Encarcelada (Serie Convictos) 5 Willow
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5 Willow

El camino a casa transcurre como en una nebulosa.

Mis manos aprietan el volante mientras repaso cada momento de mi primera sesión con Axel: cómo sus ojos seguían todos mis movimientos, cómo su voz descendía a ese tono grave y áspero al describir lo que quería hacerme, y esa gracia depredadora en su postura a pesar de las restricciones.

Apenas reparo en las calles conocidas que desfilan ante mí, con la mente todavía atrapada en aquel despacho con él.

Cuando por fin aparco en la entrada de casa, el cielo ya se ha teñido de crepúsculo.

Permanezco sentada en el coche varios minutos, intentando recomponerme antes de entrar.

Mi reflejo en el retrovisor muestra las mejillas sonrojadas y las pupilas dilatadas: la prueba de cuánto me ha afectado un psicópata, algo que ninguna distancia profesional podría disimular.

Entro a trompicones por la puerta principal y se me caen las llaves dos veces antes de echar el cerrojo. La casa está en silencio; mamá trabaja hasta tarde en el bufete esta noche.

Gracias a Dios. Necesito espacio para procesar... lo que quiera que haya sido eso.

Me arde la piel allí donde se posó la mirada de Axel durante la sesión. Esos ojos verdes me calan hasta el alma.

—Mierda. —Huyo a mi habitación y apoyo la frente contra la pared fría, intentando centrarme. Solo puedo pensar en cómo le bajó la voz al describir el hambre que siente por mí. Un poder salvaje emanaba de su cuerpo musculoso, incluso con el uniforme de prisión.

Debería llamar a Eleanor y comunicarle que no puedo seguir con el caso, que la sesión se me fue de las manos. Pero solo de pensar en admitir cuánto me afectó...

Aprieto los muslos al recordar su sonrisa cómplice cuando crucé y descrucé las piernas. Cómo se inclinó hacia delante hasta que pude captar el aroma de su piel...

—Para. —Me aparto de la pared y me pongo a dar vueltas por el dormitorio. Esto está mal. Es mi paciente. Un psicópata diagnosticado. Un asesino.

Que Dios me ayude. Nunca me había sentido tan viva como en aquella sala con él. Cada terminación nerviosa palpitaba alerta, y mi cuerpo vibraba con una atracción peligrosa que no puedo controlar.

Cojo el móvil y dejo el pulgar suspendido sobre el número de Eleanor. Al cabo de un momento, lo tiro sobre la cama y voy a darme una ducha fría. Necesito quitarme estos pensamientos de encima.

Pero sé, mientras me desvisto, que el agua no bastará para apagar el fuego que Axel Morrison ha encendido en mi interior.

Entro en la ducha y pongo el agua lo más fría posible. El chorro helado golpea mi piel ardiente, pero no consigue calmar el latido entre mis piernas.

—Contrólate —murmuro mientras me froto la piel hasta dejarla en carne viva. Pero cada roce de la esponja envía chispas eléctricas por mis terminaciones nerviosas.

Diez minutos después, estoy seca y vestida con el pijama de seda, pero de poco sirve la tela para calmar mi piel sensibilizada; igual podría estar desnuda.

El estómago me ruge y me recuerda que debería comer algo.

Pero la idea de la comida me revuelve las tripas.

No es ese tipo de hambre el que me corroe.

Me dejo caer en la cama y me quedo mirando el techo. La voz de Axel resuena en mi cabeza.

«Ahora mismo, la única violencia que tengo en la cabeza es lanzarte contra esa pared y follarte hasta que grites mi nombre, suplicando más».

Mi mano se desliza por el vientre como si tuviera voluntad propia. Debería parar; debería llamar a Sarah, mi amiga psicóloga, y confesarle estos pensamientos inapropiados sobre un paciente.

En cambio, deslizo los dedos bajo la cinturilla del pantalón del pijama. Solo esta vez cederé, para liberar esta tensión y poder volver a pensar con claridad.

