14 #2
Y solo sentí cómo alguien jaló mi mano, tapó mi boca y me ordenó «corre y no pares».
Era Leah, se había escapado de ellos nuevamente.
—Para, un museo no es un lugar para correr —repliqué.
—Calla y no te detengas —ordenó.
A muchos metros de distancia del grupo, creo que estábamos en un segundo piso, un poco aislados.
Leah se arrojó a mis brazos y me dijo «hola de nuevo».
Yo la abracé con una intensidad que pensé que la lastimaría, jugueteé con su cabello, recorrí con mis besos desde su boca hasta sus senos, froté su vagina por encima de sus jeans con mi mano.
Por encima de su camisa mordí sus pezones.
No paramos de besarnos y tocarnos por lo menos durante quince minutos hasta que escuchamos unos pasos despistados, era el guardia de seguridad.
Seguro ya nos había visto, pero se sintió más avergonzado que nosotros y trató de despistar haciendo un ruido molesto para que lo captáramos y dejáramos de comernos.
El lunes acababa de despertarme y estaba listo para ducharme y prepararme para salir de paseo al Lago de los cuatro cantones, me sentía un poco emocionado porque tendría la oportunidad de tomar algunas fotografías.
Cuando estaba en la ducha, Leah abrió la puerta y me observó, yo me avergoncé como un niño de tres años.
Ella llevaba una bata y debajo de ella no traía nada de ropa interior, estaba totalmente desnuda.
—¿Me invitas a entrar? —preguntó Leah, mientras se despojaba de su bata.
—Eres perversa y me fascinas —repliqué.
El agua caliente recorría toda su cara, cuello, pecho, senos hasta llegar a su ombligo.
Ella tomó el jabón y empezó a pasarlo por mi cuello y mi pecho hasta llegar a la punta de mi verga.
Mientras que con su otra mano acariciaba mi rostro, mis labios, y metía delicadamente su pequeño dedo en mi boca.
Después tomó mi mano y besó y chupó cada uno de mis dedos mientras los introducía uno por uno.
Mi falo ya estaba tan firme, tan duro, tan ardiente y deseoso de ella.
Ella no dejaba de masajear con ambas manos mi falo, resbalaba tan sabroso por el jabón en sus manos, se agachó y se puso de rodillas en la ducha.
Lamió, besó, chupó y mordisqueó la punta de mi verga.
Se la introdujo hasta el fondo de su boca una y otra y otra vez, tan íntima, ardiente, despacio y rápido.
Utilizó su lengua y labios para juguetear con mi falo.
Con su mano derecha me rasguñaba el culo y con su otra mano estaba masajeando mis huevos y mi ingle.
Me mamó tanto, tan duro, sutil, caliente y rico que me hizo simplemente estallar y mi semen llenó su boca.
Se levantó lentamente, mientras besaba todo mi cuerpo y la volteé, le pedí que se flexionara para adelante y la penetré.
El agua caía en toda su espalda mientras le estaba dando duro por atrás, no podía dejar de masajear su seno izquierdo, creo que ese era mi preferido, y al mismo tiempo recorrer toda su espalda y nalguear su hermoso culo.
Ella gemía, pedía más, y gritaba de placer, cuando al fin terminó.
No podíamos dejar de besarnos, tocarnos y acariciarnos.
Ella enjabonó todo mi cuerpo, cada rincón de él, cada detalle, cada lunar, cada músculo y desperfecto.
Enjabonó mi cabellera y jugueteó con mi cabello haciéndome diferentes peinados.
Yo recorrí con el jabón cada centímetro de su cuerpo, de su piel, no pude evitar quedarme enjabonando por un largo tiempo sus senos, sus pezones y su rico culo, e incluso su vagina.
Le pedí que se volteara y masajeé su enorme cabellera mientras frotaba su culo con mi pene.
La enjuagué como un pequeño bebé, sequé su cuerpo y la llevé alzada a la cama.
Del paseo al Lago de los Cuatro Cantones no recuerdo mucho.
Sé que tomé muchas fotos y que Leah durmió por lo menos dos horas.
Sin duda son lugares increíbles, con unos aires sorprendentes, paisajes majestuosos, y que quedarán grabados en mi memoria así como en mi cámara fotográfica.
Lo que más recuerdo de ese viaje son las palabras de Leah, ordenándome acomodarme para que ella se pudiera recostar en mis pies y así tomar un largo sueño.
De ese momento, de su rostro y su boca babeando, tengo más fotos que del propio paseo.
El martes, los padres de Leah viajaron por la madrugada a Milán por un par de días.
Cristián se regresaba a Málaga esa misma noche, por su trabajo.
Jackson sugirió dar un tour privado por Berna.
Pero Leah hizo berrinche, no quiso levantarse de la cama y sugirió que ese tour lo tomáramos Cristián, Jackson y yo.
No quería ni abrir los ojos, estaba un poco irritada.
Cristián, como buen caballero, sugirió quedarse a cuidar a Leah, mencionando que tal vez era un efecto secundario de su operación.
—Mierda, joder, me asfixian. ¿Me pueden dejar un maldito día sola? Ya no los soporto, quiero dormir, quiero descansar, necesito simplemente cerrar mis ojos hoy —gritó Leah.
—¿Qué sucede hermanita? —dijo Jackson.
—Quizá sea un efecto secundario de su operación, su coma y pérdida de memoria —replicó Cristiaá.
—Quizá simplemente esta sea yo. Quizá necesite, por un maldito segundo, estar sola y no ver tu cara de idiota —gritó Leah.
