El Vicio de los Entendidos 15
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Ni tú, ni yo.

Era el último semestre para poder culminar nuestra Licenciatura en Cinematografía.

Leah y yo llevábamos algunos meses viviendo juntos en Valencia en un pequeño estudio.

Nuestros días no podían ser más que perfectos, nos íbamos juntos a la universidad y regresábamos juntos.

En lo que no coincidimos era en el lugar donde optamos por realizar nuestra pasantía.

Leah era de carácter más tétrico, guiones y escenas más descabelladas y extremas; a mí, por otro lado, me gustaban los paisajes, la normalidad y cotidianidad.

Habíamos planeado casarnos a mediados de año, recién terminados nuestros estudios.

Ella quería ir a Las Vegas y vestirse como Marilyn Monroe y que yo me vistiera como Elvis Presley.

Yo, por el contrario, quería casarme en un hermoso viñedo con ella vestida de blanco y yo un traje negro, invitar a los familiares más cercanos y amigos más íntimos.

Sin duda, aunque nuestros gustos eran muy diferentes, nuestros sueños y planes coincidían, pues lo que más queríamos era casarnos, tener un perro, después una linda casa y muchos hijos, quizá una docena de ellos, despertar uno al lado del otro todas las mañanas y envejecer juntos.

Era simplemente permanecer unidos por el resto de nuestras vidas y existencia.

Ya no follábamos, no teníamos sexo, no cogíamos.

Sí ha de sonar un poco patético, pero ella y yo solo hacíamos el amor, el amor por las mañanas, por las tardes, por las noches y a toda hora y en cada rincón del estudio.

Amaba ver a Leah dormir y abrazarme como pulpo sin soltarme un solo segundo en toda noche.

A veces, en las madrugadas, solía besarme y acariciarme y terminábamos haciendo el amor.

Seguía siendo brutal, seguía siendo desquiciante, sin tabúes, ni tapujos, pero lo diferente aquí es que Leah me había dejado entrar en su mente, conocerla en verdad.

Conocer aquella niña miedosa, esa romántica empedernida, esa berrinchuda sin remedio, lo inteligente que era, lo determinante y sarcástica que solía actuar.

Al fin había penetrado su corazón. Teníamos grandes planes de viajar por Italia, Francia, Alemania e Inglaterra.

Queríamos hacer un cortometraje, tomar las mejores fotos, queríamos hacer el amor en cada lugar, en cada pequeño rincón del mundo.

Todo iba perfecto, nos bañábamos juntos, cepillaba su lindo y rebelde cabello y solíamos ver algunas series.

Ella era fanática de todo lo de terror, amor y zombies, yo simplemente era fanático a tirarme en el sofa con ella recostada en mis piernas y yo jugueteando con su cabello, verle su rostro, sus labios, sus enormes y brillantes ojos, esa era mi adicción.

En el campus de la universidad yo era muy popular con las chicas, y a Leah le jodía eso.

Al principio sus celos rebeldes me hicieron sentir seguro, deseado y amado, pero después se tornaron un poco imprudentes y no le gustaba verme salir con amigas, en especial aquellas que decía que solo me querían follar.

En donde yo era pasante había un grupo de chicas que siempre trataba de llamar mi atención y convivir conmigo.

Eso jamás lo vi mal, pues yo considero que un hombre también puede y debe tener amigas.

De hecho, Leah tenía puros amigos hombres, su mejor amigo era hombre, en el lugar donde ella hacía su pasantía había puros hombres, sus compañeros de trabajo solían salir a beber con ella y ella era la única mujer.

Pero Leah se tornó celosa, le cagaba verme con ellas, se enojaba y muchas veces explotaba. Me estaba sintiendo un poco asfixiado.

Para mi buena suerte, Leah tenía que ir a Málaga a arreglar algunos asuntos familiares y yo tenía el viernes y sábado para mí.

Quería descansar, repensar y tranquilidad, solo eso.

Por fin había acabado la semana, solo quería llegar a recostarme en el sofá, tomarme un par de cervezas y replantearme por qué me estaba sintiendo así.