Cierro los ojos y me permito recordar la intensidad de su mirada, cómo se le marcaron los músculos bajo el uniforme de prisión cuando se inclinó hacia delante...

Mis dedos trazan círculos lentos mientras se repiten en mi mente sus palabras de antes.

Cómo describió follarme, con una mano enredada en mi pelo.

La fantasía cambia y me imagino cómo querría que me tomara en su litera de la cárcel, con las muñecas atadas con sus sábanas y él cerniéndose sobre mí, esa sonrisa peligrosa prometiendo un tormento delicioso.

—Qué buena chica —susurra su voz en mi mente—. Déjate ir por mí.

Se me arquea la espalda mientras imagino sus dientes rozándome el cuello. Esas manos fuertes que han hecho cosas tan violentas, ahora acariciándome con reverencia. En mi fantasía, se toma su tiempo, prolongando mi placer hasta que le suplico.

—Por favor —gimo, perdida en la ilusión de tenerlo sobre mí. Me obligaría a mirarlo a esos ojos verdes penetrantes mientras me reclama. Gruñiría palabras posesivas contra mi piel.

Mis movimientos se vuelven desesperados mientras lo imagino sujetándome, con su cuerpo musculoso aprisionando el mío. La fuerza de sus brazos al levantarme las caderas y colocarme como quiere. Su forma de tomar el control es embriagadora.

Un hormigueo se extiende por mi centro mientras lo imagino susurrándome obscenidades. Me diría cómo me corrompería, cómo me arruinaría para cualquier otro y me convertiría en su cómplice voluntaria en la depravación.

Las manos de Axel serían ásperas y exigentes. No habría nada tierno en cómo me poseería, y que Dios me ayude, eso es exactamente lo que quiero: que me abrume su oscuridad, que me consuma.

—Axel —jadeo, al borde del precipicio. En mi mente, esboza esa sonrisa perversa mientras me ve desmoronarme debajo de él. Disfrutando de reducir a su pequeña doctora formal a este desastre tembloroso.

Mi cuerpo se tensa, el placer asciende en espiral mientras imagino que marca cada centímetro de mi piel. Reclamándome por dentro y por fuera hasta que cada parte de mí le pertenezca.

Me hago añicos, oleadas de placer recorriéndome mientras grito su nombre. Mi cuerpo se estremece, la mente perdida en la fantasía de Axel sobre mí, sus ojos verdes bebiendo mi rendición.

La realidad vuelve de golpe mientras las réplicas se desvanecen. Tengo la mano pegajosa, el pecho agitado, y la vergüenza me inunda.

«¿Qué demonios estoy haciendo?»

Me incorporo de golpe; el asco reemplaza al placer que aún persiste. Acabo de masturbarme pensando en un hombre que torturó y mató a varias personas. Un hombre que se deleita en su dolor y está encerrado porque es demasiado peligroso para vivir en sociedad.

—Dios mío. —Corro al baño y me froto las manos hasta dejarlas en carne viva bajo el agua hirviendo. No puedo quitarme de encima la certeza enfermiza de que lo deseaba, por mucho que lo intente. Todavía lo deseo.

Mi reflejo en el espejo tiene un aspecto salvaje. Las mejillas sonrojadas, las pupilas dilatadas. Apenas me reconozco.

«¿Es esto lo que soy? ¿Alguien que se excita con un asesino?»

Todos mis años de formación, de estudiar psicología criminal, pasan por mi mente. Sé exactamente lo que es Axel: un manipulador, un depredador. Vio mi debilidad en esa sesión y fue directo a por ella, manejándome a su antojo.

Y dejé que jugara conmigo. Peor aún: me llevé esa manipulación a casa, dejé que envenenara mis pensamientos hasta que...

La bilis me sube por la garganta. Me agarro al lavabo para no caerme. Se supone que debo ayudar a rehabilitarlo, no fantasear con que me folle.

¿Qué clase de psicóloga soy?

Debería estar llamando a Eleanor ahora mismo para pedir que me retiren de su caso. Solo de pensar en explicar por qué, aprieto la mandíbula. Una parte traidora de mí se rebela ante la posibilidad de no volver a verlo.

