El Vicio de los Entendidos 4
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Terminar es la meta.

Faltaban solo dos horas para, al fin, ir a casa de Leah.

No podía estar más nervioso. Sí es verdad que siempre sé qué vestir, qué perfume usar, y qué decir, pero esta vez ya me había cambiado tres veces, no podía decidir qué zapatos, pantalón, y camisa usar.

Finalmente, solo me puse un pantalón de mezclilla y una camisa a cuadros verdes, me peiné como siempre y me puse el mejor perfume que tenía.

Tomé mis cosas y me dirigí a casa de Leah.

Cuando llegué a su casa estaba tan nervioso que puse mi cara de serio para disimular, luego de tocar el timbre solo tardaron unos segundos en abrir, era ella con una enorme sonrisa preguntándome por qué cambié tan repentinamente mi cara de serio/seductor a enojado/amargado.

No pude estar más avergonzado.

—¿Sabías que tengo cámaras y te vi llegar hace cinco minutos? —dijo Leah.

—¿Por qué me acosas? —refunfuñé.

—Solo observo a mi presa —contestó Leah riendo.

Me invitó a pasar, me ofreció una bebida y me dijo que la esperara en la sala en lo que subía por su bolsa, ya que me llevaría a un lugar donde se me quitara mi cara de enojado.

Ella usaba unos tenis azules, un vestido azul muy primaveral, una chaqueta de mezclilla y llevaba su cabello suelto algo despeinado, pero se veía hermosa.

Cuando bajó, llevaba una gorra negra y su aroma era tan delicioso que podría perderme entre su cuello y sus pechos todo el día.

Tomó mi mano y salimos de su casa. No podía más que pensar a dónde iríamos, ella no decía nada, solo me llevaba a toda prisa de la mano.

Sin duda disfrutaba ir tomado de su mano, no sabía si ella ya había notado que íbamos tomados de la mano o por la prisa que llevaba no se había ni percatado.

—Listo, llegamos, Jerry —dijo Leah con un tono de satisfacción.

—¿Qué es este lugar? — le pregunté a Leah.

—Este lugar es el mejor sitio de mi vida. Aquí tu cara de enojado y de amargado se te va a quitar —exclamó Leah.

—Ya te dije que no tengo cara de enojado, pero está bien. Dime qué hacemos aquí.

—¿En verdad no sabes qué es esto, Jerry? —contestó Leah un poco molesta.

—En verdad, Leah. Jamás había visto algún sitio de este —exclamé.

—Bueno esta es una «sala de ira». Aquí puedes sacar tu estrés, tu enojo, tu rabia, todo lo que sientas, rompiendo cosas —explicó Leah.

—Y vienes seguido acá —pregunté.

—En la ciudad donde vivía iba seguido a las salas de ira. Acá es mi primera vez, pues apenas llevo tres semanas viviendo aquí —explicó Leah.

Este era un lugar asombroso. En verdad tener un lugar donde puedas gritar, reír y romper tantas cosas como sea posible es simplemente otro nivel. Nunca pensé que romper algo sacaría de mi ser una risa tan profunda.

—Me encanta tu cara cuando ríes —exclamó Leah.

—Mi cara de serio es más sexy —respondí.

—No, Jerry, no es sexy, es aburrida —se carcajeó Leah.

—Vamos, no te burles de mí. Simplemente soy serio, no aburrido —refunfuñé.

—Es broma, sé que no eres aburrido. Es más, tu cara de serio invita a descubrir tus más profundos pensamientos, a querer probar tus labios y a perderse en tu intensa mirada —dijo Leah.

—Te pasas, Leah —repliqué.

—Bueno, ahora sí podemos empezar el proyecto con la meta de terminar. Te propongo que en mi casa lo primero que hagamos sea una batería de preguntas y, luego, pensar a quién realizarle esas preguntas —comentó Leah.

—Me parece bien. ¿Te parece si las cinco personas a las que le realizaremos las entrevistas sean dos hombres y tres mujeres?, ya que por lo regular los hombres cuando cogen solo se preocupan en su placer y muchas veces no se preocupan en que su pareja sexual llegue hasta explotar —le dije a Leah.

—Orale Jerry, tuviste una muy buena idea. No cabe duda de que esta sala te sirvió mucho — contestó Leah con un poco de sarcasmo y risa.

Al llegar a su casa, me costó un poco concentrarme, pues el ambiente era tan ideal para no solo follar sino hacer el amor todo el día.

En su enorme sala, en su cómoda cama, en la cocina, en el suelo, en toda la casa, pues solo estábamos ella y yo escuchando música de The Lumineers, The Beatles, Coldplay, James Blunt y no podía faltar Maná, ya que le encantaba escuchar Maná.

Escucharla cantar y bailar la canción The Ballad Of Cleopatra de The Lumineers, me hizo perderme en ella, pues tomó mis manos, rozó mis labios con los suyos, acarició mi rostro y despeinó mi cabello.

Esa mujer no solo me encantaba, me volvía loco.

Probar sus labios, tocar su cuerpo, besar su cuello y perderme en sus brazos es todo lo que quería.

—Tengo hambre —susurró en mi oído Leah.

—Espera, solo falta una pregunta más y podemos salir a comer —contesté.

—Para qué salir si aquí está todo lo que necesito para saciar mi hambre.

—Me dijiste que no sabías cocinar y que conocías un lugar muy rico de comida mexicana.

—Oh cierto, no aclaré qué tipo de hambre tengo —susurró en mi oído.

La observé por un par de minutos, acerqué mis labios un poco a los suyos y ella simplemente se alejó, exclamando «hambre de unos ricos helados».

