7 Axel
Las cadenas en mis muñecas tintinean con cada paso. Los guardias me flanquean como siempre —dos cabezas huecas que creen que sus placas los hacen invencibles. Idiotas.
Mi mente vuelve a la doctora Matthews. Es tan hermosa. Willow intenta desesperadamente ocultar sus reacciones a mis constantes descripciones de todo lo que quiero hacerle, pero percibo que después de cuatro semanas de sesiones, está cediendo.
—Muévete, Morrison.
El guardia me empuja el hombro.
Le dedico mi sonrisa más dulce.
—Cuidado, Jenkins. No querrás magullar la mercancía antes de mi sesión con la buena doctora.
Su aroma aún perdura en mi memoria —azahar y cereza. Dulce. Limpio. Puro. Por ahora. La idea de corromper esa pureza me enciende la sangre.
Veintidós horas encerrado, pero estas dos horas con ella hacen que cada segundo valga la pena. Ya he conocido a muchos psiquiatras de prisión. Todos son iguales. Clínicos. Distantes. ¿Pero Willow? Ella tiene sus propios demonios. Aunque aún no lo admita —lo veo.
Llegamos a la puerta de la oficina. Jenkins me cachea, brusco y minucioso.
—Ella es diferente —digo, solo para verlo retorcerse—. Especial.
—Cierra la boca.
Tira de las cadenas.
Cada vez que tenemos una sesión, es lo mismo.
Willow se me acerca con sus preguntas habituales de psicoanálisis de mierda, y yo le cuento con todo lujo de detalles lo que quiero hacerle.
Tiene las mismas señales obvias —cruza y descruza las piernas cuando está excitada.
Mira mis labios o tatuajes cuando cree que no me doy cuenta, y a veces, incluso la he pillado lamiéndose los labios en respuesta a escenarios particularmente sucios que invento para ella.
La puerta se abre. El pulso se me acelera de anticipación. Es hora de arrancar otra capa de los muros que la doctora Matthews ha construido con tanto cuidado. Es hora de verla fingir que no se siente atraída por el monstruo encadenado.
Una vez que estoy asegurado en mi asiento, sujeto ante ella, se sienta frente a mí. Se inclina sobre su cuaderno como si fuera un escudo. Su cabello rubio refleja la luz fluorescente, creando un efecto de halo que me hace querer reír ante la ironía.
—¿Cómo ha estado desde nuestra última sesión, señor Morrison?
Willow se esfuerza tanto por ignorar la electricidad que chisporrotea entre nosotros. Me recuesto, haciendo que la silla de plástico cruja bajo mi peso.
—¿Volvemos a las formalidades? ¿Después de todo lo que comparto contigo cada vez que tenemos una sesión? —chasqueo la lengua—. Eso duele, doctora. Al menos llámame Axel.
Se coloca un mechón de cabello detrás de la oreja —una señal nerviosa.
—Me gustaría centrarme en su progreso. ¿Ha estado practicando los mecanismos de afrontamiento que discutimos?
—¿Mecanismos de afrontamiento? ¿Te refieres a lo que hiciste después de nuestra última sesión? ¿A solas?
Sus mejillas se sonrojan con ese delicioso tono rosado. Di en el clavo. Se aclara la garganta, garabateando algo en su cuaderno.
—Señor Morrison, si no está dispuesto a participar de manera productiva...
—Oh, estoy dispuesto a participar, pero no finjamos que solo te interesa mi salud mental. Ambos sabemos que no es así.
Se endereza.
—Su desviación mediante comentarios inapropiados sugiere resistencia al progreso terapéutico.
No puedo evitar reírme. Incluso su jerga clínica suena forzada y desesperada.
—Sigue escondiéndote detrás de tus términos de libro de texto, pero tu lenguaje corporal es más elocuente que tus palabras.
Su bolígrafo deja de moverse. Por un momento, la máscara se le resbala. Vislumbro el hambre debajo. Luego desaparece, enterrada bajo capas de engaño.
—Quizás deberíamos discutir por qué siente la necesidad de sexualizar nuestra relación médico-paciente.
—Quizás deberíamos discutir por qué finges que no me deseas.
—¿Sus compulsiones violentas han sido manejables desde nuestra última sesión? —pregunta.
Me recuesto, dejando que la pregunta quede suspendida en el aire. La luz proyecta sombras sobre su rostro, resaltando la tensión en su mandíbula.
—Interesante elección de palabras. Manejables. —saboreo la palabra—. Como si fueran algo que controlar, contener, pero ¿qué pasaría si te dijera que han cambiado?
Parpadea, el bolígrafo suspendido sobre el papel.
—¿Cambiado cómo?
—Solían ser como estática en mi cabeza —inclino la cabeza hacia un lado—. ¿Pero ahora? Tienen un enfoque. Un objetivo. Cuando cierro los ojos en esa celda, ya no veo violencia aleatoria. Veo escenarios específicos —me humedezco los labios—. ¿Te gustaría que te los describiera?
—Eso no es... —se aclara la garganta—. Centrémonos en manejar esos pensamientos.
—Pero los estoy manejando. Los estoy canalizando. ¿No es eso lo que querías? —inclino la cabeza—. ¿O debería volver a fantasear con despedazar guardias al azar con mis dientes?
