El Vicio de los Entendidos 10
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El tiempo no transcurre en vano.

En Año Nuevo recibí un paquete muy extraño, no tenía remitente, nombre nidirección.

Un tipo extraño que decía ser repartidor tocó mi puerta y me lo entregó.

Estaba forrado con un color oro brilloso y tenía un enorme moño rojo.

Era una caja de tamaño pequeño, adentro tenía mucho papel crepé en pequeños trozos, y una pequeña caja roja brillante donde había un dije algo raro y con mucha expresividad.

Era el yīn, la mitad del yīnyáng. Con una pequeña tarjeta que decía:

Eres mi equilibrio

P.D. Siempre tuya.

Estos meses sin ella habían sido una tortura.

Me había preguntado una y mil cosas, y a la vez, no entendía por qué seguía torturándome más.

Meses después de haber recibido aquella caja dorada, recibí un sobre con una postal de Irlanda que decía «quiero follarte».

Me pregunté si para ella había sido solo eso, solo un simple juguete sexual, una máquina de follar.

Eso, solo eso. Evelin no sabía o no quería decirme nada.

Cuando preguntaba por Leah solo decía lo siento, es mejor así, es mejor que la olvides, tómalo como un bello recuerdo.

A esas alturas, ni el fondo de mil botellas había hecho que olvidara aquella pregunta que me taladraba en mi cabeza una y otra vez.

«Deberías alejarte de mí» ¿por qué me había dicho eso si éramos perfectos? Todo iba tan

bien, ¿por qué debería alejarme de ella?

¿Por qué ella se alejó de mí? Indudablemente necesitaba respuestas y el maldito alcohol no me las daría.

Así que empecé mi faceta de detective, más bien, si ahora me viera en retrospectiva, creo que cierta faceta de mí parecía Joe (de la serie de you).

Y esta faceta no me enorgullece del todo, pero esa incertidumbre que había cobijado mi vida necesitaba respuestas.

Acaso simplemente Leah era una «Maldita sin corazón», como mis amigos decían, acaso todas sus caricias, sus besos, su mirada, toda ella era falsa.

Necesitaba descubrirlo por mí mismo. ¿A quién podía preguntarle sobre ella? Evelin no quería decirme nada, en la

universidad decían que toda información de los alumnos era confidencial, en el residencial donde solía vivir ella sin una invitación no podía acceder.

Y entonces recordé la última charla con Samantha, era evidente que su familia sabía algo sobre la familia de Leah.

Increíble tener que recurrir a Samantha para saber algo de Leah.

Era misión imposible. Pero a Fátima, una amiga de Samantha, le gustaba Lucas.

—Lucas, necesito un favor bien enorme camarada —le dije.

—No, rotundamente no, y no —contestó indignado.

—No sabes ni qué te pediré —repliqué.

—Tienes razón. No sé exactamente qué me pedirás, pero apuesto que será algo sobre encontrar a Leah —dijo—. Entiende ya de una vez Jerry una mujer que te ama, no te deja botado como basura sin ninguna explicación.

—Sé lo que ustedes opinan de ella, pero yo necesito saber si está bien — repliqué.

—Está bien, pero promete que no sufrirás más por lo que averigüemos — mencionó Lucas.

Lucas, como buen camarada, le sacó a Fátima toda la información que sabía Samantha sobre Leah.

Al parecer Leah provenía de una buena familia de Málaga, su padre era médico neurocirujano y su madre era una médico ginecóloga, su hermana estaba estudiando su especialidad en pediatría y su hermano en neurología, ambos mayores que ella.

Cuando Leah no siguió con la tradición familiar de estudiar medicina, tuvo algunos conflictos con sus familiares y cortó comunicación con ellos.

Se fue a Valencia a estudiar lo que en ese entonces le apasionó.

La describen como una chica inmadura, berrinchuda y rebelde.

Como un dolor de cabeza para toda su familia, pues ella siempre levantaba la voz y se oponía a lo que no estaba de acuerdo.

—Eso es todo. Ni siquiera saben dónde vive —refunfuñé.

—No comas ansias. Ellas no saben dónde vive, pero hay un chico llamado Albert en la antigua universidad de Leah que sabe dónde está ella. Solo necesitas ir a Valencia y dar con el tal Albert y sacarle todo —dijo Lucas.

—¿Por qué no empezaste por eso? Lo más importante —repliqué.

—Jerry, lo que te comenté es importante porque si Albert no te quiere decir nada puedes ir a buscarla a Málaga. Sus padres son dueños del Centro médico más grande de allí, es la Clínica Médica Cano —mencionó Lucas.

