EL VETERINARIO 35
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La culpa mezclada con esa extraña e inconfundible sensación de haber hecho algo malo, me golpeaba en todo el cuerpo, mientras veía el salón vacío.

sólo el audio traía lo que estaba pasando en la habitación de al lado.

El sonido de gimoteos continuó varios segundos.

Después todo quedó en murmullos, como si estuvieran conversando.

Vicente decía algo en voz baja que no se alcanzaba a distinguir.

Ella contestaba con murmullos cortos, agotados.

Estuvieron así más de media hora, el audio bajó de intensidad me volvía loco.

Quería saber de qué podrían estar hablando: ¿Acaso hacían planes?

O peor aún ¿Estarán hablando de mí…? miles de cosas y yo sólo escuchaba los murmullos de voces, demasiado lejos y demasiado bajos para entender las palabras.

A ratos un gemido suave de Clarisse. A ratos la risa grave de Vicente.

El silencio se prolongaba entre frases. Parecía una pareja de enamorados más que estaban hablando, o descansando, o las dos cosas.

Pensé que ya no saldrían más en escena, y por las dudas aceleré el vídeo. De pronto se distinguían gemidos, dejé de acelerar el vídeo, y los gemidos eran bajos, como si ella estuviera intentando contenerse. Después más claros, más seguidos:

—Ngh… ahh… ahh…

El ritmo de la cama se reanudó, acompañando con sincronía los gemidos, lento al principio. Después más profundo. Clarisse empezó a gemir con más fuerza:

—Ahhh… ahhh… Joder…

Las embestidas se oían otra vez. Su voz se fue intensificando poco a poco, subiendo de tono, volviéndose más aguda y desesperada:

—¡Ahh… ahh… ahh… más…!

Vicente decía algo. Ella contestaba entre gemidos. El sonido se volvía cada vez más húmedo y más rápido. Clarisse ya no intentaba callarse:

—¡Ahhh… ahhh… no… tan… fuerte… ahhh…!

El audio llenaba otra vez el silencio del salón vacío.

Yo escuchaba cómo mi novia volvía a ser follada en una habitación que yo no podía ver, y sus gemidos que se intensificaban minuto a minuto me volvían a excitar y sin darme cuenta mi mano había bajado.

Me estaba tocando nuevamente, mientras miraba las pantallas en negro, sólo con el audio.

—Ahhh… ahhh… sí…

—…que rico…

Pasaron uno minutos. Minutos en el que los sonidos de los gemidos de Clarisse siendo follada acompañaban el movimiento de mi propia mano.

Hasta que hubo un silencio repentino, se escuchaba sonidos de movimientos, cada vez más fuerte, ruido de pasos acercándose.

Las cámaras captaron como volvieron a aparecer los dos. Completamente desnudos.

Vicente primero, con la polla colgando, erecta.

Detrás Clarisse totalmente ruborizada: el pelo revuelto en un moño alto, las tetas marcadas por los dedos, los muslos brillantes de fluidos, los pelos de coño húmedos y pegajosos.

Caminaba despacio, un poco torpe, como si estuviera muy sensible entre las piernas.

Vicente le pasó una mano por el culo mientras cruzaban el salón y ella se sobresaltó ligeramente.

Se dirigieron otra vez al sofá. Clarisse se dejó caer sentada, entreabriendo las piernas sin pudor ninguno. Dejando un espacio para su amante. Y yo, entre sorprendido y asustado, con la mano aferrada a mi polla.

En seguida el sexagenario se sentó en el sofá y trajo a Clarisse hacia él.

Ella se colocó a horcajadas, de espaldas a la cámara baja, mostrando su desnudez completa: Se la veía el culo, el coño hinchado, la piel pálida ahora estaba roja, con signos de sudor…

Vicente le sujetó las caderas y la hizo bajar sobre su polla, que parecía tener vida propia.

Clarisse soltó un gemido bajo al sentirla «Uuhnnff…»

Empezó a cabalgarlo en un ritmo lento. Desde la cámara baja se veía perfectamente cómo la polla desaparecía dentro de ella y cómo el culo se movía arriba y abajo.

Vicente le pasó las manos por la espalda, bajó hasta las nalgas y las apretó con fuerza, marcando sus grotescas manos.

Después, con una calma deliberada, deslizó un dedo por la hendidura entre las nalgas y presionó exactamente sobre el agujero rugoso.

Clarisse se sobresaltó. Se detuvo un segundo y giró un poco la cabeza.

—Nnnff… ¿Vicente…? ¿qué haces?

—Shhh… —se oyó la voz de él, clara—. sólo estoy tocando. Está tan apretadito… Mmmnn… Seguro que nunca te lo han metido, ¿verdad?

—N-no… nunca —respondió ella, trastabillante—. No hagas eso… Ah… nnnf…

Pero él no retiró el dedo. Empezó a rodear el agujero con la yema mientras ella seguía con la polla dentro del coño. Cada vez que Clarisse bajaba, el dedo presionaba un poco. Desde la cámara se veía con nitidez cómo el dedo empujaba y cómo el anillo se contraía.

—Roja… —murmuró Vicente—. Quiero probar tu culito. Mira como el coño se te aprieta, sólo con el roce de mis dedos…

—Vicente… Haah… No quiero… Uugh…

Eso es… antinatural… Ahhh…

As-asqueroso… Mmmnn… No…

Aunque su boca se negaba, veía que su cuerpo no hacía mucho esfuerzo para evitarlo.