Los nudillos se le ponen blancos alrededor del bolígrafo.
—Redirigir los impulsos violentos y convertirlos en sexuales hacia su psicóloga no es progreso, señor Morrison.
—¿No? —sonrío—. Entonces, ¿por qué se te acelera el pulso?
Aprieta los labios. Ambos sabemos que tengo razón.
—Las compulsiones siguen ahí —continúo—. Pero son más... íntimas. Menos sobre destrucción y más sobre... —hago una pausa, viéndola retorcerse—. Posesión. Eso ya es un progreso en sí.
—Necesitamos mantener límites.
—Por supuesto, lo que tú digas, doctora. ¿Prefieres que vuelva a describir cómo los demonios en mi cabeza me dicen cómo desmembrar a mis víctimas?
—Por favor, céntrese en las preguntas que le hago —dice mientras se alisa la falda, y mis ojos se desvían hacia sus piernas—. ¿Sigue oyendo esas voces con frecuencia?
—A veces por la noche —mi mirada recorre su cuerpo sin prisa—. Cuando estoy solo en mi celda, pensando en todo lo que quiero hacer.
Traga saliva.
—¿Y qué le dicen esas voces?
—Me dicen que mire más allá y descubra lo que otros ocultan —le sostengo la mirada—. Como tú, que te escondes fingiendo que no te fascina lo que hay dentro de mi cabeza. Lo que hay dentro de mi corazón.
—Su médico anterior detectó signos de delirios paranoides...
—No son delirios, pequeña hada —sonrío despacio, con intención—. Te veo. A la verdadera tú. La que se queda despierta hasta tarde leyendo expedientes, preguntándose qué mueve a los psicópatas. Preguntándose cómo sería...
—Basta, eso no es... —se interrumpe, turbada.
—¿No es qué? ¿Profesional? Tampoco lo es la forma en que me estás mirando ahora mismo.
El bolígrafo araña el papel.
—Está evadiendo la terapia.
—O quizás esta sea la verdadera terapia. Tú y yo, sinceros sobre lo que queremos.
Se aclara la garganta y cuadra esos delicados hombros.
—Señor Morrison, si no puede tomarse estas sesiones en serio, tendré que darlas por terminadas.
No puedo evitar una sonrisa de suficiencia. Qué cosita tan valiente, tratando de imponer su autoridad. Bien, le seguiré el juego por ahora.
—Mis disculpas, doctora. Por favor, continúe con sus preguntas —me recuesto en la silla y las cadenas tintinean al ajustar mi postura.
—Hábleme de su infancia —echa un vistazo a sus notas.
—Papá era un borracho. Mamá era su saco de boxeo —hablo con tono despreocupado—. Hasta que arreglé el problema.
El bolígrafo se detiene.
—¿Arregló?
—Sabes lo que hice. Está todo ahí en tu expediente —señalo con la cabeza los papeles sobre su escritorio—. ¿Leíste esa parte anoche antes de acostarte? ¿Te quitó el sueño?
Un leve rubor le sube por el cuello.
—Centrémonos en cómo se sintió después.
—Libre —la palabra sale como una caricia—. Por primera vez en mi vida, me sentí poderoso.
Traga saliva, y el movimiento dispara imágenes en mi mente: ella retorciéndose debajo de mí, esos ojos azules velados mientras le rodeo el cuello con las manos. Lo que podría enseñarle sobre el poder...
—¿Y los incidentes posteriores? —su voz me devuelve al presente.
—¿Te refieres a los demás? —digo, disfrutando de cómo se tensa—. Cada uno fue especial. Diferente. Pero ninguno de ellos... —hago una pausa y mi mirada recorre su rostro—. Ninguno era exactamente lo que buscaba.
Juguetea con el collar que lleva al cuello, y sigo el movimiento. Dios, las marcas que le dejaría ahí.
—¿Qué estaba buscando?
—Alguien que comprenda —le sostengo la mirada—. Alguien que vea la belleza en la oscuridad.
Sus pupilas se dilatan. Apenas. Pero basta.
Hojea mi expediente, fingiendo leer notas que probablemente ya ha memorizado. Qué dedos tan delicados. Los imagino deslizándose por mi piel, dejando sus propias marcas. ¿Lucharía? ¿O se derretiría ante mis caricias, liberando por fin esa oscuridad que lleva dentro?
Willow cree que puede escudarse tras sus credenciales, pero no me engaña. Es como una mariposa atrapada en mi tela: cuanto más lucha, más se enreda.
Los guardias de ahí fuera creen que estas cadenas mantienen a todos a salvo.
No se dan cuenta de que mi mente es el arma más peligrosa de este edificio.
Su mente va a ser un terreno de juego delicioso.
Me tomaré mi tiempo despojándola de cada capa de decoro, derribando sus defensas hasta dejarla en carne viva, hasta que suplique por las mismas cosas que ahora la aterrorizan.
Voy a disfrutar de este juego. La atraeré poco a poco, haré que cuestione todo lo que sabe sobre sí misma.
Cada sesión será otro hilo en mi tela, otro paso hacia su inevitable caída en la depravación.
Cuando por fin se quiebre, cuando esa fachada tan cuidadosamente construida se desmorone, la atraparé.