El Vicio de los Entendidos 13
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¿Cuántas maneras hay de enamorarme de ti?

Tras sentirme un poco presionado, y a la vez animado, me negué a ir con Leah a Suiza.

Su padre quiso imponerlo, él era uno de esos señores magnates que creían que en una modernidad donde el capitalismo manda, sus deseos serán órdenes.

Pero yo tenía dignidad, no me compraría con un viaje a Suiza.

Tras las súplicas de la madre, el padre y hasta Jackson acepté, eso sí, no sin antes dejar que rogaran.

No era cuestión de vanidad, era cuestión de orgullo.

El viaje fue placentero, primera clase, comida rica, bebidas sabrosas y un buen descanso.

Al llegar a casa, no supe más de mí, quizá el alcohol, quizá el cansancio, pero cuando noté, ya estaba dormido bajo unas sábanas tan suaves que dificultaron el no caer muerto, rendido y no supe más hasta el siguiente día.

Me desperté tan relajado que no quería ni levantarme, pero en los pasillos ya se escuchaban murmullos y pasos.

Tomé una ducha caliente y me arreglé para bajar a almorzar.

—¿Cómo dormiste, querido Jerry? —preguntó la madre de Leah.

—Muy bien señora, gracias por preguntar. Disculpe ¿Leah ya se encuentra despierta? — pregunté.

—Leah justo ahora acaba de bajar al comedor, anda, pasa a almorzar — contestó.

—Muy amable, señora —respondí.

Leah ama la comida, por lo menos eso era lo que yo conocía de ella.

Pero en ese almuerzo se comportó como una niña melindrosa, dispersa, y con bastante energía.

El propósito de este viaje era que Leah descansara y recuperara por completo su memoria, y sus padres se encargaron de que así fuera, pues los días siguientes nos la pasamos viajando a conocer todos los lugares que habían significado algo para ella.

Pero a ella parecía no importarle nada. Habían pasado solo tres días de nuestra llegada a Suiza, y a Leah se le notaba ese enfado, esa molestia y esa cara de desdén tan particular que provoca escalofrío y a la vez cautiva.

Eran por lo menos las cuatro o cinco de la mañana.

Esa madrugada yo dormía como bebé, pero Leah entró de puntillas a mi habitación, se sentó al lado mío y me observó, jugueteó con mi cabello y me despertó.

Por poco y me da un infarto, si no hubiera sido porque ella me tapó la boca con su mano, mi grito se hubiera escuchado en toda la casa.

Ella moría de la risa, y yo de vergüenza.

—¿Qué ocurre, te sientes mal? ¿por qué te atreves a despertarme a estas

horas de la madrugada? —refunfuñé.

—Porque se me antojó. Anda, levántate, arréglate y ven conmigo —respondió con voz autoritaria.

—¿Te sientes bien?, ¿qué te ocurre? —pregunté.

—Apúrate a arreglarte o quieres que te desvista yo —contestó.

—Tranquila, calmada, ya me apuro, espera —le dije.

Se dio la vuelta, me tomó del brazo y me acercó a ella, diciéndome a nada de distancia de mi boca «mira, enserio, si quieres te ayudo a quitarte tu pijama, podría empezar por tu camisa y seguir por el pantalón».

Su dedo recorrió mis labios y desabotonó el primer botón de mi camisa.

Yo solo salté para atrás, como si un león me fuera a devorar.

Tenía que protegerme, me sentí presa de un león hambriento.

Vi su mirada, aquella mirada dominante, antes de atacar a

su presa y lanzarse hacia ella, morderle la yugular y devorarla de un bocado. Tenía que salir de allí, ponerme a salvo de Leah, la perversa.

—No me temas, solo te quiero ayudar —dijo Leah con una sonrisa perversa.

—Esas palabras se las dijo el lobo feroz a Caperucita y mira qué paso — contesté.

—Pero Caperucita era una niña traviesa que desobedecía a sus padres y se fue por aquel camino que no debía.

Además habló con extraños, cosa que no se debe de hacer, todo niño aprende eso de chico.

Y yo no soy extraña. simplemente te quiero ayudar a desnudarte—dijo con un sarcasmo que salía desde sus entrañas.

—Me apuro, dame cinco minutos —refunfuñé.

—Dale, me tapo los ojos, y cuento. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… veinte. , Listos o no abriré los ojos —contestó Leah.

—No, espera, aún no me pongo la camisa —grité.

—Ese era el chiste, ver algo de tu cuerpo desnudo —replicó.