Estaba de nuevo divagando, y mis compañeros de

trabajo dialogando y haciendo planes para salir por una cerveza, pero yo seguía en mi propio mundo. De pronto una voz chillona irrumpió mis pensamientos.

—Jerry, iremos por una cerveza Karla, Ana y yo, por si gustas acompañarnos —dijo Fernanda.

—Muchas gracias, Fernanda, me encantaría ir con ustedes —contesté.

—En la calle España hay un hermoso bar muy bohemio y tranquilo —dijo Fernanda.

—Sí, claro, vamos a donde ustedes gusten —repliqué.

Los cuatro nos dirigimos a aquel bar y tomamos una cerveza. Al rato, Karla y Ana se excusaron por tener que retirarse, y Fernanda me pidió que nos quedáramos a tomar otra cerveza.

—Cuéntame más de ti, Jerry. Se nota que eres un chico muy inteligente, decidido y que vas por lo que quieres —comentó Fernanda.

—Pues simplemente hago lo que me gusta. Dentro de mis planes está viajar con mi novia Leah por los siguientes dos o tres años —repliqué.

—No me digas que Leah es tu novia, Leah Cano.

—Sí, ella es mi novia, ¿por qué la pregunta?

—Yo tenía entendido que cuando terminara sus estudios ella regresaría a Málaga y que incluso se casaría con su novio Cristián, el neurocirujano.

Discúlpame que te diga esto Jerry, pero todo el que conoce a Leah sabe que está comprometida con Cristián, y que ellos nunca se han dejado y que incluso él varias veces ha venido aquí a visitarla.

Cristián proviene de la misma clase social y económica que Leah, los padres de Leah jamás consentirían un matrimonio entre alguien de menor categoría que ella.

De hecho, hace un par de semanas me la encontré e iba con él.

Perdón que sea tan honesta contigo, pero no me gustaría que ella te utilizara, pues ella es así —dijo Fernanda con toda confianza.

—No tienes porqué disculparte, Fernanda, y te agradezco mucho que me hayas tenido la confianza para decirme esto. Supongo que no fue fácil para ti —repliqué.

—Necesitamos una bebida más fuerte, Jerry, has de encontrarte devastado — refunfuñó.

—Estoy muy bien. Conozco a Cristián y a Leah, no pasa nada, no te preocupes —respondí.

Después de un par de tragos más, me despedí de Fernanda y me dirigí a casa.

Esa noche no pude dormir por estar pensando.

Cómo es posible que las palabras de Fernanda hayan rebotado en mi cabeza una y otra vez si yo ya conocía la historia entre Leah y Cristián.

Estuve con ellos, con su familia, con su hermano y nadie mencionó nada de una supuesta boda, de un supuesto compromiso.

Algo que realmente me afectó más de la cuenta es la posición social y económica de la cual provenía Leah y de la cual provenía yo, que según Fernanda para sus padres no era nada grato.

Para mi sorpresa, Leah llegó el sábado muy temprano.

Yo no pude evitar portarme algo frío y seco con Leah, y ella lo único que quería de mí era un poco de cariño, de pasión y de amor como todas nuestras mañanas habían sido.

Ni siquiera me molesté en preguntarle qué era lo que le ocurría.

Simplemente mi cara de apatía, de enfado incluso de enojo se reflejaba y era inevitable que lo pudiera evitar.

—¿Qué ocurre, amor? —me preguntó Leah.

—Nada, no ocurre nada, estoy bien —repliqué.

—Y entonces por qué no me besaste como todas las mañanas, no me tocaste, simplemente no me follaste —refunfuñó.

—¿Sabes qué es de Cristián? ¿acaso lo has seguido viendo? ¿ayer lo viste, estuviste con él? —pregunté.

—¿Por qué me preguntas eso, Jerry? ¿Por qué me estás interrogando? —contestó molesta.

—Necesito saber si lo has estado viendo, contesta carajo —grité.

—Sabes, Jerry, has cambiado. Estás cambiando desde que llegaste acá, desde que tienes ese puñado de amigas tuyas no sé qué mierda te meten en la cabeza, pero estoy muy segura de que si no confías en mí esto terminará muy mal —respondió.

Salí tan enojado ese día de nuestro nido de amor.

