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Mango o Jerry.
Follar con Leah se volvió una rotunda adicción, era imposible parar.
No era el simple hecho de, a la hora de follar, estar dentro de ella y sentir cómo mi pene estallaba al momento de terminar, sino más bien significaba todo lo que había antes, durante y después de follar.
Es decir, todo ese acto placentero, el tocar todo su cuerpo, besar sus hermosos labios, sentir sus grandes pechos, y
recorrer con mis manos sus hermosas piernas. Era adicto a sus piernas, era adicto a ella. A quedarme abrazándola después de follar, de platicar con ella hasta quedarnos dormidos, de despertar a su lado y ver su lindo rostro despeinado y somnoliento. Para mí, esa sensación era una rotunda adicción.
De: Leah
Para: Jerry
Asunto: Antojos…
Extraño, quiero un mango, deseo un mango, necesito un mango.
P.D. Vamos.
De: Jerry
Para: Leah
Asunto: De mi.
¿Me extrañas?, ¿a donde?
P.D. Te extraño mucho.
De: Leah
Para: Jerry
Asunto: Mango, mango, mango…
Podría decirte que te extraño pero sería una mentira, aunque siendo honesta extraño follarte, pero esta vez quiero un mango.
P.D. Pasa a las 10:00 am mañana sábado, vamos a Almogía.
De: Jerry
Para: Leah
Asunto: Entonces solo soy tu máquina de follar.
ok.
P.D. Nos vemos mañana.
—Hola, hermosa, ¿cómo estás? —le dije a Leah.
—Con ganas de follarte antes de ir por mi mango.
—Esta vez primero tendremos una cita normal —repliqué.
—No, Jerry, yo no soy normal. ¿Cómo podría tener una cita normal? —refunfuñó Leah.
—Anda, Leah, solo inténtalo por mí.
—Ni por ti, ni por nadie, Jerry. Quiero follarte.
—Hagamos un trato, Leah. Bésame y, si me dejas caliente, follamos. Si te beso yo, y te dejo caliente, tenemos una cita normal.
—Me late, Jerry. Empiezo yo.
Se acercó a mí lentamente, tocó mi cabello y me besó de una forma que era imposible no excitarme.
Sin embargo, esta vez quería algo más, la quería a ella, y tuve que pensar en mi maestra de historia desnuda para que no se me pusiera duro.
Cuando terminó de besarme, al darse cuenta de que no me excitó se molestó un poco, y me dijo que no quería que la besara y la dejara caliente, que aceptaba la derrota y que aceptaba una cita normal.
—Pero primero vamos por un mango, Jerry —refunfuñó Leah.
—¿Cómo sabes que en Almogía hay mangos? Es más, ¿por qué quieres un mango, Leah?
—No sé, simplemente amanecí de antojos.
—¡Antojos! Eso me suena tan raro —repliqué.
—¿A qué te suena, Jerry?
—A que estás embarazada y vamos a tener un hermoso bebe juntos —respondí.
—Jerry, estás loco, ¿por qué hablas de temas tan tontos?
—¿Te gustaría tener un bebé conmigo? Además, siempre lo hemos hecho sin condón—dije.
—No, no quiero bebés, ni contigo ni con nadie.
—Anda, solo tengamos uno —le dije.
—Ya deja de decir bobadas.
—No son bobadas, Leah. Me encantas, eres extrañamente inteligente, divertida, amo tus hermosas piernas, me fascinan tus labios, deseo tu compañía todo el tiempo, extraño cada momento que no estoy a tu lado. Estoy enamorado de ti, Leah —confesé.
—Enamorado de mí, ¿y eso qué significa? —preguntó.
—Que quiero que seas mi novia —le propuse tomándola de las manos.
—No lo sé, Jerry, no te quiero lastimar —respondió.
—¿Lastimarme? ¿por qué lo harías? —le pregunté a Leah.
—Simplemente las personas que me interesan siempre salen heridas.
—Prefiero correr el riesgo que vivir un día más sin tu compañía, sin que seas mi novia.
