El Vicio de los Entendidos 12
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Amar por ambos.

De: Leah

Para: Jerry

Si has recibido mi último encargo y estás leyendo esta carta quiere decir que algo no salió bien con la cirugía y por ello no he ido a buscarte, confío en aun seguir con vida.

Querido Jerry, sé que jamás te conté nada de mi vida, de mi familia, y de mi situación.

Entiendo tu sorpresa al saber de esta manera sobre esta situación, pero entiéndeme tú a mí, no fue algo fácil de digerir.

Te has de haber preguntado si alguna vez te amé, o solo fuiste mi máquina de follar.

La respuesta, Jerry, es que no sé qué es el amor.

Pero sí sé qué eres tú para mí, eres el único que me hace ser yo, el único al que pienso, tu aroma ha quedado impregnado en mi memoria, tu cuerpo ya es una parte esencial del mío, cogerte es lo máximo pero también dormir a tu lado, morder tu labio, despeinar tu cabello, mirarte a los ojos,

y abrazarte.

Sé que de mi vida, y de mi aún sigues sin conocerlo todo, pero déjame decirte que conoces cada centímetro de mi cuerpo, tu mirada eriza mi piel y por más lejos que estemos siempre estaremos unidos.

Ahora, te pido, Jerry, que si lograste continuar con tu vida y superaste lo nuestro, sigue adelante y llévame como un bonito recuerdo.

Pero si aún sientes algo por mí, por favor lucha y ama por ambos, estoy completamente segura que mi cuerpo y mi corazón te recuerdan.

Apuesto que con una caricia tuya, con un beso, con esa forma en la cual me ves volveré a ser tuya y tú mío.

Mi hermano, como buen neurólogo, me advirtió los riesgos de esta cirugía, como la muerte, quedar en coma, amnesia, entre otras.

Pero yo confío en que aun me falta mucho por disfrutar tu cuerpo, muchas formas de follarte, muchos orgasmos que tener, y confío que estés a mi lado.

P.D. Siempre tuya.

Por si decides amar por ambos te dejo dos boletos de avión, con fecha abierta de ida y

vuelta a Suiza. Y la dirección y llaves de la casa, mi hermano ya está enterado de

todo. Habla con él.

En aquella caja no solo había una carta, los boletos de avión y la llave e instrucciones para llegar a su casa en Suiza.

Había una USB de un video donde estábamos follando, olvidé por completo ese video.

Ese video lo contenía todo, el momento donde Leah dormía como una pequeña y tierna bebé, su cara al despertar y su sonrisa al verme.

Sus tan pesadas travesuras, el grabarme mientras me bañaba.

Todavía recuerdo el momento exacto en el que salí de la ducha, con una toalla tapando de la cintura para abajo, queriendo quitarle la cámara a Leah, y ella solo diciendo «qué harás Jerry, ¿castigarme?»

, me quitó la toalla y aventó la cámara a la cama, justo en la

posición exacta para grabar cómo la tumbé en la cama, le di un par de nalgadas por traviesa, la cogí por la cintura y le jalé el pelo en lo que mi pene la penetraba tan duro, tan fuerte, tan rico, que ella solo pedía más, escucharla decir «más duro, no pares» mientras gemía y gritaba.

Ver mi cara al terminar, escuchar sus gemidos.

Tirarnos en la cama y abrazarnos hasta dormir, creo que esos días eran la gloria para mí, y sin duda tenía que luchar por aquello, tenía que amar por los dos.

Nunca antes había visto la parte donde me grabó dormido en lo que acariciaba mi rostro, mis labios, mi cabello y decía «te amo».

Ni siquiera yo era capaz de entender qué me estaba sucediendo en estos momentos.

Mi lado bipolar se apoderó de mí y los pensamientos que tenía no ayudaban a tranquilizarme y poder decidir.

