EL VETERINARIO 34
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Quiero que tu boquita llegue hasta aquí… —decía él, señalando la base de su polla.

Clarisse se separó sólo lo necesario para hablar, con la mitad del glande aún dentro, y el resto brillando de saliva.

—No creo que pueda… —dijo—. No me va a caber…

—Inténtalo —respondió él—. Y mírame mientras lo haces. Quiero ver tu carita de guarra…

Ella obedeció y volvió a metérsela, esta vez mirándolo desde abajo metiendo la polla más adentro de lo que podía: sus ojitos se cristalizaron en lágrimas, su carita se puso más roja «¡Gagh… gagh… gagh…!»

Vicente le enredó los dedos en la cabellera pelirroja, sin empujar, sólo emitiendo sonidos de puro disfrute.

—Ahh… así… Joder. Tu novio no sabe lo bien que chupas…

—Nngh… gagh… es muy grande —alcanzó a decir, sacando la polla llena de babas y empezó a toser…

Era increíble lo que ese viejo degenerado la persuadía a hacer, desde las dos cámaras se veía todo con una calidad brutal: La cabeza de Clarisse subiendo y bajando, derramando salivas por la comisura de los labios y cayéndole sobre los muslos.

La forma en que ella entre arcada y arcada, preguntaba: ¿Así… ? ¿Te gusta…?

La secuencia de los actos me había puesto duro, tenía la polla presionando los pantalones. Y el asco que sentía de mí mismo por no controlarme era agobiante. Tenía que presionarme la polla para intentar reprimir esa excitación enfermiza que se acrecentaba en mí.

—De rodillas en el sofá —lo escuché decir—. Culo hacía mí. Manos en el respaldo.

Clarisse extasiada obedeció. De manera torpe se colocó a cuatro patas sobre el asiento, el vestido se le había bajado ligeramente, las tetas se movían libres.

La cámara elevada justo detrás del sofá captó de lleno su rostro: mejillas sonrojadas, labios brillantes sutilmente hinchados, ojos húmedos y la expresión de quien ha perdido la voluntad para resistirse a lo que está pasando. Se le veía la respiración agitada.

La cámara baja enfocó el otro lado: El culo de Clarisse levantado y medio cubierto por la falda, el coño entre los pelos, se le veía con los labios hinchados, brillante y del medio colgando un hilo baboso y medio transparente de fluido.

Seguidamente apareció Vicente subiendo una pierna a cada lado de ella sobre el sofá.

Se le veía el culo y los muslos peludos mientras se colocaba detrás y sobre ella.

Cogió la falda y la terminó de subir a la cintura, apoyó la polla dura entre los labios de ella y empezó a restregársela lentamente, de arriba abajo, empapándola con la humedad sin llegar a entrar.

—Mira… —se oyó la voz ronca de él—. Este coño pide polla a gritos…

Clarisse sintiendo el roce, parecía vibrar, emitía gemidos bajos «mmhmn… Uhff…»

Desde la cámara en la vitrina se le vio morderse el labio inferior e intentar reprimir sus gemidos, la vi empujar las caderas hacia atrás, buscando que Vicente entrara.

El viejo al notarlo se apartó ligeramente, lo suficiente para negárselo.

—Que fácil te vuelves cuando te saben tratar… —la humilló—. Venga. Pídelo. Quiero que esa boquita me diga lo que quieres…

Clarisse parecía retorcerse, sus manos agarradas al respaldo, por momentos sus ojos miraban directo a la cámara.

Vicente le recogió el pelo con una mano y lo sujetó en una especie de cola alta, obligándola a levantar la cabeza y mirar fijamente hacia donde estaba el lente.

Le dio una nalgada seca. Después otra. El enrojecimiento recorrió la piel.

—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz autoritaria y sucia a la vez—. Dilo. ¿Qué quieres que te haga?

—Vicente… po-por favor… Hahh…

—Venga… quiero escucharlo.

La cámara baja mostraba cómo él seguía con una mano restregándole la polla contra el coño: abriéndole los labios con el glande, dejándola sentir el calor y el grosor poniéndola cada vez más caliente.

Clarisse movía las caderas en círculos torpes, buscando más contacto.

Su rostro se iba descomponiendo de pura necesidad.

—Mmm-ahh… Cómo eres… —gimoteaba, ella—. Yo que me muero por tenerla dentro… Y tú… Uhmnn…

—Venga… —interrumpió, jalando firme del cabello—- Pídemelo.

Ella cerró los ojitos y con una mezcla de vergüenza y necesidad, respondió suplicante:

—Quiero… mmhnn… que me folles… —Soltó al final, con la voz rota—. Por favor… métemela… ya no aguanto…

Vicente sonrió. Desde ambos ángulos se le vio acomodarse mejor, sujetar la cintura y apoyar el glande exactamente en la entrada.

—Otra vez —dijo—. Más fuerte. Que se oiga.

—¡Quiero que me folles! —repitió ella, ya sin vergüenza—. Métela de una vez… ¡Joder… fóllame…!

La cámara que enfocaba a su rostro mostró el momento exacto en que ella cerró los ojos y abrió la boca en un gemido anticipado «Uughh-mmhnn…»

La cámara baja enfocó como Vicente, al fin, empezó a empujar y la polla fue desapareciendo centímetro a centímetro dentro de ella.

Miraba perplejo, deteniendo mi respiración, veía a mi novia en cuatro pronunciando aquellas palabras exactas que ese maldito gilipollas había dicho, lo odiaba. Me odia más a mí, porque al escucharla pedir suplicante y necesitada, mi polla mojó mis calzoncillos con líquido preseminal.

