mis dedos trazan el contorno del pantalón del pijama, allí donde se pega a mi coño. Me detengo un momento antes de deslizar la mano bajo la tela.

Tengo la piel ardiendo y los muslos ya húmedos. Un dedo traza círculos perezosos mientras la voz de Axel hace aflorar mis deseos.

—Lo estás imaginando ahora mismo. Esa cabecita tan bonita se está figurando cómo sería que te usara. Que te llenara.

Me muerdo el labio con el corazón desbocado mientras imagino que es el cuerpo de Axel el que me presiona contra el colchón. Mi dedo se desliza entre mis pliegues hasta encontrar mi centro palpitante. Se me escapa un jadeo con el primer roce. La necesidad insaciable de mi cuerpo me sobresalta.

—Me lo comería como si fuera mi última cena. Te follaría con la lengua hasta que tus jugos me chorrearan por la barbilla. Te chuparía el clítoris hasta hacerte gritar mi nombre.

Sus palabras acaban conmigo. Me rindo al impulso y me meto dos dedos. Estoy tan mojada, tan preparada. Mis caderas embisten contra mi mano mientras me acaricio el clítoris con el pulgar.

Imagino las manos fuertes de Axel que me sujetan las mías por encima de la cabeza. Se me arquea la espalda mientras meto y saco los dedos, desesperada por correrme.

—Entonces te metería la polla. Despacio al principio, mirándote a la cara mientras te voy abriendo.

Me muerdo el labio con fuerza para ahogar un gemido. Mis dedos se mueven más rápido, espoleados por sus palabras, y mi cuerpo responde a las imágenes guarras que evoca su voz.

—Pero no te dejaría correrte. Todavía no. Te follaría llevándote al borde del orgasmo y te mantendría ahí, haciéndote gritar mi nombre.

—¡Joder! —el placer me estalla dentro mientras surco la ola intensa. Jadeo entrecortadamente, con el corazón retumbándome en el pecho como un tambor.

Mi mano aminora el ritmo. Mi cuerpo está saciado por ahora, pero mi mente sigue a mil por hora con las imágenes prohibidas que Axel ha sembrado en ella.

Me quedo paralizada cuando la realidad de lo que acabo de hacer me cae encima. La vergüenza me recorre la piel como mil insectos. Apago la grabadora a toda prisa y mis dedos se quedan suspendidos sobre el botón de «borrar». Debería hacerlo. Es lo sensato.

En cambio, guardo la cinta con cuidado en su estuche y la escondo como si fuera contrabando en el fondo del cajón de la mesita de noche. Como una adicta con su alijo secreto. La ironía no se me escapa.

Vuelvo a meterme en la cama, dividida entre mi conciencia culpable y los restos de excitación que todavía me hormiguean por el cuerpo. Axel ha invadido mi mente y me ha infectado con deseos que no entiendo.

El sueño acaba por vencerme, pero es inquieto y plagado de imágenes vívidas. Sueños en los que estoy atada y a merced de Axel, con sus ojos clavados en mí con intensidad inquebrantable. Sueños en los que grito su nombre como una plegaria, cada sílaba un testimonio de mi rendición.

Cuando despierto, empapada en sudor y sin aliento, tomo una decisión en la oscuridad previa al amanecer.

Una decisión temeraria que acabará con mi carrera.

Pero la atracción hacia Axel es más fuerte que mi ética profesional, que años de formación y de límites.

Necesito más de él —sus palabras, su presencia, su oscuridad— y estoy dispuesta a cruzar las líneas que haga falta para conseguirlo.

La parte racional de mi cerebro me grita advertencias mientras trazo mi plan, pero la hago callar. Una vez despiertos, hay deseos que exigen ser saciados a cualquier precio.