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Una descarga de éxtasis
El deseo de Leah consistía en jugar algunos juegos eróticos.
Durante el resto de nuestra estancia en Suiza, estos juegos podrían ser en la calle, en su casa, en donde a cada uno de los dos se nos antojara.
Lo interesante de esto, aparte de los juegos eróticos, era el escondernos del resto, ese miedo a ser escuchado gimiendo, a ser visto desnudo, a ser sorprendido por los padres de Leah mientras ella estaba esposada a la cama y vendada de los ojos y yo arriba de ella penetrándola,
al ser juzgados por Cristián mientras follábamos en la mesa del comedor, o castigados por cogernos en el auto, los parques, cabañas, montañas, y lugares excitantes de todo Suiza.
Acaso el permanecer en coma por casi medio año había dañado su sentido de la responsabilidad, su sentido de la coherencia, su cordura.
Acaso me estaba aprovechando de ella, acaso ya recordaba las formas en que follamos, los orgasmos que tuvimos y cómo nos estremecíamos al estar juntos.
Muchas preguntas y cuestionamientos fueron las que se apoderaron de mí en ese momento.
—Leah, ¿por qué conmigo? Si ni me recuerdas —pregunté.
—Quizá mi memoria no te recuerda, pero basta que estés cerca de mí para que mi cuerpo te reconozca.
Tu piel y mi piel nunca se olvidarán, tus besos calientan mi sangre, tu mirada me hace soñar, tus caricias me hacen chorrear, tu falo y mi vagina se unen, se complementan, se pertenecen, tus manos están hechas para recorrer mi cintura, mis caderas y mis nalgas.
Solo tu lengua y tu boca pueden lamer mis pezones, morderlos y mamar mis senos —contestó con una mirada tan perversa.
—Acepto. Está muy bien Leah, estoy de acuerdo, pero quiero algo a cambio — conteste.
—Qué podría yo darte a cambio, aparte de un placer infinito —replicó.
—Algo a lo que le temes, algo que has sentido por mí antes y quiero recuperarlo, eso que no solo llena el cuerpo sino que además acompaña el alma.
Quiero recuperar esa mirada que me dabas, esas sonrisas eternas, esas caricias que vienen desde el fondo de tu corazón.
Yo lo sentí y sé que está allí —repliqué.
—Amor, hablas de amor —ironizó.
—No, Leah, no hablo de amor. Hablo de que te entregues a mí en cuerpo y alma, quiero conocer hasta el último detalle de tu vida, quiero conocer tus miedos, tus alegrías, lo que te gusta y lo que no te gusta.
Quiero follar tu mente —respondí.— No solo quiero follar tu cuerpo, también quiero follar tu mente.
—Dale, no estoy segura de que puedas, pero sí te puedo prometer que no habrá límites, ni ataduras, ni secretos ni nada por el estilo. Seré un libro abierto para ti, dejaré que desnudes mi alma y mi cuerpo —contestó.
El sábado todos habían salido a almorzar fuera.
Leah se excusó por un dolor de cabeza, y subió a su habitación a descansar.
Yo me ofrecí a quedarme por si ella necesitaba algo, y me senté en el sofá a disfrutar de unos ricos panes franceses y un café caliente.
Habían pasado, por mucho, diez minutos desde que la casa había quedado sola, y de repente veo a Leah bajar de las escaleras con un sostén de encaje negro, una minifalda negra que apenas si le tapaba el culo, unas zapatillas de tacón de aguja,
en la mano derecha empuñaba un antifaz y en la mano izquierda una sutil cuerda.
Se paró enfrente de mí, me tiró de la mano para levantarme, me quitó la camiseta, me bajó el pantalón, y arrancó mi bóxer con su boca.
De la mano me llevó hasta la mesa del comedor, me tiró allí, ordenó que me recostara y vendó mis ojos.
No me dejó decir ni una sola palabra mientras sacaba una lata de crema chantilly, y hacía una línea desde mi boca hasta mi verga.
Empezó a lamer la crema chantilly hasta llegar a la punta de mi falo.
Me volvía loco sentir cómo lo chupaba, lamía, metía y sacaba de su boca una y otra vez, y jugueteaba con su lengua.
Sentir mi pene súper erecto, palpitante, babeante y ella disfrutar todo ello.
No dejaba que la tocara ni que hablara, era suyo, en ese momento le pertenecía.
Su lengua recorrió por debajo de mi pene y por toda mi ingle.
Me ordenó que me levantara de la mesa sin quitarme el antifaz.
Amarró mis manos por enfrente, me volteó y me agachó hacia delante hasta que mi cara tocó la mesa.
Esta vez sacó chocolate de la alacena, con su dedo lo batió desde mi cuello hasta mi culo, me separó los pies y se puso por detrás.
Sentí todo su cuerpo caliente mientras sus manos masajeaban mi verga y su lengua recorría cada centímetro de mi cuello, de mi columna vertebral hasta llegar a mis nalgas, me dio un par de ardientes mordidas y un par de nalgadas por haber hablado.
Me destapó los ojos y desató mis manos, no sin antes besarnos unos minutos.
Murmuró a mi oído «soy una chica mala, castígame». Le arranqué el sostén, le chupé, lamí y mamé ambos senos, se los mordí suavemente y Leah me dijo «más duro, Jerry, más fuerte».
La volteé y la tumbé en la mesa, con su culo parado hacia mí.
