El Vicio de los Entendidos 8
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Mierda, mierda, mierda.

No todo dura para siempre. Hay que ser muy consciente de lo que uno desee, pues la vida de la nada te lo puede cumplir así sin más ni menos.

Necesitaba un huracán que cambiara por completo mi vida, de esos huracanes que tienen nombre y apellido, pero jamás consideré las consecuencias de mis deseos.

Yo y mi gran bocota. Más bien dicho, yo y mi grandes deseos de vivir cosas diferentes, raras, extrañas, nada normales, de esas cosas que parecen K- drama o telenovelas.

Lamentablemente Leah había desaparecido, tenía cinco días sin ir a la universidad, cinco días sin saber de ella.

Ni su amiga, ni los profesores, ni la escuela sabían de ella, le envié millones de email, me sentí como un acosador, obsesivo, pero qué diablos, no saber de ella en esos días me hizo volver a cuestionar todo, a preguntarme todo.

Ya había ido a su casa a buscarla como diez veces, seguro todo quedó registrado en sus cámaras, seguro me veía como un acosador, seguro no quería saber nada más de mí.

Esa sensación de inseguridad, de desesperación, invadía todo mi cuerpo, simplemente necesitaba una respuesta, distraerme, al menos.

Tomé mis cosas y me dirigí al gimnasio. Si bien tenía bastante tiempo sin ir, específicamente desde que Leah y yo empezamos a follar, pues con ella mi ejercicio era de tiempo completo y terminaba más que cansado porque cogíamos, por lo menos, tres veces al día aproximadamente dos a tres horas.

Cuando dejé de divagar, empecé a caminar hacia el gimnasio sin darme cuenta y por solo ir pensando en Leah, tropecé con una mierda, solo eso me faltaba.

Y no, no me refiero a pisar la popis de un tierno cachorrillo, me refería a que tropecé con Samantha.

—Hola, Jerry, ¿cómo estás?

—Estaba muy bien antes de toparme contigo, estimada Samantha.

—Vamos, Jerry, ¿por qué eres tan cruel conmigo? Yo no hago otra cosa más que amarte y buscarte.

—Exactamente ese es el problema, que no puedas entender que no quiero nada contigo, que no me gustas, que no me atraes, que no siento nada por ti, necesito que me dejes en paz.

—Cómo dejarte en paz si eres el amor de mi vida, si cada día que no te veo, que no te siento, que no estás a mi lado no hago otra cosa que extrañarte, querido Jerry.

—Cuándo vas a entender que no me interesas.

—Vamos, Jerry, esa chica no te merece.

—De qué diablos estás hablando, Samantha.

—La Leah, esa mujer insignificante que vive en el residencial Las Condes.

—¿Cómo diablos sabes de ella?, ¿acaso me estás vigilando, Samantha?

—Sabes que me importas y es obvio que tengo que saber todo lo que haces y con quien estás. Pero, para tu desgracia Jerry, ella vive en el mismo residencial que mis abuelos, y un día te vi con ella.

—Te prohíbo que le hables, que la veas, que la busques o la molestes. Te lo prohibo, Samantha, sino te verás conmigo.

—Lastima, Jerry, justo hace como cinco o seis días atrás tuvimos una charla muy interesante.

—¿Qué mierda le has dicho, Samantha? Sabes que eres patética, eso es patético. No pudiste caer más bajo.

—¿Más bajo? Tú me dejaste sin darme una explicación sensata y/o lógica, solo dijiste esa mierda de «no eres tú, soy yo»amos, Jerry, quién mierda dice eso.

—Es verdad, no podría mentirte con esas cosas, soy yo el que no siente nada por ti, Samantha.

—Eres un maldito, Jerry, pero sabes qué es lo mejor, que jamás volverás a ver a Leah. Y si acaso siguen juntos, sé que te rompería el corazón en mil pedazos, tú no eres nada para esa chica.

—Sabes qué, de ti no quiero saber más. Así que hasta nunca, Samantha.

Me retiré de allí, más que enojado. Jamás había sentido esa sensación de frustración, de odio, coraje, ganas de llorar, gritar de todo al mismo tiempo.

Además de todo, estaba tan preocupado de perder a Leah.

