El Vicio de los Entendidos
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Jerry, el alumno serio.
Yo nunca fui de esos chicos que creen en el amor placentero y absoluto.
A mi edad me bastaba con sacar buenas notas, tener un empleo y follar.
Es decir, no buscaba una mujer que con el brillo de su mirada iluminara mi pequeño mundo, que con su sonrisa me hiciera imaginar toda una vida con ella, que con su sarcasmo irrumpiera mis pensamientos,
que con sus besos me volviera más que loco o que con sus abrazos me hiciera sentir tan seguro y amado.
Nunca anhelé tener esa clase de sexo brutal donde empiezas por besarla despacio, morderle el labio inferir, sostener su cintura con la mano derecha y con la izquierda acariciar su cabeza, recorrer con la lengua su cuello,
desprenderla de su ropa y tumbarla en la cama para acariciar todo su cuerpo desnudo con la lengua, besarle y chuparle los pechos en lo que mis dedos la hacen terminar, para que después ella se monte y luego, muy lentamente, se mueva para adelante y para atrás.
Y, para culminar, ponerla en cuatro, tomarla por las nalgas y entrar y salir, entrar y salir, siempre haciéndola gemir y pedir más y cuando termine dentro de ella, sentir ese calor infinito.
Y no, tampoco lo buscaba, pues vamos, en este pequeño pueblo nunca pasa nada interesante. No podía haber chicas más normales.
Samantha era bella pero aburrida, ese tipo de chicas con las que después de un tiempo simplemente te aburres y dejas de mostrar interés.
Y no, no es que ella fuese aburrida, o fea, pero era de esas personas que, simplemente por definición, son tan normales que es predecible conocer y saber todo de ellas.
Samantha me buscó durante un buen tiempo y podíamos coger cuando quisiera, pero simplemente ya no estaba esa «emoción», era ya un simple coito carente de sentimientos, y simplemente me aburrí.
Y en esos momentos es cuando las preguntas recorrían mis pensamientos, el preguntarme cuándo el drama, cuándo la locura, cuándo las malas patas, cuándo los tropezones, cuándo la incertidumbre, cuándo la nostalgia, cuándo la rareza. Esa
rareza y esa locura que por definición te penetra hasta despertar y cambia tu vida para siempre una y otra y otra vez, sin jamás aburrirte.
Debo aceptar que este mundo ya estaba demasiado jodido como para querer que mi vida tan normal, tan predecible y simple cambiase.
Es solo que simplemente ya me encontraba aburrido, nunca nada raro me pasaba, estaba enfadado de lo mismo.
Físicamente no era feo, tenía el cabello de un anuncio de televisión y mi voz era muy sexy, era un poco alto, delgado y muy inteligente.
Bueno, al menos eso era lo que decían aquellas chicas sobre mí.
Aun así, no me sentía tan ambicioso como para pensar en el amor, sabía que estaba lejos de enamorarme.
Sabía que el amor no era algo que me ilusionara, que quisiera o que simplemente buscara.
Mis metas, mis sueños y deseos eran otros.
Para mi mala suerte, las vacaciones habían terminado y tenía que volver a esa aburrida aula donde no era más que Jerry, el chico serio de la clase.
No me molestaba hablar, simplemente todos en mi clase se me hacían un poco zopencos.
En realidad, creo que pasaba porque yo era mayor que ellos, pues anteriormente había cursado un año de la licenciatura en derecho, y ya había pasado por esas bobadas.
Cuando recién había cumplido mis dieciocho años creí que estudiar derecho era lo que yo más anhelaba, me veía especializándome en derecho penal, pero cuando culminé el primer año me planteé mis decisiones y opciones.
Eso no era para mí, necesitaba encontrar aquello en lo cual pudiera sentirme pleno, y viajar libremente.
Como siempre, al llegar a la universidad ese olor recorrió todo mi cuerpo: aulas limpias, marcadores nuevos, libros viejos, café caliente y crêpe de chocolate.
Mi lugar en el aula siempre fue el de atrás, me gustaba ser espectador.
Enfrente de mí se sentaba un grupo de chicos que solo hablaba de las nuevas películas pornográficas de anime que vieron, enfrente del salón se sentaba ese grupo de chicas que solo
hablaba de la historia del cine (como si no tuviera ya suficiente con las clases) y del lado izquierdo ese grupo de chicas que solo hablaba de chicos.
Enterarme de que el novio de Isabel se metió con Camilla, la del salón de al lado, me hacía querer pararme e ir a ver quién era esa tal Camilla.
A mi lado derecho se sentaban los otros rezagados del salón de clases, es decir, esos chicos y chicas que no pertenecemos a ningún grupito.
Yo pertenecía al grupito que , paradójicamente, no pertenece a ningún grupito, pero mi ventaja era ser serio, inteligente y guapo, porque tampoco puedo negar lo evidente.
Yo jamás fui egocéntrico, pero siempre hubo varias chicas que querían follar conmigo, salir en citas o conocerme.
Uno de mis mayores problemas era que tenía expectativas muy altas y, por ello, tanta soledad abarcando mis días.
Ansiaba que terminaran las clases, no porque tuviera la mejor de las vidas fuera de las aulas, sino porque al menos tenía un patético trabajo con un grupo de amigos,
todos ellos de diferentes profesiones y gustos, que en otro mundo no nos hubiéramos cruzado.
Armando, el más joven de todos, era el más estúpido, pero era un estúpido estupendo.
De esos estúpidos que, carajo, te hacen reír hasta orinarte y, gracias a ese tipo de estúpidos, el día transcurría tan rápido que cuando te dabas cuenta ya estabas afuera del patético trabajo cenando en ese carro de hamburguesas que tanto te gustan y tomando esa bebida tan refrescante.
—¿Jerry? ¿Qué pasa contigo? —pregunta enérgico Lucas.
Tragué el bocado de hamburguesa que estaba masticando, tomé un trago de soda, acomodé mi corbata y sacudí mi traje.
Con tono suave y sutil me quejé de la vida, de las cosas, me cuestioné sobre si en verdad esto es todo.
Grité enérgico, preguntándome una vez más si esto era todo.
Cuándo es que al fin terminaría la universidad, si todos los días serían iguales, deseando estar en un lugar con días más interesantes, por qué no vivir en una ciudad grande donde cada día te topas con diferentes extraños,
y no siempre terminas viendo al borracho de la esquina luchando por llegar a su casa, al grupito de losers que pasa una y otra vez por el mismo lado en su auto nuevo con la música a todo volumen queriendo impresionar a las chicas más populares del lugar,
con el par de ancianos que van de la mano por un helado o con el niño de siempre que llora por el mismo caramelo que le es negado una y otra vez.
Eduardo empuñó su mano y me golpeó el hombro, típico de él, pasó saliva de manera alarmante, sobó su pequeña barba y acomodó su postura.
—Puedes hacer un cortometraje con tres escenas. Uno, aquellos novios tirados en el césped a punto de follar. Dos, esa familia con sus dos pequeños hijos. Y tres, los ancianos que siempre pasan tomados de la mano por un helado —dijo de manera seria con su voz grave y fuerte.
—Eduardo, ¿de verdad crees que eso es una genial idea? ¡Oh, Eduardo y sus grandiosas ideas! —exclamó Lucas, con tono irónico y suelta una carcajada.
—Sí, es una genial idea. En estas tres escenas tienes lo típico del tan soñado «amor», es decir, en aquellos novios empieza el enamoramiento, esos primeros meses en donde crees que la otra persona es tu mundo, que con la mirada la desnudas para follarse una y otra vez,
que todo el día piensas en él o ella, es esa etapa en la que están felices todo el día viéndose la cara uno al otro como bobos, sintiendo las tan famosas «mariposas en el estómago», en donde cada minuto se
mandan mensajes, incluso si acaban de verse.
En fin, el típico enamoramiento que, si tienes suerte, dura tres meses y se puede convertir en el tan preciado amor donde crees que tu vida sin él o ella no tiene sentido, quieres pasar el resto de tu vida juntos.
Es más, ya visualizas la casa, el perro y un par de hijos juntos, y cuando al fin logran unir sus vidas y cumplir juntos sus metas, logran envejecer unidos, es la perfección, ya que en este mundo tan moderno es algo así como un tesoro, algo raro, algo imposible.
Pasar con la misma persona estos pasos, para llegar a la vejez como aquel par de ancianos que no deja ni un día de salir, tomados de la mano, juntos, ¡imaginen que siguen riendo! , ¿quién no desea esto? —dijo Eduardo.
Nunca había sentido un silencio tan incómodo como este. Por lo menos durante cinco minutos nadie dijo nada. Por primera vez, sentimos y escuchamos a Eduardo tan serio, comportándose como aquel joven maduro que siempre aparentó el momento no podía durar más.
—Chicos, vamos a fumarnos un porro —grita Lucas.
Corremos los cuatro a aquella banca del parque, al otro extremo de donde aquella pareja parecía follar, y Armando grita despabilado.
—Vayan a un motel.
Se escucha la voz de una chica que responde.
—Follar en el parque frente a un montón de chicos calientes y solitarios es más
placentero que en un motel.
La expresión de los cuatro no pudo ser más vergonzosa porque, vamos, claro que éramos cuatro chicos solitarios, sin pareja, sin novia, sin nadie con quien follar.
Aunque, si yo quería, podía acudir a Samantha a follar, pero tampoco es que aquellos polvos fuesen tan placenteros.
Como volver a aquello que una y otra vez te tuvo tan insatisfecho, como recurrir a desnudarte en cuerpo y alma a una persona que no significa nada para ti.
No sé si es exigencia, insatisfacción o simplemente, como dice Eduardo, el «sueño del amor», amor a uno mismo, amor al otro, a la vida y a la satisfacción de vivirla junto a aquella persona en la que confías, en la que crees, la que te ilusiona y te llena.
Dejé de divagar y preguntarme sobre mi existencia, la existencia del amor, de algo más.
Me tiré sobre el césped, frío y húmedo, a fumar un pequeño porro.
Esa sensación tan placentera que te da, olvidar por un momento que estás solo, que tu vida apesta, y que necesitas de un maldito porro para disolver tu mente un momento.
Un simple porro nos lo fumamos entre los cuatro, no era que buscáramos drogarnos, perdernos y olvidarnos de todo, simplemente buscábamos dejar de pensar por un instante.
Esa sensación de estupidez momentánea solía agradarme cuando me
cuestionaba hasta la existencia de las hormigas. Al levantar la mirada, vi que Armando se estaba abrazando y besando con alguien. Creí que estaba alucinando, si he de estar alucinando me repetía, no vuelvo a fumar, juro que lo dejaré.
—Jerry, ¿con quien está Armando? —pregunta Lucas.
—¿También lo ves?
No, no estábamos alucinando, Armando estaba abrazando y besando a alguien, Lucas y yo nos sentamos para observar mejor, pues de lejos parecía que tenía una larga cabellera, y era muy alta esta persona. Al final optamos por levantarnos e ir a ver qué estaba pasando.
—Armando, te haces daño —murmura Eduardo.
Cuando los tres llegamos hasta Armando, no podíamos dejar de reír, parecía que nos íbamos a orinar de tanto reír.
Armando se estaba abrazando y besando con un árbol y él juraba que era María, una compañera de trabajo que mide como 1.70 o 1.75 de alto, es delgada y tiene cabellera rubia, ese tipo de rubio que te lastima la pupila al verla.
—María es la que te acabas de fumar —grita Lucas.
No podíamos creer lo arañado que terminó Armando en rostro y los brazos por su romance con el árbol.
Realmente se lastimó, por lo que Eduardo y Lucas se propusieron acompañarlo a su casa.
Yo tenía que regresar a mi casa temprano, pues al día siguiente tenía clases.
Ya cansado, me dirigí a mi casa, pero esa sensación de preguntarme si eso era todo, si mi vida era eso, si nada más interesante que la clase de fotografía habría para mí, no me dejaba descansar.
Mi madre noto el desdén con el que ese día llegué a casa, y por más que preguntó, mi frialdad la alejó. Lo único que en ese momento me calmaba era un baño de agua caliente, una taza de café caliente, un pan dulce y ver La quimera del oro de Charlie Chaplin.
No estaba enojado, estaba terriblemente enfadado.
Cómo puedes pasar una vida de un lado a otro sin dejar rastro.
Cómo puedes vivir los días, las tardes y las noches solo por vivir, sin alguna meta, sin algún logro, sin alguna caricia recibida, sin alguna demostración de afecto o de amor, sin aprender algo nuevo, algo diferente a que aferrarte.
Levantarte por las mañanas y dirigirse a la escuela para, luego de que terminan las clases, ir al trabajo, salir del trabajo, caminar a casa y dormir.
Y luego hacer lo mismo una y otra vez hasta que me gradúe para después tener un trabajo y hacer lo mismo una y otra vez.
Sin duda, sé que me encuentro en el momento más divagante de mi existencia, en donde cada cosa, cada punto, cada sensación es cuestionada una y otra vez por mí.
Quizá en estos momentos de mi vida necesitaba que pasara un huracán de esos que se lleva todo y deja un caos, un huracán con nombre y apellidos.
Mi madre solía decir que siempre he sido muy difícil de complacer y, cuando al fin logro encontrar algo, me aferro a ello hasta conseguirlo y, si no me complace, simplemente lo dejo y paso a otra cosa hasta encontrar algo que me complazca.
No entiendo si eso es algo bueno o algo malo, pero lo que sí sé es que no soporto hacer o estar en lugares donde no me satisfaga.
Es por ello que cambié de Licenciatura, recuerdo que cuando entré a estudiar Derecho, los primeros días fueron placenteros, sin duda creí que iba a ser el abogado más joven, inteligente y guapo de mi generación, no sé si por ir vestido siempre de traje y formal,
pero en mi Licenciatura siempre fui el más popular.
Ese papel de popular y que las chicas siempre están atrás de ti, que todo el mundo esté a la expectativa de lo que dices para solo asentar con la cabeza y seguirte, no era la mejor versión de mí duda el ser serio y solo escuchar las estupideces de los demás es mejor.
Demostrar siempre que eres insignificante y que no eres una amenaza para que los demás te dejen vivir bien, nadie se meta contigo y la intriga de los demás por saber qué es lo que piensas sea, por demás, tu mejor carta.