11
Solo una vez más.
Basura, así era como me sentía. Como pude dudar de ella, cómo pude pensar mal de ella, cómo tardé tanto en buscarla.
Maldito orgullo, maldita sea la vida. Simplemente no podía disipar esta información, no sabía qué hacer con ella, saber que Leah se encontraba tan lejos, y en coma, que quizá jamás podría despertar, me estaba matando.
Tenía que verla, tocarla, besarla, decirle cuánto
la amaba. No solo una brecha económica nos separaba, sino también una brecha geográfica nos separaba. Por suerte mi hermana mayor vivía en Washington D.C. Y lo único que tenía que hacer era pedirle ayuda, contarle lo que sucedía, seguro ella me entendería.
De: Jerry
Para: Emma
Asunto: Hermanita, llama urgente.
Sabes cuanto te quiero.
P.D. Te necesito.
Cuando Emma me llamó, le expliqué lo mejor que pude la situación.
Ella dudó en ayudarme, pero al final la convencí.
Ya solo era cuestión de tiempo para estar con Leah.
La maldita burocracia para que me resolvieran el trámite de mi visa de turista, y así poder ir a verla, era tan lenta que a estas alturas moriría de angustia por ella.
Pasadas tres semanas ya tenía la visa, los pasajes de avión y todo.
Había permanecido en contacto con el hermano de Leah y a diario me escribía sobre su progreso.
Dos días antes de partir a verla, su hermano me llamó y me dijo que ella al fin había despertado del coma.
Tenía que estar allí, tenía que verla. El día se hizo eterno y al fin, al llegar al aeropuerto, me dio un ataque de ansiedad, sentí cómo mi corazón palpitaba tan fuerte que era posible que se saliera de mi pecho.
Estaba tan lejos de ella y a la vez tan cerca, que en el vuelo me dio otro ataque de ansiedad.
Esta vez sinceramente imaginé cosas terribles.
Vi cómo el señor que estaba sentado al lado de mí empezó a convulsionar, vomitar sangre y a gemir.
De repente solo le mordió el cuello a la señora regordeta que estaba a su lado, le arrancó toda la tráquea y la yugular.
Aquella señora gritó por ayuda mientras era devorada por el pasajero de al lado.
Yo tenía que protegerme, no podía ser mordido, era cuestión de segundos para que el señor que estaba devorando a la regordeta me oliera y quisiera devorarme.
—Señores pasajeros, abrochen sus cinturones, estamos a punto de aterrizar
—una voz rara se escuchó mientras yo estaba por huir de ser devorado.
— Joven, Joven, despierte.
—No me coma, tengo que llegar a verla —grité.
—Tiene que acomodar su asiento y abrochar su cinturón —una azafata me estaba hablando.
Carajo, jamás vuelvo a quedarme dormido mientras veo alguna película de zombies, creo que Leah me hizo adicto a esas películas.
Me tenía que concentrar en llegar al hotel donde me hospedaría justo enfrente del Mayo Clinic, donde estaba internada ella.
El tiempo se me hizo eterno, creo que ni alcancé a peinarme bien por correr a verla.
Mi inglés nunca fue muy bueno y se notó al tratar de hablar con la recepcionista del hospital y consultar sobre la habitación de Leah.
Lo único que entendí es que solo permitían familiares.
Y ahora qué. Qué sigue, ¿escabullirme y buscarla en todo el hospital?
Mierda, no podría ser más difícil verla una vez más.
Me mantuve calmado durante aproximadamente quince minutos en el área de espera.
Afortunadamente, para mi suerte hubo cambio de turno, y esta recepcionista tenía cara de buena onda.
—Hello, could you tell me which Leah Cano´s room is —pregunté.
—Wait a moment, young man. Leah's room is on the fourth floor to the right of
the elevator room number 415 —me contestó la amable recepcionista.
Cuando subía por el elevador, mi corazón latía a mil por hora, mis manos sudaban, mis pies temblaban y tenía la boca seca.
No sé cómo explicar esta sensación que sentí.
Volver a ver a Leah sin duda era lo que yo más deseaba, pero mi cabeza me decía que algo no marchaba bien.
Al caminar por el pasillo, como veinte metros antes de llegar a su habitación, la vi de lejos, ella estaba en silla de ruedas totalmente vendada de su cabeza y su silla la empujaba un joven alto, cara muy distintiva y peculiar, labios rojos, torso y brazos anchos,
de personalidad muy agradable porque Leah no paraba de reír, su sonrisa era tan alegre y brillante que a esa distancia podía escuchar su carcajada.
Simplemente me quedé paralizado, juraba que ella se lanzaría a mis brazos y me besaría.
Yo no podía dejar de mirarla, pero ella ni una sola vez se volteó a ver, no entendía qué era lo que estaba pasando.
Pasaron al lado de mío, sin voltear a verme, como si yo fuera parte de la decoración del hospital.
De mi boca no salió palabra alguna, simplemente me quedé como una estatua, mirándola fijamente, incluso pensé que estaba lloviendo porque unas grandes gotas mojaron mis zapatos, pero no, no era nada de eso, simplemente mis lágrimas salieron sin control alguno.
Tardé como diez minutos en reaccionar, y al levantar mi mirada el hermano de Leah estaba hablándome, pero yo solo escuchaba bla, bla, bla bla, y más bla, bla bla.
—Perdón, no entendí lo que dijiste —respondí.
