4 Axel
Los pasos de los guardias resuenan por el pasillo, sus botas chirrían contra el suelo pulido.
Otro día, otro loquero al que destrozar.
Seguro que la Dra. Lanson renunció porque se cagó de miedo cuando le detallé exactamente cómo me gustaría asesinarla con una motosierra, cortándole lentamente cada una de sus extremidades.
Flexiono las muñecas contra el metal frío de las esposas, saboreando cómo el acero me muerde la piel.
—Morrison, pórtate bien con la nueva doctora —el oficial Rodríguez me aprieta el brazo—. Nada de tonterías.
Le dedico mi sonrisa más inocente.
—¿Cuándo he causado yo problemas?
Se estremece. Bien. Todos deberían estremecerse.
A través de las ventanas reforzadas con malla, la luz del sol entra en el pasillo y proyecta sombras de barrotes sobre el suelo.
Qué día tan hermoso para jugar con la mente de alguien.
El expediente que llevan tiene mi nombre, abultado de papeles que documentan mis mejores golpes.
Me pregunto si la nueva doctora habrá leído cada página, estudiado cada foto de la escena del crimen e intentado descifrar qué es lo que me mueve.
—Aquí estamos —Rodríguez se detiene ante la puerta del consultorio—. La doctora Matthews está esperando dentro.
Doctora Matthews. Hasta su nombre suena suave y frágil. He oído a los guardias cuchichear sobre ella: recién salida de la facultad, con ganas de ayudar, y seguramente convencida de que puede arreglar a hombres rotos como yo. Siempre son tan optimistas al principio.
La puerta se abre y la veo por primera vez.
Es... exquisita. Rasgos delicados, cabello dorado y curvas que su atuendo modesto no logra ocultar.
Cuando levanta la vista, sus ojos me atrapan: azul brillante, llenos de inteligencia y algo familiar.
Le tiemblan ligeramente las manos mientras ordena los papeles, y eso capta mi atención: desprende ansiedad por todos los poros.
—Buenos días, Sr. Morrison —su voz se mantiene firme pese a los nervios—. Por favor, tome asiento.
Los guardias me empujan hacia la silla de plástico y me sujetan a ella, pero no es en ellos en quien tengo puesta la atención.
Todo mi ser se concentra en ella, esta criatura delicada que se atreve a quedarse a solas conmigo.
El aroma de su perfume me llega a las fosas nasales, azahar y cereza, y la polla me da un tirón.
Joder. ¿Qué coño es esto?
—Las he apretado bien, doctora. No querrá arriesgarse con este —Rodríguez sacude mis esposas.
Mantengo la mirada fija en la doctora Matthews, absorbiendo cada detalle.
Un rubor le sube por el cuello mientras me sostiene la mirada.
Cómo traga saliva, el movimiento de su garganta luchando contra los nervios, me pone duro.
Normalmente, solo consigo este subidón con la violencia, viendo cómo la vida se escapa de los ojos de alguien.
—Eso será todo, oficiales.
—Por supuesto, doctora. Estaremos justo afuera y pasaremos cada quince minutos a comprobar que todo va bien —Rodríguez me fulmina con la mirada—. Cualquier problema, no dude en pulsar el botón de pánico.
La puerta se cierra con un clic, y la doctora se hunde en su silla frente a mí, a suficiente distancia para sentirse falsamente segura.
Estamos solos. El pulso me late con fuerza, no con el impulso habitual de destruir, sino con fascinación.
Quiero tumbarla sobre ese escritorio y hacerla gritar mi nombre.
La intensidad de este deseo me sobresalta.
Me he follado a muchas mujeres, y a hombres también, pero siempre ha sido por poder, por destrozarlos. Esto es diferente. Esto es hambre.
—Entonces —se aclara la garganta y cruza las piernas. El movimiento me atrae la mirada hacia el atisbo de muslo que asoma bajo la falda—, he revisado su expediente a fondo.
—¿Ah, sí? —pregunto—. ¿Y qué conclusiones has sacado sobre mí, nena?
