El Vicio de los Entendidos 9
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Deberías alejarte de mí.

Esa noche era muy fría y el cielo había oscurecido, no se lograba ver ni una sola estrella.

Curiosamente la luna irradiaba un brillo, pero su brillo era particularmente triste, nunca había visto algo tan hermoso que proyectara tanta tristeza.

Opté por vestirme con unos simples jeans, una camisa normal y un abrigo.

Tarde tan solo diez minutos en llegar a casa de Leah, pero a mi parecer fue una eternidad.

Al encontrarme frente a su puerta, el corazón palpitaba tan fuerte que no pude escuchar cuando toqué el timbre de su casa y, al levantar la mirada, ella estaba allí, parada enfrente de mí.

Lucía tan diferente a aquella Leah que yo conocí, ahora era intimidante, fría e irradiaba seguridad.

Su postura era como de una roca, sus palabras helaban el ambiente, pero su mirada, aquella mirada me lo dijo todo.

En realidad estaba destrozada por dentro, tenía una mirada que, al igual que la luna, irradiaba un brillo lleno de tristeza y dolor.

Aquella noche pasó a la historia de mis recuerdos más tristes, dolorosos y a la vez memorables.

Ella traía unos jeans ajustados, una chaqueta negra y unos tenis negros.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó Leah.

¿Que cómo estoy? Estoy, triste, indefenso, preocupado, confundido, frustrado, ansioso y también muy molesto. Fueron palabras que solo pensé, porque en realidad lo único que pudo salir de mi boca fue decirle «te extrañé».

—Vamos, te invito un café. Sube al auto —dijo Leah.

De dónde carajos sacó aquel auto deportivo rojo.

Por qué no me dice nada, por qué no me dice que me extraña, que me ama, que le ocurrió algo tan desagradable que le fue imposible comunicarse conmigo.

Ella solo conducía con aquella mirada tan perdida en el camino que juro que parecía como uno de los de la saga Rápido y Furioso.

Llegamos a una linda cafetería, no me tomó ni la mano para caminar, las únicas palabras que salieron de su boca fueron «ven, apresúrate».

Nos sentamos en la mesa más alejada y oscura que había, pedimos dos cafés fríos, como su corazón.

—Ya me vas a decir qué sucede, por qué tanto misterio, por qué ese cambio de actitud, por qué esa frialdad y esa mirada tan desconcertante —pregunté.

—Jerry, esta será la última vez que te pueda ver. Me marcho de Gandía — respondió Leah con unas palabras tan frías e indiferentes que quedé helado por completo, y sin poder pronunciar palabra por un par de minutos.

—¿Y eso es todo? ¿Eso es todo lo que merezco? ¿No piensas decir nada más? —repliqué.

—Nada más hay que decir. Simplemente no puedo con esto. Lo siento, te llevaré a casa, vamos —respondió Leah.

Pero qué diablos ocurre aquí, qué diablos acaba de pasar.

Después de una semana sin verla, sin saber de ella, simplemente me dice que se marcha, que lo siente, que no puede, que no puede con qué exactamente.

Después de todos esos momentos tan memorables que hemos compartido, después de aquellas caricias que llevaremos tatuadas en nuestros cuerpos, yo le pertenezco, ella me pertenece, esto no puede acabar así, aquí.

—Dime algo, ¿acaso tienes novio en Málaga o Valencia? —pregunté.

—No, yo no había tenido ningún novio. Esto no es para mí, yo no soy para ti, simplemente aléjate de mí —contestó.

Sus palabras fueron tan frías e indiferentes, pero sus ojos me veían con una enorme tristeza.

Sé que estaba destrozada por dentro y, por más que sus palabras dijeran lo contrario, su cuerpo no la obedeció, puesto que en lo que pronunciaba aquellas palabras que desgarraban mi corazón, sus manos acariciaban mis mejillas y mis labios, su mirada penetraba mi alma.

Me dio un beso en la mejilla y al mismo tiempo susurro en mi oído «tengo que dejarte ir».

Quedé perplejo. Simplemente no entendía lo que acababa de ocurrir, cuando reaccioné lo único que alcancé a ver fue el polvo que dejó el auto al arrancar tan deprisa.

Me di cuenta de que no la conocía, simplemente ella era una extraña que me dejo conocer lo que ella quiso, pero jamás me dejó conocerle su interior.

Esa noche no pude conciliar el sueño, me hice tantas interrogantes, ¿por qué se transfirió a este campus?

, ¿cómo podía vivir en aquel residencial privado, en esa enorme casa ella sola?