Cuando Vicente tuvo media mitad dentro, tomó cierto impulso y empujó de un sólo golpe. La polla desapareció por completo dentro de Clarisse, que soltó un grito ahogado contra el respaldo del sofá «Aaaahh… Mmm-hnnn…»

El contraste era brutal: el coño estrecho y joven, estirándose al máximo para tragarse toda esa dureza más oscura, más gruesa. Él se quedó quieto un segundo, disfrutando de cómo el coño se contraía alrededor.

—Joder… qué apretada estás… —gruñó—. Que puta más estrecha. Abre más las piernas, quiero ver cómo te entra…

Le dio una nalgada seca y empezó a moverse.

Al principio lento, profundo, sacando casi toda la polla y volviendo a entrar hasta el fondo.

La cámara registraba cada embestida: el choque de su pelvis contra las nalgas de mi novia, la forma en que la polla salía brillante de humedad y volvía a desaparecer.

La otra cámara enfocaba el rostro descompuesto en puro placer, las tetas balanceándose al ritmo de las embestidas, el pelo rojo cayéndole sobre la cara y la boca abierta en gemidos: «¡Haahh… Mmmmffp… A-a-ahhmmnn…!»

—¡AAAHH…! Así… Uuggh… —pidió ella—- Sigue, sigue… No pares…

El viejo la follaba con ganas, sujetándole de los hombros con las dos manos. El sonido del choque de carnes llenaba el audio «fliap… fliap… fliap…»

—Más fuerte… —pidió ella, con voz desfalleciente.

—¿Más fuerte…? —repitió él, acelerando—. Así… Toma. Toma toda la polla, puta.

Vicente con una sonrisa orgullosa llena de perversidad morbosa, aceleró sus embestidas.

El sofá crujía y parecía moverse de su sitio.

El choque de pieles era más ruidoso «¡plas… plas… plas…!»

El primer orgasmo le vino de golpe. Se tensó, gritó y se corrió apretándolo con fuerza.

Él no paró. La folló mucho más lento a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que las piernas le temblaban.

—Tú novio debería ver… como tienes la carita… cuando te follo —decía él, agitado—. ¿Quién te está follando? Anda… dilo.

—Tú… uuhmmn… —gimió Clarisse, mirando hacia adelante, guiada por una mano de Vicente en el cabello—. Tú me estás follando…

—Más claro… Di mi nombre…

—Vicente… ahh… Tú… tú me estás… follando Vicente…

Él volvió a nalguearla, una, dos, tres… veces: «PLASS… PLASS… PLAS…»

. La piel estaba cada vez más roja. La cámara baja captó perfectamente los impactos y como los labios exteriores del coño se le contraían alrededor de la polla cada vez que una palmada caía.

Vicente embestía con un ritmo más rápido, profundo y sin piedad.

—Qué rico chocho… —gimoteaba, él— Es el más rico que he probado. Eres una puta de libro.

Clarisse ya no controlaba los gemidos. Desde la cámara de la vitrina se le veía el rostro completamente entregado: boca abierta, ojos nublados, saliva en la comisura.

Las tetas le rebotaban sin control. Él le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y la folló todavía más fuerte mientras le hablaba al oído, aunque las cámaras lo registraban todo:

—Voy a correrme dentro —amenazó—. Voy a dejarte el coño lleno. Y vas a volver a casa con mi leche resbalándote entre las piernas. ¿Quieres eso, puta…?

—Sí… —gritó ella—. Dentro… lléname… por favor…

Vicente embistió unas cuantas veces más, lo más profundo que podía, y se vació con un gruñido largo, clavándola contra el sofá.

Desde la cámara baja se vio cómo se le tensaban los glúteos y cómo se quedaba hondo mientras se corría.

Clarisse temblaba debajo de él, corriéndose por segunda vez, las piernas casi sacudiéndose y el coño apretándolo por oleadas.

Cuando por fin se retiró, la cámara baja enfocó el momento exacto en que la polla salía y el semen empezaba a escapársele del coño abierto, bajándole por los labios, el vello púbico hasta el muslo. Clarisse se quedó a cuatro patas, jadeando, con el culo en alto y la leche de él resbalándole.

Vicente le dio una última nalgada, más suave, y dijo con la voz ronca de satisfacción:

—Así… Siente mi lefa caliente…

Me percate de mí, en silencio. No sé en qué momento me había corrido dentro de los pantalones. Viendo a mi novia con el coño goteando el semen de otro. Y la cara de quien acababa de disfrutarlo con todas las letras.

Vicente se dejó caer sentado en el sofá, todavía jadeando, con la polla brillante y semidura.

Clarisse se tumbó de lado, quedando sentada sobre sus propios pies.

Desde la cámara baja se vio inmediatamente cómo otro poco de semen le salió del coño, manchando el asiento y algo del piso.

Un hilo espeso y transparente le bajaba por el muslo interno.

—otra vez… —habló Vicente, agitado—. Te has corrido otra vez… con mi polla dentro… Que guarra saliste…

No pasó mucho tiempo, cuando vi a Clarisse inclinarse desde donde estaba, apartó la mano de Vicente y le tomó la polla con la mano.

Empezó a lamerla, recogiendo la mezcla de semen y de sus propios fluidos: chupó con fuerza, con saliva, bajando todo lo que podía.

Cada vez que bajaba se ahogaba un poco y eso parecía hacerle querer más.

Vicente se recostó hacia atrás en el sofá y soltó un gruñido largo, orgulloso.