EL VETERINARIO 34 #2
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34 #2

—Mírala… —expresó arrogante —. La perfecta Clarisse, de rodillas chupándome la polla todavía llena de su propio coño. Qué agradecida… Más profundo, quiero ver cómo te esfuerzas.

Él le puso una mano en la nuca, pero al cabo de unos segundos la corrigió.

—No… De rodillas —ordenó—. Entre mis piernas. Culo hacia la mesa.

Ella bajó del sofá y se arrodilló en el suelo, justo entre las rodillas de él.

La cámara baja la enfocó de lleno por detrás: el culo levantado, los pelos púbicos manchados y goteando, el semen resbalándole por los labios, con menor flujo.

La cámara de la vitrina captaba su perfil y la forma en que se inclinaba para volver a meterse la polla en la boca.

Empezó a chupar otra vez, él la agarró del pelo y le guió el ritmo. Ella se dejaba hacer. Mamaba con ganas, como si de verdad le estuviera agradeciendo cada embestida, cada orgasmo.

Vicente disfrutaba, hacía muecas obscenas viéndola mamar.

Luego miró directo a la cámara guiñando un ojo y enseguida alargó el brazo.

Desde la cámara baja se vio cómo su mano grande se posaba en una nalga de Clarisse, la apretaba, la amasaba, la separaba.

Después hizo lo mismo con la otra. Las dos nalgas quedaron marcadas por los dedos.

El agujero del culo, todavía cerrado, quedaba expuesto cada vez que él las abría.

Clarisse soltó un sonido ahogado «Nnhg… Nnmm…» alrededor de su polla, pero no levantó la cabeza. Siguió chupando…

—Así… chúpala. —pronunciaba él—. Con hambre… Con ganas.

Enseguida Vicente buscó algo a su lado. Sacó el móvil.

Con una mano le sujetó una nalga bien abierta y con la otra acercó el teléfono.

Se oyó el sonido del disparo. Después otro.

Desde el ángulo bajo se veía perfectamente lo que estaba fotografiando: el culo de Clarisse en primer plano, el coño hinchado y brillante de semen, y la forma en que ella seguía chupándole la polla sin apartarse.

—Quédate así… —murmuró él, mientras revisaba la foto en la pantalla—. Perfecta…

Mi polla despertaba otra vez, dentro de mis calzoncillos. Sabía exactamente qué foto acababa de hacer.

Me sorprendió el aguante de ese animal, recuperó el aliento sólo en unos minutos.

La polla estaba dura otra vez. Él la levantó de los brazos como si no pesara nada y la hizo acostarse a lo largo del sofá.

La cámara baja la enfocó de lleno: el coño usado, el culo, las tetas al aire, el rostro de lado y después de frente cuando giró la cabeza.

Vicente se colocó entre sus piernas. No era un misionero normal. Se arrodilló en el sofá, le abrió los muslos con las manos y empujó la polla dentro de un sólo golpe. Clarisse soltó un grito ahogado.

—¡Ahhh… Joder…! —gimoteaba—. ¡Vi-Vicente…!

Él empezó con embestidas sonoras, con vehemencia enfermiza. Estocadas profundas, algo rápidas, sin ritmo de calentamiento. El sofá se movía. El sonido de la piel contra la piel era seco y húmedo a la vez.

—Toma… toma toda… —gruñía Vicente—. Qué puta más hambrienta. Acabas de correrte y ya estás abriendo las piernas otra vez. Di lo que eres.

—Ahh… so… so-soy una puta… —gemía Clarisse, con la voz entrecortada—. ¡Ahhh… más…!

Él le cogió las piernas y se las puso sobre los hombros. La posición la dobló casi por la mitad. La polla entraba todavía más hondo. Clarisse gritó más alto «AAHHH… HAAHH…». Las tetas le quedaban aplastadas contra su propio pecho. Vicente embestía con fuerza, mirándola a la cara.

—Así… Me gustan las guarras obedientes —la humillaba—. ¡Venga, Repítelo…! ¿Qué eres…?

El coño se escuchaba. «Chap… chap… chap…»

—Ahhmmnn… soy… una puta…

—¿De quién…? —preguntó él—. ¡Anda… dime! ¿Eres mí puta, mi guarrilla?