—Lo siento, Jerry, no quiero hacer incomoda esta situación, pero simplemente no
puedo ser tu novia. Podemos seguir follando y viéndonos, pero novios no. No quiero que eso pase.
—¿Por qué tu rotundo no? ¿puedes decirme?
—No es que sea un rotundo no, simplemente no quiero que ese corazón tuyo tan hermoso y puro que tienes se desvanezca o cambie y se convierta en una roca, en un hielo o tema demostrar lo que siente y por quien late.
—¿Y por qué crees que eso pasará Leah?
—Existen personas normales y personas locas —un poco deschavetadas sabes— y yo soy la segunda. Estoy un poco loca, dicen que soy como un mal necesario, y además soy ese huracán que cuando llega jamás nada permanece igual y no me gustaría desacomodar tu cómodo mundo.
—Está bien, por ahora no insistiré, pero quiero decirte que no me daré por vencido porque lo que quiero ahora es estar juntos siempre, y quiero que seas mi novia.
—Y lo que yo quiero es que follemos mínimo tres veces al día.
—Sí, lo haremos, pero también saldremos, nos conoceremos, y estoy seguro de que nos amaremos —contesté.
Leah se mostró un poco receptiva de ser mi novia y, a pesar de que no aceptó, se empezó a mostrar tan cariñosa conmigo, tan amorosa y amable que esa faceta de ella me fascinó.
El caminar por la calle tomados de la mano como si nada más existiera, como si no hubiese ninguna otra preocupación más que disfrutarnos, comer un mango de esos que venden en los puestos ambulantes con tanto limón, sal y picante, sentarnos en una banca para disfrutar el mango y del paisaje.
Esas pequeñas cosas que empezamos a hacer juntos significaron para mí una vida juntos que, además de quedar grabadas en mi mente y corazón, tenía que plasmarlas en fotografías.
—Jerry, he notado que te has vuelto adicto a tomarme fotos —comentó Leah.
—Adicto, eso no es verdad. Solo tengo unas cincuenta, quizás cien o tal vez doscientas fotos tuyas —contesté.
—¿Por qué? —preguntó.
—Es lógica básica. Mira, me encanta tomar fotos y me encantas tú —repliqué.
—Jerry, tiene que haber otro motivo, esa es una respuesta banal —refunfuñó.
—Cuando no estás a mi lado te extraño demasiado y entonces veo tus fotos — contesté.
—Pero yo no tengo ninguna foto tuya, ni mucho menos juntos, ¿podríamos sacarnos algunas y me las envías? Por favor, Jerry —exclamó.
Nos tomamos tantas fotos juntos que ese día me la pasé sensacional.
Realmente hacíamos una hermosa pareja, que además de entendernos, nuestros cuerpos se fundían uno con el otro cuando estaban juntos, teníamos muchos gustos similares y estudiábamos lo mismo.
Si bien ella era divertida, sarcástica, de carácter fuerte, sin filtros, extravagante, muy rara y diferente y yo era un chico normal y aburrido, eso no nos impedía estar juntos y aprender uno del otro.
Los siguientes meses fueron de sexo desenfrenado, viajes placenteros, charlas nocturnas, juegos perversos, secretos abiertos.
Nos empezamos a conocer como un libro abierto, yo sabía todo de ella y ella sabía todo de mí.
Amor, ¿que es el amor? Si. lo que sentíamos uno por el otro no era amor, entonces me pregunto qué era esa sensación tan placentera, de disfrutar un baile bajo la lluvia, una canción interpretada por ella sin ritmo ni melodía, una taza de café al lado de una chimenea rodeados de una manta,
aquellas largas caminatas, las interminables tardes de plática, aquellos juegos sin sentido, las lecturas tirados en el césped y debajo de un árbol, aquellas botellas de vino que nos tomamos jugando ajedrez, en fin, cuestionar qué era el amor, y si lo que sentía por ella era amor,
no era mi principal objetivo, lo que ambos buscábamos siempre fue disfrutarnos cada momento y cada día.