—Jerry ¿qué haces acá? He intentado llamarte desde hace un par de días para comentarte sobre la situación de Leah —dijo.
—Situación de Leah. Acaba de pasar a mi lado, ni siquiera se volteó a ver. Ella se veía muy bien e incluso feliz con aquel chico, soy un idiota que recorrió miles de kilómetros para verla y ella ni se dignó a voltear —repliqué.
—Jerry, contrólate— sugirió el hermano de Leah.
—¿Controlarme? ¿cómo puedo controlarme? A una estatua se le presta más atención que a mí, incluso la basura la volteas a ver porque apesta, un vago causa más revuelo, hasta a una mosca la volteas a ver por su ruido molesto.
Y ella incluso le iba tomando la mano a aquel joven, dudo que sea un doctor o enfermero que la haya llevado a tomar algunos análisis o pruebas.
—Ya terminaste, te has desahogado, te sientes más calmado —dijo él.
—No, nunca —respondí muy enojado y me di la vuelta dispuesto a marcharme.
—Leah perdió la memoria, no completamente pero se le han olvidado algunas personas, memorias y cosas. Eso después de permanecer casi medio año en coma es algo relativamente normal. No lo tomes personal, Jerry. Sé lo mucho que le importabas a ella — argumentó Jackson.
—No pudo haberme olvidado, cómo olvidar todo aquello que vivimos juntos — repliqué.
—Mi padre sugiere que no se le altere y que poco a poco irá recobrando la memoria, enseñándole fotos, eventos, lugares, aromas, personas, todo ello con calma y siempre que sean situaciones o cosas que no alteren su estado — comentó Jackson.
—¿Y entonces la puedo ver? —pregunté.
—Ven, anda, vamos a su habitación a esperarla. Ha salido un rato al jardín con Cristián, él es un amigo de la familia. Es un interno en el área de neurocirugía y es muy allegado a mi padre y a Leah —contestó Jackson.
Pasaron más de veinte minutos, y ellos no regresaban.
A mí ya no me quedaban uñas que morder. El padre y la madre de Leah estaban preparando todo para trasladar a Leah a una casa en Suiza, donde terminaría su recuperación.
Cuando Leah y su amigo Cristián regresaron a la habitación del hospital, ambos me miraron como si fuera un bicho raro, algo así como mirar a un ratón correr bajo la lluvia.
Sin embargo, Leah tras un par de minutos de incomodidad se inclinó para saludarme y preguntó «¿quién eres tú?»
Mi reacción no pudo ser más estúpida, lenta y decepcionante.
Como de costumbre, divagué un poco. Quería responder «¿que quién soy yo?
Pues yo soy quien te ama e iría por ti hasta el fin del mundo, soy quien con un beso hace que te mojes, soy quien te pone en cuatro, te toma de la cintura y jala tu cabello para darte bien duro, soy quien te hace gemir, gritar, gozar, estallar, quien te da multiorgasmos,
soy quien te ha extrañado tanto estos
últimos meses, también soy el que conoce cada milímetro de tu piel, soy quien ha lamido, acariciado, mordido y chupado todo tu cuerpo». Pero simplemente respondí «soy Jerry, así nada más. Jerry, un compañero tuyo de la universidad».
—Has de ser un buen amigo de Leah para que te hayas atrevido a venir hasta acá a verla —replicó Cristián.
—No solo un buen amigo, más que eso, Leah entenderá pronto —contestó Jackson.
—Sí, ella para mí es muy especial, y me alegra mucho su recuperación — repliqué.
—Pues agradezco bastante que hayas venido hasta acá, y disculpa por no recordar mis momentos y mi vida a tu lado, han de haber sido muy especiales para que me vinieras a ver.
Los médicos dicen que pronto regresarán todos mis recuerdos, aunque déjame decirte que aunque no logro recordar nada que se asocie a ti, ese aroma tuyo, mi cerebro sí que lo recuerda —dijo Leah.
—Bueno, necesitas descansar, ya que en un par de días viajaremos a Suiza a terminar tu recuperación y así pueda volver por completo tu memoria — comentó Cristián.
—No se preocupen, yo me retiro. En verdad me dio gusto verte tan bien recuperada y acompañada, Leah —contesté.
—Te acompaño, necesito comentarte algo, Jerry —replicó Jackson.
— Sí, claro, gracias —dije.
—Ven, acompáñame a mi auto, tengo que darte un encargo de Leah.
Me alegra que estés aquí y no haberla tenido que mandar, así tardaría mucho en llegarte.
Mira, ¿recuerdas que hace meses que te vi te comenté sobre esta pequeña caja forrada de negro?
Sé que faltan un par de días para que se cumplan los seis meses que ella me pidió que esperara, pero siento que es hora, que deberías tenerla y tomar una decisión y no dejarte llevar por tus impulsos —dijo Jackson.
—Agradezco bastante tu consideración, pero veo que ella está muy bien acompañada. Supongo que él es su amor platónico que un día ella nos mencionó, y en ese caso yo salgo sobrando aquí —refunfuñe.
—Amor platónico. Leah antes de ti no creía en el amor.
Es verdad que mi hermanita es una rebelde, berrinchuda, que siempre obtiene lo que quiere, que ha hecho y deshecho muchas cosas, pero de lo que puedo estar seguro es que ella, antes de ti, no se había enamorado de alguien.
En fin, Jerry, aquí tú eres el que va a tomar una decisión y te pido que aceptes esta caja, que para Leah significaba su futuro —replicó Jackson.