Azoté la puerta y simplemente la deje allí sola, me fui.

Ese día no me presenté a clases, me fui a tomar y pasear con el grupito de amigas que tanto le jodía a Leah.

Llegué a casa en la madrugada súper ebrio, casi cayendo de lo alcoholizado que estaba.

Todas mis amigas me habían dicho un puñado de cosas de Leah que era imposible no creer y a la vez creer: que me engañaba con Cristián, que solo me estaba utilizando como su juguete sexual y que no significaba nada para ella.

Jamás me había cuestionado mi posición económica, para Leah eso no importaba, ella quería hacer su vida a mi lado y lejos de su familia, ambos empezaríamos juntos.

Pero no podía evitar pensar en lo cercano que Cristián era para esa familia, y sentirme miserable ¿Y si Leah se cansa de mí?

Yo no podía ofrecerle nada, ni viajes, ni autos, ni lujos.

Vivíamos en un pequeño estudio que ambos pagábamos que no era ni la mitad de grande que la habitación en su casa.

Al entrar al estudio hice el mayor ruido posible.

Quería pelear, estaba dispuesto a pelear con ella y decirle todo eso que me estaba angustiando pero, para mi sorpresa, ella no estaba en casa ¿dónde carajos estaría a estas horas de la noche?

Puse a cargar mi celular y noté que tenía como veinte llamadas perdidas de Leah, más tóxica no podía ser, pensé en ese momento.

Algunos textos también me llegaron. Me explicó que no fue a su trabajo y me dijo que se sentía mal, que le dolía la cabeza, el vientre y que tenía náuseas.

Tomé una ducha para que se me quitara un poco lo alcoholizado que me encontraba y mi celular sonó.

Cuatro de la madrugada y un número desconocido me estaba llamando, indudablemente lo ignoré las primeras dos veces, pero al ver la insistencia con la que llamaban respondí.

Era Albert, el mejor amigo de Leah en Valencia, y me explicó que Leah se encontraba en urgencias en el hospital, que necesitaba ir.

Leah estaba muy enferma, me necesitaba a su lado y yo, como todo un asno, solo salí a beber hasta perderme con un puñado de chicas que lo único que hacían es hablar mal de ella y la detestaban.

Leah en urgencias, tenía que ser algo grave.

Me imaginé lo peor, sus mensajes no eran tan descriptivos, dolor en el vientre, mareos, dolor de cabeza, me preocupaba que fueran efectos de su cirugía, que hubiera reaparecido el tumor, que algo malo le sucediera.

Pensé una y mil cosas de camino al hospital.

Cuando al fin llegué, pregunté por ella pero las enfermeras no salían a decirme qué era lo que le ocurría a Leah y no me dejaban pasar a verla.

Ya habían tardado infinidad de horas para salir a decirme que ocurría.

—Jerry, Leah no te quiere ver, pero yo siento que este asunto le concierne a los dos —salió Albert a decirme.

En ese mismo instante una doctora salió del ala de urgencias preguntando por los familiares de Leah.

—Dígame qué le ocurre a Leah, yo soy su prometido —respondí.

—Tuvo una amenaza de aborto, pero afortunadamente todo esta mejor. Su bebé y su prometida ya están bien, puede pasar a verla por acá —respondió la doctora.

Pero qué mierda acababa de decir. Joder, un amenaza de aborto, ¿por qué una amenaza de aborto si Leah ni siquiera estaba embarazada? ¿qué era lo que estaba pasando?, Seguro había escuchado mal, sí, claro.

—Perdón, ¿se está refiriendo a Leah? Ella vino por dolor de vientre y cabeza, no está embarazada, ¿de qué me está hablando usted? —pregunté tan sorprendido.

—Perdone mi imprudencia, ¿acaso no sabía que la señorita Leah estaba embarazada?

Si tiene aproximadamente seis semanas de embarazo, y en los tres primeros meses es muy común que ocurra esto.

Son los meses más peligrosos y riesgosos.

Ella no se debe someter a ninguna clase de estrés, coraje o emoción fuerte —contestó.

—Pero entonces ella está bien —repliqué.