—Síii… Nnmm… —Gimoteaba—. ¡Soy tu puta…! ¡Ahhh… ahhh… Vicente… me voy a correr…!

Uuhmnffnn…

—Córrete —ordenaba—. Córrete con la polla hasta el fondo. Y grita… Quiero oírte.

Clarisse se tensó. Soltó un gemido largo, roto, y se corrió otra vez, apretándolo. Él no paró. Le bajó las piernas, le dobló las rodillas contra sus costados y la sujetó así, follándola todavía más profundo. Cada embestida le sacaba el aire.

—¡Ufff… ahhh… ahhh… no… tan profundo…!

—¿No…? —repitió él—. Puja, puja… Quiero ver cómo se te va el aire cuando te follo…

—¡Mmmffp… mngh-ph… nghhh…!

¡Me… me estás partiendo…!

¡Ahhh… más… no pares…!

Las palabras se le atragantaban. Cada vez que él entraba hasta el fondo ella, soltaba pujidos entre gemidos un «ngh… mngh-ph…», un «ahh… haahhmmnn…», gemidos ahogados que las cámaras registraban. Vicente la insultaba entre embestida y embestida, sin perder el ritmo:

—¿Esto querías puta…? ¡Zorrita…! Cómo te va a quedar el coño, abierto de par en par.

Tu novio no te folla así, ¿verdad? Nadie te ha abierto así.

—¡No… ahhh… nadie…! ¡sólo tú…! —alcanzaba a pronunciar—. ¡Ahhh… me corro… otra vez…!

El sofá crujía acompañado por los gemidos de Clarisse, que se volvían cada vez más agudos y descontrolados. Yo miraba en las dos pantallas, con la polla en la mano, cómo mi novia era follada con una fuerza que yo nunca me habría atrevido a ponerle.

En el vídeo Vicente se retiró de entre las piernas de Clarisse.

Ella seguía tendida en el sofá, jadeando, con las tetas fuera y el coño brillante.

El vestido negro seguía puesto, pero completamente desordenado: subido hasta encima de la cintura, las mangas caídas de los hombros, el escote tirado hacia abajo.

Él la ayudó a levantarse y ella se sostuvo en su brazo.

El vestido le colgaba torcido, dejando la falda amontonada en la cintura, sin cubrirle casi nada.

Cruzaron el salón así, Clarisse caminaba torpe, con las piernas temblando y el vestido hecho un desastre alrededor del cuerpo.

Vicente la guiaba por la cintura. Salieron del encuadre por el pasillo que daba a las habitaciones.

Las dos pantallas se quedaron mostrando sólo el sofá manchado, las bragas blancas en el suelo y nada más.

Durante unos minutos no se oyó nada. Después, amortiguados por la distancia, empezaron a llegar los sonidos desde el dormitorio.

Primero un gemido largo de ella:

—Ahhh… ahhh…

Después el ruido sordo de la cama. Clarisse volvió a gemir, más fuerte:

—¡Ngh… ahhh… ahhh…!

Se oía el ritmo. El choque de piel. Ella gritaba entre cortado:

—¡Ahh… ahh… ahh…!

¡Joder… ahhh…!

Ellos estaban en un coro a viva voz de gemidos, casi sincronizados. Por mi parte no podía evitar volver a tocarme la polla, con rabia y odio. No entendía como era posible que me pusiera tan cachondo esta situación tan degradante y humillante.

Las palabras se perdían. sólo se distinguían fragmentos confusos, rotos por los gemidos:

—…más…

—…así…

—…no… pares…

—…ahh… Vicente…

De pronto un grito más agudo:

—¡Ahhh…! ¡Ahhh… me… corro…!

El sonido tembloroso se alargó, mientras la cama seguía golpeando. Yo vencido otra vez, me estaba pajeando con el dolor de la humillación. Temblando, pero era más grande el morbo, la excitación enfermiza del momento, que me volví a correr como nunca.

Después de un rato volvieron a oirse jadeos fuertes y, de vez en cuando, la voz grave de Vicente diciendo algo que no se alcanzaba a entender. Clarisse contestaba con gemidos más bajos, casi sollozos de placer:

—Ngh… ahh… ahh…

…sí…

…ahh…