9 Axel
Me llevan de vuelta a mi celda con el cuerpo en tensión por el deseo. Cada paso es una agonía; el áspero uniforme de la prisión me roza la piel.
Los guardias me quitan las cadenas y me empujan dentro de la celda, pero apenas me doy cuenta.
Mi mente reproduce cada detalle de nuestra interacción: cómo su pecho subía y bajaba más rápido mientras yo describía lo que le haría si me soltaran, cómo el rubor rosado se extendió por su cuello hasta perderse bajo la blusa, cómo cruzó las piernas varias veces, visiblemente alterada.
La puerta se cierra de golpe a mi espalda. Por fin solo. Mi celda es austera pero privada, un privilegio que me he ganado gracias a mi reputación de violento. Sin compañero de celda, nadie perturba mis pensamientos sobre ella.
Me recuesto en mi estrecho catre y aprieto la palma contra mi erección a través de la áspera tela.
El aroma de Willow persiste en mi memoria: azahar y cereza.
Qué combinación tan embriagadora. Pero lo que de verdad me excita es la depravación que vislumbré en ella.
Ese destello de deseo prohibido cuando describí cómo marcaría su piel pálida.
Mi polla palpita con dolor. Mi pequeña doctora se esfuerza tanto por ser buena, por ayudar a «rehabilitar» a monstruos como yo. Pero la calé enseguida. Bajo ese exterior recatado hay una mujer que anhela el mismo caos que yo. Solo necesita a alguien que la libere.
Cierro los ojos y recuerdo cómo se retorcía en la silla, resistiéndose a la atracción. Una doctorcita tan correcta en la superficie. Pero voy a ir quitándole capa tras capa hasta que admita lo que quiere. Hasta que me lo suplique.
Saber que nuestra sesión quedó grabada solo aumenta mi placer. Quien revise esa cinta verá exactamente lo que pasó entre nosotros, aunque intente negarlo. O quizás ella la robe y la escuche una y otra vez.
La idea de que se toque mientras escucha la grabación de mis fantasías es casi insoportable. No me importa lo que haga. Apenas la conozco. Todavía. Pero pensar que se corre con mis palabras, que imagina mis manos sobre ella, mi boca saboreándola... Ya no puedo resistirme.
Me arranco la camisa; la tela me oprimía la piel acalorada. Mis manos recorren el pecho, arañando ligeramente los tatuajes que me cubren. Imagino que son las suyas, suaves y vacilantes al principio, y que luego se vuelven más audaces mientras le enseño cómo me gusta que me toquen.
Me quito los pantalones y libero la polla, dura y tensa. Ha pasado demasiado tiempo desde que tuve a una mujer. Demasiado desde que tuve a alguien con quien jugar. Muevo la mano arriba y abajo por toda la extensión, despacio al principio, saboreando las sensaciones.
Mi mente vuelve a ella, la pequeña Willow, sonrojada y sin aliento, corriéndose con ese coñito apretado mientras piensa en mí. Quiero estar allí, observándola, pero también quiero meterme en su cabeza, sentir lo que siente mientras aprieta los muslos e imagina que soy yo quien le llena el coño.
Acelero el ritmo. Con la otra mano me agarro el muslo, clavándome los dedos. Quiero marcarla, ponerle las manos en la garganta y oírla gemir mi nombre. Quiero empujarla contra la pared y saborear cada centímetro de su piel.
Ella consume mis pensamientos: Willow, la chica de cara inocente. Esa sonrisa tímida y esos gestos nerviosos ocultan una salvajez que me atrae. Intenta disimularlo, pero veo la verdad. En ese momento, me deseaba tanto como yo a ella.
Me corro con un gemido, imaginando su rostro mientras me prometo que será mía. De un modo u otro.