Mierda, no podía creer que seguía cayendo en sus provocaciones, en sus ironías, y yo solo me derretía ante ella como ese helado en su boca.

Cuando terminamos la batería de preguntas, acordamos salir a comer y después realizar las entrevistas.

Ella contactó a tres amigas y yo contacté a dos de mis amigos para que nos ayudaran y participaran en las entrevistas.

Nos quedamos de ver en un restaurante de comida mexicana en la calle Irlanda.

—¿Te parece si pasamos y pedimos la mesa del fondo y la más grande para esperar a nuestros amigos? —dijo Leah.

—Sí, claro —asentí con la cabeza.

Al esperar sentados en la mesa, un silencio incómodo pasó por más de tres minutos. No sé por qué si todo el día nos habíamos sentido tan bien, pero la cara de Leah se tornó algo seria, por eso me sorprendí y, a la vez, me angustié.

—Leah, ¿te sucede algo? —le pregunté.

—¿Te puedo hacer una pregunta seria, Jerry? —contestó.

—Sí dime, sácalo —repliqué.

—¿Tienes novia? —preguntó.

Las palabras se fueron de mi boca. No sé qué me ocurrió, cuestionarme por qué esta chica es tan directa me dejó perplejo. En fin, ella me gustaba mucho y esta era mi oportunidad para conquistarla.

—No, no tengo novia. He estado sin novia por un buen rato, ¿por qué preguntas? —respondí.

— Ahora entiendo todo —contestó.

—¡Todo!, entiendes todo, ¿de qué hablas? ¿qué todo? explica —refunfuñé.

—¡Hola, hermosa! ¿Cómo estás? —dijo una voz extraña.

—Amiga hermosa, estoy muy bien y tú, ¿cómo te va? —contestó Leah.

—Jerry, te presento a Eveline.

—Hola, Jerry.

—Pero cómo es tu amiga, si ella tiene apenas pocas semanas que llegó a vivir a Gandía —dije.

— Oh, es una buena historia el cómo nos conocimos. No le has platicado.

—Verás, algunos meses antes de que entrara a la universidad, tomé unas largas vacaciones, de esas vacaciones en donde solo tomas tu pequeño equipaje de mano, un libro y tomas el primer autobús, tren, ferry o avión que salga.

Simplemente compras el primer boleto sin importar el destino, te subes a bordo y disfrutas del viaje.

Mi primer destino fue Sevilla. Allá duré solo dos días caminando sin rumbo y fotografiando cosas mundanas, después llegué a Toledo y allí solo me quedé cuatro días.

Me agradó mucho la ciudad, la comida y tengo tantas fotografías de comida.

Continu por Salamanca. Su arquitectura, sus pequeñas casas de colores, sus calles, su gente, me encantó, pero solo me quedé tres días, pues el siguiente viaje era muy lejos hasta Gerona.

Disfrute el ambiente, pero solo me quedé tres días, y mi destino final fue Valencia.

Allí es donde más duré, pero en la capital solo estuve un día porque cada día recorrí cada uno de sus pequeños pueblos.

Si bien no recorrí todos, Gandía fue uno de los que tuve la oportunidad de conocer.

Cuando llegué aquí estaba cansada y perdida y Eveline me ayudó a encontrar un espacio donde dormir y a conocer todo el lugar —contó Leah.

—Sí, pero aun no me has contado por qué te viniste a vivir para acá — repliqué.

Se acercaron dos chicas agradables, amigas de Evelin.

— Ellas son Carla y Ross —dijo Eveline.

—¡Hey¡ Jerry ¿cómo estás? —una voz ronca replicó.

—Lucas, Armando y Eduardo, vengan y siéntense acá —contesté.

—Ellos son mis amigos —les comenté.

Por fin todos sentados, cenando y platicando, no podía dejar de pensar a qué se refería Leah con que al fin entendía todo y por qué se vino a vivir para acá pudiendo ir a cualquier lugar.

Por qué a este pueblo, qué tenía este pueblo de especial.

Aunque la situación y el proyecto con todos nuestros amigos y amigas me distrajo demasiado.

En mi cabeza no me quitaba la idea de que esta chica algo escondía, algo no me quería decir o simplemente algo no estaba bien.

Y yo tenía que descubrirlo, tenía que saber qué pasaba antes de enamorarme más, antes de no poder vivir sin ella.

Tenía que descubrir por qué a Gandía. No es una casualidad ni es por Eveline que se vino a Gandía.

Las respuestas de nuestros amigos fueron algo sutiles e inusuales.

Eveline refirió que solo su actual novio la ha hecho correrse y explotar mientras él se encuentra adentro, que esa sensación tan peculiar e inusual no le había pasado con algún chico anterior, que quizá era porque le amaba, o quizá porque coge muy bien y sabía perfectamente lo que ella necesitaba,

pero follar con su novio era como una adicción, aunque después de follar se siente un poco triste porque cree que él la engaña, y que ella no es suficiente para él, pues jamás le ha dicho que le ama.

Su peor polvo fue la primera vez que tuvo sexo, ya que el chico no duró ni tres minutos dentro cuando terminó, o sea, le tocó un eyaculador precoz.

Carla comentó que ella no ha tenido el placer de terminar de sentir ese orgasmo que todas merecen, que solo finge gemir, disfrutar y terminar, y que después del sexo se siente muy vacía, muy hueca y sin sentido ni extasía.

Ross es fanática al sexo y a todos los consoladores, juguetes sexuales o todo aquello que le pueda dar placer.