EL VETERINARIO 37
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Sacó el móvil, se vio como enfocaba y hacía una foto. Después otra. Luego le ordenó:

—Ábrete el culo tú misma. Con las manos —le dijo—. Enséñame cómo te ha quedado el culo. Quiero un recuerdo de lo abierto que te ha quedado.

Clarisse todavía en trance, obedeció. puso sus manitas de manera torpe por detrás y se abrió las nalgas con los dedos.

Los pelos del culo adornaban el contorno del agujero dilatado, rojo, brillante, con el semen saliendo, quedó expuesto a las cámaras.

Vicente hizo más fotos y un vídeo corto.

Después le mandó girarse un poco, levantar una pierna, meterse dos dedos en el coño mientras el culo seguía goteando.

Ella cumplía cada orden de manera sumisa.

—Perfecta… —murmuró él, revisando las imágenes—. Ahora sí… eres una putita completa.

La culpa me golpeó de golpe, más fuerte que la excitación, con el semen todavía frío en los dedos. Había visto cómo le abrían el culo a mi novia y cómo ella lo pedía.

La vergüenza me subió a la cara como una quemadura, me limpié la mano con rabia, mientras la grabación seguía.

Vicente estaba de pie frente al sofá, mirando a mi novia. Ella seguía de lado, con las piernas entreabiertas. El semen aun le salía del culo, en menor cantidad y manchaba todo a su paso. Él le abrió una nalga con dos dedos y le mostró la pantalla del móvil.

—Mira —se oyó su voz, orgullosa y posesiva—. Así te ha quedado. Ese culito tragón se ha comido toda la lefa…

Clarisse apartó la cara.

—Eres un hijo de puta… —susurró, con la voz ronca—. Me has lastimado. Y no has parado ni un poco…

Vicente se rio bajito y se agachó delante de ella. Le pasó dos dedos por el anillo dilatado, recogió semen y se los acercó a la boca.

—Limpia —ordenó—. Quiero que sepas a qué sabe lo que te he dejado dentro.

Hubo un momento de duda y después Clarisse abrió la boca y le limpió los dedos con la lengua. Cuando terminó, él le acaricio la mejilla, como un gesto paternal.

—Buena chica. Ahora vamos a limpiarnos un poco…

La ayudó a levantarse. Ella caminaba con las piernas temblando. Desde las cámaras se les vio dirigirse por el pasillo saliendo de foco totalmente.

El audio se fue apagando poco a poco entre ruidos extraños como de algunos roces, murmullos…

Después, el silencio total. El vídeo terminó y me quedé mirando imágenes en negro un rato largo.

Cerré el portátil con cuidado, evitando hacer ruido.

Me levanté, fui al baño a lavarme las manos y la cara, intentando quitarme no sólo los rastros de mi perdición física, sino todo lo que acababa de ver y de escuchar.

No dormí, después del vídeo, volvía a mi ser, la misma mezcla de asco y excitación. Me quedé en el despacho, con la luz apagada, esperando. El cuerpo me pesaba. La cabeza más.

A las 6:03 el sensor de la cámara de la entrada me sacó de mi letargo. Me levanté débilmente y me coloqué junto al marco de la puerta del estudio, en la penumbra del pasillo. Desde ahí podía ver el recibidor y parte del salón sin ser visto de inmediato.

La puerta se abrió y Clarisse entró con mucha cautela, intentando cerrar con cuidado.

Llevaba el mismo vestido negro de la noche anterior, bastante arrugado, y la americana abierta.

El pelo estaba recogido de cualquier manera y caminaba con una rigidez evidente, como si cada paso le costara.

Tiró el bolso pequeño sobre el sofá sin apenas mirar y se dirigió a la cocina. Se estaba sirviendo agua.

Me aclaré la garganta.

—¡Ejem! Hola…

Se sobresaltó con violencia y se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio. La cara se le descompuso en pánico puro. Los ojos se le abrieron de golpe y la mano del vaso tembló.

—Ma-Martín… —empezó, la voz trastabillante, buscando palabras que no llegaba a formular.

Levanté una mano, despacio.

—Shhh… Debes estar agotada —dije, con la voz más tranquila de lo que esperaba.

Avancé entre el umbral del pasillo y la cocina, ella estaba paralizada, con la respiración acelerada. Se le notaba el miedo, la culpa y debajo de todo eso, el cansancio físico de alguien que no ha dormido casi nada y que todavía sentía el cuerpo usado.

—Estás hecha polvo. Se te ve.

Ella asintió una sola vez, casi imperceptible.

Los ojos se le humedecieron, pero no llegó a llorar.

sólo bajó la cabeza. Por mi parte yo sentía que algo en mí estaba roto, de manera irreparable.

Junto a ello, la rabia todavía ahí, latente en el pecho, mezclada con esa otra cosa más oscura que el vídeo había dejado.

—Oye… —dije, bajando un poco la voz—. ¿Quieres que te prepare algo? Un café, una tostada… no sé.

Clarisse levantó la vista con una expresión incrédula, como si no esperara esa oferta, como si hubiera estado esperando el grito, la acusación, cualquier cosa menos que yo le preguntara si quería desayunar. Los ojos se le humedecieron otra vez. Tragó saliva.

—Yo… —empezó, titubeante—. No sabía que habías vuelto… Pensé que llegabas hoy a media mañana. Si lo hubiera sabido…

Martín…

Se detuvo. La palabra se le quedó atragantada, bajó la cabeza otra vez y se pasó una mano por el pelo, nerviosa. Intentó continuar:

—Siento haber llegado así… Tan de mañana… Martín… Perdón, yo…

—Ve a ducharte —interrumpí—. Lo necesitas.