—Te llevaré a construir nuevas memorias. Si ya perdí las anteriores hay que construir algo nuevo, diferente lejos de aquellos que nos asfixian y no nos dejan ser nosotros mismos. Anda, toma tu chaqueta y sígueme —dijo de manera rebelde.

Ese día llegamos a uno de los lugares más espectaculares de Suiza.

Había tanta belleza, montañas que imponen y liberan, allí sí que podía gritar, creo se llamaba «Grindelwald».

Ella subió hasta lo más alto, y comenzó a gritar, gritaba tan fuerte, que su eco rebotaba.

Gritaba «Mierda, mierda, mierda», y respiraba para volver a gritar «Carajo, estoy loca, quiero alcohol», y volvía a respirar para tomar más aire y gritar más fuerte «quiero follarte, me gusta tu

trasero, recuerdo tu aroma». No uno, no dos o tres, todas las personas que estaban en el mismo lugar que nosotros voltearon a vernos como unos escarabajos raros.

Yo no sabía dónde esconder mi cara de tanta vergüenza y ella, por el contrario, empezó a cantar tan fuerte y a correr, que sin duda en unos minutos llegarían a llevarse a Leah e ingresarla en un psiquiátrico.

Después de descargar toda su energía, tomó mi mano, acarició mi mejilla, me miró fijamente a los ojos y me dijo «sabes, Jerry, puede ser que no recuerde nada de los momentos que vivimos juntos, pero a tu lado me siento libre, puedo ser yo misma y no me siento juzgada».

Juzgada, si soy el primero que piensa que eres tan rara, que estás loca, que a veces creo que perderás la cordura, eres tan pervertida, eres extremadamente alegre y de la nada te ríes, eso da miedo.

Aunque estas fueron palabras que solo pensé y jamás diría.

Pues vamos, quién en su sano juicio grita en uno de los sitios más concurridos y famosos de Suiza.

—Tengo un deseo. Bueno, es más como un gusto, algo así como una fantasía —comentó Leah.

Para este punto, escuchar a Leah y sus deseos me daba escalofríos, pues no eran nada típicos y fáciles de conceder.

Es verdad que durante meses añoré volver a estar a su lado, probar estas locuras con ella, morder sus labios, abrazar su cuerpo, oler su pelo y tocar sus lindas piernas.

Pero esta vez su forma y su mirada imponían más que de costumbre, hacían que mi piel se erizara, que mis ojos no dejaran de brillar por verla.

Estaba un poco nervioso y no lo podía ocultar.

—Dime, cuál es tu fantasía —contesté.

—¿Ves aquel árbol que está allá a lo lejos después de esa cabaña, casi al llegar a aquella montaña?. Se llama «Secoya gigante», pues quiero ir allí, para hacer dos cosas —replicó.

—¿Dos cosas? ¿Y cuáles son esas dos cosas? —contesté.

—Lástima que no te puedo decir. Si te digo, no valdría la sorpresa y la intriga. Anda, vamos —contestó.

Los primeros metros los caminamos tan lentamente por ir platicando de todo y de nada a la vez, los siguientes metros Leah me tomó de la mano y me dijo «ala mi mano, ya no tengo más fuerzas». Pasados aproximadamente veinte minutos, nos detuvimos a tomar un respiro.

—Jerry, llévame alzada —exclamó Leah.

—Llevarte alzada, pues ni que fueras un bebé, ¿tú crees que no pesas? — repliqué.

—Oh, eso no importa. Ven, anda ven, tú solamente párate allí, no te muevas, no te preocupes, nada malo te va a pasar —comentó.

Fue tan graciosa la escena que describirla perdería el sentido- Leah saltó encima de mí por la espalda, enredó sus brazos a mi cuello y me ahorcó, no podía respirar y ambos nos caímos.

—Mierda, Jerry, acaso no me puedo cargar de caballito —replicó.

—Leah, para cargarte así me tienes que avisar, pues no se trata de ahorcarme y quitarme el aliento hasta desmayar —contesté.

—Bueno, entonces ponte en posición que me llevarás cargando en tu espalda —refunfuñó entre dientes.

Me agaché un poco para que se recargara en mi espalda y pusiera sus brazos alrededor de mi cuello, con mis brazos le agarré sus piernas tan sutilmente que algo recorrió todo mi cuerpo hasta la punta de mis pies.

Ella se recargó en mi cuello e iba respirando lentamente, cada que su boca rozaba mi cuello toda mi piel se erizaba.

De a ratos, ella iba despeinando mi cabello o susurrando cosas indebidas en mis oídos.