Con la cuerda con la que me había amarrado, azoté un par de veces su trasero, le arranqué la falda, y me perdí en su culo, no podía dejar de acariciarlo, morderlo y comerlo.
Entonces la jalé del cabello, la tomé de la cintura y la penetré por la vagina muy duro y salvaje.
Sus gemidos, sus gritos, su culo moviéndose se para delante y para atrás, de formas circulares y acotándolo en mi verga.
Me descargué dentro de ella, dentro muy dentro.
Pero su primera fantasía aún no había terminado. Se dio la vuelta, me miró a
los ojos, su mirada era ruda, penetrante y perversa.
Susurro a mi oído «ven sígueme» aminamos lentamente, besando y tocando todo nuestro cuerpo desnudo por los pasillos, la sala y la escalera hasta llegar a la habitación de sus padres.
Me tumbó en la cama y besó lentamente mis piernas hasta llegar a mi pene.
Frotaba sus pechos en él y se montó arriba de mí, se movía para adelante y para atrás, arriba y abajo, circularmente, tan duro y rápido, y a la vez tan lento y profundo, que cuando ella se corrió rasguño todo mi pecho.
—Ven, sigamos. Hoy te follaré en todos los lugares de la casa, en cada habitación, en cada espacio hasta dejarte totalmente seco —dijo minutos después con voz autoritaria.
Salimos de la habitación y nos dirigimos hacia la sala de tv que daba frente a un enorme ventanal con vista hacia todas las bellas montañas.
Me senté sobre el borde del sofá, Leah me dio la espalda y se sentó sobre mis muslos.
Mi pene penetró rápidamente su vagina, ya que ambos estábamos chorreando.
Ella se inclinó un poco hacia adelante y se balanceó a lo largo de mi pene, cuando salía sentía todo el calor de su vagina y cuando entraba sentía su hermoso culo, a la vez yo jugaba con sus pezones y jalaba su cabello.
Nuestros gemidos de placer y locura se escuchaban hasta la montaña más lejana.
Segundos después de que terminaramos, y mi semen le recorriera todo el interior de su vagina, se escucharon unas puertas abriéndose mientras y Leah seguía besándome y pidiendo más.
—Leah, hija, Jerry. ¿Están en la casa? —se escuchó la voz de la madre de Leah.
Nosotros nos dirigimos a la habitación de Leah, y nos recostamos en la cama, abrazados, mojados, sudorosos y dejando toda la casa con olor a sexo y chorreada por doquier.
El domingo, los padres de Leah sugirieron ir de paseo al museo Lindt Home Chocolate.
Si bien el museo era interesante y a Leah le encantaba el chocolate, yo solo pensaba en bañar de chocolate su boca, su cuello, sus pechos, su abdomen, hasta llegar a su vagina, recorrer sus piernas, muslos y culo hasta llegar a su espalda.
Literalmente me imaginaba bañando a Leah en esa enorme fuente de chocolate para poder lamerla, chuparla, mamar sus pechos, vagina y culo.
Ella tenía una cara de aburrimiento que más obvia no podía ser, Cristián iba a su lado y no paraba de hablar.
Ella bostezó, y simuló atarse la agujeta de su tenis, al yo pasar a su lado la tomé por atrás, juntando su culo en mi verga, la abracé y acaricié su labio.
Ella inmediatamente se volteó para mirarme de frente, besarme, morderme el labio y abrazarme, segundos después nos soltamos pues nadie sospechaba nada de lo nuestro y eso era más que excitante.
El recorrido al museo seguía, e íbamos subiendo unas enormes escaleras.
Abracé y le tapé la boca a Leah para que se separara del grupo y poder tocarla.
Nos arrinconamos en un pequeño espacio del borde de las escaleras y con la mano derecha la sujeté de la cintura y con la mano izquierda la tomé de las pompas para poder sentir todo su cuerpo ardiente y deseoso pegado, penetrado junto al mío.
Mordí su labio, besé su frente, su cuello y le murmuré al oído «quiero follarte aquí y ahora»l segundo siguiente, me alejé de ella y seguí el recorrido con el grupo.
Leah tardó un par de minutos para componerse y que no se le notara aquella calentura que le irradiaba desde sus entrañas, lo sedienta que estaba de mis besos, de mi semen, y lo deseosa que estaba de mi cuerpo y verga.
—Leah, ¿te sientes bien? —preguntó Cristián.
—Estás un poco roja de las mejillas. Déjame revisarte, seguro tienes calentura —le dijo Jackson.
—Si lo consideras oportuno, descansamos, hija mía —replicó su madre.
—Oh no, vayan ustedes. No se preocupen, yo me quedo con ella hasta que se sienta más confortada —respondió Cristián.
En ese momento entendí por qué Leah se sentía tan asfixiada y buscaba huir para poder respirar un poco.
Ni una palabra la dejaron decir, recibió infinidad de preguntas pero no la dejaron contestar ni respirar bien.
El tóxico de Cristián se quedó acompañando a Leah, y a mí, evidentemente, me molestó.
El papá de Leah es de esos señores de antaño que casan a sus hijas basadas en el linaje familiar y qué mejor partido para ella podía ser Cristián, el casi neurólogo.
Yo a su lado me sentía como el juguete de la familia, que en cuanto se aburren lo arrojan a la basura.
Estábamos a un mundo de distancia de pertenecer al mismo entorno social.
Pasó aproximadamente una hora y Leah y Cristián no aparecían.
Mi cabeza no paraba de pensar, me atrasé como siete metros del grupo, ya que parecía zombie pensando en ellos.