En Valencia no me fue tan difícil dar con el tal Albert, pero los intentos por sacarle algo fueron inútiles.

Le pedí, le rogué, incluso le supliqué que me dijera dónde estaba ella.

Él insistió en que ella quería estar sola, que ni siquiera sus padres sabían donde se encontraba, ya que simplemente estaba viajando.

Pero me dio el contacto de su hermano mayor, me dijo que él me podía ayudar, que lo contactara, que él y Leah eran inseparables.

Cuando por fin pude contactar al hermano de Leah, insistió en vernos en persona y en menos de dos horas ya estábamos en un café conversando.

—Hola, tú has de ser Jerry —me saludó amablemente dándome la mano. Él era un joven alto, delgado, con ojos verdes y cabello dorado. Vestía unos jeans azules, una camisa clara con un saco negro y uno tenis negros. Tan peculiar como Leah.

—Hola, sí, yo soy Jerry. Disculpa que te haya molestado, pero en verdad me encuentro muy preocupado, necesito hablar con Leah —contesté.

—Querido Jerry, se nota que no sabes nada de lo que está pasando.

Déjame que te explique. El año pasado, a principios de noviembre, Leah llegó a la casa en Málaga, tenía mucho sin ir a ver a mis padres porque estaban en conflicto, ya que desobedeció las órdenes de mis padres y estudió lo que quiso, en fin.

Al llegar Leah a la casa, reunió a toda la familia y nos contó que ciertas cosas que le estaban pasando le preocupaban como: dolor de cabeza, náuseas, visión borrosa, pérdida de equilibrio e incluso somnolencia.

Inmediatamente mi padre, al ser neurocirujano, la ingresó a la clínica familiar y ordenó infinidad de estudios.

Él no nos decía nada, solo tenía a Leah bajo un tratamiento severo para el dolor y no paraba de hacerle exámenes neurológicos, diferentes pruebas y estudios.

En fin, mi madre muy molesta le exigió a mi padre que nos dijera qué le estaba pasando a Leah.

Mi padre nos explicó que Leah tenía un tumor en el cerebro, para ser específico, un glioblastoma, y que la única solución era una cirugía, pero al proceder con la cirugía ella podía perder la vida y, si salía viva, ella quedaría con daño permanente,

y quizá no podían remover todo el tumor por lo cual necesitaría quimioterapia adicional.

Esa noticia nos destrozó a todos. Leah ya llevaba cinco días internada y mi padre estaba preparando todo para trasladar a Leah a Mayo Clinic en Rochester, Minnesota, para su operación inmediata.

Pero mi hermanita tenía que ser ella. Un día antes de su traslado se escapó de la clínica, tomó mi auto y se fue a Gandía a buscarte.

Como somos confidentes, al día siguiente me llamó y me contó que planeaba verte y contarte todo.

Yo sabía que no lo haría, que ella no era capaz de preocupar a nadie.

Entonces supe que te dejó y se regresó a la clínica, pero unas calles antes de llegar, perdió la visión, por ende el control del auto, y tuvo un accidente.

Afortunadamente estaba al teléfono con ella y actuamos de inmediato.

Al llegar a la clínica fue estabilizada y al día siguiente trasladada a Mayo Clinic en Rochester.

En diciembre fue operada del glioblastoma y al parecer la cirugía fue un éxito, pero ella entró en coma.

Ella antes de ingresar al quirófano me pidió que si algo salía mal en la operación, o si no despertaba, te mandara tres cosas.

Me enfatizó que la primera, que estaba envuelta en una caja forrada con papel dorado, la tenías que recibir a principios de este año.

La segunda, que era un sobre con una postal, a finales de abril y la tercera es una pequeña caja envuelta en papel negra.

Esta solo la tenías que recibir si ella no despertaba o si fallecía, pasando seis meses desde su operación.

En esa caja vienen varias cosas, entre ellas una explicación del contenido.

Pero como aun no pasan seis meses, aun no despierta del coma y aun no muere, pues no te la he enviado.

—Estás hablando en serio —respondí tres minutos después de haberme quedado en completo silencio.

—Cómo podría bromear con eso —replicó.

—Sí, lo siento. No lo puedo creer, no sé qué decir —contesté con la voz cortada y, sin darme cuenta, las lágrimas salían sin parar de mis ojos.

—Tranquilo, si te hace sentir mejor ayer me habló mi padre y me dijo que Leah ha respondido a estímulos y creen que pronto podría despertar —me explicó.