Por un lado, estaba consciente de que ella no pidió esta situación, y por otro lado estaba tan enojado porque cada vez me daba cuenta de que no la conocía. Y al mismo tiempo aquellos

sentimientos de haberla buscado por tanto tiempo, para no poder abrazarla, besarla, arrancarle la ropa y follarla en la mesa.

Vamos, ni siquiera pude tocar su mano. Oh, pero ese Cristián no paraba de acariciarla, de halagar y cuidarla.

Y qué era esto, qué se suponía que hiciera, ¿que la siguiera hasta el puto fin del mundo sin que ella me recordara siquiera?

Estaba tan confundido, estaba a punto de estallar con tantas cosas, con tanta información que debía digerir.

Hasta en estos momentos recordé lo que Leah decía, si estás apunto de explotar, y no estoy allí contigo para cogerte, toma una almohada y recarga tu cara y grita tan fuerte, maldice, reclama.

Si eso no ayuda, sal a comer tacos y beberte una cerveza bien fría y ya por último, si hiciste todo eso y nada ayudó, compra un litro de helado y atascaste. Verás que si no resuelve tus problemas,

al menos congelará tu cerebro para que no te agobies más.

Para ese momento ya había hecho todo lo que estaba a mi alcance para pensar con claridad, tenía la respuesta en la punta de mi lengua, solo me faltaba ver a Leah para confirmar que mi decisión era la correcta.

Ya que ese día la daban de alta, traté de llegar lo más temprano posible, pero Cristián allí estaba, como su fiel cachorro que se acurruca en la cama de su amo.

—Cristián, ¿me dejarías hablar con Leah a solas un momento? —le dije al asno de Cristián.

—Me temo que no podré hacer eso. Como neurólogo, considero que los pacientes que acaban de salir del coma y generan estos efectos se deben mantener tranquilos —contestó Cristián.

—Pasa, Jerry, ignora a Cristián. Él solo quiere cuidarme, pero exagera. Ya le dije que no soy una beba frágil, incluso sé que platicar contigo me hará bien. Sabes, ayer tu aroma se quedó penetrado en mis recuerdos —dijo Leah.

—Nos permites hablar a solas, Cristián —repliqué.

—Estaré acá fuera por si me necesitas —contestó.

No te necesitamos. ¿Crees que por tu rubia y larga cabellera, por tus ojos grises, por sus gruesos hombros y tu boca roja, Leah correrá a tus brazos y recuperara su memoria?

Lárgate, toma el primer vuelo de regreso a modelolandia y no vuelvas.

Qué pretencioso eres, por ello a ella no le interesas. Otra vez yo divagando.

—¿Cómo te encuentras? —pregunté.

—Si quitamos el hecho de que mis padres me quieren llevar a Suiza, de que no soporto al patético de Cristián que no me deja ni respirar, de que la comida de este hospital apesta, que han hecho con mi cabello un nuevo look, y que perdí la memoria y ahora no sé ni quién carajos soy, estoy bien, Jerry,

gracias por preguntar.

—No te agobies, poco a poco irás siendo tú. De hecho, por lo que veo el sarcasmo y la ironía los tienes tatuados en tu personalidad —repliqué.

—No solo eso llevo tatuado, apuesto que algo más, como ese aroma tuyo. Supongo que en el pasado nuestros cuerpos no podían permanecer uno lejos del otro, de otra manera cómo se explica el hecho de que tu aroma eriza mi piel, y calienta mi cuerpo —contestó Leah.

—Otro rasgo de tu personalidad, directa y sincera —murmuré.

—Dicen los médicos que si huelo, pruebo, veo y siento aquellas cosas de mi pasado podría recuperar más pronto la memoria.

—Me alegra mucho —contesté.

—Así que ven, acércate. Quiero acariciar tu rostro, despeinar tu cabello, olerte y morder tu labio. Estoy segura de que eso ayudará —replicó.

Mierda, no sé por qué esa mujer podía desquiciarme así.

De una manera positiva, claro. Ponerme tan nervioso, tan sumiso, tan caliente, tan indefenso y a la vez sacar rasgos de mi personalidad que ni yo conocía.