—No es asqueroso —dijo él, con tono sucio—. Es sólo… otra forma de tenerte. Y tu cuerpo lo necesita…

—Me da miedo… —protestó ella, con un matiz suplicante en su voz—. Tu polla es muy grande. No va entrar. Me vas a hacer daño.

—Va a entrar, ya lo verás. Y luego no querrás que te la saque…

Ella movía su cabecita negando la propuesta del viejo, pero las caderas se le movían solas.

—No… por favor… —suplicaba—. Vicente, en serio… Es… eso es sucio…

—Lo sucio te gusta —dijo arrogante—. Y lo sabes… sólo te pido que me dejes sentirlo. sólo un poco.

Clarisse seguía con el movimiento de caderas. Arqueando la espalda y tensándose un poco, cada vez que el dedo insistía en presionar su anillo. Poco a poco, parte de la primera falange desapareció. Ella soltó un gemido raro, entre protesta y otra cosa.

—Aaah… Uugh… Duele… —chilló ella—. No quiero eso… sólo con tu dedo ya me duele.

—Relájate… Ya verás que te termina gustando…

El viejo sonrió con un orgullo cargado de malicia, mirando a la cámara. Movió el dedo un poco más profundo. Desde ambos ángulos se vio cómo Clarisse arqueaba la espalda y cómo el culo se le abría contra voluntad, alrededor del dedo.

—Buena chica… Ahora relaja ese culo —decía él—. Porque esta noche vas flipar…

El vídeo seguía su ritmo y yo veía todo con un nudo en la garganta.

Suplicaba en mi mente que Clarisse tome conciencia y salga de ahí.

Que se negara. Que hiciera lo que fuera para huir lo antes posible.

Veía como se estaba dando inicio a esas palabras de Vicente «Le voy a romper el culo a tu noviecita…»

. La esperanza que sentía porque no se concretara, era absurda, porque las fotos enviadas mostraron que se hizo.

Vicente retiro a Clarisse de encima y la colocó nuevamente a cuatro patas sobre el sofá.

Ella se notaba tensa, pero se dejaba hacer.

Manos en el respaldo, espalda arqueada haciendo que el culo quede bien levantado y expuesto.

El viejo se subió al sofá con una pierna a cada lado de sus caderas, le abrió las nalgas con ambas manos y escupió varias veces sobre el agujero «Pth… pth… pth…»

Después frotó su polla entre los labios de su coño recogiendo fluido y la subió hasta presionar exactamente contra la entrada rugosa.

—Ahhh… ¡Ay…! No… no cabe —decía ella, suplicante—. De verdad… Es muy gruesa…

—Caberá… ya verás. Así como cupo en tu boca, en tu coño…

Veía atento la secuencia de los movimientos, con los dedos en la polla, estaba tan dura que me dolía.

Vicente ayudado con la mano, presionó con mayor firmeza y el vídeo mostraba el momento exacto en que el glande forzó el anillo. Clarisse soltó un grito agudo:

—¡AAHHH…! ¡Para…!

La cara se le descompuso. Intentó avanzar hacia el respaldo, alejándose.

—¡Ah…¡ ¡Duele… duele mucho…!

Vicente que tenía una mano en el pequeño hombro de ella, le sujetó con fuerza. El glande terminó de entrar con fuerza.

Mi novia gritó otra vez, más alto, ya entre lágrimas:

—¡AHHH…! ¡Ay… nnhg…! ¡!Sácala… por favor… no puedo…!

Las lágrimas bañaban sus ojos. Se le vio morderse el labio y clavar las uñas en el sofá. Sus piernas intentaron juntarse y estirarse al mismo tiempo.

—Sí puedes… —le consolaba él, hablándole cerca al oído—. Respira…y, empuja hacia fuera, como si estuvieras cagando…

Ella seguía sollozando, intentó nuevamente arrastrarse hacia adelante, pero él con ambas manos en sus hombros la atrajo de vuelta, clavándole un poco más de polla.

El grito que soltó fue más agudo, más desesperado.

Las piernas se sacudían sin control. La cámara alta enfocaba su carita enrojecida y empapada de lágrimas, la boquita intentando tomar aliento.

—¡AHHH… AAYY…! ¡No…! ¡Vicente… No… no por favor…! ¡Despacio…! ¡Me estás rompiendo…!

—Te equivocas chiquita… Te estoy abriendo. —Murmuró—. Aguanta. sólo un poco más.

Siguió empujando y la polla profanaba su agujero más estrecho, centímetro a centímetro. Cada avance le saca a Clarisse un sollozo, un gemido roto cargado de dolor:

—¡Ngh… Hh-hh-hh… Ahh… Noo… ohhhnn…! ¡Duele… Ahhh…!

Desde el ángulo bajo veía fijamente, como el agujero rosado se estiraba alrededor del grosor oscuro, como se aferraba y cedía a la vez, con el vello brillando de humedad.

La polla entró por completo y luego Vicente hizo el movimiento para sacarla, pero Clarisse se apresuró a interrumpirlo:

—Espera-espera… —suplico ella, y pegó la boquita a la cima del respaldar—. No te muevas, no te muevas…

—Vale… No me muevo— respondió—. Aguanta. Ya la tienes toda adentro.