Cuando por fin llegué al gimnasio encontré a Alexander, mi entrenador desde hace mucho tiempo, quien me había ayudado a pasar de un cuerpo delgado y flácido a uno con músculo y tonificado.

Alexander notó el desdén y preocupación con la que llegué a entrenar, y me gritó de lejos que llevara mi enorme trasero a aquellas máquinas.

Él sabía presionarme, pero no hasta explotar, sabía hasta qué punto presionar para que pudiera sacar todo el estrés y emociones negativas que estaba experimentando en ese momento.

—Jerry, concéntrate y golpea el costal más duro —dijo Alexander.

—Mierda, no puedo sacarme a esa tonta de la cabeza, pensar qué le pudo decir a Leah, cómo pudo hacerme esto.

—¿De qué tonta estas hablando, Jerry? —preguntó sorprendido Alexander.

—De mi ex Samantha. Ella fue a buscar a Leah y no sé qué le dijo para que ahora no conteste, no vaya a la universidad, y no sepa nada de ella.

—Pero qué pudo decir tu ex de malo para que Leah desaparezca así — respondió Alexander.

—Pues eso es lo que me tiene tan intrigado y con tantos sentimientos a la vez.

De: Leah

Para: Jerry

Asunto: Follarte por última vez.

Necesito hablar contigo, pasas a mi casa en la noche.

P.D. Besos.

De: Jerry

Para: Leah

Asunto: Ultima vez

Ese tono no me late, ¿pasa algo?

P.D. Momento serio.

De: Leah

Para: Jerry

Asunto: Te extraño.

Sipi. Te veo mas tarde.

P.D. …

No me pude concentrar en todo el día, los minutos se me hicieron eternos.

Pensar en el email de Leah me tenía aterrado, ¿qué podría decirme?

¿qué pasa? ¿me dejará? ¿estará molesta? Esas sensaciones de miedo, estrés e incertidumbre me tenían como zombie y no como los zombies de la primera temporada que apenas comienzan a ser zombies y están sediento de sangre, sino más bien como los que ya están a punto de morir.

Apenas eran las 2:00 de la tarde y sin duda tenía que dirigirme al trabajo, creí que allí el tiempo se me iría más deprisa y que mis amigos me animarían.

Pero no dejaba de suspirar y pensar una y mil escenas donde jamás volvería a ver a Leah.

—Despierta, con esa cara de tonto espantarás a toda las personas —dijo Armando.

—Qué otra cara podría tener el pobre, si Leah ya se aburrió de él, y se marchó sin decir adiós —ironizó Lucas.

—Cierto, Jerry, ¿qué ha pasado con ella? ¿has sabido algo, te ha contestado o contactado? —preguntó Eduardo.

—Con estos amigos para qué he de querer enemigos —repliqué.

—Entiende, estamos preocupados por ti. Nos interesas, pero vamos, esa chica no te merece en qué mundo o qué le impide contactarte —dijo Eduardo.

—Para su información, he recibido un email de ella pidiendo verme en su casa por la noche —contesté.

—Madres, mierda de princesas, pues qué se cree, después de días sin que sepas nada de ella y cree que con un simple email va a arreglar todo e irás corriendo a sus brazos —dijo Lucas.

—Eso es más que evidente, esa mujer lo trae loco, la poca inteligencia y prudencia que tenía la ha perdido por completo. Es más, si ella le dijera «ve al fin del mundo por una ruca y tráemela», apuesto a que mi querido camarada iría sin pensarlo —argumentó Armando.

—Sus comentarios no ayudan de nada. ¿No han pensado que le pudo pasar algo aterrador? Después de todo, ella está aquí sola y no conoce a nadie — repliqué.

—Vamos, Jerry, sé que eres un chico amable, de buenos sentimientos, inteligente e incluso guapo, pero eso no te da derecho de ser todo un crédulo ante una situación tan evidente. Incluso Armando que es tan estupido se puede dar cuenta de que a ella no le importas —mencionó Lucas.

Decidí cambiar de tema y seguir con mis amargos pensamientos.

Pasaron los segundos, los minutos e incluso las horas, pero el tiempo parecía estático, como si no avanzara.

No podía seguir así, tomé mis cosas y decidí marcharme del trabajo a las 6:00 de la tarde.

Necesitaba un baño de agua helada, un buen café caliente y dejar que mis pensamientos se disiparan para poder entender a Leah.