Clarisse levantó la vista por un segundo, con una expresión de un alivio confuso y asintió levemente. Caminó con cuidado, recogió el bolso y se dirigió al dormitorio. Yo la seguí con la mirada hasta que desapareció.

Mientras Clarisse estaba en el baño me quedé unos segundos en el pasillo, escuchando el agua de la ducha. El cuerpo me pesaba cada vez más.

Fui al armario de la habitación, saqué una toalla limpia y la dejé un momento sobre el radiador para que cogiera un poco de calor. Después me acerqué a la puerta del baño y toqué con los nudillos, muy suave.

—Clarisse… Te he traído una toalla limpia, la dejo aquí en el pomo. Si necesitas otra cosa… dímelo.

No esperé respuesta, me alejé hacia la cocina. El gesto me había salido casi sin pensar, estaba como en modo automático y de alguna forma, no se me daba gritar o tal vez no tenía el valor para hacerlo. Tal vez no quería romper todavía más lo que ya estaba roto.

En la cocina puse agua para el café. Saqué el pan de molde, la mantequilla, un par de piezas de fruta. Movimientos mecánicos. Mientras la cafetera empezaba a hacer ruido, pensaba fugazmente en muchas cosas y en nada a la vez. También pensaba en Laura, en cómo me pudo haber grabado.

Cuando el café estuvo listo preparé dos tazas, puse las tostadas y dejé todo sobre la mesa. El silencio de la casa era raro. Se oía el agua cortarse en el baño. Después el ruido de cajones en el dormitorio. Clarisse se estaba cambiando.

Me senté en el lugar de siempre y esperé. Al cabo de unos minutos levanté la voz, sin gritar:

—Clarisse… El desayuno está listo.

La vi aparecer por el pasillo, vistiendo una camiseta ancha gris y un pantalón de chándal negro.

El pelo húmedo recogido dentro de una toalla.

Caminaba con esa misma rigidez de antes.

Se sentó enfrente y no se atrevió a mirarme.

Por mi parte tampoco forcé la mirada. El café humeaba entre los dos y el silencio que seguía instalado, incómodo, cargado de todo lo que no estábamos diciendo.

Mientras removía el azúcar en mi taza, mi mente seguía divagando y al mismo tiempo trataba de buscar maneras de afrontar la situación y que probablemente lo que saliera de mi boca no sea una sentencia definitiva.…

De pronto ella dejó la tostada y levantó la vista. La voz le salió tensa, casi rota:

—¿Estás bien… por qué no dices nada…? ¿Por qué me tratas como… si no pasara nada?

Sentí el golpe de las preguntas en el pecho.

La rabia me volvía a subir y quise contestarle con todo lo que sabía y había visto.

Quise mostrarle a la cara las fotos, el audio, las palabras exactas que Vicente había escrito.

Pero no me salía, algo en mí me decía, que no lo valía.

Respiré profundo y dejé la taza con cuidado.

—Estamos agotados —contesté, con una calma que me sorprendió hasta a mí—. Y no sé qué quieres que te diga ahora, lo que sea no cambiaría nada de lo que ya ha pasado.

—¡Eso es lo que no entiendo! —su voz se quebró un poco—. Deberías estar furioso pidiendo explicaciones… Me estás tratando como si yo no hubiera hecho nada malo. Y eso… duele mucho.

La miré a la cara, tenía los ojos húmedos y la culpa escrita en toda la cara. Por dentro yo estaba destrozado. Celoso hasta el asco y humillado por haberme corrido viéndola. Furioso con ese viejo cretino, con ella, conmigo. Pero no salía ninguna emoción que me delatara frente a ella, como me sentía.

—Sé perfectamente que algo pasó anoche —dije—. Pero no tiene caso entrar en detalles.

Ella se quedó paralizada y yo hablaba de manera autómata, aunque cada palabra me costaba:

—Ahora mismo no tiene caso hacer un drama. Porque yo también he cruzado líneas.

El silencio que siguió fue interrumpido por ella, que trastabillante se apresuró a hablar:

—No… no entiendo… ¿Qué… quieres decir?

Levanté una mano con sutileza, pidiéndole que esperara. Entonces se lo dije, con la misma frialdad y sin muestra de emociones en mi voz:

—Me acosté con Laura.

Cuando ella escuchó lo que dije, abrió la boca y no salió nada. Yo la miraba a los ojos:

—Te lo digo para que no te enteres por otros medios. Quiero que sea por mí por quien lo sepas. No por un mensaje. No por un chisme. Por mí.

Finalmente ella habló:

—¿Qué…? —dijo, apenas un susurro—. ¿Laura…? ¿Cuándo…? ¿Cómo…?

Me levanté, cogí mi taza vacía y la dejé en el fregadero. Después giré hacia ella, apoyándome en la encimera.

—Hace semanas… después de la discusión por la recaída con el veterinario —dije—. Ahora ya lo sabes. Puedes gritarme si quieres o podemos ir a dormir. Porque te confieso que estoy muerto y supongo que tú igual.

Ella seguía paralizada, sentada en la silla, mirándome tratando de procesar lo que acababa de decir. Las lágrimas le brotaron sin que pudiera evitarlas, se limpió la cara con el dorso de la mano, temblando y luego se tapó la boca con la misma mano.

Pero las lágrimas se le derramaban más rápido mientras hacía esfuerzo para formular alguna frase coherente y sólo le salieron preguntas amontonadas: