El Vicio de los Entendidos 2
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Y entonces llegó ella.

Fotografía, aunque la clase nos la impartía ese profesor que por más que lo tuviera enfrente no sabría apreciar el verdadero arte, era por más mi materia favorita.

Todas las vacaciones trabajé en esa patética tienda departamental siendo tan amable y agradable con el fin de comprar mi cámara profesional, me preguntaba si valdría la pena.

Si bien no la sabía usar, estaba tratando de enfocar, pero ¿qué es eso?

, estás alucinando Jerry, me pregunté. No podía dejar de mirar a través del lente, creí que era mi imaginación, de otra forma no podría ser, estaba viendo el rostro más hermoso que jamás podría haber imaginado.

Una voz gruesa irrumpió lo que estaba viendo.

—Chicos, chicas, por favor guarden silencio —exclamó el profesor Claudio.

Claudio ere una buena persona aunque no era un buen profesor, rondaba por los cuarenta años, tenía algunas arrugas en su rostro, algunas canas también, vestía como aquellas películas en blanco y negro, pero era por demás un agradable profesor, con ese entusiasmo por enseñar.

Me pregunté de qué se trataba para que se atreviera a silenciar a todos, ya que por lo regular siempre iniciaba su clase pasando lista.

—Ella es su nueva compañera —dijo presentando a aquella chica tan radiante que mi

lente captó.

—Hola, mi nombre es Leah, tengo 20 años y soy de…

—Eres de mi corazón —interrumpió el tonto de Tomás.

Leah se sonrojó y todos se soltaron a reír. El profesor los hizo callar.

—Anda, busca un lugar y siéntate —le dijo a Leah.

Mi corazón comenzó a latir a mil por hora, parecía que se iba a salir de mi pecho, mis manos empezaron a sudar, mi boca se secó, no sé qué me sucedió.

Sí, ella era una chica que llamaba mucho la atención, no solo por su deslumbrante belleza, sino por esa enorme y hermosa sonrisa, por sus ojos marrón claro tan brillantes y penetrantes que sin duda te pierdes en su mirada.

Leah se quedó parada enfrente del salón de clases, observando detenidamente todo a su alrededor.

Era como si hiciera un análisis de los pros y contras de sentarse en cada uno de los espacios vacíos que quedaban en el aula del salón.

Había uno justo enfrente del escritorio del profesor, pero quién en su sano juicio se sentaría ahí, el segundo estaba solo dos pupitres al lado del mío, en mi cabeza rogaba porque escogiera ese asiento, y el último espacio vacío estaba enfrente del salón,

justo al lado del grupito de chicas que se la pasaba hablando de la historia del cine.

Leah parecía tan concentrada, como si su decisión por escoger un espacio para sentarse fuera a marcar el resto de su vida, y quizá es verdad.

El cómo te tratarán en el salón de clases depende de dónde te sientes, por lo que comenzó a caminar despacio, dio la vuelta, se quitó la mochila del hombro y se sentó enfrente, justo al lado de esas chicas.

Yo, por otro lado, no podía dejar de mirarla aunque solo alcanzara a ver su largo, oscuro y ondulado cabello, su suéter blanco, sus Converse blancos y su mochila negra.

El profesor Claudio pidió que nos juntáramos en equipos de cinco para salir a fotografiar tres objetos en los que nos pudiéramos inspirar para presentar la próxima clase.

Me alegré, pensé que esta era mi oportunidad de conocerla, pero las Sofías (así le nombraron a ese grupito de chicas que se sentaba enfrente) se abalanzó hacia ella.

—Leah, sé parte de nuestro equipo, vamos vente —le dijo.

—Sí, voy —dijo ella sonriendo.

Leah se levantó del pupitre y caminó hacia afuera del aula con las Sofías.

Yo no podía dejar de tomar tantas fotos como el tiempo me lo permitiera, esta vez opté por hacer equipo con el grupo de chicos que solo hablaban de pornografía.

Sabía que uno de ellos, Franco, era amigo de las Sofías.

Tomé mi cámara y me dirigí a la salida junto con ellos.

Franco quiere follar con las Sofías, por eso parece su perro faldero, es decir, siempre las sigue a donde quiera que van, pero las Sofías no le hacen caso, quizá no es de su agrado o simplemente no les apetece coger con él.

Dicho y hecho, Franco corre hacia donde van las Sofías, las alcanza, las toma del brazo y les sugiere ir a tomar fotos al jardín, no se le pudo ocurrir un lugar mejor.

—Escuché que tienen una facultad de ciencias forenses —exclama Leah.

—Sí, se encuentra en aquel edificio —dice Franco.

—Me imagino que tienen montadas escenas de accidentes, suicidios y algunos homicidios —murmura Leah.

—Te interesa esa clase de fotografías —responde Sofía.

Leah asienta con la cabeza, y Sofía propone ir al edificio a mostrarle todas las escenas a Leah y de allí tomar las tres fotografías. Nunca pensé que a ella le gustara ese tipo de cine, se ve tan tierna del rostro, tan amable y agradable.

Esa escena, en particular, me pareció tan aterradora.

Este tipo de fotografías no es el que suelo sacar, a mi me agradan más los paisajes, el arte, los diferentes lugares, los animales, qué sé yo, todo aquello tan colorido y extravagante.

No la escena recreada de un feminicidio, de un suicidio de un joven ahorcado en un árbol, o de un accidente de hechos de tránsito.

No sé qué le puede agradar a Leah de acá.

Cuando estábamos tomando las fotografías de las múltiples escenas, Leah no hacía más que mirar las diferentes cámaras, no se veía entusiasmada, ni tomaba alguna fotografía.

Me asombraba su rareza, nunca conocí a una chica más rara, me pregunté entonces por qué nos trajo para acá.

En la última escena, la de la simulación del suicidio, Leah se acercó tanto al árbol donde estaba colgado aquel joven, que empiezó a fotografiarlo de cerca.

Se veía como si el árbol tuviera venas, era un hermoso árbol no lo puedo negar, pero jamás lo había admirado tanto, de qué tipo de árbol se trataba para que ella estuviera tan extrañada y ensimismada, todos la observábamos boquiabiertos,

no podíamos creer que su fascinación llegara al grado de colarse en la escena y tomar las fotos lo más cerca posible.

—Árbol sangre de dragón se llama —murmura Leah.

Todos asentimos con la cabeza.

—¿Por eso querías venir hasta acá? —preguntamos.,

—Sí, amo los árboles raros y este es uno de ellos. Por eso vine hasta acá —contesta.

Árboles raros, quién demonios habla en estos tiempos de árboles. No me malinterpreten, simplemente qué demonios hace una chica tan increíble pensando en árboles. Saber y conocer que ella es más rara que ese árbol al que acabamos de ver me intriga por demás.

—Leah, aparte de los árboles raros, ¿qué te gusta apreciar? —pregunté.

Se acercó, con su mirada penetrante, despacio hacia mí —Un buen trasero como el tuyo —dijo.

Todos mis compañeros se echaron a reír. Nadie en su sano juicio era tan despectivo conmigo, pues a un chico así de serio como yo solo se le puede tratar bien.

Al regresar a las aulas, solo podía pensar en el momento en que se acercó a mí, tan cerca que parecía como si me fuese a dar un beso, solo pude ver sus brillantes ojos, sus labios tan húmedos, y sus mejillas rosadas.

Leah tenía unas cejas muy pronunciadas, definidas y negras, unas pestañas enormes y rizadas, un cabello largo oscuro en la sombra y un poco brilloso en el sol, sus labios eran tan perfectos, rojos y húmedos.

Media como 1.59 o 1.61, no estoy seguro, solo sé que soy más alto que ella.

Sus pechos eran simplemente enormes, su cintura delicada y definida, un buen trasero y unas hermosas piernas, pero sus manos demasiado frías.

Al estar divagando, Leah se levantó de su pupitre y se acercó lentamente a mí.

—Hola ¿cuál dices que es tu nombre? —preguntó Leah.

—Jerry, me llamo Jerry ¿y el tuyo? —contesté.

No podía creer que le hubiese preguntado eso cuando recién se acababa de presentar y ella era la chica nueva. Me puse tan avergonzado y nervioso que hasta ella se percató.

—¿Qué nombre te gusta, Jerry? Si no te agrada el mío, puedes llamarme como mejor te parezca ¿Qué tal Cecilia, Melissa o María…?

—Me refería a tu apellido —interrumpí.

—Cano. Leah Cano. Mucho gusto.

—¿Y por qué te cambiaste a mitad del segundo semestre?

—Estoy en busca de aventuras.

—¿Aventuras? ¿Aquí en este pequeño pueblo? Te pasas de sarcástica. Ya, enserio, dime qué te trae acá ¿Por qué viniste a Gandia?

—Verás, yo soy de Málaga y me mudé a estudiar la universidad en Valencia. Allá estuve por casi un año, pero pasó un evento traumático que me hizo huir y esconderme en este pequeño pueblo donde la vida y las cosas son tan rutinarias y agradables a la vez.

—Un evento traumático, ¿a qué te refieres, Leah?

—Sabes, Jerry, para ser el más serio del aula eres el más curioso.

—El más curioso yo, por favor, solo traté de ser amable contigo y hacerte sentir bienvenida en la escuela.

—¿Seguro? Pues te agradezco la amabilidad, pero no lo necesito. Necesito otras cosas como…

—Jóvenes, silencio. Que guarden silencio ya y siéntense en sus lugares —dice el profesor Claudio.

—Para el proyecto final, formen parejas y las instrucciones las envío a su email — murmura el profesor.

—Profe, yo no quiero trabajar con los rechazados —grita Sofía.

—Yo formaré las parejas, señorita. Esto no es complacencia para nadie —refunfuña el profesor.

—Felipe con Julieta, Armando con María, José con Daniela, Franco con Esmeralda, Elway con Sofía…

—Yo no tengo tiempo de trabajar en pareja. Trabajo por las tardes —grité frustrado.

—Gracias por la información, joven, la tomaré en consideración —contesta el profesor.

—Mariana con Jesús, Martín con Martina, Manuel con Marisol, Manuel López con Julieta María, Jerry con Leah…

—¡Carajo! —exclamé gustoso.

—Joven, guarde silencio. Se reúnen en pareja y elaboran su trabajo para el último fin de semana del mes —dice el profesor.

Leah fija su mirada en mí, me sonríe, y camina despacio hasta mi pupitre.

—Eres muy guapo, me llamas mucho la atención. ¿Quieres salir conmigo? —dice.

Otra vez estoy imaginando.

—¿Qué? —contesté.

—Hola de nuevo, ¿quieres un chocolate?, ¿qué piensas para el proyecto? —dice Leah.

Sí, realmente estaba imaginando. Sus palabras me sonaron más a «me gustas» que a «¿quieres un chocolate?». Quería que me dijera «¿quieres salir conmigo?» en lugar de «¿vamos a hacer el proyecto?». Indudablemente se escuchaba mejor en mi cabeza.

Vamos, Jerry, contrólate. No te puedes poner ahorita nervioso, esta es tu oportunidad para conocerla. Tenía que idear un plan para verla después de clase, no podía perder esta oportunidad.

—Mira, yo no puedo quedarme después de clase, ¿te parece si nos vemos más tarde y así me dices qué necesitas?

—¿Qué necesito?

—Sí, qué necesitas. No me dijiste, ya que interrumpió el profesor.

—¡Oh! Ya, ¿seguro que quieres saber qué necesito? Pues mira, en primer lugar necesito que te concentres y saquemos buenas notas en este proyecto, ya que mis notas son impecables.

—Oh, no sabía que eras de esas chicas que le importan las notas.

—No te equivoques conmigo, Jerry. Las notas no son lo que me importan, sino lo que puedes hacer con ellas. Entonces nos podríamos ver en donde tú digas.

—¿Te parece si nos vemos a las 7:00 de la tarde en el centro comercial que se encuentra en la calle Argentina?

—Está bien, nos vemos allí, pero no faltes —dice Leah.

Cómo podría faltar, si esta es mi oportunidad para conocerte, para saber todo de ti, saber cuál es tu comida favorita, tu libro favorito, tu película favorita,. Podría tomarte una y mil fotografías, a ese hermoso rostro, a ese sexy cuerpo, a esos enormes pechos y a esas increíbles piernas.

—Despierta, Jerry, ¿estás aquí? —pregunta Leah.

—Sí, sí, sí allí nos vemos —contesto.

Oh, mierda. Avanza reloj, avanza, ya quiero que den las 6:00 para salir del trabajo e ir a ver a Leah. Me la he pasado pensando todo el día en que decirle, cómo vestirme, qué perfume usar, de qué hablaré con ella. Mierda, mierda, nunca había estado tan nervioso. Mierda.

—Ayuda, Jerry, Lucas me quiere golpear —exclama Armando.

—¿Qué ocurre, Armando? Ahora no estoy para tus estupideces —le grito.

—Detenlo, Jerry, detenlo —grita Lucas.

—¿Qué carajos pasa? —pregunto enfurecido.

—Lucas estaba en el baño y Armando golpeó la puerta y la abrió para tomarle una fotografía y amenazar que la iba a subir a redes sociales —respondió Eduardo.

—Chicos, déjense de estupideces que necesito de su ayuda —murmuré.

Todos ellos me prestaron atención y les conté sobre Leah.

—¿Te gusta? —interrumpe Eduardo.

—No solo me gusta, estoy enamorado de ella. Sí, lo sé, la acabo de conocer hace unas horas apenas, pero es realmente única. Es tan hermosa, sexy, inteligente, diferente, enérgica, sarcástica y rara, que nunca imaginé que alguien así existiera.

—Cómo podrías estar enamorado de ella, tú nunca te has enamorado —grita Lucas.

—Follas por el placer de follar, has tenido novias y jamás nadie es suficiente para el tan perspicaz Jerry —exclama Armando.

—Realmente te hemos perdido —concluyen los chicos.

Pero cómo podría estar enamorado de ella.

Me pongo a pensar y creo que tienen razón.

La acabo de conocer, ¿enamorado yo? No, no creo estar enamorado, solo me deslumbró demasiado, es algo rara y diferente al resto, no lo puedo negar.

Quizá solo sea intriga la que tengo hacia ella, indudablemente la tengo que conocer.

—Pero, ¿cómo es ella, es decir, está buena? —pregunta Lucas.

—Buena, buenísima —respondo—.

Tiene un hermoso cuerpo, tiene unos enormes pechos y unas piernas espectaculares.

Me fascinan sus piernas, podría perderme en ellas toda la noche, su boca me invita a probarla, su aroma es tan sutil, apuesto a que usa una clase de perfume fresco.

Su mirada es tan intensa que te reta a mirarla, su risa es tan contagiosa que jamás paras de reír a su lado y es tan sarcástica que jamás te das cuenta de lo idiota que eres a su lado —concluí.

—Tenemos que conocerla, ¿dónde dices que se verán? —pregunta Armando.

—Imposible —grité— Ustedes no la pueden conocer aún, necesito conocerla yo primero.