¿por qué, de repente, solo desaparecía? ¿de dónde su frialdad e indiferencia e incluso arrogancia?

Pensándolo bien, yo no sabía nada de ella, ¿cuántos hermanos tenía?

¿quién era su familia, sus padres? ¿cuáles eran sus gustos musicales?

¿y sus películas favoritas? ¿qué le hacía enojar, qué le disgustaba?

¿qué sueños e ilusiones tenía? Ella sabía todo de mí, incluso sabía a qué edad comencé a caminar, por qué desarrollé esa intolerancia a la lactosa y esa fobia a los ratones.

Conocía mis gustos, mis sueños, mis sentimientos y cada centímetro de mi cuerpo, hasta aquellos rasgos que no me convencían del todo de mi cuerpo.

Ella sabía cómo volverme loco, sabía hacerme disfrutar el sexo sin ataduras, sin restricciones, sin vergüenza, sin complejidades, sabía cómo ponerme tan caliente con sus caricias y besos, había contado todos y cada uno de mis lunares.

Se había burlado de mis tropiezos y enorgullecido de mis logros.

Ella sacaba lo mejor de mí, esas cosas que ni yo conocía que era capaz de hacer y esas partes que nunca nadie, incluyéndome a mí, había visto.

Acaso alguna vez me amó, y si me amo, ¿por qué me dejó? ¿por qué se alejó de mí? ¿por qué sus palabras dicían una cosa y su cuerpo y mirada hacían otra? Esto era tan confuso, ella era tan confusa.

—Un último trago y nos vamos.

—Jerry, no vas a encontrar la respuesta en el fondo de esa botella —replicó Eduardo.

—Eso es verdad, pero al menos olvidaré la pregunta —contesté.

—¿Qué haces? Detente, esta es la doceava vez que le llamas. ¿No crees que si no contesto a la primera es porque no quiere contestar? —dijo Lucas.

—¿Cuántas veces más le llamarás? Ya detente, estás muy ebrio —gritó Armando.

—Hola, ¿por qué estás tan ebrio? ¿Acaso te quieres exponer a que te pase algo malo, o que alguien te seduzca y te lleve con ella a su guarida secreta? —preguntó Leah.

—No es eso, solo que estaba buscándote y creí que estabas en el fondo de esta botella, y mira dio resultado. Tan pronto se quedó vacía la botella apareciste tú —contesté.

—Ven, vamos a casa, yo te llevo —dijo.

—¿Para qué? ¿para que me dejes botado como la última vez? ¿para que me deseches como un pañuelo sucio? No gracias, prefiero seguir bebiendo. Además, tú no estás aquí, eres producto de mi imaginación, porque te veo doble —repliqué.

—No te estoy preguntando, te dije ven, vámonos a casa —contestó.

—Eres como un elefante rosa que solo se ve cuando uno llega al límite de su ebriedad, ni siquiera eres real, eres producto de mi imaginación. Calla, elefante rosa, no me iré contigo —repliqué.

—Bueno, si no soy real entonces no sentirás esto —dijo con una risa tan sarcástica y perversa que sus ojos reflejaron deseo incondicional.

Me besó tan intensamente que al morder mi labio sangró un poco. Eso solo sugería que estaba alucinando. Leah, la última Leah que conocí, ni siquiera se atrevió a tocarme.

—Ya, ahora sí crees que estoy aquí, que no soy producto de tu imaginación —replicó.

— ¿Quién eres?— murmuré.

Me tomó del brazo, sujetó mi cintura e hizo que me recargara en ella para poder coordinar mis pasos.

Estaba al borde de desmayarme, no podía ni sostenerme.

Al abrir los ojos, ya estaba sentado en el asiento del copiloto de su auto, y ella tan cuidadosamente abrochaba el cinturón de seguridad y recargaba el asiento para mi mayor comodidad.

Creo que dormí como media hora y vomité un par de veces de camino a su casa.

De verdad no fue mi culpa, simplemente ella maneja con tanta furia.

Y los recuerdos son tan borrosos, que solo recuerdo que se detenía a mitad de la nada y me tomaba del brazo, me limpiaba la mejilla, y me hacía beber agua. Llegamos a su casa,

y me recosté en su cama, me quitó la ropa y me dio unos electrolitos.

Al despertar a la mañana siguiente, mi cabeza daba vueltas, me sentía avergonzado, sentí la calidez de sus sábanas y la ternura de su voz al sugerirme darme una ducha.