—Jerry, tu olor es tan exquisito que te juro que me dan ganas de lamer todo tu cuerpo, empezando por tu mejilla, recorriendo hasta tu oído y bajar a tu cuello hasta llegar a tu falo murmuró Leah en mi oído derecho.

—Si no te calmas, te voy a dejar caer —repliqué.

Leah, besó mi cuello y me mordió la oreja.

Yo, como un reflejo mágico, la solté y casi se lastima el pie izquierdo, pero por fortuna logró tirar de mi mano.

Y replegarse en mi cuerpo tan cerca, tan íntimamente que sentí todo su cuerpo caliente.

Ella de inmediato me abrazó con unas fuerzas como la de los pulpos cuando agarran a sus presas, mordió mi labio inferior, y jugueteó con mi boca.

Con la punta de su lengua recorrió mis labios, y la introdujo de forma sutil, jugueteando con mi lengua.

Ese beso duró como diez minutos, ella simplemente no me soltaba.

Me sujetó como un pulpo y me devoró como un león lo hace con sus presas.

Después, destajó la camisa de mi pantalón y con su mano derecha acarició mi pecho, abdomen, ombligo, y con su dedo recorrido desde mi tráquea hasta introducir su mano dentro de mis jeans.

Lo que pasó después no es fácil de olvidar, pero la descripción no ayuda a plasmar lo que ella hizo con su mano dentro de mis jeans y aquello que yo sentí.

Es más que evidente que la cercanía de su cuerpo ya me tenía muy excitado.

Mi falo ya estaba firme y sus besos hicieron que quisiera estallar, y cuando ella lo recorría con su suave mano provocó una hemorragia interna, sangre que llegó hasta la última vena de mi miembro, poniéndolo tieso y palpitante, babeante por poseerla.

Mi boca recorrió todo su cuello, la lamí, la chupé y la mordí, desabotoné su camisa y le arranqué su sostén.

Con mi mano derecha apreté su enorme pecho, en lo que mordía su pezón, chupaba, lengüeteaba y mamaba su otro pecho.

Mi mano izquierda desabotonó sus jeans e introduje mi mano en su lencería.

Su culo, ese rico, suave y exquisito culo, tenía que tenerlo, comerlo y penetrarlo.

Leah, me quitó la camisa, me besó con una intensidad desafiante.

Lamió y besó todo mi pecho en lo que se agachaba y desabotonaba mi pantalón, quería arrancarlo y poseer mi verga.

Sin embargo, me lo bajó con una delicadeza que hacía temblar mis rodillas, me arrancó el bóxer y con su lengua me lamió justo arriba de mi falo, con su mano izquierda lo tomó, lo besó, lamió, y mordisqueó la punta.

Luego, se lo introdujo hasta el fondo de su boca masajeándolo con la lengua una y otra y otra vez, se detuvo e hizo que mi falo acariciara y babeara todo su rostro, su cuello, sus enormes pechos.

Yo estaba a punto de estallar, así que la levanté y la abrasé, la miré fijamente, la besé y cargué para follarla, penetrarla, poseerla.

Leah se sujetó con sus piernas tersas y calientes y yo la empujé contra de un enorme árbol.

Cuando introduje mi dura, larga y firme verga dentro de ella sentí ese calor infinito.

Ella chorreaba, gemía y gritaba pidiendo más.

—dame por atrás, quiero que me penetres, que me cojas, sentir tu rica verga en todo mi cuerpo y que tu esperma me posea —me dijo al oído.

La volteé de espalda y flexioné hacia adelante, la tomé por su enorme, rico y terso culo, no sin antes morderlo, chuparlo y nalguearla. Mi pene iba directo a penetrar su vagina, pero ella habló:

—Jerry, penétrame por atrás, quiero sentir tu falo hasta el fondo de mi culo.

Si mi verga ya estaba dura, al escuchar esas palabras se puso doblemente dura, firme y babeante.

Primero, mi falo rosó su ano y su culo dejándola toda chorreada.

Con mis manos le abrí lentamente sus ricas nalgas y la penetré despacio, lento, sutil.

Ella gemía, gritaba, pedía más, escucharla decir «dame duro, méteme todo tu pene, no pares, más rápido», sin duda me tenía a punto de estallar.

Parecía que nos sincronizamos porque terminamos juntos.

Yo me salí y chorreé su culo y espalda con mi semen, tan caliente, tan de ella.

Sé que parece estúpido, pero no solo el tipo de erección que tengo con ella es diferente, sino también lo duro, firme y babeante que se me pone el falo y con ella mi descarga de leche es infinita, me deja seco.