Parpadea al oír el apodo y se le dilatan las pupilas.
—Yo... prefiero que me llame doctora Matthews.
Se me escapa una sonrisa. La sangre me baja a la entrepierna mientras imagino todas las formas en que podría hacerle perder esa fachada tan cuidadosamente construida.
Esto es territorio nuevo. Normalmente, mis víctimas me aburren hasta que las abro en canal y veo cómo se les derraman las entrañas. ¿Pero ella? Quiero tomarme mi tiempo, corromperla poco a poco hasta que me suplique.
Me recuesto en la silla y dejo que las esposas traquetéen.
Por primera vez en años, el murmullo constante de violencia en mi cabeza se ha callado.
No siento el impulso de rodearle el cuello con las manos, de ver cómo la luz se apaga en esos ojos azules, ni de abrirla en canal y dejar sus entrañas esparcidas por todo este despacho.
Mi cuerpo vibra con otra clase de hambre.
—¿Cómo se siente hoy, Sr. Morrison? —destapa el bolígrafo.
—Por favor, llámame Axel —le observo el movimiento de la garganta al tragar—. Y me siento extrañamente tranquilo.
—¿Tranquilo? —arquea una ceja—. ¿Puede explicarse?
—Normalmente, mi mente está llena de ruido. Pensamientos violentos. Impulsos —me encojo de hombros—. ¿Pero ahora mismo? Todo está en silencio.
—¿Y por qué cree que es?
Me inclino todo lo que las esposas me permiten.
—Quizás sea tu presencia, doctora Matthews. Tienes un efecto calmante.
Se le sonrojan las mejillas. Se remueve en la silla, cruza y descruza las piernas.
—Centrémonos en su plan de tratamiento —baraja los papeles—. ¿Ha estado tomando la medicación?
—Sí, aunque nunca me ha funcionado tan bien como tú.
—Sr. Morrison...
—Axel —la corrijo de nuevo.
—Necesitamos mantener los límites.
—Por supuesto —le dedico mi sonrisa más encantadora—. Te estoy diciendo la verdad sobre mi estado mental. ¿No es eso lo que quieres?
Anota algo en su bloc.
—Y esos impulsos violentos que ha mencionado, ¿desde cuándo los tiene?
—Desde los doce años. ¿Pero ahora mismo? —recorrí su rostro con la mirada, bajando por su cuello—. No tengo ninguna intención de hacerte daño, pequeña hada. Mi apetito va en otra dirección.
El apodo me salió solo mientras la estudiaba.
No debía de medir más de metro sesenta, toda rasgos delicados y energía nerviosa: un hada rubia diminuta enfrentándose a un monstruo sin ser consciente del peligro.
El contraste entre los dos era casi cómico; con mi metro noventa y tres podría partirla por la mitad sin esfuerzo.
Y sin embargo, ahí estaba sentada, esa criatura frágil, creyendo que podía analizar la oscuridad que llevo dentro.
Pequeña hada.
Perfecto para alguien tan pequeña y a la vez lo bastante valiente para revolotear hasta mi red.
Sus mejillas se tiñeron de un rojo encantador, pero mantuvo el contacto visual. Era toda profesionalidad, lo que me daba aún más ganas de quebrar ese control.
—¿Qué quieres decir exactamente con «otra dirección», Axel?
—Se supone que debes ayudarme a entender mis impulsos, ¿verdad? —ladeé la cabeza—. Normalmente, cuando estoy a solas con alguien, solo puedo pensar en violencia. En las distintas formas de hacerle daño y hacerle sangrar.
Anotó algo en su bloc; el bolígrafo arañaba el papel.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? —inhalé hondo, aspirando otra vez su perfume—. Ahora estoy pensando en lo suave que sería tu piel bajo mis manos. En agarrarte del pelo. En lo preciosa que estarías tendida sobre tu escritorio. En los sonidos que harías con mi polla hundida en lo más profundo de ti.
El bolígrafo se le quedó paralizado a medio trazo. El rubor se extendió por su cuello y desapareció bajo la blusa, pero no apartó la mirada.