Cuando salí de la ducha, mi ropa estaba limpia y doblada en el sofá de su habitación, en la mesa estaba el desayuno: un buen consomé picante, un jugo de naranja, un café y unos panes tostados con Nutella.

—Come y bebe esto, te sentirás mejor —dijo ella.

—Siento mucho haberte causado este infortunio, pero tengo sentimientos aunque no lo parezca. Yo te amo y no es excusa, pero no entiendo qué te pasa

—repliqué.

—Calla y come. Cuando estés en un mejor estado hablamos, deja ducharme —contestó.

Al salir de la ducha traía una corta bata y su cabello aún húmedo.

Me miró con tanta tristeza que no me pude contener y la sujeté de la cintura mientras acariciaba sus mejillas y labios rojos.

Ella solo se mordió el labio, mientras yo desabrochaba su bata de baño, y le besaba su cuello hasta llegar a sus senos.

Morder sus pezones tan rosados era mi estasis.

No podía dejar de mirarla a los ojos y fue allí cuando noté que esta vez sería el máximo, derramó un par de lágrimas y susurró a mi oído mientras desabotonaba mi pantalón e introducía su mano en mis bóxers, y con su otra mano me abrazaba tan fuerte que clavó sus uñas en mi espalda.

La tiré en la cama y ella me jaló con sus pies para caer arriba de ella, me sujetó con sus manos y pies como un koala sujeta un árbol.

Mirándome fijamente me dijo «let 's get married»e quedé paralizado, en verdad no me lo esperaba, no sabía cómo procesar este momento.

Ella me sujetó fuerte, siguió besando mis labios e introdujo mi pene en su vagina haciéndome gemir de placer.

No podía dejar de pensar en lo que dijo y, al mismo tiempo, sentir esa calidez que me proporcionaba su cuerpo, la humedad que dejaba su vagina al entrar y salir.

Chorreaba, gemía, gritaba de placer al estar dentro de ella.

Se subió encima de mí y sujetó mis manos con el cordón de su bata a la cabecera de su cama.

Me besó lentamente en los labios y en la mejilla, lamió mi oreja y cuello, mordió mis pezones, e hizo una delgada línea de chocolate desde mi pecho hasta la punta de mi verga.

Con su lengua lamió y chupó cada parte de mi cuerpo que tenía chocolate hasta llegar a la punta de mi pene, en ese punto sentí cómo algo me recorrió desde la cabeza hasta los pies, esa clase de excitación, ese placer e incluso ese tipo de erección era único con ella.

Lamió, succionó, chupó e incluso mordió la punta de mi verga.

Sentir su lengua, sus labios, su boca tocar y rozar toda mi verga, los movimientos que ella me dio me hicieron estallar e inevitablemente exploté.

Ese orgasmo fue como si algo muy dentro de mí al fin pudiera salir.

Ver su boca, cuello y pechos escurriendo de mi semen, me hicieron desear que esto nunca terminara, pero para ella esto solo era el principio.

Descendió sus besos por toda mi pelvis, por el inicio de mi pene, por mis huevos, siguió por mis muslos, siempre acariciando con su linda mano mi verga, masajeándola lentamente, jugueteando con sus dedos en la corona y el frenillo, acariciando y masajeando justo detrás de mis huevos.

Mi verga en esos momentos estaba tan firme y dura que cuando ella se volvió a montar en mí se estremeció, gritó y gimió de placer mientras se movía para adelante y para atrás, de forma circular, de maneras indescriptibles.

Agachó su pecho para susurrarme algo al oído y fue entonces cuando me percaté de lo que me dijo y lo que me había dicho antes «te amo y te amare por siempre».

Un te amo como si acabara de empezar y al mismo tiempo llegara a su fin.

Ese pensamiento me duró pocos segundos porque, al terminar, ella rasguñó todo mi pecho y yo me estremecí al terminar nuevamente, pero esta vez dentro de ella.

Sentir su vagina tan húmeda y caliente, y mi semen recorrer todo dentro de ella era mi mayor perdición.

Nos quedamos abrazados por el resto del día y la noche.

Nuestros cuerpos parecían uno, como si fuéramos dos koalas aferrados uno al otro, no parábamos de besarnos y cada que intentaba preguntar o cuestionar algo, ella mordía mi labio y me besaba hasta dejarme sin aliento.

Así caímos rendidos hasta dormir. Al despertar, ella no estaba a mi lado.

Ese lado izquierdo de la cama se encontraba vacío y frío, ni sus cosas ni su auto estaban, solo encontré una nota que decía:

Cuídate querido Jerry.

P.D. siempre te amaré.

Año de 2011