8 Willow
Aprieto el bolígrafo, fingiendo tomar notas mientras echo miradas furtivas a Axel. Su presencia llena el pequeño espacio y me cuesta respirar. El resplandor estéril de las luces proyecta sombras inquietantes sobre sus pómulos afilados y resalta los intrincados tatuajes que serpentean por su cuello.
Un dragón.
Una calavera.
Palabras que no logro distinguir del todo.
—Hábleme de sus relaciones en la infancia más allá de sus padres —mi voz tiembla.
Sus ojos verdes encuentran los míos.
—Se está sonrojando, doctora Matthews.
La sangre se me sube a la cara.
—Mantengámonos centrados en...
—¿Sabe qué creo? —me interrumpe—. Creo que está tan cansada de hacer estas preguntas de mierda como yo de responderlas.
El salvaje martilleo de mi corazón ahoga todo lo demás. Debería llamar a los guardias. Terminar la sesión. Pero estoy paralizada, atrapada en su mirada.
—Estos últimos cincuenta y cinco minutos he sido un buen chico. Le he dicho exactamente lo que quería oír —continúa con una sonrisa cómplice—. Sobre mis problemas con mi padre. Mi control de impulsos. Mi rehabilitación.
Trago saliva con dificultad.
—Señor Morrison...
—Ambos sabemos que eso no es lo que quiere oír —su voz se vuelve más grave, más áspera—. Quiere saber en qué pienso cuando la miro. Las cosas que le haría si no tuviera estas cadenas.
Mis muslos se aprietan involuntariamente cada vez que hace esto. Después de cuatro semanas de sesiones, no puedo dejar de desearlo. Esto está mal. Muy mal. Aun así, es como si mi piel estuviera en llamas.
—Lo veo en sus ojos. El hambre de algo depravado —ladea la cabeza y me estudia—. No me tiene miedo. Le asusta lo mucho que me desea.
Un gemido escapa de mis labios antes de que pueda detenerlo.
—¿Quiere saber mi fantasía más profunda, doctorcita? —su voz es como grava y me provoca escalofríos por toda la columna—. Se lo diré, pero debe prometerme que escuchará sin juzgar. Sin salir corriendo de aquí gritando.
Tengo la boca seca y solo puedo asentir.
—Empezaría desnudándola. Luego la ataría con los brazos por encima de la cabeza, las piernas bien abiertas —se lame los labios y mi coño se contrae ante la imagen—. Después, muy lentamente, la recorrería con mi boca. Por todas partes. La provocaría hasta que me suplicara que la dejase correrse.
Me muerdo el labio con fuerza. No puedo creer que estemos teniendo esta conversación; mi fascinación por él queda patente en la humedad entre mis muslos.
—Me tomaría mi tiempo para disfrutar de su piel suave, de sus dulces gemidos.
Pero entonces —los ojos de Axel brillan— entonces me volvería brusco.
La levantaría, aún atada y desnuda, y la estrellaría contra la pared para tomarla ahí mismo.
Duro y rápido. Haría que sintiera cada centímetro de mi polla tan jodidamente profundo que no sabría dónde termino yo y dónde empieza usted.
La sangre ruge en mis oídos y mis mejillas arden. No puedo apartar la mirada de él.
—¿Quiere que pare? —frunce el ceño, su tono urgente—. Porque no lo haría. Seguiría hasta que gritara mi nombre, hasta que fuera tan completamente mía que olvidara el suyo.
Un gemido escapa de mi garganta. Quiero taparme los oídos, huir de esta habitación y no volver nunca, pero estoy hipnotizada, palpitante de una necesidad prohibida.
—Le gusta esa idea, ¿verdad? —su voz es profunda y grave, y llena el pequeño espacio entre nosotros—. Lo está imaginando ahora mismo. Su pequeña mente se figura cómo sería estar llena de mí.
Abro la boca para hablar, pero no salen palabras. Estoy cautivada, ahogada en su mirada.
—La tomaría por todos los agujeros, Willow —pronuncia mi nombre como si fuera una maldición o una plegaria—. La follaría tan fuerte que me sentiría en su garganta. La poseería. Cuerpo y alma.
Mi mente da vueltas y sé que debería objetar, pero mi voz no aparece por ninguna parte. Estoy indefensa ante la fuerza de sus palabras y las imágenes obscenas que evocan.
—¿Quiere saber qué le haría a ese dulce coñito suyo después de haberla follado hasta el orgasmo?
—una sonrisa peligrosa juega en sus labios—.
Me lo comería como si fuera mi última comida.
La follaría con la lengua hasta que sus jugos me gotearan por la barbilla.