—Eso es... inapropiado —le tembló la voz—. ¿Por qué crees que tienes estos pensamientos en lugar de los violentos?
—Quizá porque eres diferente —ladeé la cabeza—. La mayoría de la gente me mira con miedo o asco. ¿Pero tú? Tú sientes curiosidad. Fascinación. Lo veo en tus ojos.
—Estoy aquí para ayudarte, nada más —el pulso le latió visible en la garganta, delatándola.
—Entonces ayúdame a entender por qué eres la primera que me da paz. La primera a la que he querido follar en lugar de matar.
El pecho le subía y bajaba más rápido ahora. Resultaba casi adorable lo mucho que se esforzaba por controlar la situación.
—Analicemos estos sentimientos desde un punto de vista clínico —se alisó la falda—. ¿Cuándo empezó este cambio de impulsos violentos a sexuales?
—En el momento en que te vi —apreté las manos esposadas—. Algo en ti hizo clic.
—¿Y antes de mí, tuviste reacciones similares con otros profesionales médicos?
Se me escapó una carcajada.
—No, doctora. Todos eran víctimas potenciales. ¿Pero tú? Tú me haces querer corromper en lugar de destruir.
Garabateó algo en el bloc de notas.
—Estos impulsos que describes, ¿los categorizarías como pensamientos intrusivos?
—No son intrusivos si los acojo con gusto.
—Señor Morrison...
—Axel.
—Axel —dijo, aclarándose la garganta—. Necesitamos mantener los límites apropiados. Estoy aquí como tu doctora para ayudarte a gestionar tus tendencias violentas.
—Y estoy siendo honesto sobre esas tendencias —me incorporé en el asiento, haciendo sonar las cadenas—. Ahora mismo, la única violencia que tengo en la cabeza es lanzarte contra esa pared y follarte hasta que grites mi nombre, suplicando más.
—¿Sueles recurrir a la agresión sexual para evadir la discusión terapéutica? —continuó, intentando reconducir la conversación hacia algo más apropiado.
—Nunca. Solo sangre y muerte —observé cómo se le aceleraba el pulso en la garganta—. Eres la primera que me ha hecho desear algo diferente.
—Ya veo —ordenó los papeles—. ¿Y cómo te hace sentir este cambio de impulso?
—Hambriento —recorrí su cuerpo con la mirada—. Pero también más tranquilo. Concentrado. Los demonios que me ordenan matar se callan cuando te miro.
Cada vez que me movía en el asiento, sus ojos seguían el movimiento. Cuando flexionaba las manos contra las esposas, le veía las pupilas dilatarse.
—Estos impulsos que describes —dijo, con la mirada bajando a los tatuajes de mi cuello antes de alzarla de golpe—, ¿en qué se diferencian de tus impulsos violentos habituales?
—Son menos caóticos —me encogí de hombros, observando cómo sus ojos seguían el movimiento—. Normalmente, es puro desorden en mi cabeza. ¿Pero contigo? Todo se reduce a una sola fijación clara.
Se humedeció los labios, probablemente sin darse cuenta. El bolígrafo quedó suspendido sobre el bloc, olvidado.
—¿Y esta claridad te resulta terapéutica?
—¿Quieres que te enseñe exactamente cómo se siente? —pregunté.
Se le fueron los ojos a mi boca antes de darse cuenta. Noté el hambre en su expresión.
Me desea.
—Mantengamos esto en un plano clínico —dijo—. Mencionaste que las voces se han callado. ¿Es la primera vez que pasa?
—La primera vez sin que haya violencia de por medio —observé cómo se le dilataban las pupilas—. Normalmente, solo se callan cuando estoy matando. ¿Pero ahora mismo? Lo único que oigo es tu respiración acelerándose.
Se removió en la silla, y sus ojos oscilaban entre mis tatuajes y mi rostro, como si intentara encajar las piezas del rompecabezas que soy. Su enfoque analítico no me engañaba. Había una necesidad ardiendo detrás de esa fachada profesional, y solo era cuestión de tiempo antes de que la consumiera.