Sin duda ya tenía los cachetes como tomate, tartamudeaba un poco y mis manos sudaban.

Pero inhalé y sostuve la cordura. Con la mano derecha le acaricié la mejilla y con la izquierda la tomé de la cintura, y le murmuré al oído «así o más cerca».

Pero Leah tenía que ser ella, me tomó de la camisa, me jalo y me besó.

Quedé helado, pero sin duda mis labios la reconocieron y correspondieron su beso. Leah mordió mi labio y se alejó.

—Aún no puedo recordar mis momentos contigo, pero estoy segura de que hicimos muchas locuras juntos —dijo ella.

—Más que eso diría yo —contesté.

—Anda, platícame tu momento más memorable conmigo. ¿Tienes fotos, vídeos mensajes o algo así? —preguntó.

—¿En serio quieres que te cuente? —repliqué.

—Diablos, de otra manera cómo mejoraré por completo —refunfuñó.

—Tan solo llevabas una semana que te habías transferido al campus, parecía que la clase de historia del cine te aburría y solías salir a mitad de ella.

Esa vez, la clase terminó y tú no regresaste por tus cosas al aula.

Las Sofías tomaron tus cosas y te fueron a buscar.

Yo, como de costumbre, después de clases me daba prisa para que me diera tiempo de comer e ir al trabajo.

Recuerdo que ese día era tan soleado, que sin duda generaba mucho sueño.

En fin, al ir saliendo de la universidad, te encontré tirada en el césped, con un libro cubriendo tu rostro.

Y así de la nada, empezó a llover tanto y tan fuerte que tú, en lugar de salir corriendo a refugiarte, te pusiste a bailar y cantar bajo la lluvia.

Solo protegiste tu libro y empezaste a brincar en todos los charcos de agua que se empezaron a hacer, incluso te pusiste justo debajo de una enorme cascada de agua que se hacía por la forma del techo.

No parabas de reír, cantar y bailar. Sin duda me cautivó encontrarme ante un alma libre —le respondí.

—Disculpen que los interrumpa, el alta de Leah ya está lista. Ya solo falta que los médicos la pasen a ver y se puede trasladar —comentó una enfermera.

—En seguida les aviso a sus padres, bajaron un momento a la cafetería — respondió Cristián.

Jackson, la madre y el padre de Leah entraron a la habitación.

La señora era muy amable, buena, atenta y considerada al igual que Jackson.

Irradiaban esa confianza, esa familiaridad que es indescriptible, pero su padre no podía ser más creído, prepotente y arrogante.

Ahora entendía por qué tenía tan buena amistad con Cristián.

Ni a saludar le enseñaron, dónde estaban esos modales de médico reconocido ante su comunidad, ¿o acaso yo no me merecía ni un simple saludo?

—Vamos, hija, ya estás lista. ?Cómo te encuentras de ánimos? —le dijo su madre.

—Estás lista. Apúrate que tenemos programado el vuelo —le dijo el padre.

—No me encuentro de ánimos. Quiero regresar ya a la escuela o mínimo a casa, no quiero ir a Suiza, me asfixia —contestó Leah.

—No digas sandeces —replicó Cristián.

—Sabes mamá, papá y querido amigo, considero que si aprenden a escuchar a Leah, cosas como esta dejarán de pasar. Que acaso quieren que se les escape en el aeropuerto y tome un vuelo a Tokio con tal de respirar —replicó Jackson.

El ambiente se tornó hostil, con Leah y su enorme sarcasmo y negación, su madre rogando y el padre autoritario. Todos callaron tras el grito de Leah.

—Ya está bien, me voy a Suiza. Pero solo con dos condiciones, la primera es que solo serán dos semanas y la segunda es que vaya Jerry. Solo si va él, voy yo, solo eso me hará el estar bajo su constante supervisión y asfixiante entorno más tolerable, de eso estoy segura —dijo Leah.