—Tranquilízate, me estás asustando —replicó Jackson.
—Vete ya de una maldita vez, Cristián. Váyanse todos, déjenme tranquila, joder —gritó Leah.
—Leah, cállate ya de una vez —enfureció Jackson.
—¿Callarme? ¿por qué habría yo de callarme? Cállate tú que no tienes derecho de hablar y lárgate de una vez por todas con ese parásito que tienes al lado. Maldito seas, Cristián, no sabes cuánto detesto ver tu rostro de idiota —Gritó Leah.
—Cariño, al fin has recordado, pero no toda la historia. Tranquilízate, por favor. Hablemos —replicó Cristián.
—Mierda, ahora solo quiero estar sola, dormir, déjenme en paz —dijo Leah.
Yo estaba muy confundido, no comprendía lo que estaba pasando, no podía digerir aquello, jamás había visto a Leah tan enojada, tan ensimismada y tan hiriente. Era evidente que nuestro tour se iba a cancelar.
—Camarada, Leah ha recuperado su memoria. Vamos Cristian, necesitas olvidar ese mal rato que te ha hecho pasar mi hermanita. Salgamos de aquí y vayamos a comer, necesitamos ese tour —dijo Jackson.
—Tienes razón. Las enfermeras y el ama de llaves estarán al pendiente de ella y cualquier situación nos informarán —contestó Cristián.
Pero qué carajos acababa de pasar, qué insensibilidad, qué manía de viajar y recorrer Suiza cuando Leah estaba así de exaltada.
No podía entender, no podía disipar esas palabras, me costaba trabajo procesar tanto malestar y al mismo tiempo empatía.
Yo pedí quedarme en la casa por si Leah necesitaba, ambos se negaron y casi me forzaron a salir con ellos, pero sin ninguna explicación de lo que acababa de ocurrir.
Dimos ese famoso tour privado por Berna, aunque ha sido una de las cosas, lugares y paisajes más majestuosos y hermosos que mis ojos han visto, y quizá podrían ver, yo simplemente no podía disfrutarlo.
Ellos bebían, comían y charlaban todo el camino sobre su hospital, su trabajo, anécdotas antiguas, pero jamás mencionaron nada de lo que acababa de ocurrir.
Yo moría de curiosidad por saber de qué estaba hablando Leah, por qué Cristian la había llamado cariño, por qué ella estaba tan enojada con él.
Mi hámster no dejaba de correr en su maquinita.
—¿Qué te ocurre, Jerry? Pareces ido —preguntó Jackson.
—Me preocupa Leah —respondí.
—Ella está bien, simplemente recordó. Aunque, como siempre, se centra en lo peor y distorsiona las cosas. Así es ella, no acepta los errores, no perdona la imperfección, no tolera la ignorancia, típico de Leah —replicó Cristián.
—Mira, Jerry, esa es historia vieja. Mi hermanita es de esas personas que cuando le haces daño o se siente herida odia y jamás perdona, aunque tampoco logra ver las cosas desde todos los ángulos de la matriz.
Y para la desgracia de Cristián, él se encontraba de turno cuando mi hermano menor falleció —contestó Jackson.
Pero qué carajos, Leah tenía otro hermano menor que había fallecido, esta sin duda era una familia nada típica ni normal.
O al menos yo no sabía nada, simplemente era un extraño.
Carajo, no sabía nada de Leah, cada vez me sentía más extraño en ese ambiente, cada vez me sentía un simple objeto sexual, un juguete que compran y desechan.
Esa sensación de ser el extraño, el otro, no me gustaba, quería alejarme de todo este drama.
Olvidarme de Leah y seguir con una vida normal.
Luego del famoso tour, estábamos en la sala de su casa bebiendo y Cristián, ya algo ebrio, dijo «la recuperaré y nos casaremos. De eso estoy seguro».
Jackson lo hizo callar, le dio una bebida para bajarle un poco el alcohol porque en un par de horas tenía que tomar un vuelo de regreso.
—¿Crees que ella en realidad te ama? —preguntó Cristian con una mirada que parecía que me quería matar.— Se va a cansar de ti, deberías alejarte de ella antes de que destroce tu corazón en mil pedazos —dijo dirigiéndose a mí.
—Disculpa, no sé de qué hablas, pero te deseo buen viaje —contesté indignado.
Me dirigí a mi habitación. Parecía que iba estallar del maldito coraje que sentía y para mi sorpresa Leah estaba acostada en mi cama esperándome.
Ella no paraba de llorar y me dijo «ven, abrázame».
Esa noche la abracé tan fuerte hasta que por fin se quedó dormida.
Recuerdo que dormida suspiraba por el llanto.
Me recordó a un bebé cuando se quedaba dormido llorando.
El miércoles, nos quedamos todo el día acostados en la cama de mi habitación.
Ese día Leah no quería comer, no se quiso ni levantar, solamente me tenía abrazado como un pulpo sujeta a su presa.
Casi no me podía mover, cada vez que trataba de convencerla para que comiera, para que se levantara o lo que fuera, callaba mi boca con su mano.
No era falta de empatía con ella, pero mi estómago gritaba de hambre, mi cuerpo ya estaba un poco cansado de estar en la misma posición.
No tenía la capacidad de ayudarla, no sabía ni qué le pasaba porque de ella solo conocía su cuerpo, ella seguía sin dejarme entrar a su alma.
En esos momentos hubiera dado todo por conocer sus pensamientos.
—Leah, Jerry, abran la puerta. Necesitan bajar a comer algo —replicó Jackson.
—Pasa, Jackson, está abierto —repliqué.