—Sí, ambos se encuentran bien, aunque es de suma importancia que empiecen ya con los cuidados prenatales. Antes de darla de alta le dejaré todo por escrito y les recomendaré a un excelente especialista para que comience con su tratamiento y no vuelva a pasar por algo así —respondió la doctora.

—Ven, Jerry, vamos. Sé que Leah está molesta ahora, pero necesitan arreglar esto y estar bien —dijo Albert.

Con pasos muy lentos, la mirada baja y un enorme culpa, me dirigí a la habitación de Leah.

No podía con la situación, sus celos, el mar de información que me habían dicho de ella, un embarazo.

Quería simplemente estallar, pero como buen amante, me tragué todos aquellos sentimientos y emociones.

Lo único que importaba ahora era que ella estuviera bien, que ambos estuvieran bien.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunté a Leah con voz temblorosa y triste.

—Sorprendida —dijo sin más.

—Y ¿tú? —agregó.

—Muy preocupado por tu salud. Sé que fui yo el que te provocó esta situación, no sé cómo pude ser tan idiota. Simplemente los celos se apoderaron de mí, perdóname, sabes cuánto te amo —le dije. —Pero amor, acaso ya sabías que estabas embarazada y no me dijiste —agregué.

—No estaba muy segura, pero vamos Jerry, ¿qué pensabas? Cogemos a todas horas y en todos los sitios y sin condón, ¿pensabas que jamás podría ocurrir esto? Además, no te preocupes, tú te puedes largar de mi vida y dejarme en paz —se quejó.

—¿Qué estás diciendo amor? Yo jamás podría dejarte a ti y a ese pequeño que llevas en tu hermosa barriga. Por favor, solucionemos esto, nos amamos y tenemos un futuro por delante. Tú eres y serás siempre lo mejor que me ha pasado en la vida y te amo —argumenté ante Leah.

Al día siguiente la dieron de alta del hospital y nos fuimos a casa.

Hablamos calmados y acordamos adelantar nuestros planes porque el fruto de nuestro hermoso amor venía en camino.

Platicamos de cuál podría haber sido el día que ella quedó embarazada y, sin duda, yo creía que fue la tarde que ella me dominó por completo, llevaba puesta unas zapatillas de tacón altas, una lencería blanca.

Esa noche me ató de ambas manos y ambos pies en los extremos de la cama.

Me tapó los ojos y, con un trozo de hielo, recorrió todo mi cuerpo desde mis labios hasta mi cuello, pasando por mi pecho y llegando a mi abdomen.

Recorrió todo mi falo bien erecto, mis piernas y pies, y finalmente hizo lo mismo con su lengua.

Esta vez jugó con mi cuerpo y me acarició por doquier por más de veinte minutos, yo estallaba de placer, y le pedía penetrarla.

—Cógeme bien duro, mi vida, esta vez quiero embarazarte —le gritaba y Leah solo rozaba su caliente y húmeda vagina en mi falo.

—Te has portado mal cariño, te castigaré. Necesitas pedir, rogar y gritar por mí —me decía.

—Joder, mujer, mete ya mi verga en ti. Móntate, quiero penetrarte. Cógeme, soy todo tuyo, quiero sentir tu humedad y caliente vagina ahora, ya. Móntame como solo tú sabes hacerlo, mi vida.

Esa vez me hizo pedir, rogar y suplicar por penetrarla, para que se montara en mí, y me cogiera.

Esa vez ella fue mi dueña, y yo su esclavo.

Aunque Leah pensaba que había sido la última vez que la agarré tan rudo como nunca.

Esa vez ella llevaba un vestido entallado con escote y cuando la vi simplemente no pude dejar de imaginarme dentro de ella.

Por cierto, como de costumbre, ese día ya íbamos tarde a la universidad.

La besé, le di la vuelta, le alcé con brusquedad su vestido y le arranqué su lencería.

La flexioné para adelante y la penetré, le di duro, fuerte, rico.

Ella no paraba de gemir y pedir más. Sus palabras siempre fueron tan excitantes «no pares, dame más, hasta adentro, más duro».

Terminé en ella, sin duda miles de Jerry´s recorrieron por su vagina en una carrera de vida o muerte.