Le chuparía el clítoris hasta que gritara mi nombre otra vez.
Ahogo un jadeo; el calor entre mis muslos crece mientras intento negar el placer que se acumula dentro de mí. Mi cuerpo vibra de deseo, arde por la liberación que solo él parece ofrecer.
—Luego deslizaría mi polla dentro otra vez. Despacio al principio, para observar su cara mientras la abro por segunda vez —se recuesta, sus ojos sin abandonar los míos—. Jugaría con sus tetas mientras la follo, las apretaría fuerte, le mordería los pezones hasta que grite y me suplique más.
Una oleada de excitación empapa mis bragas ante sus palabras vulgares; estoy desesperada por tocarme pero tengo miedo de moverme.
—Estaría empapada, doctorcita. Su coño estrangularía mi polla con todo lo que vale —su voz es un gruñido—. Pero no la dejaría correrse. Todavía no. La follaría hasta llevarla al borde del orgasmo, la mantendría ahí, gritando mi nombre.
Mi pecho se agita, mis pulmones hambrientos de oxígeno.
—Oh, Dios.
—Quiere que continúe, ¿verdad? —sus ojos arden con intensidad—. Quiere oír cómo la doblaría, escupiría en su culo y la prepararía para mi polla. Cómo provocaría su coño hasta que se desesperara porque le llenase todos los agujeros.
No puedo hablar. Niego con la cabeza débilmente, invadida por la contradicción y el ansia de más.
—Cómo me hundiría en ese culito dulce, despacio al principio, luego cada vez más fuerte hasta clavártela hasta las pelotas.
Follándome ese culo apretado hasta que estuvieras sollozando y suplicándome que pare o que no pare nunca —dice con una mueca lasciva—.
Cómo te inundaría con mi semen, una y otra vez.
Estoy ardiendo, consumida por el fuego del deseo prohibido. Axel se echa hacia atrás con una sonrisa satisfecha, como si percibiera mi rendición al magnetismo de un psicópata.
—Es suficiente, señor Morrison —carraspeo, recuperando por fin la voz—.
Esta sesión ha terminado —me pongo de pie y me vuelvo hacia el dispositivo de grabación; con una mezcla de alivio y vergüenza, me doy cuenta de que todo ha quedado grabado.
Mantengo la postura rígida mientras pulso el botón para llamar a los guardias.
Axel se ríe con los ojos brillantes. Se recuesta en la silla y las cadenas tintinean con el movimiento; disfruta del efecto que produce en mí.
—Estás temblando. Se te marcan los pezones contra esa blusa ajustada —sonríe con suficiencia—. Admítelo. Ya tienes el coño chorreando por mí.
Me arden las mejillas y me muerdo el labio para contener un torrente de emociones.
—Los guardias llegarán en cualquier momento, señor Morrison —mi voz suena entrecortada.
Se ríe sin apartar los ojos de los míos.
—No puedes negarlo, Willow. Eres tan retorcida como yo. Desearías que me quitaran estas cadenas para que pudiera doblarte sobre este escritorio y follarte hasta dejarte sin sentido.
Me estremezco como si me hubiera golpeado. Clavo la mirada en la puerta, suplicando en silencio que los guardias lleguen y pongan fin a esta tortura.
—Rompe esas cadenas de negación. Háblame de la oscuridad que guardas bajo llave.
La puerta se abre y entran dos guardias. Están alerta, listos para intervenir, conscientes de la atmósfera cargada.
—Está bien, oficiales —levanto una mano para que no se acerquen. Mi voz es firme—. Solo estoy dando por terminada la sesión antes de tiempo. Pueden escoltar al señor Morrison de vuelta a su celda.
La sonrisa de Axel se ensancha mientras lo desatan de la silla; después camina pavoneándose hacia la puerta, sujeto por los guardias, y vuelve la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Esto no ha terminado, doctora. Apenas hemos empezado.
Observo cómo los guardias se lo llevan; él mantiene los ojos clavados en los míos hasta que la puerta se cierra y me quedo sola con el torbellino de mis pensamientos y el silencio opresivo de la habitación.
La realidad de lo ocurrido me cae encima como una losa. Me dejo caer de nuevo en la silla con el corazón desbocado. Reproduzco la grabación, escucho las palabras explícitas de Axel y mis respuestas, e intento comprender mis reacciones.
La voz de Eleanor resuena en mi mente, instándome a mantener la profesionalidad. Aunque me reprendo por mi falta de juicio, una parte de mí saborea ese escalofrío de peligro. Es una dicotomía que me aterroriza y me excita a partes iguales.