—Eres mejor que esto —le digo a mi reflejo. Pero la mujer que me devuelve la mirada no parece convencida, con los labios todavía hinchados de mordérselos mientras se daba placer.

Me dejo caer al suelo del baño y me abrazo las rodillas contra el pecho. ¿Cómo voy a enfrentarme a él mañana, sabiendo lo que acabo de hacer? ¿Sabiendo que soy tan retorcida como él bajo mi fachada profesional?

La mañana llega demasiado pronto. Estoy frente a la entrada de la prisión, con la mano temblorosa al presentar mi identificación.

He ensayado lo que voy a decir y cómo voy a actuar: profesional, distante, clínica.

He levantado muros alrededor de lo de anoche, esa vergonzosa debilidad, y la he encerrado lejos de la sesión de hoy.

—Buenos días, doctora Matthews —dice el oficial Thompson con un gesto de cabeza mientras me franquea el paso.

Consigo esbozar una sonrisa tensa, preguntándome si se me nota la culpa. El pasillo hasta mi despacho se extiende interminable; cada paso me acerca más a la confrontación inevitable, no solo con Axel, sino con mis propios deseos, cada vez más oscuros.

Cuando Martínez lo trae, mantengo los ojos fijos en mi bloc de notas, evitando esa mirada verde y penetrante el mayor tiempo posible. Las cadenas tintinean cuando Axel se acomoda en la silla frente a mí.

—Doctora Matthews —su voz se desliza sobre mi nombre como una caricia—. Hoy está... diferente.

Por fin levanto la vista, con mi máscara profesional bien puesta.

—Centrémonos en su progreso, señor Morrison.

Una sonrisa cómplice le asoma a los labios.

—¿Progreso? ¿Así lo llamamos ahora?

Me arden las mejillas, pero me obligo a mantener el contacto visual.

—En nuestra última sesión hablamos de su trauma infantil. Me gustaría seguir explorando esa vía.

—¿De verdad? —se inclina hacia delante y las cadenas traquetean—. ¿O preferirías explorar lo que hiciste anoche? ¿Después de nuestra sesión?

El bolígrafo se me queda paralizado a media nota. ¿Cómo puede saberlo? Es imposible. Está tanteando, buscando una reacción.

—No sé a qué te refieres —digo, con una firmeza que no siento.

Su sonrisa se ensancha.

—Se te acaba de acelerar el pulso. Justo aquí —se señala la garganta—. Y estás agarrando ese bolígrafo como si fuera un salvavidas.

Aflojo los dedos a propósito y dejo el bolígrafo con cuidado exagerado.

—Señor Morrison, estos intentos de descarrilar nuestras sesiones con comentarios inapropiados no son productivos.

—¿No? —se recuesta y me estudia con esos ojos inquietantes, demasiado perceptivos—. Yo creo que son muy productivos. Nos están mostrando a los dos lo que realmente quieres.

—Lo que yo quiera es irrelevante —contraataco, desesperada por recuperar el control de la sesión—. Estamos aquí para tratar tus necesidades psicológicas.

—¿Mis necesidades? —se ríe, y el sonido me provoca un escalofrío que no quiero sentir—. Oh, doctorcita, creo que nuestras necesidades podrían estar más alineadas de lo que estás dispuesta a admitir.

La sesión continúa así: yo intento mantener la distancia profesional, él desmantela sistemáticamente mis defensas con miradas cómplices. Cuando Martínez vuelve a recogerlo, estoy agotada de tanto resistir.

—¿Mañana a la misma hora? —pregunta Axel mientras se lo llevan, clavando en mí una mirada tan intensa que me hace sonrojar.

Asiento con rigidez, sin fiarme de mi propia voz.

El patrón se repite en las sesiones siguientes.

Cada vez llego decidida a mantener los límites.

Cada vez él va minando mi determinación con una precisión aterradora.

Y cada noche revivo sus palabras, sus expresiones, sus promesas apenas veladas de lo que podría pasar si simplemente. .. me dejara llevar.